HC Nº12: ESPECTRO CONTRA DRACULA

Publicado: 31 mayo, 2013 en Historias, Hollow City, Relatos, Sin categoría, Sobrenatural

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«Dicen que hay muchas clases distintas de oscuridad. Sin embargo, en Hollow City, hay un tipo muy diferente a las demás. Es la noche eterna que acecha a los malhechores en los callejones solitarios. Son las tinieblas infinitas que envuelven al criminal en su abrazo asfixiante. Es la negrura interminable que se extiende sobre la ciudad de forma implacable, que oculta una sombra amenazadora que espera ejecutar su venganza sobre los delincuentes.

Yo soy esa oscuridad.

Yo soy… ¡Espectro!»

 ***

“El vampiro no puede morir por el simple paso del tiempo; prospera cuando puede alimentarse de la sangre de los vivos. No arroja sombra, no se refleja en el espejo. Tiene en la mano la fuerza de muchos. Puede convertirse en lobo, puede adoptar la forma de murciélago, puede aparecer dentro de una niebla creada por él. Aparece en los rayos de luna, en forma de polvo elemental, y puede ver en la oscuridad.

Tiene que obedecer algunas leyes de la naturaleza. No puede entrar por primera vez en una casa a menos que alguien de la casa le invite a pasar. Su poder cesa al llegar el día. Solo es capaz de atravesar el agua corriente en el momento de la marea alta o baja. Hay cosas que lo afectan tanto que queda sin poder, como el ajo. En cuanto a las cosas sagradas, como el crucifijo, ante ellas no es nada, en su presencia se aparta y calla con respeto. Una rama de rosal silvestre sobre su ataúd le impide salir de él; una bala sagrada disparada al ataúd lo mata, como la estaca en su cuerpo o la cabeza cortada. No puede descansar en un suelo desprovisto de recuerdos sagrados.”

 Drácula, de Bram Stoker (1897)

 ***

Siento como las últimas gotas de lluvia caen del cielo y resbalan por la máscara en forma de calavera que cubre mi rostro, anunciando el fin de la tormenta. Desde la azotea de este edificio contemplo la ciudad que se extiende a mis pies, como si fuese un dios que observa vigilante el devenir de sus fieles. La noche cierne su férreo abrazo sobre Hollow City y sus habitantes, que corretean de un lugar a otro en su incesante marcha sin rumbo, como el rebaño que pace feliz en los verdes prados obedeciendo a su pastor.

Dichosos ellos, pobres ignorantes de la vida, incapaces de ver la oscura verdad que se esconde en los rincones tenebrosos de la ciudad.

Aunque en la atmósfera aún resuena el eco de los truenos, la tempestad se desvanece llevándose consigo el diluvio de los tres últimos días, junto con el inquietante tejido formado por brillantes rayos y relámpagos que ha estado iluminando las noches de Hollow City. Aunque por fin el temporal desaparece tan misteriosamente como emergió días atrás, hay algo que todavía me produce cierto desasosiego.

Aún percibo esa presencia turbadora que empecé a sentir cuando se formó la borrasca, algo más inquietante y tenebroso que las nubes grises que oscurecieron el cielo y que aún permanecen ahí. Es más, esa extraña sensación que embarga mi espíritu es ahora más fuerte, como si hubiese ido aumentando su poder noche tras noche. No sé cuál es su origen, pero tengo la certeza de que pronto lo sabré, pues intuyo que no pasará mucho tiempo antes de que nuestros caminos se crucen.

Un grito se alza entre los murmullos que desprende la ciudad, el lamento angustioso de una mujer en peligro que clama auxilio. Normalmente esa acción desesperada sería completamente inútil a estas horas de la noche en Hollow City, pero esta vez hay un factor que cambiará dicha suerte. Esta noche la súplica de la víctima en busca de ayuda no caerá en oídos sordos, pues cerca de ella está el guardián de las calles de esta ciudad, que acudirá presto a socorrerla.

Como dijo esta tarde el Padre García en la Iglesia de Saint Patrick, «bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos»[1]. Y cuando llega el momento de aplicar la justicia, significa que es la hora de que yo entre en acción.

Es la hora de Espectro.

Doy un salto al vació mientras extiendo la capa de kevlar para planear sobre los edificios, cubriendo rápidamente el espacio que me separa del suelo como un ave de rapiña en busca de su presa. Las botas especiales que calzan mis pies ayudan a amortiguar el impacto del aterrizaje, cayendo de pie tras haber salvado una distancia que ningún saltador olímpico podría alcanzar ni en sueños. Echo un rápido vistazo para asegurarme de que no hay nadie en el estrecho callejón y avanzo como una sombra sigilosa camuflándome en las tinieblas gracias al traje protector.

Nuevamente oigo gritar a la mujer, esta vez más débilmente que antes, y al doblar la esquina me encuentro con el mismo espectáculo de siempre. Un hombre de cabellos sucios y enmarañados, situado de espaldas a mí, sujeta con sus manos el cuerpo de una muchacha mientras acerca la cabeza a la de ella. Pero esta vez el violador no obtendrá ningún placer, su única recompensa por sus actos será el dolor. Y mucho.

Cruzo el espacio que me separa del delincuente y le golpeo brutalmente aprovechando la sorpresa y la inercia, pero aunque logro alejarlo de la mujer apenas lo desplazo unos pocos metros. El tipo ha encajado muy bien el golpe, y eso que su complexión dista mucho de la de un deportista de élite. Pero cuando vuelve su rostro hacia mí y veo sus ojos rojizos y su piel pálida, comprendo que debe ser efecto de alguna droga. El hombre debe estar hasta las cejas de coca, heroína, éxtasis, o todas ellas juntas mezcladas con alcohol.

Pero entonces reacciona con una rapidez sorprendente y me ataca, olvidándose de la chica y rodeando mi cuello con sus manos nervudas. Su fétido aliento atraviesa mis fosas nasales, aunque el resto de su cuerpo no huele aún mejor. Este cabrón necesita una buena ducha aunque ahora mismo no va a poder ser, puesto que pienso tumbarle de una paliza. Aprieto los puños enguantados y tras echar los brazos atrás los muevo con toda mi fuerza hacia sus costados, haciendo crujir sus huesos. Aunque el tipo afloja un poco su presa no termina de soltarme, a pesar de tener las costillas rotas sus dedos se hunden en mi garganta. Es demasiado fuerte, si no fuese por el traje de kevlar ahora mismo estaría muerto, y encima no puedo sacar la katana enfundada en mi espalda porque está demasiado cerca.

Y entonces es cuando abre la boca, dejando escapar un hilo de saliva repugnante como si fuese un vagabundo que lleva días sin echarse nada al estómago, aunque eso no es lo que me horroriza. Lo hace la visión de sus colmillos puntiagudos creciendo rápidamente y de forma antinatural mientras su cara entera se retuerce grotescamente hasta adquirir una apariencia monstruosa e inhumana. Parece mentira, pero este tipo no es un simple drogadicto con ganas de jaleo.

Estoy luchando contra un vampiro, un maldito chupasangre que desea saciar su terrible sed conmigo, y encima parece que está ganando.

