BAILE DE MASCARAS

Publicado: 18 marzo, 2013 en Historias, Hollow City, Relatos, Sin categoría, Sobrenatural

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Hace algunos años, en algún lugar de Sudamérica…

Bajo el ardiente sol del atardecer, el Land Rover avanzaba dando tumbos por el traqueteante sendero, levantando a su paso grandes nubes de polvo. El vehículo dejó atrás un bosquecillo de árboles de recios troncos y afiladas hojas para adentrarse en un paraje mucho más desértico y solitario. Unos kilómetros más adelante el auto llegó hasta su destino, lo que parecía ser un conjunto ruinoso formado por restos de muros de piedra, vestigios de una cultura perdida en el tiempo hacía siglos.

El motor del Land Rover interrumpió su ronroneo, y del vehículo se apeó una joven pareja ataviada con ropa veraniega y sombreros para el calor. El hombre, de estatura media y delgado, observó a su alrededor con satisfacción, mientras la mujer echaba un trago de agua de su cantimplora con un ligero aire de fastidio. Luego ambos se besaron suavemente, mientras sus ojos revelaban esa mirada de complicidad que poseen todos los jóvenes amantes. Tanto el hombre como la mujer llevaban en su dedo anular izquierdo una reluciente alianza, cuyo brillo no podía rivalizar con el de sus miradas amorosas.

–¿Qué te parece esto, cariño? –dijo el hombre, extendiendo una mano para señalar todo el lugar–. Un sitio inexplorado, donde ningún ser vivo lo ha pisado desde cientos de años. Y todo para nosotros solos.

–No sé, Gideón, la verdad es que aquí solo hay piedras y polvo, y además hace demasiado calor. ¿No estaríamos mejor en el hotel? –la joven humedeció un poco su rostro de mejillas pálidas y su frente suave y lisa ayudándose de un pañuelo.

–Tranquila, Diana, un poco de aventura no nos hará daño. Al fin y al cabo estamos de luna de miel en Sudamérica, y nada más regresar a casa nos espera mucho trabajo. Tenemos que aprovechar al máximo estos pocos días que nos quedan de aventura.

Gideón se abrazó a su recién esposa y la volvió a besar, venciendo su reticencia y arrancándole una dulce sonrisa. En aquel momento se sentía el hombre más feliz del mundo. Tras haber ganado una beca de investigación que le había abierto las puertas en el mundo de la química, el joven doctor Gideón Lambrill había aceptado una irrechazable oferta en uno de los laboratorios más importantes del país, Industrias Goldchem. Le había propuesto matrimonio a Diana, su novia de toda la vida, y cuando ella le dio el sí ambos decidieron embarcarse en un largo viaje por varios países del sur del continente, hasta dar por casualidad en aquel recóndito lugar inexplorado.

Tras caminar entre los restos de lo que una vez fue uno de tantos pueblos indígenas de la zona, Gideón y Diana decidieron resguardarse del ataque incesante de los rayos solares acercándose a lo que parecía ser una pequeña gruta horadada en un montículo cercano. Las risas de los jóvenes se tornaron en sonrisas cómplices, luego los abrazos y las caricias se transformaron en besos apasionados, una explosión de deseo que surgió de su interior como la furia de un volcán abrasador. Y cuando Gideón empujó a Diana contra la pared de la cueva, en un movimiento llevado a cabo por el desenfreno amoroso, un pequeño grupo de piedras se deslizó de su lugar dejando a la vista algo que despertó la curiosidad del joven químico.

–Mira, Diana, parecen unos dibujos muy raros, ¿no crees? –dijo Gideón, cuya pasión le había abandonado súbitamente siendo sustituida por su curiosidad innata.

–No son dibujos, tonto, son símbolos místicos muy antiguos, como las runas sagradas que muchas culturas pretéritas solían utilizar incluso antes de inventarse la palabra.

Mientras Diana se inclinaba para apreciar mejor los detalles de los símbolos rúnicos, Gideón le palmoteó cariñosamente su espléndido trasero, provocando la risa en su joven esposa. Diana, que era profesora de Historia del Arte en una prestigiosa universidad, comenzó a quitar más piedras de la pared de la cueva, movida por un creciente interés. Gideón la ayudó y así, tras varios minutos, la pareja consiguió dejar a la vista un agujero lo suficientemente grande como para que un hombre pudiese entrar en él en posición horizontal. Puesto que estaba oscuro, Gideón fue al Land Rover y regresó con una linterna de explorador, iluminando el hueco.

–¿No pensarás en meterte ahí, verdad? –dijo Diana con cierto tono de preocupación, aunque ya sabía la respuesta.

Su marido no era el típico cerebrito universitario, el empollón de turno cerrado a las relaciones sociales con el pensamiento centrado únicamente en los libros. Gideón siempre había sido muy inquieto, y ya desde niño había demostrado ser descarado e impulsivo, cualidades que le habían llevado a explorar multitud de áreas. Aunque la química era lo que más le apasionaba, el muchacho también había practicado deportes de riesgo, incluso había experimentado con las artes marciales y las armas de fuego. Cuando algo nuevo captaba la atención de Gideón, éste se veía atrapado por una sensación irrefrenable de ir hacia delante, de llegar hasta el límite sin pensar en las consecuencias. Aunque los psicólogos que lo habían tratado cuando era niño le habían sometido a numerosas pruebas, ninguno había podido erradicar aquel punto negro de su alma, aquella especie de locura que de cuando en cuando lo poseía.

Por todo ello, a Diana no le sorprendió demasiado ver como su marido le guiñaba un ojo y se deslizaba reptando por el oscuro pasadizo que se abría desde la gruta hasta el interior de la montaña.

–¿No vienes? –preguntó él.

–No, alguien tiene que quedarse aquí vigilando por si el niño se hace daño –respondió ella maliciosamente.

Mientras Diana se entretenía examinando los extraños caracteres grabados en la piedra e intentaba recordar las lecciones recibidas en el pasado sobre las obras de arte rupestres, Gideón avanzó arrastrándose dificultosamente por el  estrecho túnel, hasta que tras unos pocos metros terminaba abruptamente en un bloque de piedra lisa. La luz azul de la linterna iluminaba más de aquellos dibujos crípticos, aunque esta vez sobresalía entre ellos con claridad la imagen de una silueta humana dibujada en color negro. Gideón imaginó que debía de tratarse de algún sacerdote de aquellos pueblos indígenas de la región, que en épocas remotas construían tumbas y templos por doquier para adorar a sus extraños dioses.

Tras palpar la piedra que tenía enfrente, el joven químico sacó de su bolsillo un pequeño destornillador y comenzó a rascar los bordes del bloque. Un rato después intentó empujarlo hacia delante, observando con sorpresa que parecía ceder un poco. Aunque cualquiera en su situación habría desistido y se habría marchado por donde había venido, Gideón era víctima de aquella locura obsesiva que evitaba cualquier posibilidad de renuncia. Soltando la linterna, empujó con todas sus fuerzas el bloque, haciendo que todos sus músculos se tensaran por el esfuerzo. El sudor bañó su cuerpo dolorido, mientras apretaba los dientes con rabia, sus brazos se convertían en dos pilares de hierro insensibles y sus ojos se salían de las cuencas debido a aquel brío demencial.

Y entonces ocurrió. Sin previo aviso, el pesado bloque pétreo osciló hacia delante, causando que el cuerpo de Gideón le siguiera por efecto de la inercia. En un instante el joven sintió que estaba cayendo en un oscuro pozo, para a continuación chocar con dureza contra un polvoriento suelo. Por fortuna la linterna había caído cerca, por lo que la primera acción del joven fue gatear hasta la luz. Tras examinarse y ver que estaba ileso, salvo por algunos arañazos y hematomas sin importancia, Gideón paseó el haz de la linterna a su alrededor para vislumbrar el lugar a donde había ido a parar por culpa de su extrema curiosidad.

Se hallaba en una especie de cueva en el interior de la montaña, repleta de montones de pedruscos fruto de los desprendimientos causados por el paso de los años y que habían bloqueado cualquier posible entrada que hubiese existido. La única forma de salir de allí era el mismo lugar por el que había entrado, aunque para ello debería trepar por la pared unos pocos metros para llegar hasta el túnel estrecho. Sin embargo, algo atrajo la mirada de Gideón haciéndole olvidar cualquier cosa que no fuese lo que su linterna estaba enfocando delante de él. Una forma humanoide se hallaba junto a la pared del fondo de la gruta, una estatua de madera de color negro de más de dos metros de altura, a la que le faltaba la cabeza. Tanto el torso como las extremidades de la estatua estaban cubiertos de extraños símbolos, muy similares a los que habían encontrado en la cueva exterior. Había algo siniestro en aquella figura, algo obsceno y maligno que provocaba a Gideón una sensación de repugnancia, aunque a pesar de ello no podía apartar la mirada del ídolo. Se sintió abrumado, como si la efigie de aquel antiguo dios inhumano pudiese observarlo aun cuando carecía de cabeza y por tanto de ojos para hacerlo.

Por supuesto, en aquella cueva existían muchas otras cosas interesantes, desde restos óseos hasta joyas y reliquias sagradas, pasando por utensilios y demás objetos que se acumulaban a los pies del ídolo oscuro como ofrendas de una cultura antigua y extinta. Pero Gideón sólo tenía ojos para la estatua, y los pelos se le pusieron de punta al recordar las historias que un viejo le había contado a la joven pareja la noche anterior en el salón del hotel. El anciano habló sobre un pueblo llamado los Fassazi, que habitó en aquellas tierras unos cinco mil años atrás, una cultura primitiva basada en la guerra y en la caza. Combatientes sedientos de sangre, feroces y crueles, los Fassazi habían sido encarnizados enemigos de todos los pueblos con los que se habían encontrado, como los Valaki. La fuerza de los Fassazi residía en su Dios Negro, un horrible ídolo con cabeza de hombre y cuerpo de demonio que habían encontrado en un lugar donde una gran bola de fuego cayó del cielo. Según el viejo, una terrible maldición cayó sobre el pueblo de los Fassazi cuando no pudieron evitar que una noche el jefe de los Valaki, el gran héroe Gornak, se llevase la cabeza de su dios. Todos los miembros de la tribu fueron muriendo por culpa de una misteriosa plaga, y el último acto de los sacerdotes Fassazi había sido el de encerrar a su vengativo señor para evitar que su cólera se extendiese por toda la humanidad. Y así, el ídolo había quedado apartado del mundo hasta aquel instante en que Gideón había resbalado encontrándose cara a cara con aquella encarnación del mal.

A pesar de la repulsión que le causaba la espantosa visión de la oscura deidad, la curiosidad se antepuso a la precaución y Gideón se acercó al ídolo. Al posar su mano izquierda sobre la estatua advirtió con una mezcla de sorpresa y asco que la superficie desprendía una inusual tibieza, ¡como si aquel odioso tótem estuviese vivo!

En ese instante llegó hasta los oídos del joven, a través del túnel situado en lo alto de la cueva, los gritos de advertencia de Diana.

–¡Gideón, acabo de recordar algo! Los símbolos de la entrada son muy similares a los de las culturas aztecas y mayas, y significan que hay algo peligroso ahí dentro. Ten mucho cuidado.

Apenas cesaron los ecos de la advertencia de su mujer cuando Gideón notó algo extraño en el ídolo. Desde el interior del deforme cuerpo de madera, a través del agujero del cuello cercenado, surgió una extraña y viscosa sustancia. El líquido de color negro manaba de forma abundante, burbujeando de forma nauseabunda mientras su olor infestaba el ambiente. El miedo se apoderó de Gideón, pero antes de que éste se volviese para huir de aquella sangre demoníaca, parte del líquido se derramó sobre su rostro provocándole terribles oleadas de dolor. Al llevarse instintivamente las manos a la cara para intentar quitarse de encima el líquido negro, éstas también quedaron mancilladas.

Sobreponiéndose al dolor, Gideón se arrastró como pudo hacia el otro extremo de la cueva, y comenzó a trepar por la pared intentando alcanzar la boca del túnel que le llevaría hasta la salida. El suplicio que le causaba el contacto de la sustancia oscura en sus manos y en la cara era indescriptible, pero el terror le dio alas y Gideón alcanzó por fin el estrecho pasadizo. Escuchó a su espalda un ruido semejante a una rama gruesa cuando se parte, y al volver la cabeza le pareció ver que la estatua se había movido, aunque no podía asegurarlo debido a la escasez de luz, el dolor que sufría su cuerpo y el terror que hacía presa en su mente.

Un instante después la cabeza del joven asomaba al exterior, donde Diana le ayudó a salir del pasadizo. Desanudándose un pañuelo que llevaba en el cuello para protegerse del sol, Diana intentó limpiar el rostro y las manos cubiertas por la sustancia pestilente.

–¡Por Dios, Gideón! ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Qué es esta cosa negra que te envuelve?

Pero antes de que Gideón pudiese contestar, el muro de la gruta exterior pareció explotar en miles de fragmentos de roca, y por el agujero del túnel emergió una mano grande y poderosa en forma de garra. Lo último que vio Gideón fue como aquella monstruosa mano de madera agarraba por el cuello a Diana y la arrastraba hacia el interior del oscuro pasadizo, mientras su mujer profería terribles alaridos de terror y sus ojos le lanzaban una mirada suplicante. Luego la tierra tembló a la vez que emitía un fuerte ronroneo, y una lluvia de rocas sepultó la entrada a la cueva maldita del Dios Negro, esta vez para siempre. Gideón cayó al suelo inconsciente sin poder resistir más tiempo el horror de tan terribles acontecimientos, mientras en su mente resonaban los ecos de los chillidos de pavor de Diana.

 ***

Cuando Gideón despertó en la cama del hospital, se enteró de que había transcurrido casi una semana desde los trágicos sucesos en la cámara del ídolo Fassazi. La policía de aquel país sudamericano lo trató como a un gringo loco y extravagante, sin hacerle demasiado caso. Dijeron que habían rastreado la zona con ahínco pero sin obtener ningún resultado, y que seguramente su esposa se había fugado con algún lugareño. Uno de aquellos agentes sudorosos y medio analfabetos incluso llegó a apuntar que toda la culpa había sido de Gideón por profanar una zona religiosa prohibida, y que por ello los dioses celestiales los habían castigado. El joven químico entró en tal estado de cólera que poco le faltó para matar con sus propias manos a aquél policía incompetente. Tuvieron que acudir varios celadores para evitar la tragedia, y la única consecuencia de la trifulca fue que Gideón tuvo que ser trasladado al pabellón psiquiátrico del hospital, un lugar tan placentero como una cárcel tercermundista.

