LA NOCHE DE HOLLOWEEN

Publicado: 9 diciembre, 2012 en Historias, Hollow City, Relatos, Sin categoría, Sobrenatural

HC_10 La Noche de Holloween

Miro el desordenado montón de papeles que abarrota la mesa de mi despacho, en la segunda planta de la comisaría central de policía de Hollow City, y se me cae el alma a los pies. El trabajo de un detective de homicidios de nivel tres no es todo lo emocionante que uno puede suponer,  la parte del papeleo es la que peor llevo pues me produce una desagradable sensación de fastidio cada vez que tengo que llevarla a cabo. Pero es algo que entra dentro del sueldo y del cargo, así que tengo que hacerlo.

Lanzo un gruñido de desgana y comienzo la tarea desbordante de rellenar informes, ordenar expedientes y completar fichas de los casos cerrados para informatizar toda esa gran cantidad de datos acumulada en aquella interminable montaña de papeles. Sólo el amargo sabor del café de la máquina y la agradable visión de alguna de las compañeras contorneando sus caderas hacen más llevadero este trabajo tan tedioso. Pero no puedo quejarme, hace poco que he vuelto al equipo tras pasar un tiempo ocupado en el ramo de la seguridad privada, y encima me han ascendido gracias a los contactos de mi antiguo jefe, pero eso es otra historia. Sin embargo, algunos de los muchachos no parecen estar muy contentos por volver a ver mi rostro de mandíbula cuadrada y mi nariz de boxeador retirado, ni parece que vayan a ofrecerme algún regalo de bienvenida por tener mis zapatos de suela ancha pateando sus grasientos culos. Aunque al menos no se meten conmigo abiertamente, algunos ya saben cómo me las gasto cuando estoy enfadado, sobretodo Mike Sutton, ese poli tocapelotas que le gusta más un soborno que a un niño un caramelo.

El viejo Mike “el Arrugas” no cambiará nunca, seguro que ya ha organizado una timba con el resto de compañeros para ver cuánto tardo en ser expulsado del cuerpo otra vez, pues desgraciadamente tengo fama de que siempre lo fastidio todo. Sólo porque una vez tuve un pequeño problema con nuestro ilustre Alcalde Mallory, que desde entonces no puede verme. O quizá es por haberle gritado al pobre Comisario Howard los males por los cuales debería morirse. No es que sea un policía rebelde sin ética ni moral alguna, que desobedezca las normas a la menor oportunidad, es solo que…bueno, a veces las reglas son demasiado estrictas, y a veces las circunstancias hacen que tenga que volverme un poco flexible a la hora de cumplirlas. Quizá debería hacerme imprimir eso en la placa metálica de mi cartera: Paul O’Sullivan, detective flexible. Seguro que los delincuentes se reirían de mí.

El reloj de mesa cuadrado que sirve también como calendario es silencioso testigo del lento transcurrir del tiempo en el despacho. Desvío la mirada de la pantalla del ordenador para descansar la vista, y mis ojos contemplan la fotografía enmarcada con un decorativo borde plateado. En mis labios asoma una sonrisa cariñosa al ver los rostros de Hellen y Edith, mi mujer y mi hija, la alegría de mi corazón y la luz que arranca las sombras que a veces envuelven mi ánimo. Tras una dura y larga separación, a causa de mis problemas con el alcohol y mi comportamiento temperamental, al final he recibido una segunda oportunidad y me han dejado entrar otra vez en casa. Ahora soy un hombre nuevo, más sereno, menos impulsivo, intento ser el marido perfecto y el mejor padre del mundo, y creo que lo voy consiguiendo. O al menos es lo que me digo a mi mismo todos los días cuando me levanto por las mañanas y miro mi rostro irlandés en el espejo.

–O’Sullivan –dice casi gritando Al McColl, un poli corpulento famoso por haber sufrido el mayor número de heridas posible sin haber acabado aún bajo dos metros de tierra–. Tienes un paquete –el fornido agente suelta un bulto envuelto en vulgar papel marrón de regalo y se va sin decir nada más, tras haber interrumpido mis pensamientos.

Examino el inesperado paquete, que a juzgar por la tarjeta colocada en la parte superior y que reza «Felicidades» debe ser un regalo, tal vez de alguna admiradora secreta o de una víctima agradecida por haberla ayudado. Tras concluir que no se trata de ninguna amenaza extraña, desenvuelvo con lentitud y sin prisas el obsequio, imaginando lo que puede ser: una deliciosa tarta de chocolate casera, un sombrero nuevo que haga juego con mi abrigo gris, o tal vez uno de esos dichosos aparatos electrónicos de hoy en día que permiten hacer de todo. Pero entonces el estupor se queda grabado en mi rostro al quedar al descubierto una especie de arbolito pequeño del que penden, colgados en sus diminutas y entrelazadas ramas como si fuesen sustitutos de los pajarillos que deberían estar posados en ellas, una serie de botellines de cristal que contienen diversas bebidas alcohólicas. Y en ese instante resuenan por toda la comisaría las carcajadas burlonas de mis compañeros, los cuales deben sujetarse a las puertas y paredes para no caer destronchados de la risa. Se creen que soy un novato, o peor aún, un borracho, y este es su regalo de bienvenida, su forma de decirme que me los tengo que ganar. Malditos hijos de perra.

–¡O’Sullivan, hay un fiambre en Sawmill Street! –dice el sargento Woods asomando su cara de bulldog por el pasillo–. Te ha tocado el gordo, coge a McColl y ve a ver qué pasa. Empezamos bien el puto día de Halloween.

¡Ah, sí, Halloween! Casi se me había olvidado de que hoy es el día de los difuntos, y que esta noche será la fiesta de los disfraces. Los niños vagarán de un hogar a otro en pequeños grupos, anunciando eso de «Truco o Trato» con sus voces infantiles y sus caritas de ángel, esperando una dulce recompensa. Pero eso es solo la parte buena.