Forcejeamos intentando cada uno ganar la posición, y al final el vampiro me hace chocar la espalda contra una pared mugrienta mientras acerca sus dientes afilados hacia mi cuello. Al ver su boca abierta dirigida contra mí con avidez decido que es mejor no esperar a ver si el kevlar resistiría su mordisco. Es la hora de contratacar.

Inspiro con fuerza mientras invoco el Poder Oscuro que reside en mi pecho[2], en el fragmento incrustado en mi cuerpo cerca del corazón, y siento como la Energía Oscura se libera como un torrente canalizándose a través de todo mi ser. Con un movimiento brusco de mis brazos me libero del férreo abrazo, observando como mi enemigo pone cara de sorpresa. Antes de que se recupere, le propino un buen puñetazo que lo arroja lejos, y su cuerpo pálido y flaco queda incrustado en uno de los contenedores de basura cercanos. Pero contra un enemigo como éste no hay tregua ni cuartel, y rápidamente el chupasangre se pone en pie preparándose para cargar nuevamente contra mí con un rugido bestial.

Pero ahora soy más fuerte y ágil gracias al Poder Oscuro, y cuando el vampiro llega al lugar donde un microsegundo estaba yo, no encuentra más que un sorprendente vacío. Se da cuenta de mi maniobra, pero demasiado tarde. Con un movimiento fluido de mi mano derecha desenvaino la katana y golpeo directamente a su cuello. La técnica del iaiutsu[3] demuestra su utilidad cuando la cabeza cercenada del vampiro, con los ojos y la boca abiertos por la sorpresa, rebota como un balón de plástico sobre el suelo húmedo del mugriento callejón.

Una mirada alrededor me informa de que la mujer ya no está, ha huido aterrorizada hacia la seguridad de la avenida principal, cuyas luces están muy próximas. Mejor así, ser testigo de la existencia de criaturas sobrenaturales en la ciudad podría desestabilizar una mente poco acostumbrada, mucho más que creer haber sido víctima de un intento de violación.

Ahora que tengo vía libre me dirijo al cuerpo decapitado, busco en sus sucias ropas y encuentro una identificación de la Administración de Aduanas e Impuestos Especiales de Hollow City, a nombre de un tal Gary Sharrow. Lo único extraño que presenta es una especie de tatuaje parecido a una cruz con un círculo en la parte superior, en el hombro derecho. Miro los rasgos del rostro del muerto, que ahora lo está definitivamente, y tras colocar la cabeza sobre el cuerpo saco un par de pequeñas bengalas de magnesio del bolsillo de mi traje. Las arrojo sobre los restos del vampiro y éste comienza a arder en una gran llamarada brillante, como si lo hubiesen empapado de gasolina. Estos muertos vivientes son de lo más combustibles, dentro de un momento solo quedarán cenizas, que serán esparcidas por el viento a lo largo del callejón.

Mis sentidos agudizados por el Poder Oscuro me alertan de los coches patrulla que se aproximan, así que será mejor que me largue enseguida. También escucho un sonido amortiguado que viene de algún lugar cercano, como alguien que sacude una alfombra o como un gran pájaro que aletea en el aire, pero no tengo tiempo para ver de qué se trata. Dando saltos de balcón en balcón llego a la terraza de uno de los edificios, y desde allí salto a los tejados de otro aún más elevado. Creo que será mejor ir a hacer una visita a alguien que sepa más que yo sobre estos asuntos.

Porque me acabo de dar cuenta de que a pesar de haber exterminado al vampiro, aún continúo percibiendo esa presencia extraña y maligna que vino con la tormenta. Y algo me dice que esa sensación de amenaza está relacionada con el vampiro cuyos restos calcinados yacen en la soledad del callejón.

 ***

En uno de los ventanales de los pisos superiores de la Iglesia de Saint Patrick, en el decadente barrio de Sawmill Street, aún brilla una solitaria luz, lo que indica que el Padre García aún está despierto. Salgo del coche con las nekode[4] preparadas y me acerco a uno de los muros exteriores del edificio gótico, vigilando que no haya nadie allí que pueda verme. Presiono las pequeñas pero afiladas puntas sobre la pared y comienzo a escalar hasta llegar a la ventana, donde doy un golpe para advertir al sacerdote. El hombre da un respingo al sobresaltarse, pero al reconocerme abre la ventana y me deja pasar al interior de su habitación.

Tras sermonearme sobre lo que está bien y lo que está mal, charlamos un poco y se le pasa el mal humor. Es un buen hombre este Padre García, no es uno de esos charlatanes con sotana fanáticos de su religión, sino alguien dedicado por entero a hacer la obra de Dios en el mundo terrenal. Da de comer a los pobres fuera de su horario, colabora con los hospitales, atiende a los niños de los hospicios, y encima tiene la paciencia de aguantarme cada vez que paso por aquí.

Le hablo de mi encuentro con el vampiro, y su expresión cambia. Pero no me mira como si estuviese loco, sino con extraña comprensión. Su mirada se vuelve inquieta, distraída, como intentando recordar algún pensamiento lejano. Luego me hace una seña para que le acompañe escaleras abajo, hacia la pequeña biblioteca que la iglesia ha mantenido desde su construcción, allá por el año 1850. Al llegar a la habitación, enciende las luces y se dirige a uno de los estantes, donde presiona una especie de resorte situado en uno de los laterales. Para mi sorpresa se escucha un sonido chirriante al mismo tiempo que se desliza sobre la alfombra toda una sección de la estantería. El sacerdote empuja y ante mí se desvela una pequeña cámara secreta, donde hay un baúl de madera de aspecto arcaico del que sobresale un espléndido candado dorado. Observo que el enorme cofre posee tallado el símbolo de una rosa negra[5], similar al emblema del anillo colocado en el dedo anular derecho del sacerdote. El Padre García saca de su bolsillo un manojo de llaves, mete una de ellas en el candado y abre el baúl. En su interior hay varios objetos, pero en este instante sólo uno de ellos atrae su interés. Lo coge y me lo muestra, es un libro.

Se trata de un tomo muy antiguo y voluminoso, cuya tapa bellamente decorada muestra una ilustración que indica con claridad la temática de su contenido. Una cabeza monstruosa de ojos diabólicos y colmillos puntiagudos, junto a un crucifijo y una estaca. El título, escrito en latín con letras doradas de estilo medieval, no deja lugar a dudas.

«El Libro de los Vampiros».

El Padre García y yo nos sentamos en la pequeña mesa de lectura de la habitación. Ante mí se suceden las amarillentas páginas que contienen tenebrosos secretos que han permanecido custodiados a través del tiempo. Desvelar todo el conocimiento oculto en este tomo llevaría demasiado tiempo, así que el sacerdote imparte un cursillo acelerado sobre el vampirismo con habilidad magistral.