Pero aquello no era el único problema al que Gideón tuvo que enfrentarse.

Las manos y el rostro del joven habían sufrido un cambio atroz, transformados por culpa del contacto con la sangre oscura de la estatua maldita. Allí donde había estado su piel rosada y juvenil, aparecía ahora una epidermis amarillenta y brillante, tan resbaladiza como la goma húmeda. Sus dedos antes habilidosos carecían del tacto sutil y de la agilidad necesaria para llevar a cabo su trabajo de investigación química, y su rostro agraciado había mutado a una grotesca máscara sin rasgos similar a la faz de una estatua de cera de museo.

Para la mente de Gideón toda aquella cadena de desastres fue demasiado, y algo en su interior se quebró como una ramita seca. El horror de la caverna, la pérdida de Diana, la estancia en el psiquiátrico y los cambios en su cuerpo fueron una combinación de factores que desencadenaron la locura que ya habitaba dentro de Gideón, y que esta vez salió a flote con toda su fuerza.

Días después los trabajadores del hospital encontraron los cadáveres de dos celadores, y la celda de Gideón Lambrill vacía. La policía prefirió olvidar el asunto y pronto se dedicó a otros menesteres, y con el tiempo nadie se acordó ya del joven gringo de los rasgos desfigurados que gritaba por las noches como un loco.

Sin embargo lo que nadie supo fue que Gideón regresó a Estados Unidos, donde comenzó una carrera delictiva con una nueva identidad. La maldición que le había deformado la piel de su cara y de sus manos también le había otorgado la facultad de poder moldearlas a su antojo, habilidad que le permitía asumir diferentes identidades. Gracias a sus conocimientos químicos fabricó un maquillaje que le permitía camuflar su nuevo color de piel. Incluso se apuntó a clases de arte dramático en una escuela nocturna para aprender a actuar y hablar de diferentes formas, convirtiéndose en un auténtico camaleón humano.

Y así fue como poco a poco la personalidad de Gideón Lambrill desapareció, y el joven químico con todo un brillante y prometedor futuro por delante se vio diluido como la sal en el agua, siendo sustituido por una nueva personalidad. El cruel, siniestro y astuto villano conocido como Wax Face, Cara de Cera.

 ***

 Hollow City, en la actualidad…

Cara de Cera abrió los ojos y se levantó de la cama. Por un instante no supo donde se encontraba, pero enseguida el ruido de los pesados camiones que se filtraba por la ventana abierta le recordó donde se hallaba. Estaba en una zona muy apartada de la ciudad de Hollow City, a salvo en su refugio secreto. Y hoy tenía que hacer algo importante, algo que si salía bien le otorgaría una nueva facultad a la hora de asumir distintas identidades.

El maestro del disfraz se dirigió al lavabo y contempló en el espejo su rostro brillante y pulido, una visión que antaño le había conducido por los escarpados abismos de la demencia, pero a la que ahora se hallaba habituado. Al fin y al cabo era una gran ventaja para cometer sus crímenes, como bien sabían todas las agencias gubernamentales del país. Él era Wax Face, el hombre de los mil rostros, el escurridizo criminal más buscado de todos pero al que nadie había conseguido atrapar.

Cara de Cera colocó una fotografía donde aparecía la imagen de un hombre moreno con perilla, de ojos azules fríos y profundos, que delataba la férrea personalidad de un duro hombre de negocios. A continuación el villano se humedeció con abundante agua toda la cabeza, palpándose las mejillas y la frente con las yemas de los dedos, frotando la superficie, estirando y marcando la piel como si fuese un escultor de arcilla trabajando en su torno. Luego apretó la elástica nariz con los dedos índice y pulgar, hasta conservar el aspecto y forma adecuados. Aplastó ambas orejas y ladeó un poco las puntas de los lóbulos, y se masajeó la piel alrededor de las cuencas de los ojos para obtener el efecto de profundidad adecuado. Con las uñas trazó unas ligeras marcas horizontales en su frente para crear las arrugas necesarias, y por último se volvió a empapar la barbilla con el agua del grifo para después estirarla de forma sutil hacia delante.

Wax Face extrajo el secador eléctrico del neceser y aplicó ráfagas cortas de aire caliente sobre todas las partes de su cabeza, haciendo que su piel de cera se endureciese. Luego extrajo su kit de maquillaje y seleccionó un frasco de color marrón claro, aplicando su contenido sobre todo el rostro. Para los labios utilizó un lápiz labial de rosa pálido, camuflando su boca amarillenta. Y por último, de su estuche de lentillas eligió unas de color azul, completando el disfraz con una peluca y una barba postizas. Para camuflar sus manos, las envolvió con unos guantes de cuero negro, pues no quería aplicar el maquillaje marrón sobre ellas para no dejar rastros en cualquier parte.

Cuando Cara de Cera sonrió siniestramente al espejo, éste le devolvió la sonrisa de otra persona completamente distinta. Ahora era Warren Preston, Director del Departamento de I+D de TecnoCorp.

 ***

Una hora después, en una de las calles del barrio de Silver Heights, el falso Warren Preston caminaba por la acera encharcada, cubriéndose de la lluvia gracias a un grueso impermeable marrón y un sombrero a juego. Wax Face tuvo cuidado de no exponer su rostro a la lluvia, pues de lo contrario corría el riesgo de perder su disfraz. Se detuvo frente a la puerta de una de aquellas casas construidas para la clase media de Hollow City, donde vivía el profesor Van Voddel, un experto investigador de la tecnología sónica de última generación. Tras llamar a la puerta, oyó el ruido de unos pasos al otro lado, y tras unos segundos donde suponía que el profesor le estaría observando a través de la mirilla, se escuchó el sonido del abrir de cerrojos. La puerta se abrió y un ansioso hombrecillo de ojos saltones y barba canosa le dio la bienvenida con cierto nerviosismo.

–Señor Preston, gracias por acudir a mi llamada –dijo Van Voddel estrechándole la mano enguantada a su recién invitado.

–Sólo espero que este viaje haya valido la pena, soy un hombre muy ocupado y no me gusta que me hagan perder el tiempo –respondió con aire de superioridad Wax Face, metiéndose en el papel del directivo de TecnoCorp.

–Le aseguro que no se arrepentirá, se lo prometo –dijo el hombrecillo frotándose las manos con incontrolable excitación.

–Eso espero. Veamos que tiene para mí.

El profesor Van Voddel condujo al falso Preston hasta una puerta cerrada, sacó una llave del bolsillo y abrió la cerradura. Tras el umbral aparecieron unas escaleras que bajaban hasta un sótano iluminado con varios tubos fluorescentes, donde Wax Face pudo contemplar el laboratorio particular de su anfitrión. No había un solo rincón de aquella estancia que no estuviera cubierto de un ordenador, una máquina, un panel de circuitos o de algún resto desechable resultado de los numerosos experimentos tecnológicos del profesor.

–Y bien, Van Voddel, ¿dónde está eso que según usted será la gran revolución tecnológica del siglo?

El profesor conectó el monitor principal del equipo del laboratorio y comenzó a teclear algunos ajustes en la consola. Luego se acercó a una especie de cubo metálico de no más de un metro de lado, ubicado encima de una mesa y que era el centro de una argamasa de cables y tubos de todo tipo. Tras comprobar con satisfacción que todo estaba en su sitio, agarró un micrófono que estaba conectado al equipo y habló.

–Prueba de sonido efectuada el diez de febrero de dos mil trece, por el profesor Pieter Van Voddel. Tras años de experimentar con la tecnología de la sintetización de voz, he descubierto la forma de conseguir manipular los sonidos efectuados por las cuerdas vocales humanas a un nivel que va más allá de lo conocido hasta ahora. Profundizando en los estudios de la síntesis del habla efectuados por los profesores Von Kempelen y Wheatstone, he conseguido fabricar lo que he denominado “SIVA”, Sistema Inteligente de Voz Artificial.

Al llegar a este punto, el profesor dejó el micrófono, volvió a manipular los controles y en la pantalla apareció una lista con varios personajes famosos. Puso el cursor del ordenador sobre el nombre del Alcalde Mallory y lo seleccionó. Los altavoces del laboratorio comenzaron a reproducir exactamente las mismas palabras que había pronunciado un minuto antes, pero esta vez con la voz del irascible alcalde de Hollow City.

–¿Qué me dice, señor Preston? ¿No le parece increíble? –Van Voddel sonreía a su acompañante con gran regocijo.

–Cualquier mocoso puede hacer esto hoy en día desde el ordenador de su casa, no me impresiona en absoluto –dijo con cierta desgana el falso directivo.

–Espere un momento, señor Preston. Permítame explicarle exactamente qué es y cómo funciona el SIVA. Lo que hace el sistema es analizar una muestra previa de sonido específico, como por ejemplo la voz de una persona en concreto. Luego asimila dicha fuente y establece unos determinados patrones, para a continuación poder reproducir los sonidos mediante otra fuente de sonido secundaria distinta a la original.

–Creo que no entiendo nada de lo que me está diciendo, profesor.

–Lo que intento hacerle comprender es que cualquier persona conectada al SIVA puede hablar exactamente igual que cualquier otra persona cuya voz haya sido previamente recogida. Con unas pocas frases es suficiente, y luego la voz del sujeto es similar a la de la muestra, sea cual sea su estado de ánimo. Aunque grite profundamente, o llore amargamente, o se ría sarcásticamente, incluso susurrando por lo bajo… La voz del sujeto sonará como la original, sin poder hallarse diferencia alguna.

–Todo eso está muy bien, pero no pasa de ser una atracción de feria futurista. ¿Qué interés tiene su descubrimiento para una gran corporación como TecnoCorp?

–No lo entiende, usted cree que el SIVA es todo esto –Van Voddel abrió los brazos para referirse a toda la maquinaria del laboratorio–. Y en realidad así fue, hasta que conseguí miniaturizar todo el sistema, hasta hacerlo algo más pequeño. Un SIVA cómodo, fácil de usar y de transportar.

–¿Cómo de pequeño? –dijo Wax Face con un brillo de interés en su mirada.

El profesor no dijo nada, simplemente se levantó y fue hacia el cubo metálico, desconectándolo del resto de aparatos y cables. Luego lo abrió y extrajo con cuidado una pequeña pieza metálica, un chip de unos pocos milímetros de lado y menos aún de espesor. Van Voddel se lo mostró orgullosamente a su interlocutor, el cual lo miraba con gran fascinación.

–¿Entiende ahora lo que quiero decir? El SIVA puede hacer que una persona hable como otra sin poder detectarse la falsificación. Puede pasar cualquier tipo de control de voz, lo que puede resultar muy útil para misiones de espionaje e infiltración. Programándose de antemano varios de estos dispositivos, un agente podría cambiar de voz como cambia de chaqueta o de sombrero. Pero la tecnología del SIVA va aún más allá, puesto que podría desarrollarse para hacer hablar a personas mudas, o tal vez incluso hasta a los animales, con los patrones adecuados.

Van Voddel comenzó a divagar, pero Wax Face ya no lo escuchaba, su mente completamente absorbida por aquella gran revelación. ¡El SIVA era precisamente lo que estaba buscando! Aquella tecnología le permitiría salvar el único punto débil de sus disfraces, que era la voz. Ahora ya no tendría que esforzarse para imitar las voces ajenas, simplemente con uno de aquellos dispositivos bastaría para ello. Sería imparable, un auténtico doppelgänger [1]humano.

–Profesor, creo que me ha convencido. Hábleme de cómo funciona todo esto, me parece muy interesante. Por cierto, ¿alguien más sabe de este asunto, profesor?

–No, la verdad es que lo terminé todo hace pocos días, y antes de hacerlo público preferí avisarles a ustedes. Después de todo lo que está haciendo TecnoCorp por Hollow City, invirtiendo en la ciudad, mejorando la sanidad, la seguridad y los sistemas de transporte, creando empleos a los habitantes de la ciudad… En fin, creo que si mi proyecto le puede resultar interesante a alguien seguro que es a ustedes.

–Desde luego, querido profesor Van Voddel, puedo asegurarle que al menos a mí sí que me interesa –dijo con una sonrisa irónica Wax Face.

Y mientras el villano se acercaba al profesor, que le daba la espalda sentado ante el gran monitor de la computadora principal, extrajo la pistola y el silenciador y comenzó a unirlos con un movimiento profesional de sus dedos enguantados.

 ***

 James Mallory, el ilustre Alcalde de Hollow City, consultó su brillante reloj de oro por enésima vez con gesto nervioso. Hoy era uno de esos días en que le tocaba tratar con las masas y mostrar una buena imagen pública. Tras los fiascos de OmniBrick y el desastre de Bussler Green que le habían impedido construir el aeropuerto, y de paso llenarse los bolsillos con el pelotazo urbanístico, Mallory había perdido gran parte de la confianza de los votantes. Según las recientes encuestas, su eterno rival Flint Harryson le estaba superando, lo que aumentaba la irritación del actual Alcalde. A pesar de que su mandato había llegado al ecuador, y todavía restaban dos años más hasta las próximas elecciones, Mallory comenzaba a preocuparse. Y por ello había hecho caso de las recomendaciones de su asesor y mano derecha, el astuto Elliot Grant, el cual se encontraba en aquellos instantes justo detrás de su posición.

Mallory, Grant y la secretaria del Alcalde, la rubia y sensual Samantha Abbot, se encontraban en lo alto de un estrado cubierto con un toldo azul justo delante de la entrada principal del centro comercial MegaOcio. La popular marca de establecimientos de ocio, puntera en cuanto a medios tecnológicos relacionados con la diversión y el entretenimiento, había logrado construir su edificio más emblemático precisamente a las afueras de Hollow City. El director ejecutivo de MegaOcio, Brad Baxter, había tenido que pasar por el aro del Alcalde Mallory para conseguir los permisos necesarios, y tras desembolsar una cantidad “justa y adecuada”, la construcción del gran centro comercial se había acelerado al máximo. Tras una campaña de promoción digna de una carrera política, donde se había hecho eco de la participación en el proyecto de TecnoCorp, al fin había llegado el día de la inauguración de MegaOcio, unos días antes de la celebración de la fiesta del Carnaval.

Ante los centenares de personas que abarrotaban las inmediaciones del lugar, esperando impacientes el momento de la apertura de puertas, Mallory pronunció el discurso inaugural elaborado por Elliot Grant. Fueron palabras destinadas a inculcar en la muchedumbre un cierto sentimiento de grandiosidad, una seguridad y confianza en la buena situación que atravesaba Hollow City en aquellos momentos. El mensaje era claro, la ciudad estaba inmersa en un periodo de paz y prosperidad que auguraba un brillante futuro gracias al capitán de la nave, James Mallory, que les ofrecía en bandeja una ofrenda llamada MegaOcio.