La auténtica realidad es otra. Para la policía de Hollow City esta noche será de las peores del año. Las peleas, los borrachos, las discusiones familiares, los robos,… Una ola de crímenes y disturbios que golpeará con fuerza las calles, barriendo la dignidad del ser humano. Dicen que Halloween es la noche de Todos los Santos, pero yo diría que es la de los diablos. O mejor dicho, la de los difuntos, pues acaba de empezar el día y ya existe alguien que la ha palmado. Por eso aquí, en esta ciudad, solemos llamarla la Noche de Holloween, porque santos hay pocos, pero agujeros hay unos cuantos.

Me voy con McColl y nos metemos en el coche oficial asignado, un Toyota Celsior de cuatro puertas con la ventanilla del conductor atascada. McColl me cede dicho asiento porque prefiere estirar sus largas piernas. Sonrío al ver cómo tiene que reclinarlo para poder acomodar mejor su gigantesco cuerpo, mientras se queja de que ese coche no está diseñado para gente como él.

Conduzco por entre las calles de Hollow City, mientras la gente las recorre ajena a los peligros que acechan en la oscuridad. A plena luz del día todo parece alegría y felicidad, pero yo sé muy bien que la realidad es otra. He combatido terribles amenazas, me he embarcado en emocionantes aventuras y he corrido peligros inimaginables. El Mal está ahí fuera, lo sé porque lo he visto. Es una sombra que acecha esperando el momento oportuno para golpear de nuevo. Sólo me pregunto cuándo llegará dicho momento.

***

Por fin llegamos al barrio de Sawmill Street, donde está la Iglesia de Saint Patrick y el comedor social regido por el Padre García. En una de las calles hay un par de coches patrulla y mucha gente agolpada alrededor de la cinta amarilla de seguridad. Sin duda es el lugar del crimen. Tras hablar con los policías de uniforme, McColl y yo nos enteramos de algunos detalles. El fallecido se llamaba Aaron Peters, varón blanco, cincuenta años, divorciado sin hijos, trabajador de una lavandería cercana. Domicilio en el 32 de Sawmill Street, un pequeño bloque de apartamentos modestos, exactamente el edificio que hay enfrente y desde donde al parecer se ha lanzado al vacío esta madrugada.

Saludamos al equipo forense, que está recogiendo muestras en sus bolsitas de plástico para luego analizarlas en sus complejos equipos de laboratorio. Desde luego estos chicos cumplen su función y ayudan a resolver los casos, pero yo soy de la vieja escuela y prefiero el método antiguo: analizar el escenario del crimen in situ, verlo con mis propios ojos, buscar, pensar,… Con permiso de los técnicos, echamos un vistazo al señor Peters. Irreconocible. Su cabeza parece como una fruta madura, espachurrada contra el suelo, los restos sanguinolentos esparcidos varios metros alrededor de la zona de impacto. Lo que se puede esperar si ha saltado desde el balcón de su vivienda, en el quinto piso del edificio.

–O’Sullivan, esto está muy claro –dice McColl, arrugando la cara de asco–. Este tío se ha suicidado, harto de vivir solo en este podrido lugar, con un trabajo de mierda. Otra víctima más del sistema.

Asiento a mi compañero, y juntos nos encaminamos al edificio donde vivía la víctima. En el portal hay una mujer muy vieja, de blancos cabellos y cara arrugada, que nos escruta a través de su único ojo bueno de forma amenazadora. Nos corta el paso con decisión, hablando ella primero como dando a entender quién es la que manda.

–Soy la señora Francis –dice la anciana con cierta altivez, como si aquello significara algo–. La portera de este edificio. Yo encontré al señor Peters esta mañana, avisé a la policía y he reunido a todos los vecinos para comunicarles lo ocurrido.

McColl y yo nos presentamos, enseñando nuestras relucientes placas, pero la anciana parece completamente indiferente. Le pido que me deje las llaves de la vivienda de Peters, pero ella insiste en acompañarnos y abrirnos ella misma. Puesto que el edificio no tiene ascensor, nos dirigimos hacia la escalera, no sin antes pedir a los policías de uniforme que notifiquen a todos los vecinos que tienen que ir a comisaría a declarar.

Tras subir los cinco pisos a pie siguiendo a la renqueante señora Francis, la cual admirablemente parece estar de maravilla tras la caminata, llegamos ante la puerta del apartamento del presunto suicida. La portera saca la llave y la mete en la cerradura, y tras abrir la puerta hace ademán de entrar, pero yo se lo impido. Intento sonreír cortésmente, pero la anciana me mira como si fuese a echarme alguna maldición, mientras su ojo grisáceo parece brillar intensamente. Mientras la portera se retira y nos deja a solas, me pregunto si de verdad está medio ciega o estará fingiendo.

McColl y yo registramos el apartamento, pero no parece haber nada fuera de lo normal. Es el típico hogar de un hombre como Peters, sucio, desordenado y falto de un toque femenino. No existe decoración alguna en toda la vivienda, salvo una pequeña flor azul en una maceta, ubicada en el mueble recibidor de la entrada. En el salón la televisión aún está encendida, y encima de una mesilla descansan restos de pizza al lado de un montón de revistas pornográficas. Mientras Al se dirige a la cocina, a inspeccionar la nevera, yo salgo al pequeño balcón que da al exterior, a través de la puerta corredera que ahora se encuentra abierta. Me asomo a la calle, viendo el cadáver de Peters desde arriba. Al menos no hay duda de que evidentemente su cuerpo cayó desde aquí.

–Lo que yo decía, suicidio –dice McColl, con un donuts en la boca y otros más en las manos, los cuales acaba de sustraer de la despensa de Peters. Al ver la mirada de reproche en mis ojos, me dice:

–¿Qué pasa? No creo que el muerto los vaya a necesitar.