En tiempos remotos, en una era pretérita donde el mal recorría el mundo a placer, el Diablo creó a un ser muy especial con la finalidad de encabezar sus legiones demoníacas. A esa criatura la llamó Señor de los Vampiros, y le imbuyó de varios poderes entre los cuales estaba convertir a otros en monstruos idénticos a él. Estos hijos suyos se denominan Vampiros Reales, y a los descendientes de éstos se les conoce como Vampiros Nobles. Los vástagos transformados por el poder corruptor de los Vampiros Nobles son simplemente vampiros comunes, como al parecer era el tipo con el que me tropecé en el callejón.

Entonces el sacerdote se detiene para señalar un viejo dibujo que aparece en una de las deslustradas hojas. Es una especie de cruz con un círculo achatado en la parte superior, idéntico en aspecto a la marca del vampiro del callejón. El Padre García empalidece de horror cuando me explica que se trata del Ankh[6] o Cruz Ansada, el símbolo de un Vampiro Noble, por lo que aquel tipo era un simple lacayo de un ser aún más poderoso.

Tras escuchar varios consejos del Padre García, como el uso de la plata, la estaca, el ajo y los crucifijos, el sacerdote me obsequia con una petaca llena de agua bendita y con un brillante crucifijo plateado. Rechazo los regalos, no porque yo sea un tipo altanero y orgulloso, sino porque realmente no creo demasiado en Dios. Pero ante la insistencia del Padre García y para no perder más tiempo, al final los acepto.

Salgo de la iglesia de la misma forma con la que he venido. El tiempo apremia, pues los Vampiros Nobles son inteligentes y muy astutos y es muy fácil perderles la pista.

Una vez dentro del coche, un Syntrac-2000 de color negro con los cristales tintados, enfilo a toda velocidad para salir del barrio de Sawmill Street en busca de una nueva pista. Sin embargo, apenas ha dejado de ser visible la Iglesia de Saint Patrick por el retrovisor, una forma alada de grandes dimensiones vuela directamente sobre el parabrisas delantero impidiéndome la visión. Con un volantazo esquivo a la grotesca criatura con forma de murciélago, aunque la maniobra hace que me lleve por delante unos cuantos espejos retrovisores de los autos estacionados a lo largo de la calle.

Aprieto el acelerador, pensando que así dejaré atrás a ese diabólico ser, pero no tengo esa suerte. El sonido de un golpe en el techo del vehículo me indica que está justo encima de mí, aferrado de alguna manera que evita salir disparado por la inercia. Entonces de repente el bicho asoma su horrible rostro al otro lado del cristal, justo delante de mí como si pudiera verme a pesar del vidrio oscurecido. El monstruo golpea con su puño el parabrisas a modo de maza, pero el cristal a prueba de balas evita también que se rompa en pedazos por el ataque de la criatura. Intento realizar un par de giros bruscos para deshacerme del vampiro murciélago, pero es inútil ya que al parecer usa una de sus manos a forma de ventosa con la que se adhiere al coche de forma implacable.

El monstruo deja de aporrear el parabrisas y usa otra táctica, desplegando sus dedos en forma de garras afiladas con las que empieza a arañar el cristal. Su maniobra acompañada de un chirrido desagradable tiene éxito, a juzgar por las marcas que rápidamente se extienden delante de mí. Intuyo que pronto logrará su objetivo, así que pulso un botón especial del panel de mandos a la vez que piso el freno. Una descarga de alto voltaje se extiende alrededor del blindaje del vehículo, afectando también a la criatura que esta vez sí es lanzada por los aires varios metros por delante, aterrizando justo delante de un pequeño parque solitario.

El monstruo empieza a levantarse lanzando miradas de odio a través de sus diabólicos ojos rojos, como si la descarga eléctrica y el impacto contra el suelo apenas le hubiesen causado un daño leve. Piso el acelerador a fondo y el coche se lanza hacia delante con un ensordecedor rugido, embistiendo al engendro alado antes de que pueda recuperarse y huir volando. El ruido de su cuerpo al ser embestido deleita mis sentidos mientras desaparece en la oscuridad de las sombras que envuelven el parque.

Bajo del coche y me adentro entre los árboles con la espada desenvainada, pero esta vez no es necesario utilizarla. El asqueroso murciélago gigante está ensartado por una gruesa rama de pino cuya punta sobresale a la altura del pecho. Una sangre oscura y fétida mana tanto por su herida como por su boca, y antes de morir gorgotea algo sobre que su amo se vengará. Pero el ya no podrá verlo, porque su cuerpo queda inerte y se transforma en el de un hombre de rasgos comunes, también con la marca del Vampiro Noble sobre su hombro derecho.

Le aplico el tratamiento prescrito para los vampiros y después de decapitarlo con la katana le arrojo unas cuantas bengalas que hacen arder su cuerpo maldito en una gran hoguera que se extiende con rapidez. Aún me sorprende la facilidad con la que se abrasan estos seres de la oscuridad.

 ***

Aparco el coche al lado de la valla metálica que rodea la zona portuaria de la ciudad y acciono el mecanismo de camuflaje que hace casi invisible el Syntrac cuando no está bajo una luz brillante. Son las ventajas de haber sido una vez el industrial y millonario Eduard Kraine[7]. De un poderoso salto paso al otro lado de la valla y me escabullo entre las sombras de los muelles del puerto, hasta llegar al edificio principal donde están las oficinas de la Administración de Aduanas e Impuestos Especiales.

No tengo tiempo para revisar con exhaustividad la seguridad del edificio, con sus cámaras de seguridad y sus alarmas. Mi mejor opción es utilizar el poder sobrenatural de la piedra en mi pecho, así que una vez más invoco el Poder de la Oscuridad para que las fuerzas tenebrosas moldeen la esencia de mi cuerpo. Noto como si una corriente de frío atravesara cada una de las venas de mi ser, a la vez que por un instante dejo de sentir el latido de mi corazón. Es entonces cuando camino hacia la pared del edificio atravesándola como si fuese aire, aunque en realidad es mi cuerpo el que se ha vuelto insustancial durante un breve instante, permitiéndome entrar como si fuese un fantasma, un espectro de la oscuridad.

Una vez en el interior de las oficinas mis sentidos agudos captan la presencia de un solo guardia de seguridad. Deslizarme en silencio entre las sombras para acercarme a su espalda con sigilo es solo un juego de niños para mí, al igual que dejarlo inconsciente con un rápido golpe de taijutsu [8]a su flujo de circulación. Una vez me encuentro a mis anchas, ya no hay problema alguno en buscar entre los archivos de las oficinas los registros de actividades de los empleados. Tras investigar los correspondientes a Gary Sharrow, observo que su última tarea fue la recepción de un cargamento originario de Rumanía, justo el día en que se inició la tormenta sobre Hollow City. Una sensación de angustia se agita en mi interior al ver que la carga está registrada como «Caja de grandes dimensiones con restos mortuorios de pariente lejano». Es decir, un ataúd.