Tras la particular arenga del Alcalde, tomó la palabra Brad Baxter, un hombre de mediana estatura y vestido con un traje rayado que adoptó maneras teatrales para presentar el gran centro comercial. Su discurso repleto de frases extravagantes y chistes con poca gracia comenzó a aburrir a la multitud congregada, que le recompensó con una leve pitada y algunos abucheos. A la muchedumbre impaciente lo único que le importaba era que abrieran las puertas de MegaOcio de una puñetera vez, y que se dejasen de historias, sobre todo teniendo en cuenta el frío viento que soplaba tan característico del febrero invernal.

Elliot Grant, tan avispado como siempre, le hizo un disimulado gesto a su jefe instándole a que cortase a Baxter e iniciase la apertura del recinto. Mallory, que no podía permitir que nada arruinase aquel día, aprovechó un inciso del director de MegaOcio para arrebatarle el micrófono y anunciar el tan ansiado momento.

La orden del alcalde fue ejecutada al instante, y las enormes compuertas se abrieron dejando pasar el gentío como un torrente de agua que escapa de la fisura de un embalse. Todo estaba preparado, pues las medidas de seguridad instaladas por TecnoCorp aseguraban el buen funcionamiento de las instalaciones, incluido un sensacional despliegue de personal de seguridad en todas las zonas en las que se dividía el complejo.

Mallory sonreía satisfecho contemplando la invasión de la turba, sintiéndose como un emperador romano que calmaba a su pueblo con un circo de gladiadores, o como el Presidente de una nación que inaugura un estadio deportivo para asegurarse el voto de los aficionados. El Alcalde bajó del estrado junto a Baxter, Grant y Samantha Abbot, y todos ellos se reunieron con el equipo de seguridad especial de TecnoCorp que les estaban esperando, al mando de la recientemente nombrada directora de la megacorporación, Evelyn Chang.

–Señorita Chang, me honra que haya venido hasta aquí para proteger mi modesta persona –dijo sarcásticamente el obeso alcalde–. Una persona tan ocupada como usted, que todavía no se habrá repuesto de la pérdida de Jason Strong. Pero veo que TecnoCorp no ha perdido el tiempo y la ha nombrado la nueva directora, antes de que la silla de Strong se enfriase.

Al oír aquellos insultos que profería Mallory, Evelyn Chang tuvo que hacer acopio de todo su autocontrol para no convertir al alcalde en un amasijo de carne amoratada y sangrante en aquel instante, cosa que podía hacer perfectamente gracias a sus conocimientos de ninjitsu. En lugar de eso, simplemente le dedicó una mirada glaciar de odio y una sonrisa cínica, y sin soltar ni una sola palabra encabezó la comitiva hacia el interior del inmenso edificio.

Para calmar el gélido ambiente que se había creado, Brad Baxter comenzó a explicar a Mallory que MegaOcio era mucho más que un centro comercial corriente. Además de la zona de las tiendas y la de restauración, había salas de cine equipadas con la última tecnología audiovisual, centros deportivos donde el cliente podía disfrutar practicando su deporte favorito, piscina con sauna y masaje, e incluso un inmenso casino. El paraíso del gasto, donde con el dinero suficiente un hombre podía pasar un placentero día al completo.

–¡Eh, Alcalde Mallory, sonría por favor! –dijo un periodista que pasaba por allí, al acecho de una instantánea para su periódico.

Si algo le gustaba más al corrupto alcalde de Hollow City que los buenos manjares, los caros licores y las atractivas mujeres, eran las fotografías para darse baños de multitudes. Mallory comenzó a posar para los fotógrafos de todos los medios que comenzaron a aflorar como las moscas, aprovechándose de la situación.

–Una con el director de MegaOcio, si es tan amable –pidió un periodista.

–Otra con la hermosa señorita Abbot, por favor –dijo otro.

–Háganse una foto juntos usted y la señorita Chang, a la gente le gustará –aseguró uno de los reporteros.

Pero ante la mirada disuasoria que profirió la bella y fría mujer oriental, el Alcalde Mallory prefirió abstenerse. Entonces Elliot Grant, con su mirada de buitre vigilante, localizó un objetivo mucho más favorable para los intereses del alcalde.

–Señor alcalde, ¿qué le parece fotografiarse junto a aquella pequeña niña que lleva un gran oso de peluche? –dijo orgullosamente el asesor.

–Que gran idea, Elliot. Vamos allá.

Mallory caminó hacia donde estaba una niña de preciosos rizos rubios, la cual abrazaba amorosamente un inmenso oso de peluche. La pequeña, que apenas tendría unos ocho años, miró con extrañeza a Mallory mientras esperaba que sus padres dejasen de contemplar el escaparate de una de las numerosas tiendas que abarrotaban MegaOcio.

–¿Cómo te llamas, pequeña? –dijo el alcalde aparentando una ternura inexistente.

–Edith –contestó tímidamente la niña.

–¿Sabes quién soy, guapa? –Mallory sonreía falsamente, solo actuaba de cara a la galería para ganarse unos cuantos votos que le proporcionaría el fotografiarse con aquel angelito.

–Sí. Es usted el hombre malo que hizo daño a mi papá. Papá dice que solo le falta tener cuernos y rabo para ser el demonio, y que cuando se muera irá derechito al infierno.

Las palabras de la pequeña descarada cayeron como una bomba sobre la comitiva, dejando sin palabras y con la boca abierta a Mallory. Ni siquiera Elliot Grant, acostumbrado a ruedas de prensa con preguntas de todo tipo, pudo ingeniar nada para salir de aquel atolladero. Solamente Evelyn Chang y algunos de los periodistas se permitieron el lujo de sonreír, mientras los fotógrafos inmortalizaban aquella escena en la que una mocosa había dejado en evidencia al agresivo mandamás de Hollow City.

En aquel momento los padres de la pequeña se dieron la vuelta, y Mallory se encontró cara a cara con Paul O’Sullivan, el agente de policía con el que había tenido sus más y sus menos en el pasado. La tensión del ambiente se agravó tanto que casi podía cortarse con un cuchillo, pero antes de que comenzara una acalorada discusión que podría terminar en algo más que palabras, la esposa del policía intervino cogiendo de la mano a su pequeña hija.

–Lo siento, señor alcalde, ya sabe cómo son los niños, estoy segura de que no lo ha dicho queriendo –dijo Hellen O’Sullivan para suavizar la situación.

–Ya, ya, seguro. De tal palo, tal astilla –gruñó entre dientes el político mientras miraba con cara de perro al agente del cuerpo al que más odiaba.

Viendo que aquella desagradable escena podía ser perjudicial para el alcalde, Elliot Grant se llevó del brazo a Mallory con diplomacia mientras preguntaba a Brad Baxter donde estaba el área VIP de las instalaciones, donde podrían conversar más tranquilamente sobre las ventajas de tener el prestigioso centro comercial en la ciudad de Hollow City. Mientras todos se marchaban, la directora de TecnoCorp se quedó mirando a O’Sullivan, le guiñó un ojo con aire de complicidad y se volvió para unirse con la comitiva.

Mientras tanto, Hellen le arregló el vestido azul a Edith a la vez que le susurraba al oído:

–Bien dicho, hija mía.

 ***

Vic Page se hallaba en la sección de libros sentado detrás de una mesa repleta de ejemplares de su última novela, El Regreso del Doctor Misterio, donde continuaban las andanzas de su personaje protagonista. Sin embargo la presentación había resultado un fiasco, pues parecía que a nadie le interesaban las hazañas de un héroe que luchaba contra la injusticia oculto bajo una máscara sin rasgos. La mayoría de los que correteaban por aquella zona venían en busca del último best-seller de éxito de alguno de los autores de moda, y solo unos pocos habían sentido una mínima curiosidad por aquel libro cuya portada ilustraba un hombre ataviado con un abrigo y un sombrero, disparando con una pistola hacia unos grotescos demonios que lo rodeaban.

Page sonrió melancólicamente, echando de menos sus aventuras pasadas en compañía de hombres extraños como el justiciero Espectro o el anticuario John Reeves, donde se había enfrentado a motoristas satánicos y demonios de una dimensión oscura. Aunque había decidido marcharse a Capital City para estar más tranquilo y dedicarse por completo a la literatura, el éxito tan ansiado por todos los artistas le seguía negándose. Y allí estaba, detrás de una montaña de ejemplares sin firmar, al lado de un muñeco de cartón de tamaño humano que representaba al Doctor Misterio, esperando en vano que alguno de los clientes de MegaOcio se dignase a comprar su novela.

El escritor salió de la sección y atravesó el pasillo para dirigirse a la zona exterior, un lugar al aire libre donde podría fumarse un pitillo con tranquilidad. Mientras enfocaba la vista sobre el magnífico paisaje que se extendía a los pies del edificio, el escritor pensó que quizá debería dedicarse a otra cosa. En ese momento alguien tropezó con él, un hombre que vestía el uniforme de los técnicos de mantenimiento de MegaOcio y que sujetaba un maletín metálico para portar herramientas.

–Perdón, discúlpeme –dijo el mecánico, entrando por una de las puertas de acceso restringido de la terraza.

Vic Page se quedó pensativo, curiosamente aquel tipo se parecía mucho a Brad Baxter, el Director de MegaOcio, incluso en el habla. Pero luego su mente volvió a divagar en asuntos más mundanos y olvidó el tropiezo.

 Tras satisfacer su hábito mientras meditaba con calma sobre su vuelta a la ciudad, Page decidió volver sobre sus pasos por si hubiese algún posible cliente interesado en su libro. Efectivamente, allí había alguien, ¡por fin!

Un hombre bajo y rechoncho, con bigote al estilo Fu Manchú, entró en la sección donde estaba Vic Page. Miraba a su alrededor altivamente, moviendo la cabeza de un lado a otro con brusquedad, sin parar de farfullar palabras airadas como si estuviese enfadado por no encontrar nada a su gusto.

–¿Puedo ayudarle en algo, señor? –preguntó Page al recién llegado.

–¡Todo esto es basura! –gritó el bigotudo por todo lo alto, completamente fuera de si–. Hay que destruir toda esta bazofia inútil que no sirve para nada. ¡Eso es, hay que quemarlo todo!

Al decir esto, el hombre golpeó con toda intención los libros de una estantería, barriéndolos de su lugar y lanzándolos al suelo. Con la cara enrojecida y con un extraño brillo demencial en su mirada, extrajo un mechero del bolsillo con la evidente intención de aplicar su llama sobre uno de los ejemplares del libro de Page, lo que provocó la indignación de éste. El escritor reaccionó dándole un manotazo que arrancó el encendedor del hombre bigotudo, y a continuación le empujó hacia atrás con firmeza.

–¿Se puede saber lo que le ocurre? ¡Está usted completamente loco o borracho! Ahora mismo voy a llamar al guardia de seguridad.

Page comenzó a lanzar gritos al aire y rápidamente acudió uno de los agentes con el emblema de MegaOcio en la camisa blanca y en la gorra azul. Iba a explicar la situación al guardia cuando de repente, sin mediar palabra alguna, éste sacó la porra y la emprendió a golpes con el bigotudo enzarzándose en una cruel pelea. Vic Page apenas podía parpadear por el asombro y antes de que pudiese hacer nada aquellas dos personas dejaron de ser simples hombres civilizados para dar rienda suelta a una cólera primigenia, una furia desatada con la violencia desmedida característica de las bestias carentes de pensamiento. Se sucedieron golpes, patadas, cabezazos, arañazos e incluso mordiscos, rebajándose ambos contendientes hasta un nivel tan bajo y degradante que provocaba la vergüenza de todo espectador que los contemplase en aquella desagradable escena.

Entonces el escritor se sintió contagiado por la misma sensación de furia destructora, y tras separar al guardia y al hombre del bigote aplicó sobre ellos sus conocimientos de pelea callejera, demostrando como se las gastaba alguien que había crecido en los suburbios de Sawmill Street, un lugar donde solo sobrevivían los más duros. Su puño derecho se incrustó ruidosamente en pleno rostro del guardia, dejándole inconsciente y con la nariz chorreando sangre, mientras esquivaba la acometida del bigotudo y le hacía la zancadilla para desequilibrarlo. Antes de que éste se recuperase del traspiés, primero un rodillazo en las costillas y luego un codazo brutal en la sien lo dejaron machacado, y para rematar la faena Vic Page cogió una de sus novelas de tapa dura y le golpeó con ella la cabeza hasta que el hombre dejó de moverse.

Una punzada de dolor invadió la cabeza del escritor, como si su cerebro estuviese a punto de reventar bajo una inaguantable presión. Se llevó las manos a la cabeza, en una fútil maniobra para que aquel insoportable sufrimiento remitiese, sin conseguirlo. Pero la visión de la sangre en sus manos sirvió de detonante para su regreso a la cordura, y haciendo un gran esfuerzo de concentración cerró los ojos y comenzó a respirar pausadamente, hasta que al fin notó como el dolor de cabeza remitía y la cólera implacable que le había poseído se desvanecía.

Vic page abrió los ojos, y se encontró con el horror.

 ***

Paul O’Sullivan y su mujer Hellen llevaban de la mano a la pequeña Edith mientras abandonaban el recinto de las atracciones acuáticas al aire libre y se dirigían otra vez al edificio central acristalado de MegaOcio. La niña no paraba de mirar curiosamente para todos lados, siempre preguntando qué era eso o aquello con esa mezcla de jovialidad y vitalidad que poseen todos los infantes de su misma tierna edad. Cuando el presentador del espectáculo de los delfines había solicitado un voluntario, evidentemente había sido Edith la primera en levantar la mano, y su intrepidez había sido recompensada con la posibilidad de alimentar a los animales e incluso tocarlos. La pequeña se mostraba feliz y radiante, y aún quedaban muchas cosas que poder ver en aquel maravilloso lugar de ocio y diversión.

Pero los sentidos de O’Sullivan le alertaron, sacudiéndole como un jarro de agua fría, pues no en balde era un policía curtido de las calles de Hollow City. Algo no iba bien. Una mujer de mediana edad y con los cabellos excesivamente revueltos cruzó la puerta en su dirección con tanta rapidez que tropezó y cayó al suelo. Antes de que el policía se adelantase para ayudarla, la mujer se levantó y echó a correr, no sin antes de que O’Sullivan pudiese ver la extraña máscara de terror en que se había convertido su rostro.