Al no encontrar nada útil salimos del lugar, justo en el momento en que la puerta del apartamento de enfrente se abre, dejando ver la figura delgada de una mujer joven vestida con un largo y anticuado vestido negro. A pesar de que lleva el pelo cubierto bajo un pañuelo oscuro, ello no resta hermosura alguna a su rostro. Su belleza es formidable, con unos ojos de color azul tan profundo que me hacen sentir como si estuviese mirando el mar. Un mechón de cabello rubio le resbala por la frente, el único pedazo que escapa a la prisión del pañuelo, pero suficiente para destacar aún más su atractivo. Pienso que si aquella mujer estuviese ataviada con alguna prenda más convencional sería una mujer de las que hacen volver la vista atrás a los hombres allá por donde pasan.

La mujer se ruboriza un poco al darse cuenta de cómo la miro, pero entonces aparece en escena un gato negro que se cuela entre sus piernas para plantarse ante mí, maullando casi histérico. El gato parece muy grande y, antes de que me dé tiempo a decir nada, el minino lanza un siseo amenazador que me pone los pelos de punta. El pequeño diablo parece a punto de lanzarse contra mí, pero entonces la mujer lo llama para tranquilizarlo, recogiéndolo del suelo y arrullándolo contra su cuerpo como si fuera un bebé.

–Tranquilo, Azazel, no pasa nada. No querrás que estos señores piensen que eres un gato malo, ¿verdad? –la joven habla con una voz musical que no solo sirve para calmar al animal, sino también para embelesarme a mí–. Perdón, soy Carol Wytte, la vecina del señor Peters. Me acabo de enterar de lo ocurrido…es algo lamentable.

La mujer parece afectada, y aunque posiblemente al ser vecina del fallecido podría aportar algún indicio de utilidad sobre el caso, no es el mejor momento para interrogarla. Le doy una de mis tarjetas a la joven Carol y cuando extiende la mano para recogerla, me fijo de que no lleva alianza, un pensamiento que me recuerda que yo si la llevo. Me despido azoradamente y bajo junto a McColl hasta la planta baja. Tras comprobar que todo está dispuesto, emprendemos el regreso a comisaría.

Durante todo el trayecto no paro de pensar en Carol Wytte, y en sus hermosos ojos azules, aunque advierto que McColl no parece impresionado en absoluto, pues apenas la menciona. Prefiere estar inmerso en la degustación de unos donuts pasados de azúcar. Típico de un policía.

 ***

Las siguientes horas las paso en las dependencias de la comisaría destinadas a interrogatorios, hablando de uno a uno con todos los vecinos del inmueble de Sawmill Street. Para hacerlo más rápido, McColl y yo nos dividimos y atendemos por separado cada uno a la mitad de ellos. En el reparto tengo mejor suerte, a él le toca la vieja portera y a mí la hermosa Carol Wytte, con su belleza oculta tras su apariencia monacal.

Comienzo a interrogarla con suavidad, evitando que se sienta incómoda, y tras unas cuantas preguntas y algunos comentarios ingeniosos me gano su confianza, y ella deja de estar a la defensiva. Descubro unas cuantas cosas de ella, además de que posee una cautivadora sonrisa que muestra de vez en cuando de forma tímida. Vive junto a su hermana Sarah, que tiene doce años, a la cual no ha traído porque está algo indispuesta. Cuida de ella desde que perdieron a sus padres hace mucho tiempo en un accidente de tráfico. Soltera y sin hijos, vive de hacer pequeños trabajos de aquí para allá, y hace poco que las dos hermanas se instalaron en Hollow City, en busca de un futuro mejor. La historia de siempre.

Sobre Aaron Peters, el suicida, cuenta que era un vecino poco sociable, solitario y sin amigos, y que nadie le visitaba. Apenas intercambiaban un corto saludo cuando se cruzaban dentro del vecindario, y aparte de eso no mantenían mayor relación. Cuando termino las preguntas le estrecho la mano, y el contacto con su piel suave me produce una intensa sensación que me hace estremecer por dentro como una corriente eléctrica. Aunque me digo a mi mismo que no debo hacerlo, la miro directamente a los ojos, esos dos lagos azules y hermosos, y advierto que ella mantiene el contacto sin evitarlo. Luego se marcha, no sin antes mirar hacia atrás con una leve sonrisa de despedida.

Tras finalizar todas las declaraciones de los vecinos, McColl y yo ponemos en común toda la información que tenemos, que es lo mismo. Aaron Peters era uno de esos hombres anónimos que viven en la sombra, una hormiga obrera más de la colmena que enseguida es sustituida por otra. Nadie le echará de menos. Causa de la muerte: suicidio por falta de ganas de vivir en una ciudad miserable, en un mundo de mierda.

Damos la información al sargento Woods, el cual parece quedar contento con el diagnóstico. No es de extrañar, pues necesitará para hoy a todos los agentes que pueda tener disponibles para la Noche de Holloween, y continuar con este caso ya no tiene sentido, es perder el tiempo. Como es la hora de comer, McColl se despide y se va a casa con su familia, mientras yo me quedo a redactar el informe final. Hoy no tengo que ir a casa, puesto que Hellen no volverá hasta más tarde del trabajo y Edith está en el comedor del colegio, así que encargo un par de sándwiches y café abundante y me refugio tras la mesa de mi despacho.

Estoy a punto de terminar el informe cuando llaman a la puerta para entregarme los resultados de las pruebas forenses. La causa de la muerte es clara, el impacto de la caída. Sin embargo hay un par de detalles que me llaman la atención. El primero es que han encontrado rastros de una extraña sustancia en la sangre del fallecido. El segundo se trata de algo más común, pues había muestras de pelo de gato en las ropas de Peters.