En el apartado correspondiente a la entrega al destinatario, al lado de una rúbrica estilizada de alguien posiblemente de alta alcurnia aparece un nombre muy rimbombante, T. Collinwood. En Hollow City solo hay una persona que responde a dicho dato, y no es otro que Lord Taylor Collinwood, un personaje de la alta sociedad que arrastra patéticamente su apellido de noble origen inglés en busca de favores que aumenten aún más si cabe su ego. Collinwood ha estado relacionado con el mundo del ocultismo, e incluso en la prensa amarilla se ha mencionado alguna vez su implicación junto a su bella esposa en rituales extraños y orgías celebradas en su apartada mansión a las afueras de la ciudad. Y la verdad es que no creo que Lord Taylor tenga ningún pariente en Rumanía.

Creo que ha llegado el momento de que Collinwood reciba la visita de Espectro.

 ***

En las inmediaciones de la mansión Collinwood no se divisa ningún signo de actividad, algo extraño puesto que siempre hay idas y venidas de personajes célebres, personal del servicio o incluso periodistas montando guardia a la caza de alguna fotografía que vender en una de esas apestosas revistas del corazón. Sin embargo lo único que me encuentro es un ambiente cargado que rebosa de una inquietud turbadora, bajo un cielo nocturno cubierto por densas nubes negras. Ahora percibo con gran claridad la presencia invisible y maligna que vino con la tormenta, y sé que se oculta en este lugar.

Tras salvar el muro que rodea la finca, atravieso sigilosamente el jardín que conduce a la casa cuando diviso una forma canina que sale de entre unos arbustos para cortarme el paso. El enorme perro guardián deja escapar un gruñido amenazador enseñándome unos colmillos enormes y puntiagudos, a lo que respondo desenvainando la katana. Pero entonces un sonido de hojas secas al ser aplastadas me informa de que no hay uno solo, sino cinco en total. Un quinteto de perros asesinos de ojos rojizos con ganas de hincarme el diente y que parecen actuar de forma peculiar, pues se posicionan a mi alrededor de forma inteligente rodeándome como si estuviesen entrenados para ello. O mejor dicho, como si alguien los estuviese controlando a distancia.

Me atacan los cinco a la vez, por todas partes, para no darme tregua alguna. Uno de ellos salta a mi espalda para buscar la garganta, encontrándose con el filo cortante de mi espada cuando trazo un semicírculo en el aire que raja su hocico de lado a lado, arrancándole trozos de carne sangrante.

Rápidamente doy una voltereta hacia delante que sirve para cambiar de posición a la vez que para esquivar el mordisco de otro de los perros, y vuelvo a blandir el acero para atravesar el lomo de uno de ellos. Pero aún quedan tres de esos bastardos, y son salvajes y muy rápidos. Noto como uno de esos diablos hunde sus colmillos sobre una de mis pantorrillas, mientras los otros dos se aferran a mis brazos apretando los dientes y tirando con fuerza para intentar derribarme al suelo, lo que debo evitar a toda costa porque entonces estaría totalmente indefenso. Su fuerza inhumana surgida del poder sobrenatural que los guía consigue hacer que suelte la espada, mientras sus afilados dientes logran abrirse paso a través del kevlar hundiéndose dolorosamente en mi carne.

Intentando ignorar el dolor reúno fuerzas y extiendo los brazos para lanzar por los aires a los perros, consiguiendo zafarme de las presas de sus mandíbulas. Antes de que se recuperen me encargo del animal que se aferra con ansia a mi pierna, lanzándole con todas mis fuerzas un golpe de atemi jutsu[9] que le hunde el hocico, astillándole el hueso contra el cerebro.

Los dos perros que restan se colocan uno delante de mí y otro detrás, lanzando gruñidos que advierten claramente que van a continuar el combate hasta el final. Cierro los ojos y me concentro, oigo su respiración jadeante y luego el batir de sus poderosas patas sobre el húmedo césped del jardín. Se abalanzan sobre mí dando un salto mortal con la rapidez del relámpago, sus cuerpos se acercan a escasos milímetros del mío en un poderoso ataque definitivo. Pero su embestida resulta inútil cuando en lugar de encontrar a su presa únicamente me atraviesan como una figura hecha de aire, y su momento de perplejidad termina en un microsegundo con el ruido que emana del chocar de sus cabezas. Las bestias caen al suelo heridas mortalmente entre ellas, y una vez más doy gracias por el Poder Oscuro que fluye en mi interior.

Recojo la katana y avanzo hacia la mansión, dejando detrás de mí un rastro intermitente de sangre que mana de las heridas. Pruebo la entrada principal, pero está cerrada, y aunque podría atravesarla como un fantasma prefiero no malgastar la escasa reserva de Energía Oscura que aún me queda. Decido sacar el kunai[10] para intentar forzar la cerradura, y tras varios intentos al fin tengo éxito y consigo entrar en la casa.

Un silencio sepulcral domina el interior de la mansión, y mientras avanzo por el vestíbulo puedo captar un olor desagradable como el de la humedad de una cueva mezclado con algo más penetrante y metálico. Es un hedor a podredumbre y sangre, el perfume de la muerte. Me dirijo hacia la puerta del salón principal, cuyo umbral entreabierto deja pasar la claridad de una luz anaranjada, además de una serie de extraños ruiditos como múltiples roces de tela. El corredor que comunica el vestíbulo con el salón está repleto de estrafalarios objetos decorativos y tremendamente caros, demostrando el mal gusto artístico de su propietario. Un ejemplo de ello es la extravagante colección de máscaras africanas que adornan el espejo gótico situado sobre un mueble auxiliar de restauración, símbolos de una cultura pagana repleta de misterio y magia.

Empujo suavemente la puerta abierta con la katana preparada y entro en el salón, solo para ser recibido por una lluvia de objetos ruidosos que se lanzan contra mí. En realidad sólo son murciélagos que forman un enjambre de criaturas que se lanzan en un despavorido vuelo, intentando huir de la habitación mediante su frenético aleteo. Me protejo del hervidero de ratones voladores extendiendo la capa negra en forma de escudo delante de mí, y es entonces cuando por el rabillo del ojo capto un movimiento en el espejo situado a mi lado. Como no tengo tiempo ni espacio suficiente para volverme y blandir la espada con un movimiento circular empleo otra táctica. Giro la muñeca del brazo con el que empuño la katana a la vez que flexiono el antebrazo hasta lo máximo que permite el codo, empujando la hoja afilada hacia atrás forzando al máximo los músculos y tendones de la extremidad. Noto el impacto del metal contra la carne, y cuando me vuelvo para encararme contra mi traicionero enemigo me topo con un rostro macilento de ojos desorbitados, un hombre medio calvo con uniforme de mayordomo manchado por la profunda herida que atraviesa su cuerpo. Al menos no es un vampiro, su reflejo en el espejo es lo que me ha advertido de su ataque con el hacha afilada de trocear carne que resbala de sus dedos agonizantes.

Vuelvo a entrar en el salón y camino sobre la alfombra turca que recubre el suelo hacia un altar improvisado. Es evidente que se ha realizado algún tipo de ritual en este lugar, a juzgar por las velas negras, el cáliz con restos de sangre y la capa de cenizas que hay alrededor del altar. Marcas de rozaduras sobre la alfombra indican que algo muy pesado fue arrastrado hasta allí, tal vez un ataúd.