Un ruido de cristales rotos hizo que la mirada de todos los presentes se volviese hacia las grandes cristaleras del edificio principal, donde la gente se apelotonaba intentando huir despavoridamente. La muchedumbre aterrorizada pasaba unos encima de otros, sin importar pisar a alguien, cortarse con los cristales o darse de codazos para salir lo antes posible. El instinto de supervivencia era lo único que parecía importar ante la avalancha histérica que se filtraba por las puertas y ventanas rotas.

–¡Rápido, Hellen, llévate a Edith y salid de MegaOcio por la zona de los jardines! –dijo O’Sullivan–. Rodead el edificio hasta la salida principal, pero no entréis en él. Algo extraño ocurre.

–De acuerdo, Paul, pero ten mucho cuidado –Hellen sabía que era inútil intentar convencer a su marido de que las acompañase, así que no perdió el tiempo e hizo exactamente lo que le había dicho.

Una vez que la entrada quedó despejada, Paul O’Sullivan se adentró en el interior del edificio para descubrir que era lo que había espantado a la gente. Al llevarse la mano al interior de la chaqueta recordó con desagrado que no había traído la pistola, puesto que la había dejado en el coche al no hallarse de servicio y estar acompañado de su familia. Sin embargo, aquello no le impidió continuar hacia delante para averiguar lo que estaba pasando en MegaOcio.

La escena que presenciaba O’Sullivan era completamente dantesca. Los pacíficos clientes del centro comercial se habían transformado en un ejército de locos furiosos y violentos, como si todos los internos de un sanatorio mental se hubiesen escapado para meterse allí. Por doquier la ola de rabia destructora barría a su paso cualquier cosa que significase orden, demoliendo tanto objetos como personas que se encontrasen en su camino. Solo ver la expresión de uno de aquellos dementes de ojos inyectados en sangre, con las ropas rasgadas y manchadas, que reía sin parar mientras rompía con una barra de hierro uno de los pocos escaparates que aún no habían sido hecho pedazos, podía contagiar la locura de todo el que lo contemplase.

O’Sullivan se quedó de pie con la boca abierta por la sorpresa, sin saber qué hacer. Ancianos enloquecidos perseguían a niños intentando atropellarles con sus sillas de ruedas; mujeres enfrentándose entre ellas utilizando sus bolsos como armas arrojadizas; padres de familia que venían de la sección de deportes armados con bates de béisbol con los que poder destrozar todo el material que podían… El escenario de locura quedaba completo con la presencia de un guardia de seguridad, que sacó su pistola no para dar un disparo de advertencia, sino para sumarse a la orgía de horror y abatir a lo primero que se moviese.

Entonces O’Sullivan entró en acción y se lanzó sobre el guardia demente, derribándolo sobre el suelo justo a tiempo de evitar que su disparo terminase con la vida de una mujer que se había torcido el tobillo intentando escapar hacia el exterior. Mientras la mujer huía sin mirar atrás ni dar las gracias, el guardia apuntó a O’Sullivan con el rostro congestionado por la rabia desmesurada que fluía en su interior.

–Idiota, me has quitado mi presa, así que ahora te voy a meter un poco de plomo en tu cabeza, por entrometido.

El loco accionó el gatillo, pero no hubo sonido explosivo sino un ligero clic pues el arma se había quedado sin balas. O’Sullivan respondió con rapidez y le propinó un puñetazo en la mandíbula que lo dejó fuera de combate, y a continuación se apropió de su arma. Entonces se apercibió de que varios de aquellos individuos enfurecidos se acercaban a él armados con cuchillos, palos y otros objetos, con la evidente intención de hacerle daño, por lo que se apresuró a registrar al guardia en busca de munición con la que recargar el arma.

–Vamos, O’Sullivan, date prisa o estos tipos salidos del manicomio te van a despellejar vivo –se dijo a sí mismo el policía.

Los locos se acercaron velozmente, gritando como posesos mientras agitaban sus armas con ira. Ya casi estaban sobre él.

El policía recargó el arma y disparó a bocajarro sobre el primero de los dementes, abatiéndolo justo a tiempo de evitar su acometida. Sin embargo otro de los hombres logró herirle en un costado con un cuchillo de acero brillante, mientras otros dos lograban tumbarlo en el suelo donde comenzaron a golpearle sin piedad, haciendo que la pistola le resbalase de los dedos.

De repente uno de los dementes cayó al suelo con el cráneo abierto, causando que el resto desviase su atención de O’Sullivan al individuo de camisa negra abierta y vaqueros azules desgastados que se enfrentaba a ellos desafiante empuñando un extintor.

–Veo que aquí hay un pequeño problema de ratas, así que será mejor fumigar un poco –dijo el recién llegado.

Los hombres se lanzaron sobre él blandiendo sus armas improvisadas con la cólera brillando en sus miradas, pero se encontraron con la espuma blanca que surtía del extintor y que invadió sus ojos, bocas y oídos. Aturdidos y jadeantes por el ataque, los locos fueron presa fácil tanto del hombre de la camisa negra como de un recuperado O’Sullivan, los cuales acabaron con ellos a base de golpes certeros. Recordando que momentos antes aquellos desdichados eran unos simples ciudadanos corrientes, que habían ido a MegaOcio para pasar un día agradable junto a sus familias, ambos hombres no se emplearon a fondo y sólo ejercieron la contundencia necesaria para dejarles sin sentido.

–Gracias amigo, de no ser por usted me habrían dado una buena tunda –dijo O’Sullivan a su salvador tras acabar con aquellos tipos enloquecidos, ofreciéndole la mano.

–De nada, O’Sullivan, me alegro de haber sido de ayuda –el hombre le estrechó la mano con un fuerte apretón–. No se sorprenda de que sepa quién es usted, al fin y al cabo somos pocos los que hemos criticado abiertamente a nuestro ilustre Alcalde Mallory.

El policía quedó mirando pensativo a su interlocutor, y entonces cayó en la cuenta de que lo conocía de vista.

–¡Pues claro, usted es Vic Page, el escritor y periodista! Pensaba que había salido por patas de Hollow City, como todos los enemigos de Mallory.

–Digamos que he estado de vacaciones, pero ahora que veo todo esto creo que quizá he vuelto demasiado pronto. ¿Tiene usted alguna idea de que va este asunto? –preguntó el escritor.

–Solamente sé que todo el mundo en MegaOcio parece haberse vuelto loco, como en una maldita película de zombis, solo que en lugar de comer cerebros y caminar dando tumbos se dedican a gritar histéricamente y a destruirlo todo –dijo O’Sullivan.

–Pues yo vengo de la planta de arriba y allí todo el mundo está igual, incluso yo me sentí afectado por un momento, sintiéndome extrañamente furioso. Pero de alguna forma resistí este extraño virus de locura y he podido ayudar a un pequeño grupo de gente a escapar por una de las salidas de emergencia.

–Yo estaba en el exterior del edificio con mi familia, y de pronto vi a la muchedumbre que intentaba escapar de esta pesadilla de horror demencial. Pero no creo que se trate de un virus, debe ser otra cosa –el policía terminó de vendarse la pequeña herida sangrante del costado y volvió a empuñar nuevamente el arma arrebatada al guardia.

Vic Page paseó la mirada a su alrededor acelerando los pensamientos de su aguda mente mientras ponía a prueba su extraordinaria y casi sobrenatural percepción. Exprimiendo al máximo sus células cerebrales, el escritor analizó una a una las diversas posibilidades que podían explicar aquella siniestra situación que los superaba, descartando alternativas tras evaluarlas con rapidez y efectividad.

–¡Lo tengo! –gritó de pronto, sobresaltando a su compañero–. Ya sé por qué nosotros no estamos afectados por esta epidemia de locura como el resto. Usted estaba en el exterior del edificio, y yo estaba en la terraza fumando un cigarrillo y no fue hasta que volví a entrar cuando me entró el repentino ataque de furia. ¡Debe tratarse de algún tipo de gas, irradiado a través de los conductos de ventilación que pueblan todo el centro comercial!

–¡Pues claro! Tiene usted razón, por eso aquí no estamos afectados, al estar al lado de la puerta abierta y de las ventanas rotas. Debemos ir a la sala principal de control y desconectar el maldito sistema de ventilación para que el gas deje de expandirse, solo así conseguiremos parar todo este mar de chiflados rabiosos.

–Pues pongámonos en marcha –dijo Page.

Tras cubrirse la nariz y la boca con pañuelos, el policía y el escritor se pusieron manos a la obra, preparándose para avanzar entre la jauría de infectados que se interponía entre ellos y su objetivo. Aquella misión no iba a ser nada fácil.

 ***

Dentro de la espaciosa sala VIP preparada para recibir a los más distinguidos visitantes de MegaOcio, el Alcalde Mallory se apretujaba en un rincón balbuceando de forma incoherente junto a su asesor Elliot Grant, el cual no paraba de secarse su sudorosa frente con un pañuelo. Ambos hombres se hallaban casi en estado de shock, aterrorizados a causa de la turba salvaje que golpeaba frenéticamente la puerta con la intención de entrar y hacerles toda clase de cosas horribles y espeluznantes. Junto a ellos se hallaban atrincherados en la estancia Samantha Abbot y Evelyn Chang, pues tanto Brad Baxter como los agentes de seguridad que les habían acompañado ahora formaban parte de la horda de enajenados con sed de sangre que agolpaban al otro lado de la puerta.

Todo había sucedido muy deprisa, pues apenas unos minutos antes todo iba bien, hasta que la comitiva del Alcalde y sus secuaces habían entrado en la sala. Fue entonces cuando se dieron cuenta de que el aire acondicionado no funcionaba, lo cual enardeció tanto a Mallory que Brad Baxter salió para avisar al personal técnico y que arreglase el estropicio. Pero cuando volvió ya no era el mismo, pues el Director del complejo había mutado en un ser tan vil y primitivo como una bestia, al igual que el pequeño ejército que le seguía. Chang y los guardias de seguridad hicieron lo que pudieron, pero los dementes eran toda una hueste y la bella oriental tuvo que conformarse con retirarse al interior de la sala VIP mientras veía caer a sus hombres.

Ahora estaban los cuatro solos, desarmados y a merced de una muchedumbre de locos furiosos que pronto lograrían entrar y matarles a todos. O tal vez incluso algo peor.

–¿Se puede saber qué es lo que está pasando? –dijo Samantha al borde de un ataque de histeria.

–Todos están locos…se han vuelto completamente chiflados…todo el mundo –farfulló nervioso y atemorizado Elliot Grant.

–Haga algo de una vez, no se quede ahí parada –chilló Mallory, gateando como un animalillo asustado hasta cogerse de la pierna de la Directora de TecnoCorp–. Usted es la encargada de la seguridad de este puñetero cuchitril, es su responsabilidad protegerme. ¡Por al amor de Dios, soy el jodido Alcalde de esta ciudad!

Chang se deshizo del abrazo de Mallory empujando su seboso cuerpo con la planta de su bota, mirándole con desprecio. Aquel tipo no era más que una sucia rata cobarde, que solamente pensaba en cuidar su propio culo. Si le vieran en aquel estado los votantes seguramente perdería cualquier opción de ser reelegido en las próximas elecciones. Sin embargo tenía razón en una cosa, Chang era la responsable de la seguridad de MegaOcio, y estaba claro que algo había fallado. Pero ya habría tiempo de buscar errores más tarde, ahora había que salvar el pellejo antes de que aquella enloquecida multitud lograse penetrar en la cámara.

–Escúchenme todos –dijo Evelyn Chang con voz firme–. Dentro de unos segundos esa puerta se abrirá, y todo aquel que entre por ella intentará acabar con nosotros con todas sus fuerzas. Así que pueden hacer dos cosas, sentarse y esperar que el final sea lo más rápido e indoloro posible, o coger cualquier cosa que les sirva como arma y hacerles frente. Yo haré lo segundo, ustedes hagan lo que les venga en gana.

Tras decir esto, Chang se quitó la chaqueta y se arremangó la blusa, armándose con un pequeño cuchillo que llevaba oculto en una funda atada al tobillo derecho. Samantha Abbot cogió una de las sillas de la sala y se preparó para golpear con ella. Elliot Grant se hizo con un abrecartas afilado y lo empuñó con manos temblorosas, mientras Mallory se asomaba a la ventana abierta y calculaba las probabilidades de escapar por allí.

Entonces un gran golpe hizo temblar la puerta, seguido de otro, y otro más. Los ocupantes de la sala contuvieron la respiración, con la esperanza de que tal vez la puerta aguantase lo suficiente hasta que llegase la esperada ayuda. Pero dicha esperanza se fue al traste cuando otro tremendo golpe acabó de echar la puerta abajo, dejando entrever los rostros homicidas de los dementes más cercanos.

El primero de ellos se abalanzó sediento de sangre sobre Evelyn Chang, gritando amenazas y enarbolando un gran palo de madera ensangrentado, pero una patada de la oriental le dejó inconsciente y con la nariz fracturada. A los siguientes tres enajenados que entraron también les sucedió lo mismo, volviéndose víctimas de las técnicas de ninjitsu de la Directora de TecnoCorp, la cual los convirtió en meros guiñapos que quedaron espatarrados por el suelo.

Sin embargo la brecha se había abierto, y los locos comenzaron a entrar en tropel. Una mujer rechoncha y armada con unas tijeras se dirigió hacia la secretaria de Mallory, la cual no tuvo más remedio que abrirle la cabeza con la silla que sujetaba. Mientras tanto, Elliot Grant se defendía de otros dos individuos esgrimiendo el abrecartas, pero a pesar de su bravura solo estaba retardando lo inevitable.

El Alcalde Mallory se arrastró por el suelo pegándose todo lo posible a la pared, intentando alcanzar la puerta mientras nadie parecía fijarse en él. Pero justo cuando había traspasado el umbral y estaba a punto de ponerse a salvo, una pequeña figura se plantó ante él, impidiéndole el paso. Era un niño de unos siete u ocho años, vestido con un jersey a rayas, que sujetaba una escobilla de baño sucia mientras sonreía de forma siniestra.

–¡No quiero ir al colegio! ¡Lo odio! –gritó el niño, hecho una furia–. ¡Y a ti también te odio!

–Espera, por favor, no me hagas nada, déjame ir –imploró Mallory al pequeño diablo.

Pero la súplica del Alcalde fue en vano, pues el niño comenzó a golpearle como un poseso utilizando la escobilla, propinándole una buena paliza.