Puesto que lo del pelo de animal no es nada extraordinario, ya que podría tratarse de cualquier animal callejero que se acercara al cadáver, me centro en la sustancia. Según el informe, se trata de una hierba denominada Datura Ferox, que contiene una potente mezcla de elementos químicos, como atropina, hiosciamina y escopolamina. Como no entiendo nada de esto, me salto las siguientes líneas y leo el párrafo aclaratorio para profanos en la materia. El nombre común de la hierba es Chamico, también conocida como Hierba del Diablo, y al parecer se asocia con la magia, el chamanismo y la brujería en algunos países de Sudamérica. Su utilidad principal es la de servir como un poderoso alucinógeno, aunque también como un buen anestésico en dosis mayores. Aunque el Chamico puede ser preparado para ser fumado como un buen cigarro, ya que tarda muy poco tiempo en surtir efecto desde que es administrado, los forenses sugieren que Peters lo tomó como una infusión.

Lo cual me plantea algunas dudas, ya que McColl y yo registramos el apartamento y allí no había ninguna taza de té. Si Peters se hubiese tomado alguna droga, la cual enturbiase su estado mental lo suficiente como para provocarle unas ganas tremendas de salir volando por el balcón, habríamos hallado alguna prueba. ¿Qué diablos está pasando aquí?

Llamo a McColl y le informo de todo el asunto, le digo que investigue si ha habido recientemente alguna defunción donde el cadáver hubiese ingerido Chamico antes de morir. Mientras tanto iré a visitar a un viejo amigo que vive en el barrio de Sawmill Street, tal vez el me ilumine un poco en este caso. Porque algo me dice que no se trata de un simple caso de suicidio, hay algo más. Creo que el día de Halloween va a ser movidito.

 ***

Aparco el Toyota Celsior cerca de un puesto ambulante de salchichas, donde el dueño está haciendo su agosto, ya que los niños comienzan a deambular por las calles preparándose para la fiesta de esta noche. Camino durante un rato observando el barrio, con sus desgastadas calles, sus pintadas callejeras en las fachadas, con la silueta del campanario de Saint Patrick que se alza hacia el cielo como una aguja. Muchos sucesos trágicos han tenido lugar en Sawmill Street, pero si hay alguien que los conoce al dedillo es el dueño de la tienda que tengo frente a mí. Aunque el año pasado un incendio devoró con sus llamas el local, y el propietario se marchó a Capital City, el nuevo letrero que hay sobre la entrada demuestra que ha vuelto al barrio.

Abro la puerta y entro en la tienda de antigüedades y cosas curiosas más famosa de Hollow City, dos años después de la primera vez que lo hice, cuando el asunto de los Oscuros. En aquella ocasión el anticuario me pareció un pobre loco que vivía en su propio mundo de fantasía, repleta de vampiros, hombre-lobo y demonios. Hoy acudo en busca de consejo como el gran cazador de monstruos que en realidad es. John Reeves.

El hombre se encuentra detrás del mostrador, colocando un jarrón de porcelana china en un estante. Tiene el pelo más canoso y un par de arrugas más en la cara que la última vez que lo vi, pero aparte de eso parece encontrarse en muy buena forma. Me mira y sonríe, recordando los viejos tiempos.

–Paul O’Sullivan, detective de policía –deja escapar con un gruñido de satisfacción–. Celebro verle nuevamente por aquí.

–Vaya, al parecer las noticias vuelan por este barrio –digo sorprendido al ver que conoce mi nuevo estatus dentro de la policía–. Me alegro que haya vuelto a la ciudad, Hollow City no sería lo mismo sin usted. Me enteré de su regreso, y además de hacerle una visita de cortesía, aprovecharé la ocasión para pedirle un favor.

Ambos nos miramos sin decir nada más, y el anticuario asiente con la cabeza pues ha comprendido de qué va. Apoyándose en su bastón con el plomo de plata brillante, Reeves cierra por dentro la puerta de la tienda y coloca el cartel de «Cerrado». Luego nos dirigimos a la parte de atrás, donde me obsequia con un café bien cargado. Charlamos agradablemente durante un rato sobre varios temas, hasta que al fin vamos al meollo del asunto. La Datura Ferox, el Chamico, la Hierba del Diablo o como quiera que se llame la droga en cuestión.

–Es una hierba muy potente, con origen en Sudamérica, donde existe una gran tradición de chamanismo y magia. Su uso principal por parte de los antiguos curanderos tribales era el de servir como anestesia antes de realizar curaciones dolorosas. Ya sabe lo que quiero decir, recolocar un hueso roto, realizar incisiones profundas, y todas esas cosas. De hecho en algunos pueblos aún se le conoce con el nombre de «Trompeta de Ángel».

–¿Pero es verdad que también es como una especie de veneno? –le pregunto.

–No como un veneno que mata, sino como un alucinógeno capaz de hacer volar la mente. Sus propiedades psicoactivas son extraordinarias, y fue muy utilizado por las tribus antiguas hasta que fue sustituido por otros fármacos más modernos. Hoy en día nadie la utiliza.

–Pues en el depósito de cadáveres hay un tipo que opina lo contrario. Se dejó casi toda la sesera repartida por el suelo esta madrugada, un mal asunto.

–Vaya, lo siento mucho –en ese momento Reeves se pone pensativo, como si algo le haya venido a la mente en este instante–. Dígame, O’Sullivan, ¿por casualidad no habría una flor de color azul donde vivía el fallecido?

–¿Cómo lo ha adivinado? –abro los ojos sorprendido–. Pues sí, había una flor de dicho color en una maceta.