Regreso sobre mis pasos y examino el cadáver del mayordomo, dándome cuenta de que sus zapatos están sucios de tierra y restos de césped. En su bolsillo hay una llave grande de hierro separada del manojo que recoge las otras. Este tipo venía de algún lugar del exterior, y creo que sé de dónde.

Salgo de la casa y examino los alrededores hasta encontrar lo que busco. Un pequeño sendero atraviesa el jardín hasta llegar a un edificio de columnas blancas coronadas con siniestras gárgolas pétreas que vigilan una puerta de hierro. Es el mausoleo familiar donde están los restos de los Collinwood, y ahí es donde debe encontrarse la presencia siniestra y amenazadora cuyo poder embota mis sentidos. A cada paso que doy noto como se hace más fuerte su aura de maldad, un vampiro noble se oculta en el interior de la cripta y yo debo destruirlo.

Utilizo la llave del mayordomo para abrir la puerta del edificio y me adentro en la oscuridad agarrando la katana con ambas manos. Mientras avanzo advierto que las suelas de mis botas entran en contacto con algo pegajoso que hay sobre las frías losas, una sustancia densa y rojiza que no es otra cosa que sangre seca. Mucha sangre. Es entonces cuando veo el montón de cadáveres pálidos y desangrados que se apiña en un rincón sobre el suelo del mausoleo. A pesar de las ropas lujosas con que van ataviados los cuerpos y las joyas caras y relojes dorados que los adornan, toda su riqueza no les ha servido para nada. Reconozco algunas caras, formaban parte de los adeptos de Lord Taylor Collinwood, personajes famosos y adinerados que derrochaban sus fortunas en las fiestas desenfrenadas que celebraban a medianoche el dueño de la mansión y su esposa.

Sonrío al ver que el oscuro líder de la secta es una de las víctimas. Su sangre noble cae derramada por un gran corte en la yugular, un regalo presumiblemente otorgado por haber despertado al vampiro de su sueño. Una terrible pero merecida recompensa que espero haya conducido su alma negra y corrupta hacia los más oscuros rincones del infierno, donde ojalá se pudra lentamente por toda la eternidad.

Al fin mis ojos se posan en un objeto que atrae toda mi atención, un cofre grande de alabastro finamente ornamentado y cuyas dimensiones permiten albergar un cuerpo humano. Aunque dudo mucho que lo que hay dentro pueda ser denominado “humano”. Sobre la tapa del sarcófago hay una placa metálica donde destacan unas letras grandes de estilo gótico escritas en rumano: «Aici se află prințul Valahiei și teroare a turcilor Vlad Dracul».[11]

¡Drácula! Pronunciar el nombre del legendario vampiro inmortalizado por la obra del escritor Bram Stoker hace que mi alma se estremezca. Por fin puedo poner nombre al enemigo contra el que me enfrento, el mezquino conde y señor de los vampiros, un auténtico demonio cuya maldad supera con creces la crueldad de los sectarios que lo han despertado, trayendo de nuevo el terror a este mundo. Pero eso es algo con lo que voy a terminar de una vez por todas.

Respiro hondo y abro la tapa del ataúd dispuesto a clavar la espada en el cuerpo del vampiro, pero descubro con estupor que lo único que hay en su interior es tierra arenosa de color marrón. Entonces un fuerte estruendo que proviene de la entrada de la cripta coloca mis sentidos en alerta, pues la puerta se ha cerrado y ahora me enfrento a la oscuridad absoluta.

Dos puntitos rojos refulgen amenazantes en las tinieblas, donde puedo vislumbrar a duras penas el contorno de una vaga silueta. No espero más y me lanzo al ataque, pero algo me golpea lanzándome contra la pared del fondo, haciéndome soltar la katana. Antes de que pueda recuperarme la cosa se lanza sobre mí a una velocidad sorprendente, y unos dedos de acero se cierran sobre mi garganta a la vez que me sujetan contra la pared levantándome por encima del suelo. Su fuerza y su poder son increíbles, pero yo también tengo mis cartas. Antes de que pueda perder la consciencia por la asfixia intento concentrar toda mi reserva de Poder Oscuro para utilizarlo en un poderoso ataque final que me permita detener al monstruo. Sin embargo algo ocurre, pues siento como la Energía Oscura de mi interior fluye de forma muy diferente a lo que tenía pensado, como si escapase a mi control y quisiera unirse a otro dueño. Parece imposible, pero mi enemigo está absorbiendo mi energía haciéndose más fuerte mientras yo me debilito.

Las carcajadas siniestras de Drácula resuenan sobre mis oídos como un castigo aún más humillante que el haberme despojado de mi poder, y cuando termina me arroja contra el suelo duro y frío con un poderoso golpe que provoca que la oscuridad a mi alrededor se vuelva aún más densa, hasta que todo mi mundo se transforma en un abismo de negrura sin fin.

 ***

Al abrir los ojos lo primero que siento es un intenso y desagradable dolor de cabeza, pero intento sobreponerme y poco a poco logro enfocar mis sentidos. Lo primero que me doy cuenta es que estoy atado boca abajo y con las manos a la espalda, colgando de una cuerda como si fuese una vulgar res del matadero, despojado de la máscara y la parte superior del uniforme que ahora reposan junto a la espada en un cercano rincón del suelo. Y lo siguiente que percibo con total claridad es la ausencia del Poder Oscuro dentro de mí, el maldito conde vampiro se ha ido tras robarme mi energía, dejándome más seco que una momia. Aún siento el fragmento místico cerca del corazón, pero ahora tan solo es una batería descargada carente de utilidad. De ahora en adelante me las voy a tener que apañar sin los poderes de la Energía Oscura.

Pero ese problema queda en un segundo plano cuando ante mi campo de visión invertido aparece una mujer extraordinariamente bella, de piel pálida y suave, cabellos rubios revueltos y con unos labios dulces de color rojo intenso. Sus movimientos son elegantes y gráciles, contornea su exuberante figura con movimientos sensuales que harían las delicias de cualquier hombre. El atractivo de la misteriosa mujer queda resaltado más si cabe por el vestido corto y escotado que se pega a su cuerpo como una segunda piel, acentuando la sensación de ser una aparición etérea. Cuando se aproxima a mí tan cerca que puedo sentir su aliento seductor sobre mi rostro, noto que sus hermosos ojos verdes tienen un ligero velo rojizo que empañan su belleza. Pero hay algo que me inquieta, y es que en ellos no brilla ninguna luz de vida, no hay nada salvo una mirada fría y vacía tras esos ojos, pues son dos pozos en cuyo fondo solo hay muerte.

La mujer ríe de forma burlona, una risa provista de malévolas intenciones, y me cuenta su historia regocijándose con crueldad. Es la esposa de Collinwood, aún más bella en la muerte que en vida, y me dice que fue idea de ella invocar al Conde Drácula a través de un ritual vedado incluso a las sectas satánicas más poderosas y clandestinas. Gracias a sus contactos en Europa había conseguido localizar el paradero del ataúd de Drácula, y tras traerlo a Hollow City ella y su marido organizaron el ritual para despertarlo. Con la sangre de los miembros de la secta celebraron la blasfema ceremonia prohibida, y lo primero que hizo el vampiro al despertar fue alimentarse de Lord Collinwood. En cambio a la mujer la convirtió en su elegida, transformándola en un ser de las tinieblas como él.