–¿Te gusta lavarte bien los dientes, gordo? –se burló el niño, metiéndole la escobilla inmunda en la boca de Mallory con todas sus fuerzas.

Mientras tanto, en la sala VIP las cosas no iban demasiado bien. Abbot y Grant estaban en el suelo, desarmados y sin aliento, recibiendo golpes por todas partes mientras intentaban defenderse con las pocas fuerzas que les quedaban. Solo Evelyn Chang, que había perdido el cuchillo tras incrustarlo en la garganta de uno de aquellos tarados, estaba en condiciones de ofrecer resistencia. A sus pies iban cayendo los enajenados con sus miembros rotos o dislocados, las costillas fracturadas o las gargantas aplastadas. La mujer oriental combatía con una mezcla de fiereza y técnica que la asemejaba a una verdadera tigresa, aunque en lugar de colmillos y garras utilizaba sus puños y sus pies, armas no menos letales en una auténtica maestra de artes marciales como ella.

Sin embargo el número de aquellos locos era demasiado elevado incluso para aquella orgullosa guerrera, y Chang acabó viéndose superada. No pudo esquivar un traicionero ataque por la espalda que la dejó medio aturdida, y rápidamente varios de sus enemigos se lanzaron sobre ella para inmovilizarla, mientras un viejo de abundante barba la apuntaba con el afilado extremo de un paraguas.

–Mujer, primero te sacaré los ojos y luego haré lo mismo con tus entrañas –dijo el barbudo antes de lanzar una risotada maligna.

El demente alzó el paraguas dispuesto a hundir su punta en lo más hondo del corazón de Evelyn Chang, pero una serie de detonaciones en el aire atrajeron la atención de la turba. Incluso el niño que martirizaba al Alcalde Mallory detuvo sus ataques con la escobilla, y caminó hacia el extremo del pasillo hasta llegar al lugar donde sonaban las explosiones.

Eran disparos. Mezclados con el tintineo de cristales rotos. Dos hombres disparaban un tiro tras otro sin cesar, tomando como blanco la gran cúpula de cristal que servía como techo principal de la sección central de MegaOcio.

–Page, se me ha agotado la munición –dijo Paul O’Sullivan al escritor mientras examinaba el cargador vacío de su pistola.

–Pues espero que el plan funcione, amigo, porque yo también estoy seco –contestó Vic Page, observando a los dementes que poco a poco iban acercándose a ellos, atraídos por el ruido de los disparos.

Bajo el fuego incesante provocado por el policía y el escritor, la cúpula acristalada se asemejaba ahora a un gran queso gruyere, lleno de grandes orificios por donde el aire fresco del exterior soplaba a grandes ráfagas. Enormes fragmentos de vidrio se separaban de la cúpula para descender con velocidad mortal hacia el suelo del centro comercial, donde se hacían añicos mientras emitían sonoros crujidos.

Los dementes estaban cercando por todas partes a los dos compañeros, aproximándose a ellos mientras minimizaban sus vías de escape. Ya no había huida posible, y tanto Page como O’Sullivan se hallaban al límite de sus fuerzas. Adoptando una posición de combate, arrojaron sus armas vacías e inútiles y se prepararon para dar la cara hasta el final.

Y entonces ocurrió.

Poco a poco, la turba comenzó a tranquilizarse, saliendo de su estado violento para volver a ser las personas que eran antes de verse alterados por los efectos del gas nervioso. Hacía varios minutos que Page y O’Sullivan habían logrado cerrar el sistema de aire acondicionado, evitando así que el gas continuase propagándose. Además, al destruir gran parte de la cúpula de cristal del techo, habían conseguido proporcionar una entrada de aire puro que ayudaba a contrarrestar los efectos nocivos del agente tóxico.

Los dos compañeros resoplaron de alivio, sentándose en el suelo con aire agotado mientras contemplaban como la turba de asesinos dementes iba deshaciéndose en amas de casa asustadas, padres que buscaban a sus hijos, mujeres que gritaban al ver la sangre y los cadáveres, y demás gente corriente que se miraban unos a otros como si acabasen de despertar de un largo y oscuro sueño.

 ***

Una hora después de haberse extinguido la amenaza de MegaOcio, un grupo de personas se hallaba congregado en la sala de reuniones de la torre de TecnoCorp, debatiendo acaloradamente lo sucedido. Paul O’Sullivan, Vic Page, el Alcalde Mallory y su inseparable Elliot Grant, y por supuesto la Directora de TecnoCorp, Evelyn Chang.

–Esto es obra de un grupo de terroristas que quieren acabar con mi ciudad. ¡Malditos hijos de perra, no lo lograrán! –despotricó con grandes voces el furibundo alcalde de Hollow City.

–No se excite, jefe, que ya sabe que es malo para la salud. Tómese sus pastillas –intentó tranquilizarle Elliot Grant.

–Esto es un puto desastre, lo que faltaba y justo ahora que se acerca el Carnaval. Menuda imagen de seguridad y confianza, nos van a quemar en la hoguera. A todos –el alcalde miró como un bulldog rabioso a Chang.

–¿Qué opina de esto, señor O’Sullivan? –inquirió la mujer oriental al policía.

–Creo que esto ha sido un ataque demasiado bien planeado, además de que el gas nervioso utilizado es muy potente, volátil pero muy eficaz. De no ser por el señor Page aquí presente el número de víctimas podría haber sido aún mayor.

–Yo no hice más que cumplir con mi deber de ciudadano –dijo Page con humildad–. Pero coincido contigo, detrás de esto hay una mente muy brillante, y algo me dice que no será la última vez que veamos algo similar.

Evelyn Chang miró a los presentes, sonrió y les pidió que se sentaran delante de la pantalla de proyecciones que había al fondo de la sala. Luego accionó los controles y una serie de imágenes aparecieron sobre la pantalla blanca.

–Esto que están viendo son el resultado de dos ataques anteriores donde al parecer se utilizó el mismo gas nervioso que el empleado hoy en MegaOcio. Hace tres meses, este el aspecto que presentaba un cine de barrio en River City. El resultado fue una docena de muertos, y se dijo que fue cosa de un incendio accidental para no alertar a la opinión pública.

Mientras Evelyn Chang hablaba, los demás vieron las terribles imágenes donde se mostraba crudamente los efectos del gas. Los espectadores del cine se habían transformado en una horda sanguinaria, destruyéndolo todo a su alrededor.

–Y estas son las imágenes del ataque en Capital City, donde el objetivo fue unos grandes almacenes. Casi un centenar de víctimas, camuflado como un ataque terrorista causado por uno de los múltiples grupos islamistas en contra del régimen capitalista.

Otra vez imágenes macabras llenas de violencia, sangre y muerte que hicieron volver la vista a Mallory y Grant, mientras O’Sullivan y Page aguantaban con desagrado aquella infamia.

–Pero, si no son terroristas, ¿quiénes son los responsables, y que es lo que quieren? –preguntó O’Sullivan.

–Estamos investigando el asunto, pero aún no tenemos nada claro. Tras lo sucedido hoy en nuestra ciudad, creemos que tal vez todo esto haya sido una especie de entrenamiento, una prueba del funcionamiento del gas. Primero un lugar pequeño, un cine. Luego algo más considerable, unos almacenes. Y por último, algo aún más grande, el complejo comercial MegaOcio. Estamos seguros que próximamente habrá un nuevo ataque, tal vez el definitivo, sobre un objetivo mayúsculo.

–O sea, que no tienen una puñetera mierda, como siempre –intervino Mallory–. En TecnoCorp son todos unos inútiles, se lo dije a Strong cuando estaba vivo y se lo digo a usted ahora. Vayan obteniendo resultados o me veré obligado a rescindir nuestro acuerdo. ¡Vámonos, Elliot, a ver qué coño está haciendo el Comisario Howard para arreglar todo este desastre!

Chang esbozó una sonrisa irónica al ver salir al orondo alcalde y a su asesor, y cuando ambos se marcharon se dio la vuelta para encararse con O’Sullivan y Vic Page.

–Ahora es cuando nos va a decir que nos vayamos a casa y que cerremos la boca, ¿verdad? –dijo el policía.

–Veo que después de tanto tiempo nos entendemos perfectamente, señor O’Sullivan. Nosotros descubriremos quien está detrás de todo esto, y cuando lo encontremos deseará no haberse enfrentado a TecnoCorp. Ustedes dedíquense a lo suyo y no se entrometan. ¿Me han entendido?

–A la perfección, directora Chang –replicó Vic Page, dirigiéndose a la salida–. Como aconseja, me dedicaré a lo mío, a escribir libros.

O’Sullivan iba a decir algo más, pero prefirió callarse y salir detrás del escritor, alcanzándolo por el pasillo que conducía al ascensor.

–¿Escribir libros? –preguntó alzando las cejas con desconfianza.

–Pues claro. Solo que he omitido que mi próximo trabajo tratará sobre terroristas locos que utilizan un gas experimental que vuelve a la gente salvaje y violenta. Así que tendré que buscar información sobre el tema –el escritor guiñó un ojo a O’Sullivan.

–De acuerdo, amigo, pero necesitarás un profesional que te eche una mano en la investigación. Podría ser peligroso.

Ambos hombres se miraron y sonrieron al unísono, en señal de la nueva alianza que acababa de forjarse. Mientras bajaban por el ascensor hacia la planta baja de TecnoCorp tanto el policía como el escritor se preguntaron en silencio quien sería el causante de los ataques gaseosos y cuál sería su motivación.

 ***

En el interior de su refugio, Wax Face reía a carcajadas mientras contemplaba las noticias en la televisión. Gracias a su capacidad de imitación y a la tecnología SIVA le había sido muy fácil suplantar a Brad Baxter y acceder a las zonas restringidas de MegaOcio, donde había podido colocar los recipientes del gas en el sistema de ventilación del enorme complejo. A pesar de que la tragedia no había llegado hasta el nivel esperado, se podía decir que la prueba era todo un éxito. Ahora había llegado el momento de dejar los ensayos y pasar a la auténtica acción.

Pronto tendría su venganza, aunque antes tenía que atar un cabo suelto.

El villano de los mil rostros sacó de un cajón una fotografía, donde figuraba una mujer joven de cabello moreno. Se quedó mirando con fascinación sus ojos radiantes, sus labios finos y sensuales, su rostro de hermosura juvenil. Le pareció escuchar en su cabeza el eco lejano de su risa musical, y casi pudo sentir la calidez de sus caricias y el aliento de sus besos. Casi.

Con un gesto de furia, arrojó la fotografía de vuelta al cajón y lo cerró con violencia. Ahora debía volver a emplear su facultad para convertirse nuevamente en otra persona.

Mientras se miraba en el espejo, Wax Face contempló su malvada sonrisa y el brillo delirante en sus ojos. Sí, muy pronto tendría su venganza.

 ***

El día siguiente a los sucesos en MegaOcio fue largo y difícil para Page y O’Sullivan, pero también fructuoso. El escritor utilizó sus contactos para averiguar todo lo posible en torno a los ataques anteriores efectuados en River City y Capital City. Aunque ambos asuntos habían sido tan bien tapados que formaban un completo muro de oscuridad tras el que se ocultaba la verdad, el inquisitivo Vic Page logró descubrir un detalle que Evelyn Chang no había mencionado. La empresa encargada de la seguridad en ambos lugares había sido TecnoCorp, al igual que en MegaOcio. Al parecer la corporación no había tenido mucha suerte en los ataques, habiéndose mostrado incapaces de frenarlos. ¿Habría un topo en TecnoCorp que ayudaba a los causantes de aquellos misteriosos ataques? O tal vez se hallaban ante un grupo tan sofisticado que podía burlar los sistemas de seguridad más avanzados del mundo. También estaba la posibilidad de que todo fuese una casualidad, y el hecho de que TecnoCorp estuviese presente en los tres lugares donde se habían producido los atentados con gas no fuese relevante.

Pero claro, Vic Page no creía en las casualidades.

Por su parte, Paul O’Sullivan le había dicho al sargento Woods que se tomaría unos días libres que se le debían, aunque no le dijo nada a Hellen para que no se preocupase. Así pues el policía tenía vía libre, dedicándose a investigar por su cuenta el asunto del gas. Lo que más intrigaba a O’Sullivan era la propia sustancia nociva, un gas como aquel capaz de producir unos efectos tan devastadores sobre la mente de las personas no podía pasar desapercibido. Debían haberse hecho pruebas, tenía que provenir de un laboratorio químico bien equipado, y tras él se hallaría alguna de las mentes brillantes del mundo de la farmacología. Así pues, el policía buscó en archivos, preguntó a sus amigos e interrogó a sus contactos en busca de pistas sobre experimentos químicos fallidos, con accidentes e incluso muertes. Sin embargo el resultado le sobrepasaba, pues existían numerosos casos relacionados con empresas de la industria química que habían terminado de mala manera. La mayoría ni siquiera habían salido a prensa, limitándose a solventar el asunto por medio de una indemnización millonaria.

Demasiados casos, muchos nombres y nada concreto. O’Sullivan se sintió exasperado y decidió reunirse con Vic Page para poner en común todo lo que habían averiguado, que más bien era poco.

 ***

En el Bar de Joe había muchísima gente aquella tarde, y la mayoría de los clientes eran policías como lo había sido su dueño, Joe Rocco, un descendiente de inmigrantes italianos que tras abandonar el cuerpo había montado su negocio muy cerca de la Comisaria Central de Hollow City. Tras servir un café bien cargado a O’Sullivan y un capuchino a Vic Page, el bigotudo dueño del local los dejó solos en un apartado rincón donde pudieron hablar con calma.

–Entonces, lo único que has sacado en claro es que hay una vinculación entre TecnoCorp y los ataques con el gas nervioso –dijo O’Sullivan mientras removía el líquido negro de su taza.

–Así es, pero eso no nos sirve de mucho, al igual que la relación entre el gas y su posible fabricante. Creo que estamos ante un callejón sin salida –Page sorbió su capuchino mirando a su interlocutor con aire frustrado.

El ambiente en el Bar de Joe estaba cargado, fruto de la gran afluencia de policías que estaban terminando el turno de la tarde y que acudía al local a tomar la última copa antes de dirigirse a sus casas a la hora de la cena. Uno de aquellos policías era Mike Sutton, o como le llamaban la mayoría a causa de su rostro característico, Mike “el Arrugas”. A O’Sullivan no le caía muy bien aquel tipo, un agente corrupto que siempre se salía con la suya, y el sentimiento era mutuo pues ambos habían tenido sus más y sus menos en el pasado. En aquel preciso instante, Mike estaba vociferando un chiste intentando ser el centro de atención de sus compañeros de mesa.