Sin decir ni una palabra, el anticuario se levanta del sillón y se dirige hacia una estantería de madera repleta de libros, y tras buscar escrupulosamente durante un rato al final retira uno y vuelve a sentarse. Parece un tomo muy antiguo, con una cubierta desgastada por el paso del tiempo que presenta un título en latín grabado con letras de estilo centenario. El título reza «Fax Daemon». Tras abrirlo y rebuscar entre sus páginas, me muestra un grabado donde aparece la misma flor azul que estaba en casa de Aaron Peters.

–¿Es esta? –me pregunta Reeves con cierta preocupación en su voz.

–En efecto, es la misma. ¿Qué es lo que ocurre con esta flor?

–Se trata de una planta llamada Esciana, famosa en tiempos remotos por ser utilizada en determinadas prácticas…prohibidas. Es decir, brujería. Durante la época de la caza de brujas en Europa, que fue desde el año 1450 al 1750, muchas de aquellas mujeres que fueron quemadas en la hoguera, acusadas de relacionarse con el Diablo, utilizaban la Esciana como parte de sus ritos diabólicos. Esencialmente, la cosa funcionaba así. Para convertirse en una bruja, la aspirante debía cultivar ella misma la flor, hasta que estuviese lista, bajo la supervisión de una tutora. Una vez que la aspirante, generalmente una muchacha joven, realizaba un ritual mágico sobre la flor para imbuirla con el poder del Maligno, a continuación se la regalaba a alguien, normalmente un enemigo. Días después, la maldición surtía efecto y el obsequiado sufría un cruel castigo, a veces la muerte o a veces algo peor.

–¿Quiere decir que entonces no estoy investigando un caso de suicidio, sino un asesinato? Pero a pesar de la Esciana y del Chamico, está claro que Peters se lanzó él mismo al vacío.

–Bueno, en mi opinión yo creo que la flor azul lo que hace en realidad es servir de potenciador al efecto alucinógeno de la Hierba del Diablo. O en realidad gracias a la Esciana la bruja puede manipular las visiones mentales creadas por la hierba. De una forma u otra, es una combinación mágicamente letal –concluyó el anticuario.

–Y una vez que la persona sufre la maldición, ¿la aspirante se convertía automáticamente en bruja?

–Si no recuerdo mal, según este libro, un antiguo tratado sobre las diversas formas de combatir a los demonios, para convertirse en bruja había que llevar a cabo con éxito tres maldiciones.

–Así que lo que estoy buscando es una bruja. ¿Y cómo diablos voy a reconocerla? –pregunto angustiado.

–Pues según el Fax Daemon, una aspirante a bruja suele ser una mujer joven y virgen, con una tutora que la guía por la senda del Diablo, y generalmente posee un animal con quien mantiene un cierto vínculo, un familiar. Aunque supongo que es una información demasiado vaga como para que sea de gran ayuda, me temo.

Tras agradecerle al anticuario la ayuda prestada y tomar una de sus nuevas tarjetas de visita con su número, salgo de la tienda y voy hacia el coche. Mientras el sol comienza a ocultarse y las primeras sombras de la noche comienzan a asomar ligeramente por el cielo, en mis pensamientos solo hay lugar para un rostro, un único nombre. Puesto que la conversación con John Reeves me encamina hacia un único objetivo. Carol Wytte.

Puesto que el 32 de Sawmill Street está muy cerca de allí, decido caminar en lugar de coger el coche, aunque es más una excusa para poder pensar con claridad. Evidentemente, no hay ninguna prueba que vincule a la mujer de los ojos azules con la muerte de su vecino, todo son simples conjeturas. Es cierto que parece una mujer muy virginal, con ese atuendo horrible sacado de una película de mormones, y que es joven y hermosa. También tiene un gato, curiosamente con el nombre de Azazel, el ángel caído. ¿Pero quién no tiene un puñetero gato negro con un nombre bíblico? Y en cuanto a la tutora, en verdad que la anciana portera del edificio, la señora Francis, podría muy bien asumir dicho papel, pues su imagen de anciana bruja debería ser la portada del libro ese, el Fax Daemon o como se llame.

Pero falta una cuestión muy importante, y es el motivo. No parece que Aaron Peters fuese un mal tipo, un acosador o algo así. Según todos los vecinos era un tipo solitario, pero eso no lo convertía en enemigo de nadie. Quizá me he dejado llevar demasiado por las teorías del anticuario John Reeves, y tal vez no hay nada sobrenatural en todo este asunto. A lo mejor el tipo compró una flor azul en alguna floristería, para tener algo decorativo en casa. Y en cuanto a los restos de la hierba en su organismo, puede que Peters se fumase un porro adquirido en uno de esos locales exóticos.

Pero a pesar de lo que me digo para tranquilizarme, no paro de darle vueltas a la idea de que la muerte de Peters no es un suicidio. No dejó ninguna nota, no dijo nada en el trabajo, los vecinos no notaron nada fuera de lo común en su comportamiento. Y aquí estoy, delante del portal del edificio, intentando excusar a una mujer que apenas conozco, pero cuya extraordinaria belleza me tiene…embrujado.

Justo cuando voy a llamar al timbre de la portería, suena mi teléfono móvil con la dichosa cancioncilla de moda de los Red Demons, el grupo musical local de Hollow City que continúa arrasando. Al aceptar la llamada oigo la voz de Al McColl, que parece algo nervioso.

–¡O’Sullivan, no te lo vas a creer! –dice Al con una agitación inusual en él–. He descubierto que hace seis meses hubo un tío que la palmó, aquí en Hollow City, que también tenía metida en el cuerpo la misma mierda que le encontraron a Peters, el Chamaco ese.

–Chamico, la Hierba del Diablo –le corrijo.

–Bueno, como se llame, da igual. Lo curioso fue la forma en que murió, pues el fulano también se suicidó, otro que tampoco irá al Cielo.

–¿También se tiró por un balcón?