Cuando la hermosa mujer vampiro termina de relatar su historia, acerca su rostro al mío y abre lentamente su dulce boca, enseñando unos blancos y puntiagudos colmillos. Justo cuando va a hincar sus dientes en mi cuello, logro al fin zafarme de las ataduras de las muñecas, dando gracias a que mientras narraba su tétrica historia no se había percatado de mis sutiles movimientos de nawanuke-jutsu[12]. Le propino un golpe con la palma de la mano en la nariz, empujándola hacia atrás. Evidentemente eso no la detiene, pero me concede unos momentos para flexionar el cuerpo y así poder alcanzar un objeto que llevo escondido en una de mis botas.

Cuando la vampiresa se abalanza sobre mí con la cara congestionada por una terrible ansia demoniaca, la recibo con el sureddo[13] extendido de lado a lado, y con un rápido movimiento de los brazos utilizo el instrumento para rodear su cuello. Aprieto con una fuerza nacida de la rabia y la desesperación, no para estrangularla puesto que los vampiros no respiran, sino para decapitarla. Oprimo sin parar hasta que por fin se escucha un chasquido desagradable y luego un golpe de algo que cae al suelo rodando. El cuerpo sin cabeza de Lady Collinwood se desploma inerte sobre las losas de mármol de la cripta, y aprovecho para desatar la cuerda que me tiene colgando boca abajo.

Recupero mis cosas y vuelvo a ponerme el traje y la máscara. No hay rastro de la presencia del rey de los vampiros, y ahora que me encuentro despojado de mis poderes ya no percibo su presencia mística. Tampoco está su ataúd, lo cual no pinta nada bien. Salgo de la cripta y me dirijo hacia la mansión, pero tras registrarla no encuentro rastro alguno del conde. ¿Dónde diablos se encontrará?

Intento pensar con claridad para anticipar el siguiente paso de Drácula. Está claro que ha huido junto a su sarcófago, pero no creo que lo haya hecho volando. Entonces me acuerdo de que hay un sistema de vigilancia en la casa, y tras encontrar la sala de monitorización retrocedo la grabación de hoy pulsando el botón del rebobinado rápido. En la pantalla veo como una limusina sale del garaje y avanza hacia la verja de la entrada a la finca, un chófer con gorra sale del coche y abre manualmente la puerta. En la grabación se puede apreciar la mirada perdida del hombre, como si estuviese bajo los efectos de la hipnosis. Apuesto lo que sea a que Drácula está metido en su ataúd en la parte trasera del vehículo. Ahora la cuestión es averiguar a donde se dirige.

En la sala de vigilancia hay una placa informativa con los datos de la empresa de seguridad, así que se me ocurre llamar a la compañía desde el teléfono que hay sobre uno de los paneles y que seguro tendrán registrado. Me hago pasar por Lord Collinwood y digo que mi mujer se ha llevado el coche y que sospecho que tiene una aventura. Apelando a su discreción y su eficacia les ruego que me informen del paradero del automóvil, pues estoy completamente seguro que lleva instalado un GPS localizador que la empresa puede rastrear. Tras unos minutos de espera me confirman que la limusina se encuentra cerca de la vieja estación de Hollow City, en las afueras de la ciudad. Doy las gracias y cuelgo, la jugada me ha salido bien y ahora puedo dar el último paso.

Es la hora de cazar a un vampiro.

 ***

La atmósfera que rodea la antigua estación de ferrocarril de la ciudad, ahora un lugar muerto y abandonado, es de una quietud aplastantemente silenciosa. Bajo del Syntrac con el hedor de la gasolina profundamente implantado sobre mis guantes, pues le he propiciado el funeral adecuado a los cadáveres de los Collinwood y sus adeptos. Ahora solo espero no haber llegado demasiado tarde para hacer lo mismo con Drácula.

Lo único que hay de interés en la zona es una furgoneta con el logotipo de la empresa pública encargada de las instalaciones, estacionada junto a la caseta de vigilancia y mantenimiento. Un rápido vistazo por el estrecho ventanuco me permite divisar el interior del pequeño edificio, donde se haya el cuerpo ensangrentado del vigilante tendido boca abajo con el cráneo partido. El arma del crimen es una palanca de hierro oxidado que ha sido arrojada al suelo tras cumplir su cometido. El siervo del conde ha hecho bien su trabajo, sin duda.

Examino los alrededores y no tardo en encontrar la limusina semioculta entre unos árboles cercanos. Las precauciones y el sigilo no son necesarios, pues el vehículo está vacío. Ni chofer, ni ataúd ni Drácula. No hay nada.

Desesperado, entro en la caseta de mantenimiento y busco entre un montón de papeles desordenados desperdigados encima de una mesa. Encuentro los horarios marcados para hoy y me fijo en que hace apenas unos minutos estaba prevista la parada de un tren de mercancías cuyo destino final es Capital City. Maldigo en silencio pues si el vampiro llega hasta allí tal vez sea demasiado tarde para encontrarle. No imagino lo que puede hacer si logra escabullirse en la gran ciudad.

Vuelvo al Syntrac y marcho a toda prisa por la carretera comarcal que conduce paralela a las vías del tren. Tras poner la última marcha y revolucionar al límite el motor alcanzo la velocidad máxima en un santiamén, pero creo que no es suficiente. Esta vez no puedo llegar tarde, así que utilizo mi último recurso. Acciono uno de los botones del panel luminoso, el que permite inyectar nitrometano al combustible del coche, y automáticamente el Syntrac se convierte en un coche de carreras, superando los 400 km/hora. Mis manos vibran junto al volante mientras la bestia en la que cabalgo surca la noche como si fuese un cohete supersónico, el paisaje a mi alrededor cambia tan deprisa que me produce una extraña sensación de vértigo.

El tiempo pasa rápido y al fin puedo ver el tren sobre la vía situada a mi izquierda. No me queda combustible, y encima más adelante puedo divisar como la carretera se desvía a la derecha, alejándose del tren para perderse en el interior de un bosquecillo. Así que solamente tengo una opción.

Piso el acelerador hasta el fondo, el motor se queja con un rugido ensordecedor y los neumáticos amenazan con despegarse del asfalto, pero yo sigo adelante. La carretera llega a la curva pero continúo igual, aunque sé que el camino de tierra y piedras hará que al final pierda el control del coche. Acciono el regulador de velocidad para estabilizarla a la del tren y deslizo el panel del techo para salir al exterior. Hay una distancia de pocos  metros entre el Syntrac y el lateral del último vagón del tren, pero he de arriesgarme. Doy un salto con todas mis fuerzas y consigo agarrarme a la parte trasera, mientras veo como mi coche va perdiendo poco a poco la velocidad al agotarse el combustible del depósito.