–Este tío está como una cabra –susurró uno de los clientes del local en la mesa vecina a la de Page y O’Sullivan.

–Seguro. Igual se le ha podrido el poco cerebro que le quedaba al esnifarse la droga que pasa de extranjis –contestó otro compañero en voz baja.

Al oír aquello, Vic Page agudizó su sexto sentido, y en su mente comenzaron a producirse una serie de conexiones que procesaron con rapidez una serie de ideas hasta alcanzar un pensamiento final.

–Un momento –dijo el escritor con un brillo triunfal en su mirada–. ¿Y si lo que buscamos es a alguien que haya tenido un accidente con su propio experimento? Un químico que haya sufrido los efectos del gas, volviéndose loco, lo habrían tapado como una enfermedad mental o un brote psicótico, sobre todo si estaba relacionado con TecnoCorp.

–¿Crees que deberíamos buscar a un profesor chiflado o algo así, encerrado en algún manicomio perdido donde no sea un incordio? –inquirió O’Sullivan–. ¿Y cómo quieres que lo encontremos?

–Pues con un buscador –al decir esto, el escritor sacó su móvil con conexión a internet y pulsó la opción de acceder a la red–. Demos gracias a la tecnología, y al Bar de Joe por tener wifi gratuito.

O’Sullivan observó con suspicacia como Page pulsaba una serie de botoncitos en el teclado del móvil, introduciendo una serie de datos. El policía nunca se había mostrado demasiado partidario por aquellos avances tecnológicos, prefería los viejos métodos de la policía de antaño. Sin embargo no pudo disimular su sorpresa cuando en unos momentos el escritor le mostraba ante sus narices la pantalla lumínica de su cacharro de última generación, donde aparecía una noticia de la hemeroteca del prestigioso periódico de Hollow City “American Chronicles”. La nota de prensa estaba fechada tres años atrás, y contaba como el profesor Otto Leitner, un eminente ingeniero químico que trabajaba para Industrias Goldchem, había sufrido un episodio agudo de crisis mental, causando una tragedia que había terminado con la muerte de dos trabajadores de la compañía. El profesor Leitner había sido trasladado a un centro privado especializado en trastornos mentales, y la compañía se haría cargo de las indemnizaciones a los familiares de las víctimas.

–¿Y qué te hace pensar que eso está relacionado con los ataques del gas nervioso? –preguntó O’Sullivan, no muy convencido.

–Pues que Leitner era un experto en el campo de las sustancias que afectaban la mente de las personas, se insinúa que en el pasado trabajó para el Gobierno en experimentos sobre la conducta humana. Además, Industrias Goldchem es una filial de TecnoCorp, mira quien sale en la foto.

O’Sullivan se acercó todo lo que pudo a la pantalla del móvil de Page, y a pesar del pequeño tamaño de ésta pudo reconocer el rostro de vendedor de seguros del difunto Director de TecnoCorp, Jason Strong.

 ***

La recepcionista del Centro Residencial Bleuler, llamado así en honor del histórico psiquiatra suizo Eugen Bleuler, permanecía ajena al repiqueteo constante de la lluvia sobre los cristales de la puerta y las ventanas. Su atención se concentraba plenamente en los mensajes cortos del móvil que intercambiaba con su última conquista, un nuevo celador del Centro alto y moreno con un seductor acento sureño. Por ello, no se dio cuenta hasta muy tarde de que dos individuos habían atravesado el umbral dejando sus paraguas húmedos en un rincón al lado del mostrador de recepción.

–Ejem…–carraspeó para llamar su atención el hombre del abrigo gris y sombrero a juego.

–¡Oh, perdón! –se excusó la joven recepcionista, apresurándose a guardar el móvil–. ¿Qué desean?

–Deseamos ver a un paciente, el señor Otto Leitner –dijo el segundo hombre, vestido con vaqueros y una cazadora negra.

–¿Al señor Leitner? –preguntó extrañada la recepcionista–. Qué raro, salvo su hijo ese paciente nunca recibe visitas. ¿Son ustedes parientes cercanos?

–Solo deseamos hacerle unas cuantas preguntas, será algo breve –O’Sullivan mostró su placa de policía con un gesto teatral.

–¿Traen una orden? Si no es así, tendrán que esperar a que venga nuestro director, que en estos momentos ha tenido que ausentarse por motivos familiares. Vendrá mañana.

O’Sullivan se volvió hacia Page, el cual le hizo un gesto claro. No podían esperar tanto tiempo. El policía volvió a concentrar su atención en la joven del mostrador, mostrándose menos cortés.

–Oiga señorita, esto es un asunto urgente y no podemos esperar. Tenemos que ver al paciente ahora mismo.

–Lo siento mucho, son las normas –la joven comenzó a mostrarse tensa a causa de la discusión–. De todas formas ahora le está visitando su hijo, así que cuando termine pueden pedirle permiso… ¡Oh, ahí está!

En aquel momento un hombre rubio con perilla que sostenía un maletín de piel dobló la esquina del pasillo que conducía a la recepción, y al ver a O’Sullivan no pudo evitar dar un respingo de sorpresa.

–Parece que te conoce de algo –indicó Vic Page, dándose cuenta de la reacción del hombre.

–En mi vida lo había visto –respondió O’Sullivan–. ¿Es usted el hijo del profesor Leitner? Deseamos hablar con su padre un momento, si es posible.

Al acercarse más al individuo de la perilla, el policía detectó algo familiar en su mirada, como si efectivamente conociese a aquel hombre aunque no pudiese situarlo con claridad. Entonces advirtió que en el pómulo derecho del hombre sobresalía un pequeño corte superficial, bajo el cual extrañamente no había sangre, sino algo brillante y dorado.

Como si fuese cera.

O’Sullivan abrió los ojos de par en par, al darse cuenta de quien se trataba, pero el hombre fue más rápido y golpeó con su maletín el rostro del policía, a la vez que echaba a correr hacia la salida del Centro Residencial.

–¡Eh, un momento, deténgase! –gritó Vic Page tratando de pararle.

  En lugar de hacerle caso, el hombre lanzó a los pies del escritor una pequeña cápsula, que al impactar en el suelo provocó una pequeña nube de gas. Vic Page comenzó a sentir un terrible escozor en los ojos y en la piel de la cara, viéndose obligado a restregárselos con fuerza.

–¡Maldición, no veo nada! Me abrasa la piel, siento como si estuviese ardiendo en llamas.

–Tranquilo Page –O’Sullivan ya se había recuperado del golpe–. Voy tras ese canalla, le cogeré. Señorita, mójele la cara y los ojos con agua muy fría, y llame a la policía.

Tras decir esto, O’Sullivan salió al exterior en pos del hombre, que no podía ser otro que Wax Face, Cara de Cera, el mismo al que meses atrás había conocido en las instalaciones del Laberinto de los Oscuros. Aunque creía haberlo visto morir en una explosión, al parecer seguía vivo. A pesar del disfraz, el brillo amarillento bajo el maquillaje y aquellos ojos de mirada cruel eran inconfundibles. Estaba seguro de que era él. ¿Pero qué diablos estaba haciendo allí uno de los criminales más buscado por todas las fuerzas de seguridad?

La lluvia torrencial empapó en un segundo a O’Sullivan, que intentaba buscar a través de la gruesa cortina de agua el rastro del delincuente. A pesar del repiqueteo causado por el aguacero al chocar contra el suelo, el policía creyó detectar un sonido metálico que provenía del aparcamiento de la derecha. Sacó la Beretta 92 que siempre llevaba consigo cuando no usaba el revolver reglamentario y se dirigió agachado hacia el vehículo más cercano.

Una forma surgió entre la lluvia gris, el rostro de Wax Face brilló con el maquillaje diluido por la lluvia, y luego un estampido atravesó el aire. El disparo alcanzó una de las ventanillas del coche que servía de parapeto a O’Sullivan, apenas a dos palmos de su cabeza, haciendo añicos el cristal. Pero el policía no se arredró, y disparó su arma en respuesta hacia donde estaba el criminal. Sin embargo la lluvia impedía una línea de visión clara, y el fuerte viento tampoco ayudaba en nada a su puntería, por lo que sus disparos fallaron.

Wax Face abrió la portezuela del coche con el que había acudido al psiquiátrico, mientras la presión de su dedo índice sobre el gatillo provocaba una rápida sucesión de disparos no con la intención de darle a su contrincante, sino más bien con la de retrasarle. Luego el bandido se metió en el auto y encendió el motor, dando marcha atrás para sacar el vehículo de la fila y poder encaminarse hacia la salida.

O’Sullivan vio la maniobra de Wax Face y decidió salir de su cobertura, disparando hacia el coche. Alcanzó varias veces el parabrisas, agrietándolo y abriendo en su superficie algunos agujeros, pero sin poder alcanzar a Cara de Cera. El bandido aceleró a fondo sujetando el volante con la mano derecha mientras con la izquierda disparaba su Glock 17 con el brazo extendido a través de la ventanilla bajada. La lluvia y el estado del parabrisas dificultaron en extremo el acierto, y los disparos no llegaron a alcanzar a su objetivo. O’Sullivan solo tuvo tiempo de disparar una sola vez, luego tuvo que rodar por el fango para evitar la embestida del coche que se lanzaba sobre él a toda velocidad.

Cuando el vehículo pasó por su lado O’Sullivan disparó desde el suelo hasta vaciar el cargador de su Beretta, pero no pudo detener la huida de Wax Face. Tan sólo podía ver como las luces traseras del coche iban perdiéndose de vista poco a poco, hasta que tan solo fueron dos diminutos puntos rojos que al final fueron tragados por la lluvia torrencial.

Maldiciendo su mala suerte, el policía regresó a la recepción del psiquiátrico, donde encontró a Vic Page frotándose una toalla húmeda en el rostro. La recepcionista estaba hablando por teléfono con la policía, a punto de entrar en un ataque de nervios. Los disparos habían atraído al personal del centro, y antes de que los celadores interviniesen con violencia O’Sullivan mostró su placa y su pistola.

–Policía de Hollow City, mantengan la calma –O’Sullivan se mostró firme y autoritario–. Necesitamos ver enseguida al paciente llamado Otto Leitner, puede ser testigo de vital importancia para una investigación criminal.

Uno de los celadores condujo al policía y al escritor por los corredores blancos y perfumados del Centro Residencial, hasta que llegaron ante una de las puertas de las habitaciones de los pacientes. El celador llamó antes de poner la llave en la cerradura y abrir la puerta con suavidad, temiendo despertar al paciente. Sin embargo en el psiquiátrico ya nunca más tendrían que preocuparse por el profesor Leitner y sus crisis agudas, ni si había tomado sus dosis de tranquilizantes a su hora, o si se había terminado la comida antes de irse a dormir.

Porque en la cama de sábanas blancas y revueltas de la habitación yacía el cuerpo pálido y demacrado del profesor, con los ojos abiertos mirando al vacío eterno de la muerte.

 ***

En el despacho del Comisario Howard hacía mucho calor, puesto que a éste le gustaba mantener el aparato climatizador a temperaturas elevadas durante el invierno. El Comisario se alisó el escaso cabello cano que aún poblaba su testa mientras paseaba sus ojos grises de uno a otro de sus invitados, que no eran otros sino Paul O’Sullivan y Vic Page.

–O’Sullivan, otra vez estás pisando mierda, como siempre –increpó el Comisario, intentando que no le subiera la tensión tal y como le había prescrito su médico–. Justo cuando parecía que todo iba bien, con tu regreso al cuerpo tras lo de TecnoCorp, vas y la vuelves a pifiar. ¿En qué coño estabas pensando?

–Comisario, pero si no he hecho nada…–comenzó a excusarse O’Sullivan.

–¿Nada? ¿Qué no has hecho nada? –al Comisario se le comenzó a hinchar una vena que le surcaba el cuello–. Primero dices que te coges un permiso cuando en realidad te pones a investigar un caso que no es de tu incumbencia. Luego tengo a TecnoCorp pidiéndome que te empapele por obstrucción, ya que te dijeron que no te metieras en medio del asunto del gas nervioso. Y encima está el tipo ese, Wax Face, que al parecer está metido en todo este lío. Y como siempre que la cagas, hay un lunático muerto, aunque ahora el fiambre no es un extraterrestre, ni un demonio de ojos negros que proviene de otra dimensión. Solo es un antiguo químico al que le dio un infarto, al menos eso está claro.

–¿Un infarto? –Vic Page se revolvió en su silla poniendo cara de incredulidad–. ¡Vamos, Comisario, no irá usted a creerse eso! Fue Cara de Cera quien se lo cargó, seguro.

–¡Cállese, Page! –Howard frunció el entrecejo y sus mejillas se pusieron coloradas por la ira–. Usted no tiene vela en este entierro. Ya me he enterado de quien es, escritorzuelo de pacotilla, un entrometido que no es la primera vez que pone su nariz de buitre en asuntos policiales. Le tengo calado, así que escúcheme bien, porque no se lo voy a repetir: está usted hundiéndose en el fango, y le queda muy poco para quedar sumergido del todo. Muy poco.

El Comisario se dejó caer con todo su peso sobre el respaldo del sillón de cuero negro, mientras sacaba un pañuelo y secaba el sudor de la frente. Se aflojó el nudo de la corbata para aliviar la tensión y bebió un trago de agua de un botellín de plástico que había encima de la mesa del despacho. Entre el calor que hacía en la habitación y los nervios que le provocaban aquellos dos hombres, Howard pensaba que sería un milagro si no le daba un ataque allí mismo.

–Comisario, usted sabe que pocas veces me equivoco –O’Sullivan aprovechó el bajón de su superior para hablarle sosegadamente–. Este es un caso muy importante, y no podemos dejarlo en manos de TecnoCorp, por la sencilla razón de que de alguna forma están implicados. Piénselo un segundo, jefe. Todos los lugares que fueron objetivo del gas nervioso tenían como empresa de seguridad a TecnoCorp, y el difunto profesor Otto Leitner trabajó para una empresa colaboradora de la corporación. Yo creo que hay una conexión muy clara.

–Y yo creo que será mejor que te tomes unas vacaciones, O’Sullivan. Descansa, vete de Hollow City unos días con tu mujer y tu hija y disfruta un poco. A tu padre no le gustaría un ápice que estés siempre en la cuerda floja –Howard resopló consternado–. Eres un buen chico y un gran policía, pero a veces ves fantasmas donde no los hay.