–No, que va, este prefirió algo menos rápido. Se tiró un bidón de gasolina por encima y luego se prendió fuego, los bomberos estuvieron horas para apagar todo el edificio, dicen que fue un infierno. He hablado con los compañeros del caso, y me han dicho que el tipo, que se llamaba Warren Clemens, comenzó a enloquecer en unos pocos días. Un oficinista normal y corriente que de repente comenzó a oír voces y ver cosas en cada rincón, hasta el punto de que la paranoia pudo con él y se quemó a lo bonzo.

–No te habrán comentado nada sobre una flor azul, ¿verdad?

–¿Flor? ¿De qué hablas? Si no quedó nada en pie, a causa del fuego. Menuda forma de celebrar la Noche de Walpurgis.

–¿Cómo has dicho? –pregunto a McColl, dando un respingo.

–Walpurgis, ya sabes, la noche de las brujas y todo eso. Clemens murió la noche del treinta de abril, asado a la parrilla como hacían hace siglos con las brujas.

Un escalofrío me recorre la espina dorsal, mientras noto como las manos comienzan a sudar un poco. Me cuesta tragar saliva para aclararme la garganta, que al parecer se me acaba de encoger.

–¿Tienes por casualidad una lista con los nombres de los inquilinos del edificio?

–Los compañeros la enviarán por fax a la comisaría, ahora voy para allá.

–De acuerdo, Al, nos vemos allí.

De repente me siento vacío, como si las fuerzas me hubiesen abandonado completamente. Ya no tengo claro que hacer a continuación, no creo que interrogar a Carol Wytte sea una buena idea. No quiero encontrarme frente a sus hechizantes ojos azules y decirle que es una aspirante a bruja. Además, aún no hay ninguna prueba de que ella sea culpable de nada, aunque al menos ya queda claro que Peters no se suicidó por voluntad propia.

Regreso al coche y conduzco hasta comisaría, mientras en la radio suena la banda sonora de una famosa película de terror. La noche ya empieza a envolver los edificios, mientras multitud de ventanas quedan iluminadas por las sonrisas malignas de las calabazas de Halloween. La gente disfrazada comienza a abarrotar las calles en busca del lugar de partida de los distintos carnavales que se organizarán en la ciudad. Al menos el cielo se prevé despejado, permitiendo ver la plateada luna llena en todo lo alto, iluminando la incipiente negrura. Aunque no sé si es bueno que en el dichoso Holloween haya luna llena, pues el número de locos que salen a la calle podría duplicarse. Una mezcla explosiva, como el fuego y la gasolina. O como la Esciana y el Chamico.

 ***

Encerrados en mi despacho, McColl y yo ponemos encima de la mesa lo averiguado hasta el momento. Tenemos a dos víctimas suicidas, Warren Clemens en la Noche de Walpurgis y Aaron Peters la pasada madrugada. Ambos habían consumido la Hierba del Diablo o Chamico, y muy presumiblemente los dos fallecidos tenían en su poder un ejemplar de Escina, la flor azul utilizada por las brujas medievales. Cuando le cuento a Al parte de la conversación que mantuve con el anticuario John Reeves, me mira como si me faltase un tornillo, y creo que empiezo a compartir su impresión.

En ese momento llega una compañera con un fajo de papeles, es el fax de que había solicitado McColl con la información del suicidio de Clemens. Fotos que no dejan nada a la imaginación sobre la forma de la muerte, solo con mirarlas imagino el olor a carne quemada y los gritos de dolor de la víctima. El informe de la autopsia, confirmando la presencia del Chamico. Y la lista de los nombres de los inquilinos, ordenada alfabéticamente por el apellido. Al final hay dos nombres que son como dos puñaladas en mi corazón, pues aunque ya sabía que estarían presentes, aún me restaba la esperanza de que no fuera así.

Wytte, Carol.

Wytte, Sarah.

Mierda, ahora ya no hay duda. Como decía mi padre, el viejo Frank O’Sullivan, «si tropiezas con la casualidad es que te has saltado la verdad». Ya no puedo seguir ignorando los hechos, por mucho que me cueste aceptarlo. Esa belleza rubia de los ojos azules, con sus modales mojigatos, su dulce voz y su tímida sonrisa, está metida hasta el cuello en este asunto. Es hora de realizar una visita oficial a la señorita Wytte y a su pequeña hermana. Sin embargo, aún queda pendiente el tema de la elección de las víctimas. Al parecer no existe ninguna relación entre ellas, y según lo que dijo el anticuario la aspirante a bruja usaba sus maléficas pócimas para sacrificar a sus enemigos.

Saco la tarjeta que me dio John Reeves del bolsillo de mi abrigo y marco el número que aparece. Enseguida oigo la voz rasposa del anticuario al otro lado de la línea, y le pongo al corriente del suicidio de Clemens. Escucho un silencio dubitativo, como si estuviera pensando en algo, y me pone en espera. Tras un par de minutos oigo nuevamente su voz, y enseguida detecto que ha encontrado algo.

–¿Ha dicho que el primer fallecido se llamaba Warren Clemens?

Asiento.

–¿Y la segunda víctima era Aaron Peters? –ahora Reeves parece agitado.

Vuelvo a asentir.

–Escuche atentamente, O’Sullivan. Según cuenta el Fax Daemon, en el año 1645 se llevó a cabo uno de los procesos más famosos contra las brujas. Según los registros, el inquisidor que lo dirigió fue un sacerdote fanático que ajustició brutalmente a más de cien mujeres. Para capturarlas le ayudó un cazador y rastreador, célebre por perseguir a sus presas sin descanso durante días hasta que las capturaba. Y a la hora de quemar a las brujas en la hoguera, también participó una monja de una Orden denominada Cruz Purificadora.

–¿Pero qué tiene que ver lo que está diciendo con el caso de las muertes?