Trepo hasta la parte superior y agarrándome con fuerza por los bordes voy pasando de vagón en vagón examinando el interior de cada uno de ellos a través del tragaluz de seguridad. Cuando encuentro lo que busco me cuelgo del lateral y manipulo el cerrojo, doy un fuerte tirón y deslizo la puerta corredera, encontrándome cara a cara con el esclavo mental del vampiro. El tipo se abalanza contra mí esgrimiendo un hacha de seguridad interponiéndose ante el ataúd de su amo, que se encuentra al fondo del vagón.

Bloqueo su ataque sujetándole los brazos, y hundo mi rodilla en su estómago haciéndole perder el equilibrio. Termino de entrar en el vagón y continuamos forcejeando, el tipo no suelta el hacha por nada del mundo y yo no tengo tiempo de desenfundar la espada. Me lanza un tajo potente a la altura del hombro derecho que atraviesa la protección del traje lacerando mi carne, y enseguida siento como se derrama mi sangre caliente por el brazo. El esbirro lanza una serie de ataques veloces que esquivo a duras penas retrocediendo hasta la puerta abierta, esperando mi oportunidad para reaccionar. Justo cuando intenta golpearme de arriba abajo para hundir su hacha en mi cabeza, uso ambas manos para agarrar el mango a la vez que aprovecho la inercia del golpe e inclino mi cuerpo hacia atrás para hacerlo rodar. Cuando mi espalda choca contra el suelo, apoyo la planta de un pie sobre el torso de mi enemigo para hacer más fuerza y consigo proyectarlo por encima de mí, consiguiendo lanzarlo al exterior donde su cuerpo cae por un profundo y escabroso barranco en cuyo fondo queda aplastado.

Aunque he podido deshacerme de mi contrincante, el esclavo ha realizado muy bien su cometido, pues al volverme hacia el interior del vagón puedo ver como la tapa del ataúd está abierta. Una pálida mano de dedos nervudos se aferra al borde, y a continuación se incorpora el torso de un hombre moreno vestido con un elegante traje moderno arrebatado a Lord Collinwood. Los rasgos marcados de su rostro aguileño conforman un conjunto inquietante, con unas cejas enormes y muy pobladas, una nariz delgada y puntiaguda y una boca de sonrisa cruel disimulada por un grueso bigote. Toda su magnífica y aterradora figura desprende un aura de extrema maldad que produce escalofríos, sobre todo al mirar esos ojos negros que me observan con la altivez propia de quien se sabe de nobleza superior. En su mirada no hay señal alguna de vida, solo veo una promesa de muerte y dolor.

Es el conde Drácula.

Antes de que el vampiro de un solo paso desenvaino la katana y avanzo hacia él, pero algo me impide asestarle el golpe final. Es una extraña fuerza que me atenaza desde dentro, confundiendo mis sentidos, como si un millón de voces en mi cabeza se hicieran eco a la vez de un solo pensamiento. Es una sensación de anulación total, un efecto misterioso que avanza y se extiende como una mancha que lo cubre todo, hasta que mi voluntad se desvanece ahogada por un poder superior.

Obedece al amo. Haz su voluntad. Obedece a Drácula.

Mientras Drácula avanza a paso lento hacia mí manteniendo su mirada hipnótica, cedo a sus deseos y suelto la espada, sin ni siquiera sentir como mis dedos se abren y la empuñadura resbala de mi flácida mano.

Drácula es tu señor. No te resistas. Obedece a Drácula.

El rey de los vampiros ya está junto a mí. Sus ojos brillan con un resplandor rojizo y diabólico mientras entreabre los labios para enseñar sus fieros colmillos. El torbellino de voces no cesa, mi espíritu frágil pugna por sucumbir ante esa oscura fuerza que ya casi lo ha empozoñado completamente. Pero entonces distingo en mi mente una voz difusa que intenta enviarme un mensaje desde algún lejano recoveco. Quiero escucharla, sé que es importante, pero las otras voces no me dejan. Intento concentrar mi último ápice de voluntad en captar el mensaje, y al final reconozco la voz.

¡Es mi difunto maestro, Koshiro Katshume!

Acata las órdenes del señor oscuro. Cede a sus deseos. Obedece a Drac…

¡No! Grito en mi interior para acallar las voces malditas y poder escuchar el mensaje de mi maestro. Es un eco etéreo y distante, pero percibo las palabras.

«Recuerda, Eduard Kraine. La fuerza no se expresa por medio de una heroicidad temeraria. Solo la comprensión y la serenidad pueden manifestar la verdadera fuerza. Ante la adversidad, se resuelto pero sosegado. Hazle frente sin tensión ni despreocupación, con el espíritu firme y sin prejuicios. Si tu espíritu está sosegado, no dejes que tu cuerpo se relaje, y cuando tu cuerpo esté distendido, no dejes relajar a tu espíritu. No vences después de atacar, atacas cuando ya has vencido».

El recuerdo de las lecciones acerca del Zen de mi maestro estimulan poderosamente mi mente, y con un terrible grito tanto físico como mental rompo las cadenas hipnóticas forjadas por Drácula. Ante su atónita mirada me agacho para recoger la espada del suelo y trazo un corte en el aire que milagrosamente no alcanza de pleno al vampiro. Solo su rapidez sobrehumana le ha salvado de la decapitación, aunque ahora la sangre robada a sus víctimas emana como un torrente del corte en su yugular.

Aprovecho que Drácula está tocado de gravedad para rematarle, pero el conde demuestra que aún no está acabado y utiliza todos los recursos a su alcance. Con una sola mano arranca uno de los cajones del cargamento y me lo arroja sobre la cabeza, provocando un enorme crujido de astillar de madera cuando se rompe en varios pedazos sobre mi clavícula izquierda. Lanzo un tajo desesperado con la katana que le desgarra su abdomen de izquierda a derecha, pero el vampiro usa su asombrosa fuerza para desarme posteriormente con una poderosa patada. Un segundo puntapié me noquea en dirección a la puerta del vagón y lo único que evita la despedida al exterior es que me agarro con fuerza a los bordes.

El dolor es insoportable. Estoy caído en el suelo a merced de mi enemigo, que aunque herido de gravedad aún se mantiene en pie. Las leyendas le hacen justicia, Drácula es un enemigo formidable, un experto guerrero con una insaciable sed de sangre capaz de combatir incansablemente hasta el final. Y parece que esta vez ha ganado.

Inclino la cabeza al exterior, sintiendo la brisa nocturna que inunda el vagón y el traqueteo del tren que se acerca rápidamente a Capital City. Diviso a lo lejos las montañas que rodean la ciudad, pronto llegaremos hasta el puente que cruza el río y que anuncia la llegada al destino. Pero también veo otra cosa, más claramente que ninguna otra.

Al fin Drácula se alza ante mí como una oscura sombra mortal, un ente aniquilador de la vida dispuesto a ejecutar su ira vengativa de una vez por todas. Entonces mi mano viaja rápidamente hasta el interior de mi bolsillo y saco la cruz que me dio el Padre García. El conde me mira burlón y suelta una gran carcajada llena de desprecio, me dice que el amuleto sagrado no me servirá de nada, porque solo es de utilidad para aquellos que son verdaderos creyentes. Para su sorpresa le digo que eso ya lo sabía.