–Pues yo vi a uno de esos fantasmas, llevaba un maletín y me lanzó una jodida cápsula con gas que me dejó hecho polvo –dijo Page–. No sé si le brilla la cara tanto como su grasiento culo –el escritor señaló con su dedo índice al estupefacto Comisario–, pero está metido hasta el cuello en este asunto.

–¿Ah, sí? Y donde están las pruebas, listillo. Por lo que yo sé podía tratarse de un periodista disfrazado que quería una exclusiva con un antiguo profesor. Ustedes lo asustan, el viejo chocho oye los disparos y le entra un patatús de los buenos que lo envía al otro barrio. Así que tienen suerte si logro evitar que el director de ese manicomio les enchirone a base de denuncias. Se lo digo clarito, muchachos: aléjense de todo esto y desaparezcan hasta que la cosa se calme, si los vuelvo a ver antes de que terminen las fiestas del Carnaval los meteré en un agujero oscuro. ¿Estamos?

O’Sullivan se levantó impetuosamente con una mirada airada, pero Page se adelantó y le cogió por el brazo para llevárselo casi a rastras antes de que dijera algo que empeorara las cosas. Abandonaron el despacho del Comisario Howard dando un fuerte portazo que casi rompió la puerta, motivando que las miradas de todos los agentes presentes se volviesen hacia ellos.

–Seguro que O’Sullivan ha vuelto a empinar el codo y vuelve a ver a sus monstruitos del espacio –dijo con un gesto despectivo Mike el Arrugas, que estaba en un extremo del pasillo hablando con otros compañeros.

Se necesitó más de una decena de hombres para impedir que O’Sullivan le diera una merecida paliza al idiota de Mike Sutton. Mientras Vic Page se lo llevaba a empujones, el Arrugas no paró de pronunciar todas las blasfemias posibles en contra suya, maldiciendo su sangre irlandesa.

–Tranquilo, amigo, vámonos de aquí antes de que te encierren –Page salió con su amigo por la puerta de la comisaría, saliendo ambos a las frías calles de Hollow City.

Ambos, escritor y policía, caminaron en silencio uno junto al otro, paseando sobre la acera pavimentada mientras algunas gotitas de lluvia comenzaban a caer desde el oscuro cielo que cubría la ciudad. O’Sullivan solo abrió la boca para quejarse de la pasividad de la policía, maldiciendo al Comisario Howard, a TecnoCorp y al resbaladizo Wax Face. Vic Page cavilaba sobre todo el asunto, intentando trazar en su mente un mapa que interconectase todas las pistas y cabos sueltos posibles relacionados con el caso.

Ataques con un gas experimental. Seguridad a cargo de TecnoCorp. Científico químico recluido y asesinado. Villano experto en disfraces armado con capsulas de sustancias químicas.

El escritor se paró en seco en mitad de la calle, y O’Sullivan solo tuvo que ver la expresión de su cara para darse cuenta de que su compañero acababa de tener una de sus ideas brillantes.

–Vamos, escúpelo –dijo irónicamente el policía.

–Verás, estaba pensando en que ese tipo, Wax Face, ha debido estar haciéndose pasar por el hijo del profesor Leitner durante mucho tiempo. Según el registro de visitas que vimos en el Centro Residencial antes de que viniese la policía, Cara de Cera tenía mucho interés en el viejo.

–Hasta que lo liquidó, seguramente usando alguna sustancia que llevaría en el maletín –apuntó O’Sullivan.

–Muy cierto. Piensa un momento, Wax Face usa maquillaje artificial, tiene cápsulas con extrañas sustancias, visita a un químico chiflado…

–Lo que quieres decir es que Cara de Cera es también un químico, y que ha fabricado el gas con la ayuda de Leitner. Pero el profe no le contaría sus secretos a cualquiera, ¿no?

–Por lo que hay una relación entre ambos químicos. Si a Leitner lo encerraron tras el accidente en Industrias Goldchem, es lógico suponer que se conocían de antes, seguramente porque…

–¡Porque trabajaron juntos allí! –exclamó O’Sullivan–. En el expediente del caso constarán los nombres de todo el personal de Goldchem y las relaciones entre ellos. Solo tenemos que buscar a algún joven cerebrito que fuera además fuese amigo de Leitner. Page, eres un tipo listo, deberías dejar de ser escritor y meterte en la policía.

–Al paso que voy no sería mala opción, parece que hay más delincuentes que lectores de libros –dijo Page con una sonrisa.

 ***

El Toyota Celsior color azul oscuro de O’Sullivan apuntaba con sus faros delanteros la carretera que enfilaba hacia la zona industrial de Hollow City. Tras dejar atrás un desvencijado cartel que señalaba que el vehículo y sus ocupantes habían alcanzado su destino, se adentró en el laberinto de inmensas y destartaladas naves industriales que poblaban aquella extensa superficie, mientras los últimos rayos de sol se filtraban a través de los edificios anunciaban la llegada de la noche fría y oscura.

–¿Qué número tiene la que buscamos? –preguntó O’Sullivan, mientras atisbaba a través del parabrisas.

–La 51, creo que es por allí, a la izquierda –señaló Vic Page, en el asiento del copiloto.

–Espero que hayamos acertado con esto y que no sea todo fruto de una corazonada.

–Es lo más sólido que tenemos. Según el archivo del caso Goldchem, el empleado más unido al profesor Leitner era su joven ayudante, Gideón Lambrill, un brillante y prometedor cerebro de la química. Curiosamente desapareció hace años en Sudamérica, junto a su reciente esposa, y nunca más se supo de él. Todas sus propiedades pasaron a manos de diversos parientes lejanos del matrimonio.

–Sí, y según el registro de la propiedad el tal Lambrill poseía una especie de laboratorio personal ubicado en la nave industrial que buscamos. Una propiedad que había estado cerrada a cal y canto, pero que según la compañía eléctrica ha estado utilizando grandes cantidades de suministro energético exactamente desde algo antes del primer ataque con gas en River City –O’Sullivan maniobró el auto hacia la izquierda, aproximándose hacia el objetivo.

–Y justo cuando según el registro del psiquiátrico comenzaron las visitas del falso hijo de Leitner. Todo coincide, Gideón Lambrill es Wax Face, el causante de los ataques del gas. Lo que no sabemos es el motivo –dijo Page.

–Pues entonces habrá que preguntárselo –O’Sullivan paró el coche y sacó su Beretta 92, comprobando la munición–. ¿Quieres esperar aquí?

–Tranquilo, se cuidarme solito –el escritor entreabrió su chaqueta enseñando la culata de un revolver Calibre 38 Especial.

Ambos se apearon del automóvil y caminaron hacia la nave 51, donde las luces que atravesaban las ventanas indicaban que el edificio no estaba abandonado. Encima de la puerta podía leerse un letrero que anunciaba: PROHIBIDO EL PASO, ZONA VIGILADA. O’Sullivan comprobó que la puerta estaba cerrada a cal y canto por dentro, y forzarla podía llevarle bastante tiempo.

–¿Qué tal aquella ventana de ahí? –señaló Page.

O’Sullivan apoyó un pie en las manos enlazadas de su compañero y se impulsó hacia arriba con la ayuda de éste, aferrándose al alféizar de la ventana. Tras darle un violento empujón, la ventana cedió y el policía se coló por la estrecha abertura, agradeciendo a su mujer Hellen que le hubiese obligado a perder unos cuantos quilos que le sobraban. Desde su posición O’Sullivan observó que el interior de la nave estaba iluminado a medias, y en el aire flotaba un zumbido eléctrico que provenía de varias máquinas conectadas. No se veía a nadie cerca, así que aprovechó para deslizarse hasta el suelo y llegar a la puerta, donde desbloqueó el cerrojo que la mantenía cerrada para que entrase Vic Page.

Unas voces de hombres rudos acompañadas por diversos ruidos alertaron a los héroes de que no estaban solos en el lugar, por lo que avanzaron a lo largo de las hileras de contenedores amontonados enarbolando sus armas cortas como precaución. Instantes después se encontraron con un grupo de seis hombres, la mayoría con pinta de haber pasado algún tiempo en la cárcel, cargando unas cajas cerradas en la parte trasera de un camión de carga. En la superficie de aquellos cajones podía vislumbrarse el emblema de una conocida fábrica de fuegos artificiales, y en los laterales del camión se divisaba el logotipo del Ayuntamiento de Hollow City.

–Vamos, cargadlo todo de una vez, hay que prepararlo todo para la fiesta de mañana –dijo una voz de entre las sombras.

Fue entonces cuando Vic Page y Paul O’Sullivan se dieron cuenta de que había un hombre medio oculto, vestido con un traje azul y una gabardina oscura, con la cabeza cubierta bajo un sombrero de fieltro. No podían verle la cara, pero su voz le era conocida tanto al escritor como al policía.

–Esta es la última, señor Grant, ya está todo listo –dijo uno de los tipos malencarados, un gigantón vestido con una camiseta sucia de tirantes que dejaba al descubierto un estrafalario tatuaje carcelario–. Espero que tenga preparada la pasta.

–Tendréis lo acordado cuando llevéis la mercancía a su destino.

Al decir esto, el hombre abandonó su posición y quedó expuesto a la luz, revelando su identidad a Page y O’Sullivan. ¡Era Elliot Grant, el asesor del Alcalde Mallory!

El individuo del tatuaje ordenó a los demás que subieran al camión, por lo que O’Sullivan hizo una señal a Page para entrar en acción antes de que se escaparan.

–¡Policía, manos arriba! –gritó a pleno pulmón O’Sullivan, encañonando a todos con su arma–. Page, vigila a Grant y si se mueve pégale un tiro en la pierna.

–Tranquilos, no vamos a hacer nada –dijo el del tatuaje–. No estamos haciendo nada malo, solo cargamos los fuegos artificiales para el Carnaval de mañana. El señor Grant nos contrató para llevarlos hasta la plaza del Ayuntamiento, él lo puede corroborar.

–Tú, coge una de las cajas del camión y sácala –ordenó el policía.

Uno de los estibadores obedeció, mirando todo el rato el cañón de la Beretta que le apuntaba.

–Ahora ábrela, despacio.

El individuo hizo lo que se le ordenó. Murmullos de sorpresa y miradas de estupor se sucedieron entre los transportistas, pues a la vista de todos estaba el contenido de las cajas. No eran fuegos artificiales, sino extrañas cápsulas cristalinas que contenían un líquido de color verdoso. El gas nervioso que mutaba a las personas y las volvía locas de rabia.

–Ni estos son cohetes para divertir al público ni ese de ahí es Elliot Grant –O’Sullivan se volvió hacia el supuesto asesor del alcalde–. ¿Verdad, Wax Face? O tal vez deberíamos llamarle por su verdadero nombre, Gideón Lambrill.

–Es usted muy listo para ser un simple poli –dijo Cara de Cera bajo su disfraz–. Sabía que tendría problemas para llevar a cabo mi plan, pero no esperaba que fuesen un policía de pacotilla y un escritor fracasado quienes se enfrentaran a mí.

–Sigue hablando así, amigo, porque dentro de poco vas a estar entre rejas, seguro que allí tendrás más de un amigo al que le encantará que te disfraces –dijo sarcásticamente Page.

–Idiotas, esto aún no ha terminado.

Tras decir esto, Wax Face hizo un leve gesto con la muñeca derecha, dejando caer al suelo una pequeña cápsula que estalló emitiendo un relámpago cegador. Luego pateó la caja que estaba en el suelo y las bolas de cristal se rompieron en pedazos, emanando el gas nervioso.

–¡Cuidado! –exclamó O’Sullivan, tirando hacia atrás de la chaqueta de Vic Page a pesar de estar cegado por los efectos de la bomba de magnesio de Wax Face.

Sin embargo los estibadores no tuvieron suerte y no pudieron reaccionar a tiempo, inhalando directamente el gas en sus pulmones. En pocos segundos la sustancia química produjo sus efectos, transformando a los hombres en bestias de dos patas con ojos rojos y ávidas de sangre. Los seis afectados comenzaron a armarse cogiendo cualquier cosa a su alcance, un destornillador, una gran llave inglesa de acero, un martillo e incluso una taladradora.

–Os vamos a triturar, no quedarán de vosotros ni despojos para los perros –chilló enfurecido el gigantón del tatuaje, mientras se lanzaba hacia O’Sullivan empuñando un martillo.

El policía no tuvo otra opción más que apretar el gatillo, pero el impacto no fue suficiente para derribar al hombre, por lo que tuvo que disparar dos veces más. A su lado, Vic page hacía rugir su revólver, demostrando una excelente puntería. Sin embargo se necesitaban varios disparos para acabar con aquellos enemigos furibundos, por lo que al final dos de ellos terminaron echándoseles encima.

O’Sullivan recibió un golpe en la sien de una palanca manejada por un negro musculoso de mirada asesina, el cual le dejó en el suelo aturdido. Su Beretta 92 rodó por la superficie hasta perderse de vista, por lo que sólo le quedaron sus brazos para defenderse. El negro descargó un poderoso ataque que O’Sullivan evitó en el último momento ladeando la cabeza. Luego repitió el mismo movimiento hacia el lado contrario, y cuando su contrincante iba a aplastarle la cabeza con su tercer ataque, O’Sullivan le propinó un puñetazo en sus partes nobles. El negro no soltó la palanca, pero dio unos pasos atrás quejándose del dolor, dándole unos segundos de respiro al policía que aprovechó para ponerse en pie.

Por su parte, Vic Page había gastado todas las balas del revólver abatiendo a dos de aquellos demonios coléricos, y antes de que pudiese recargarlo recibió el ataque de un joven pecoso con el pelo rojizo, armado con una taladradora que funcionaba con batería. El escritor esquivó como pudo las acometidas del pelirrojo, hasta que su espalda chocó súbitamente contra uno de los grandes contenedores metálicos de la nave industrial. Al darse cuenta de que se había quedado sin espacio, Page se lanzó desesperadamente contra los pies de su adversario, consiguiendo derribarlo. Ambos rodaron por el suelo entrelazados en mortal abrazo, con tan mala suerte para el escritor que éste quedó bajo el peso del pelirrojo pecoso, mirando como la broca giraba a velocidad máxima y se acercaba cada vez más a su rostro.