–Las brujas de las que le hablo fueron capturadas una Noche de Walpurgis, tomadas en confesión una Noche de Halloween, y purificadas en las llamas en la siguiente luna llena. Pero hay más. El inquisidor encargado del proceso fue el Padre Peters, y el apellido del cazador de brujas era Clemens.

Las palabras del anticuario me dejan noqueado como si hubiese recibido un directo de un peso pesado. Aturdido, lo único que puedo hacer es pestañear. Hoy es luna llena. La aspirante a bruja ha eliminado a dos descendientes de sus enemigos. Como si estuviese flotando en un sueño irreal, le pregunto casi mecánicamente y sin oír mis propias palabras el nombre de la monja. Francis.

Como la señora Francis, la portera del edificio donde vive Carol Wytte.

Cuelgo el teléfono y corro hacia el coche, seguido por un sorprendido McColl que no para de preguntar lo que ocurre y a dónde vamos. Conduzco a toda velocidad, pisando a fondo el acelerador mientras el Toyota se desliza entre las calles de Hollow City, con los tejados de los edificios bañados por los rayos plateados de la luna llena. Giro el volante de un lado a otro para esquivar los coches y adelantarlos, mientras diviso fugazmente los rostros de los otros conductores que blasfeman a nuestro paso, los cuales nos saludan con la estridente música de sus bocinas enfadadas. Hay un semáforo en ámbar al final de una recta, pero no reduzco la velocidad sino todo lo contrario. Bajo el poder de mi pie el pedal ordena al motor que ruja como un demonio del infierno, McColl grita algo pero no le hago ni caso. Doy un volantazo para evitar un coche que se incorpora a nuestro carril, y entonces veo a través del parabrisas que justo delante hay un grupo de chavales disfrazados con pintorescos trajes que cruzan el paso de peatones. El tiempo parece detenerse, la tragedia se masca en el aire mientras las caritas juveniles se vuelven en nuestra dirección, ya no hay tiempo para retroceder o pisar el freno. En el último segundo, antes del inminente impacto, con una rápida maniobra dirijo el coche hacia la derecha, subiéndolo a la acera y haciendo volar por los aires un par de mesas y unas cuantas sillas de plástico de la terraza de un bar.

Por los pelos.

Instantes después, estamos otra vez en Sawmill Street, pero ahora ya no hay dudas que me embarguen o me hagan cambiar de opinión. Es hora de cazar a una bruja. La puerta del edificio está cerrada, pulso el botón para llamar a la portería pero nadie contesta.

–Aparta O’Sullivan, déjame a mí –dice McColl, echándose hacia atrás unos pasos.

A continuación el grandote se lanza hacia delante utilizando su cuerpo como ariete, y la puerta gime al ser forzada, dejando entrever la oscuridad que envuelve toda la planta baja, como si estuviésemos entrando en la boca del lobo. La luz no funciona, por lo que avanzamos guiándonos por mero instinto, a la vez que desenfundamos nuestras armas reglamentarias.

Un grito cercano resuena en la penumbra, el alarido de dolor de una mujer aterrorizada. La señora Francis. McColl y yo entramos en la portería, donde nos recibe una penumbra atenuada por la luz que se filtra por el resquicio de una puerta situada al otro extremo de un corredor. Un dulce y penetrante olor de humo incienso flota en el ambiente, lo capto justo cuando paso por delante de una gran maceta repleta de flores. Juraría que son de color azul. Estamos a pocos centímetros de la puerta cuando se escucha claramente el sonido de una carcajada siniestra, y luego otra vez el grito de la señora Francis.

A continuación todo ocurre muy deprisa, se suceden las imágenes como si fuesen un carrusel de colores vivos, actúo guiado por el instinto que suele acompañar a las situaciones de extremo peligro. McColl golpea la puerta y entra en la habitación el primero, y antes de que pueda reaccionar algo grande y peludo se arroja justo sobre su cara. Entonces entro yo, veo la estancia iluminada por decenas de velas, la han despejado de muebles para poder dibujar en el suelo con pintura roja un diabólico pentáculo. Sobre el símbolo satánico se halla atada la vieja señora Francis, su rostro arrugado y verrugoso convertido en una máscara de puro terror. De pie sobre ella está Carol Wytte, ahora vestida con una simple túnica negra cuya capucha apenas esconde su rubio cabello suelto. La mujer sujeta en su mano derecha un cuchillo afilado, y sus ojos azules me miran con una ferocidad que me deja helado. Mis ojos se apartan de ella un segundo para posarse en una figura menuda situada en un rincón de la habitación, una niña de unos doce años que lleva un disfraz de Halloween y que observa con la boca abierta todo lo que está pasando. Debe ser la hermana pequeña de Carol, Sarah.

Indico a la pequeña que desligue las ataduras de la señora Francis, mientras apunto a la bruja con la pistola y le ordeno que suelte el cuchillo. Pero la mujer no me hace el menor caso, y se abalanza sobre mí poniendo ojos de loca y soltando un grito salvaje. Su reacción inesperada y rápida provoca que mi puntería no sea buena, y el disparo le roza el hombro izquierdo. El acero que empuña se hunde en la carne de mi costado, ahogo un quejido de dolor pero suelto el arma, que se escabulle unos metros hacia atrás. La bruja prosigue su ataque, intentando cortarme una y otra vez mientras la esquivo como puedo, hasta que ambos tropezamos con la pobre señora Francis que intenta huir despavorida. Los tres caemos al suelo convertidos en una masa de brazos y piernas que se agitan en la penumbra, chillando y pataleando mientras forcejeamos cada uno por su cuenta. Y entonces veo mi propio rostro a pocos centímetros de mí, reflejado en la hoja delgada y brillante del cuchillo que se acerca con celeridad mortal. Imposible de evitar a esa distancia, cierro los ojos. Esto se acabó.