Manipulo la posición del crucifijo para reflejar los primeros rayos de sol que comienzan a filtrarse por encima de las montañas, pues nuestro duelo ha durado tanto que el fin de la noche ha llegado, dando paso al luminoso amanecer. La cruz centellea un instante, uno de los rayos es reflectado directamente sobre los ojos del vampiro, el cual lanza un intenso aullido de dolor mientras cruza sus manos ante el rostro en un débil intento por defenderse. Pero esta vez soy yo el que toma la iniciativa, y recogiendo uno de los trozos de madera astillada del suelo me abalanzo sobre mi enemigo clavándoselo con mortal ímpetu en su negro y endemoniado corazón.

Drácula sufre mientras agoniza, su cuerpo cae de rodillas sobre el sucio suelo del vagón mientras se convulsiona con movimientos espasmódicos. Cojo la katana del suelo y me quedo en pie observándolo, se resiste a comprender que ha llegado su final. Extiende una de sus garras pálidas hacia mí mientras lanza una serie de maldiciones, pero solo logra gorgotear palabras incoherentes pues la sangre mana a borbotones por su boca, ojos y oídos. Le digo que no puede maldecir a quien ya está maldito, y a continuación la katana surca el espacio con un movimiento fluido y limpio.

Drácula ha muerto.

Señalando el fin de la oscuridad, una claridad celestial penetra en el interior del tren eliminando cualquier rastro de tinieblas. Me doy prisa, puesto que ya casi estamos llegando al puente y nadie debe enterarse de todo este asunto. Levanto con ambos brazos el cuerpo decapitado y empalado del conde Drácula y lo coloco en el interior de su ataúd. A continuación recojo la cabeza del suelo y la deposito sobre el pecho, colocando el crucifijo en su boca. Busco en mis bolsillos y encuentro la petaca metálica con el agua bendita que no he podido utilizar hasta ahora, y rocío los restos de Drácula con el líquido sagrado. La reacción ante el agua bendita es parecida a la de un ácido extremadamente potente, el cuerpo se descompone rápidamente entre suaves siseos y pestilentes nubecillas de vapor. Luego utilizo la espada para perforar la tapa del ataúd con algunos agujeros, y cuando ya está todo listo coloco la cubierta y cierro el arcón.

Empujo el sarcófago hasta la puerta del vagón y espero hasta que el tren pasa junto al río, momento en el que reúno las escasas fuerzas que aún me quedan para lanzar el pesado objeto a las aguas turbulentas y oscuras. Pronto el ataúd se inundará completamente y se hundirá como una piedra hasta el fondo del lecho, donde con suerte permanecerá para siempre.

Descansa en paz para toda la eternidad, conde Drácula. Nos veremos en el infierno.

FIN

«Una vez más el mal ha sido derrotado, y se ha rechazado una terrible amenaza. De nuevo los inocentes ciudadanos de Hollow City vuelven a estar a salvo, siguiendo con su existencia felices e ignorantes del peligro que han estado a punto de sufrir. Nuevos peligros les esperan en el futuro, pero eso no importa mientras alguien les proteja.

Porque con la muerte de Drácula el Poder Oscuro ha vuelto a mí, siento como la energía mística fluye de nuevo con una fuerza vital aún más poderosa que antes. Y eso solo significa una cosa: que la ciudad vuelve a tener a su ángel vengador, a su infatigable campeón oscuro, a su caballero guardián vigilante. Porque yo soy el protector de Hollow City.

Yo soy…¡Espectro!»


[1] Cita de la Biblia, Mateo 5:6

[2] Espectro posee en el interior de su cuerpo un pedazo de Energía Oscura solidificada, como resultado de su enfrentamiento en el Museo de Arte de Hollow City contra la criatura sobrenatural llamada “El Fantasma” (véase HC Nº2, El Ojo de los Dioses).

[3] Técnica de ninjutsu consistente en desenvainar y atacar con el mismo movimiento.

[4] Instrumentos de ninjutsu que sirven para poder escalar mejor cualquier pared.

[5] Es el símbolo de la Hermandad de la Santa Orden de la Rosa Negra, un misteriosos grupo masónico que ya hizo su aparición en HC Nº4, El Soldado de Dios.

[6] Ankh, Cruz Ansada, Cruz Egipcia o Tau Enlazada, es un símbolo antiguo de la vida eterna, considerada una llave mágica que abría las puertas a la inmortalidad.

[7] Como se explicó en HC Nº2, El Ojo de los Dioses, Espectro renunció a su identidad de Eduard Kraine al ser capturado por TecnoCorp y simular su propia muerte.

[8] Taijutsu es un conjunto de técnicas de ninjutsu de combate cuerpo a cuerpo.

[9] El arte ninja de los golpes contundentes, uno de los cuales es el tettsui o puño-martillo.

[10] Herramienta oriental que consiste en un mango y una pequeña hoja, algunas con forma de gancho o de sierra. Sirve para múltiples usos, incluso como arma arrojadiza.

[11] “Aquí yace el príncipe valaco y terror de los turcos Vlad Dracula”.

[12] Técnica de ninjutsu para liberar de ligaduras mediante la flexibilización muscular.

[13] Arma ninja consistente en un hilo de acero irrompible y muy fino.

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comentarios
  1. eihir dice:

    Hola amigos, ya tenéis vuestra dosis de Hollow City con la aparición como personaje invitado del viejo conde Drácula. La habilidad ninja de Espectro se enfrenta contra la diabólica fuerza del vampiro. ¿Quien ganará? 🙂

  2. Simplemente genial, Eihir. Una lucha tenaz entre el mal y el poder del Espectro. Creo que tan sólo un héroe como este podría enfrentarse cara a cara con el mismísimo Drácula. La historia narrada en primera persona le da un enfoque interesante y un sabor pulpero sensacional.
    Enhorabuena, amigo mío.
    Hollow City está cada vez mejor.

    • eihir dice:

      Muchas gracias J. Luis, me alegro de que te haya gustado. La verdad es que lo he narrado en primera persona porque voy a convertirlo en audiorelato, y así es más fácil. En una semanita ya tendré preparado el audio con sus musiquillas y efectos de sonido. Un abrazo compañero.

  3. Pues me parece muy novedosa la alternativa del audiorelato, me irás contando como va la cosa.

  4. Buen relato, aunque ni siquiera el increible Espectro debería estar a la altura del mítico Drácula… ¿o si? … ¡Chúpate esa chupasangre!

  5. necrus dice:

    Espectro es capaz de todo. Una persona con su disciplina y el poder oscuro que ahora posee, lo hacen letal. Espero ansioso el próximo relato de Hollow City.

  6. Raúl Lacasa Lázaro dice:

    Me recuerda un poco el estilo de guión de los Batman de Frank Miller. La versión audiorelato también está muy bien.Espectro mola.

    • eihir dice:

      Muchas gracias por comentar, Raúl, me alegro de que te guste el personaje. El 1 de diciembre estará disponible el Nº13 de Hollow City, aunque no aparece Espectro sino otro protagonista. Un saludo.

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