A pocos metros de allí, O’Sullivan se palpaba la herida sangrante de su cabeza. Sentía nauseas, y notaba como su visión estaba deformada por lo que intentaba abrir los ojos al máximo para poder enfocar bien a su enemigo. El negro de la palanca aulló como un demente y cargó nuevamente contra el policía, pero esta vez O’Sullivan se adelantó y extendió ambos brazos para sujetar las muñecas de su objetivo justo antes de que terminase de lanzar el golpe, bloqueándolo y girándose sobre sí al mismo tiempo. Aquella maniobra bien sincronizada dio sus frutos y el negro cayó de espaldas sufriendo un fuerte golpe, dándole la oportunidad a O’Sullivan de arrebatarle la palanca y golpearle con ella en pleno rostro. Se oyó un sonoro crujido de huesos rotos, pero a pesar de tener la nariz aplastada y sangrar profusamente, aquel loco aún quería levantarse. Otra dosis de palanca aplicada sobre su cabeza de negras rastras le llevó la contraria, y un segundo chasquido seguido de un salpicón bermejo indicó a O’Sullivan de que ya podía tomarse un respiro.

Pero la amenaza de los chiflados salvajes aún no había terminado, pues Vic Page estaba a punto de ser taladrado por el pelirrojo de las pecas. El zumbido ruidoso de la herramienta acompañaba el movimiento repetitivo y circular de la broca, la cual estaba a tan sólo un centímetro de la frente del escritor. Page forcejeaba intentando apartar los brazos del joven, pero solamente podía retrasar lo inevitable. Entonces recordó como en su última novela su protagonista, el Doctor Misterio, se deshacía de una máquina mortal lanzadora de rayos propiedad de los nazis, gracias a un disparo que cortaba el suministro eléctrico del que se nutría el aparato. Inspirado por aquella idea, Page sujetó el brazo de su contrincante con una sola mano, mientras utilizaba la otra para coger impulso y lanzar un golpe con todas sus fuerzas…a la sección del taladro donde estaba la batería. Tanto la tapa de plástico como la pieza de litio salieron volando por los aires, y el taladro dejó de emitir su particular rugido. El joven pecoso quedó sorprendido por la maniobra, y Vic Page le lanzó un puñetazo que lo empujó hacia atrás. Luego el escritor cogió el taladro mecánico inutilizado y golpeó al chico con él en la cabeza, dejándolo inconsciente.

–Recuérdame que no te regale nunca un set de bricolaje –sonrió O’Sullivan a su compañero.

–Ha ido por los pelos. Por cierto, ¿has visto a donde ha ido nuestro amigo Wax Face?

Antes de que O’Sullivan pudiera contestar, el ruido del motor del camión respondió la pregunta, pues mientras los héroes habían estado combatiendo Cara de Cera había abierto la puerta de carga de la nave y se había metido en el vehículo.

–Adiós, idiotas, ahí os quedáis –dijo el villano, acompañando sus palabras con una carcajada burlona.

El camión aceleró bruscamente, levantando una nube de humo por el tubo de escape. O’Sullivan y Page comenzaron a correr para alcanzar el vehículo antes de que escapara, pero algo hizo que el escritor tropezase y cayese al suelo. Al volver la vista atrás, Page vio que el tipo del tatuaje aún estaba vivo y le tenía cogido por un pie.

–Yo me encargo de este fulano, tú coge a Wax Face –indicó a su compañero.

Tras ver como O’Sullivan lograba agarrarse a la parte trasera del camión y ambos desaparecían por la salida de la nave, Page se encaró con su oponente, el cual aún se encontraba bajo los efectos del gas malicioso.

El estibador demente se lanzó al cuello del escritor, intentando estrangularle con sus manos, pero Page le recibió con un rodillazo que se incrustó bajo su barbilla. Luego utilizó sus puños en una combinación izquierda-derecha que hizo saltar al tipo un par de dientes. Éste se echó atrás rugiendo de dolor como una bestia herida, pero enseguida volvió a abalanzarse con furia contra Page.

–Estoy harto de ti, capullo enfermizo. En Sawmill Street me las he visto con tipos peores que tú.

Page cargó con todo el peso de su cuerpo contra el rufián, y su embestida tuvo éxito pues sirvió para lanzar a su contrincante contra una pila de bidones de metal. Al apartar los que servían de base, toda la montaña de bidones cayó encima del desdichado, el cual quedó sepultado completamente. Lo único que sobresalía era su mano inerte, señal inequívoca de que aquel rufián ya no volvería a levantarse, al menos durante un buen rato.

 ***

El camión daba bandazos de un lado a otro mientras avanzaba por la zona industrial en busca de la salida. Al volante del vehículo se hallaba un nervioso Wax Face, que intentaba realizar movimientos bruscos para ver si así conseguía deshacerse de aquel policía tan pesado. O’Sullivan, que había trepado hasta el techo del vehículo, tenía que hacer grandes esfuerzos para continuar agarrado y no salir despedido, y eso que aún notaba la herida de la cabeza como si le estuviesen aplicando un hierro candente.

–¿Te gusta esto, amigo? ¿Y qué tal esto otro? –Cara de Cera reía mientras maniobra bruscamente para desembarazarse de O’Sullivan.

El policía vio que el camión daba un pequeño giro para adentrarse en la carretera principal. En unos momentos se internaría en Hollow City cargado con el mortífero gas nervioso, donde la sustancia podía provocar una grave catástrofe sobre la multitud si era liberada. Si O’Sullivan tenía que hacer algo para impedirlo, era allí y ahora.

Justo cuando llegaban a una curva muy cerrada, el policía se descolgó por la parte del parabrisas del camión, obstaculizando con su cuerpo la visión del conductor. O’Sullivan quedó separado del rostro de Wax Face tan solo por el delgado cristal, y el criminal solo tuvo tiempo de ver la mirada desafiante que éste le dirigió. Luego se dejó llevar por los nervios y perdió el control del vehículo, el cual salió de la calzada atravesando la baranda galvanizada de seguridad. La fuerza del impacto y el brusco descenso sobre la pendiente que conducía a un barranco propiciaron que O’Sullivan fuese arrojado a un lado, rodando por la abrupta superficie repleta de tierra, piedras y matojos silvestres. El camión continuó cuesta abajo totalmente descontrolado, hasta chocar contra un grupo de árboles de anchos troncos que frenó en seco su trayectoria.

La explosión fue devastadora, y en pocos segundos tanto el vehículo como la vegetación a su alrededor fueron devorados por un mortífero mar de llamas que desprendía un torrente de humo verdoso. Era el gas nervioso, que encontraba así su final en el abrazo ardiente de un fuego hambriento que lo consumió todo.

O’Sullivan quiso ponerse en pie, pero tanto sus heridas como la fatiga hicieron mella en él, y ya no pudo seguir manteniendo la consciencia. Un segundo antes de que los párpados se cerrasen sobre sus ojos con la pesadez del plomo, al policía le pareció vislumbrar a través de las llamas anaranjadas y de la densa humareda una figura borrosa que se alejaba con paso renqueante.

Luego simplemente una oscuridad relajante le envolvió, y el mundo a su alrededor desapareció como si alguien hubiese accionado un interruptor.

 ***

Dos días después de aquellos sucesos, O’Sullivan era dado de alta en el Hospital General de Hollow City, acompañado de Hellen y Edith. Sus heridas apenas eran ya meros rasguños que pronto se convertirían en más cicatrices a añadir en su castigado cuerpo de policía. Horas antes, su amigo Vic Page le había hecho una visita para ver como estaba, explicándole que ahora era un héroe local gracias al American Chronicles.

Según el prestigioso rotativo local, el detective de policía Paul O’Sullivan había evitado que uno de los malhechores más buscados por la ley, el criminal llamado Wax Face, expandiese un gas de efectos perjudiciales sobre la gente que iba a celebrar el Carnaval. Gracias a su intervención, cientos de personas se habían salvado, evitando lo que posiblemente hubiese sido la mayor catástrofe de toda la historia en Hollow City. Puesto que Page tenía amigos en el periódico, había preferido que su nombre no se hiciese público, otorgando todo el mérito a su amigo policía, el cual se posicionaba con mayor fuerza ante futuras presiones del Alcalde Mallory o TecnoCorp. Nadie tendría el valor suficiente de meterse con un héroe del pueblo, pues si había alguien que comprendía mejor el poder de la masa esos eran sin duda los políticos y sus compinches.

Vic Page también le dijo a su compañero que al parecer Cara de Cera, antes Gideón Lambrill, culpaba a TecnoCorp de la muerte de su esposa, y por ello había estado planeando desde hacía años su venganza. Ni Industrias Goldchem ni TecnoCorp habían hecho nada para investigar el accidente de su mujer en unas ruinas de Sudamérica, negándose a intervenir alegando que era un país extranjero. Según lo que había descubierto en la nave industrial, Wax Face se había estado haciendo pasar por un falso hijo del profesor Otto Leitner para poder acceder a su antiguo jefe y conseguir la fórmula del gas nervioso, un gas con el que atentar contra una ciudad teóricamente protegida con TecnoCorp. Un golpe fatal a la corporación que hubiese significado su ruina total. Luego había asesinado a Leitner para eliminar cabos sueltos.

Al final todo había salido bien, excepto por una cuestión: no habían encontrado ningún cuerpo ni en el interior del camión carbonizado ni en los alrededores. El paradero de Wax Face era todo un misterio, aunque tal vez el destino les ofreciese una nueva oportunidad para atraparlo.

O’Sullivan no esperaba el recibimiento con el que se encontró a la salida del hospital. Decenas de personas se amontonaban en el exterior, aplaudiendo y gritando su nombre, dándole ánimos y vitoreándole como si fuese una estrella del rock o un famoso actor de cine. A pesar de los cegadores flases de las cámaras de los periodistas, vio como varios de sus compañeros de uniforme abrían un pasillo entre la muchedumbre que conducía hasta el coche de Hellen. Mientras O’Sullivan y su familia atravesaban el improvisado corredor, todos los policías le saludaron con respeto dándole palmadas de apoyo y compañerismo. Por fin se los había ganado.

Pero no a todos. Uno de los agentes, un tipo flaco con la cara llena de surcos profundos que afeaban su expresión, con un fino bigote moreno bajo su nariz picuda, le observó con una agria mirada. Mientras el agente intentaba mantener a raya a un grupo de adolescentes con camisetas de los Red Demons, uno de los chicos le tiró encima un batido de crema, manchándole tanto su cara como el uniforme.

–Que te den, Mike el Arrugas –sonrió vengativamente O’Sullivan mientras se metía en el coche.

Hellen le dio un beso y arrancó el auto, maniobrando muy despacio para evitar atropellar al gentío que aún continuaba aplaudiendo. Entonces la pequeña Edith, sentada atrás, gritó de repente:

–¡Mira papá, allí hay alguien igualito que tú!

O’Sullivan se giró en la dirección que señalaba su hija, y abrió los ojos de par en par a la vez que un martilleo le golpeaba el corazón.

Allí, entre el interminable desfile de rostros de hombres y mujeres, niños y ancianos, policías y periodistas, sobresalía la cara de una persona. Un hombre ataviado con un traje y un sombrero demasiado similares a los que solía llevar O’Sullivan. Un individuo que le miraba con expresión vengativa y con una cruel sonrisa asomando en sus labios, agitando una mano enguantada en señal de despedida, o tal vez en un gesto de chanza que prometía una futura venganza. De eso no podía estar seguro.

Pero de lo que sí estaba completamente seguro era de que aquél individuo que lentamente iba desapareciendo en el espejo retrovisor tenía exactamente el mismo rostro que el propio O’Sullivan.

 ***

En el laboratorio experimental de TecnoCorp, detrás de sus puertas cerradas y protegidas por múltiples y caros sistemas de seguridad, alguien continuaba trabajando a pesar de ser altas horas de la madrugada. Un hombre bajito, con gafas de lentes pequeñas que cubrían unos diminutos ojos rasgados de mirada inflexible, manipulaba el teclado de un ordenador mientras en la pantalla LED aparecían los datos de un archivo supersecreto. El hombre introdujo nuevos datos que se añadieron a la catalogación existente, donde aparecían extrañas anotaciones tales como “Ojo de los Dioses”, “Fantasma”, “Proyecto Arcángel”, y otras muchas más. Una vez que hubo terminado, el hombre cerró el archivo y apagó el terminal.

Cogió con sus pequeñas pero firmes manos la cápsula de cristal, del tamaño de una pelota de tenis, y tras exponerlo a la luz de un flexo de trabajo estuvo contemplando el líquido verdoso que contenía. Así estuvo varios minutos, observando el peligroso objeto con total concentración, como si intentase penetrar en los terribles secretos que encerraba aquella sustancia. Luego se levantó y se dirigió hacia uno de los armarios contenedores de seguridad, abrió uno de los cajones el cual exhaló un gélido y blanquecino vaho,  y depositó en su interior el objeto. Luego cerró el cajón y manipuló el panel electrónico de su superficie para introducir una contraseña de seguridad, pulsando las letras que conformaban la palabra B-E-R-S-E-R-K.

El Doctor Wan apagó la luz y salió del laboratorio de TecnoCorp, silencioso e inexpresivo como siempre.

Al final había sido un buen día de trabajo.

FIN


[1] Vocablo alemán para definir el doble fantasmagórico de una persona viva. La palabra proviene de doppel, que significa “doble”, y gänger, traducida como “andante”.

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comentarios
  1. eihir dice:

    Por fin, una nueva historia de Hollow City. Espero que os guste, al final he podido terminarla tras un mes de retraso, je je. Os dejo con O’Sullivan, Vic Page y Cara de Cera, nos vemos pronto amigos.

  2. Grandioso relato, Eihir. Me gustó bastante la historia y sobre todo advertir la evolución de tu estilo literario. Enhorabuena compañero.

  3. eihir dice:

    Seguro que será genial. Por cierto, si tienes Facebook puedes seguir el blog pinchando en Me Gusta de este enlace:
    http://www.facebook.com/home.php#!/pages/Hollow-City/356137537792008

  4. Hola Eihir.
    Mientras esperamos el resultado del concurso, te dejo un nuevo relato de Flavius Crasus en el blog. Espero tu opinión,amigo mío.
    Un abrazo.

  5. Enhorabuena mi estimado Vicente. Me acabo de enterar por tu mensaje en mi blog. Segundo y tercero. Compartiendo podio, me parece maravilloso.
    Un abrazo, mi querido colega.

    • eihir dice:

      Fantástico, ahora a esperar el compendio de relatos. Y la semana que viene ya tendré listo el próximo relato de Hollow City. Un saludo compañero.

  6. Yo, por mi parte, voy a subir un relato que publiqué el año pasado en una antología electrónica. que se que te va a gustar.
    Un saludo grande, compañero.

  7. Hola Eihir, mientras esperamos la publicación de AP2013, he subido una nueva historia a la bitácora. Espero que la disfrutes, compañero.

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