Dos truenos gemelos resuenan en la estancia, dos estampidos desgarradores a los que le sigue un conocido olor a pólvora. A continuación un breve instante de silencio, levemente alterado por el impacto de algo pesado que cae al suelo, aunque me parece que son dos. Abro los ojos, sorprendido de no haber recibido la cuchillada final que esperaba. Me incorporo a duras penas, sujetándome con una mano la herida del costado. A un lado está el cuerpo de Carol Wytte, alcanzada en el cuello por la bala del calibre 22 de McColl, desembarazado al fin del endiablado gato negro. Al otro lado está la señora Francis sobre un charco de su propia sangre, con su espalda agujereada por la bala de mi pistola. El arma la sujeta con ambos manos la pobre Sarah, la cual no para de temblar mientras grandes lágrimas brotan sin parar de sus ojos. La joven ha intentado disparar a su hermana, pero sin querer la bala la ha recibido la vieja portera.

McColl se cerca a ambas mujeres y tras realizar las comprobaciones pertinentes mueve la cabeza. Ambas han muerto. Le doy las gracias por su puntería palmeándole el hombro y salimos al exterior, llevándonos a la llorosa Sarah mientras McColl pide refuerzos y una ambulancia. Sentados al aire fresco de la noche, levanto la cabeza y miro al cielo, donde un manto de nubes negras flotan cubriendo la luna. Me vuelvo hacia la pequeña Sarah, la joven ha dejado de llorar y también contempla la luna, con una extraña sonrisa en su rostro. Intento tranquilizarla, le digo que el peligro ha pasado, que estará bien.

Mi herida no es grave, tan solo queda el tema de las explicaciones. Hablo con McColl y está de acuerdo en lo que vamos a decirle al sargento Woods. La señorita Wytte era una enajenada mental, y en su delirio intentaba sacrificar a la señora Francis en un ritual. En medio de la lucha me arrebató mi arma y mató a la anciana, y luego McColl tuvo que abatirla. Fin de la historia. La pobre Sarah ya tiene suficiente con ser huérfana y haber perdido a su loca hermana, no tiene porqué cargar públicamente con una muerte que sólo tendría como consecuencia hipotecar emocionalmente su vida para siempre.

Al fin y al cabo es el puto Holloween, como decimos en Hollow City. Ya se sabe, truco o trato.

 ***

Pasar un día entero en el hospital no está tan mal como dicen, tal vez lo peor es la comida sin sal, si no contamos ese olor característico mezcla de productos higiénicos y desinfectantes. Vienen a verme Hellen y Edith, ambas preocupadas, pero enseguida resto importancia al asunto y les cuento milongas para que no crean que he pasado un peligro mortal. Incluso McColl contribuye a la pequeña mentira diciendo que me corté con el cristal de una puerta. Bendito Al, es tan buen compañero que ha desmontado mi teoría del policía solitario. Si no es porque dejé la bebida, me iría con él de borrachera.

También vienen el sargento Woods y el Comisario Howard. Tras las felicitaciones de rigor les pregunto cómo está la joven Sarah Wytte. Dicen que a partir de ahora se harán cargo de ella los servicios sociales, que ya le están buscando un hogar de acogida para empezar una nueva vida.

–Me alegro mucho por ella, merece una nueva oportunidad. Espero que pronto se olvide de la chiflada de su hermana –digo, aunque soy yo el que aún sigo recordando la belleza de sus ojos azules.

–¿Hermana? ¿Es que aún no se lo han dicho? –inquiere el Comisario Howard–. O’Sullivan, hemos descubierto que en realidad Carol y Sara Wytte no son hermanas, sino madre e hija. Se desconoce quién es el padre, pero al parecer Carol Wytte pertenecía a una de esas misteriosas sectas de adoradores del Diablo que hay por ahí, donde son frecuentes las relaciones entre los miembros del grupo. Pero tiene usted razón, al menos la pobre Sarah comenzará una nueva vida, aunque se ha empecinado en llevarse consigo a ese gato negro salvaje que siempre la acompaña.

El Comisario y el sargento se van, dejándome a solas en la habitación. Siento que mi corazón se va encogiendo a medida que en mi cabeza se enciende la luz de la verdad, la auténtica y horrible realidad que se abre paso por sí sola. A veces la verdad duele, es como un terrible tormento que te desgarra por dentro, amenazando con arrancarte cruelmente de las ataduras de la cordura. Como una caída a gran altura cuyo impacto te deja sin aliento, sin fuerzas para levantarte, con la única compañía de la desesperación.

Es ahora cuando recuerdo las palabras de John Reeves sobre el Fax Daemon y su definición de las brujas. Una mujer joven, virgen, a la que acompaña un animal con el que posee un vínculo especial. Guiada por una tutora en la senda del Diablo. Tras matar a tres de sus enemigos, la aspirante al fin consigue su objetivo.

Y por ello ahora es cuando comprendo la sonrisa enigmática de la joven Sarah Wytte.

La sonrisa de una auténtica bruja.

 FIN

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comentarios
  1. eihir dice:

    Espero que os haya gustado, en febrero una nueva historia con Paul O’Sullivan y Vic Page.

  2. Me gustó bastante, esas historias de policías enfrentados a asuntos sobrenaturales siempre me han llamado la atención.

  3. eihir dice:

    Me alegro enormemente que te guste Hollow City. Sobre la nueva historia, voy con retraso porque he cogido la gripe, pero forzaré la maquinaria para ver si el mismísimo día 28 de febrero consigo terminarla (ya llevo 16 páginas). Un saludo, compañero. 🙂

  4. Mi estimado amigo, la pase de maravilla leyendo toda la historia de Hollow City. Puro pulp del clásico con personajes bien logrados. Espero que sigas escribiendo mucho más de esta atormentada ciudad. A propósito, he subido una nueva historia al blog que seguro te va a gustar.
    Un abrazo, compañero.

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