EL ASESINATO DEL PADRE FRANKLIN (Parte 5 y Final)

Publicado: 3 noviembre, 2012 en Historias, Hollow City, Relatos, Sin categoría, Sobrenatural

CACERIA

–¡Suéltame, déjame en paz! –gritaba inútilmente Julie Sanders, encadenada a la pared sucia y fría del siniestro laboratorio.

Sobre ella se encontraba uno de aquellos barbudos y sudorosos miembros de la Banda del Lobo, el cual sonreía lascivamente mientras intentaba besarla con sus repugnantes labios. Otro de sus compañeros con el mismo aspecto desaliñado contemplaba la escena, alentándolo para que le llegara pronto su turno.

–¡Dejad a mi hija, monstruos salvajes! –gritó John Sanders, dejando el panel de control que estaba manipulando para intentar defender a la joven, aunque su arrojo no fue suficiente.

Aquellos gorilas desviaron su atención de la hija al padre, y tras derribarlo de un puñetazo comenzaron a propinarle varias patadas, mientras se reían burlonamente y gritaban en voz alta lo que iban a hacerle tanto a su hija como a él.

Pero entonces la puerta del laboratorio se abrió, dejando ver la figura de anchos hombros y cabeza rapada de su jefe, Bishop. Cuando el líder de la Banda del Lobo vio lo que sus compinches estaban haciendo, montó en cólera y de un manotazo los arrojó a ambos por los aires.

–¿No os dije que no debíais tocarles a ninguno de los dos? –Bishop se encaró con sus subordinados, los cuales se frotaron sus cuerpos doloridos mientras bajaban las cabezas avergonzados–. Para que el profesor Sanders cumpla con su cometido tal y como quiere la Bestia, su hija no debe ser dañada de ninguna forma. ¿O acaso queréis ver a nuestro amo enfadado?

Los lacayos se fueron en silencio, abatidos, mientras Bishop ayudaba al científico magullado a ponerse en pie. Tras examinarle tanto a él como a su hija y constatar que no existía ningún daño grave, ordenó a Sanders que continuara con su labor. Mientras éste manipulaba un panel luminoso, la energía eléctrica fluyó a través de unos gruesos cables de color gris desde un inmenso generador hacia dos aparatos que parecían ser proyectores de algún tipo. Ambos proyectores chisporrotearon al activarse, y varias lucecitas azules se encendieron a su alrededor.

–Ya casi está listo –anunció con voz triste el científico–. Solo faltan unos pocos ajustes más y el proceso estará finalizado.

–¡Excelente noticia! –bramó la atronadora voz de la Bestia, irrumpiendo por sorpresa en el laboratorio.

Bishop, al ver a su Señor, se arrodilló en señal de reverencia. Al bajar la vista al suelo observó con extrañeza como éste se teñía de negro merced a las múltiples gotas de sangre oscura que resbalaban por el cuerpo herido de la Bestia.

–¡Mi Señor, estáis herido!

–No es nada, buen Bishop, no te preocupes. Solo son rasguños sin importancia. Nada que vaya a alterar mis planes.

A pesar de las palabras de la Bestia, Bishop notó que había algo en ellas que denotaba cierta inseguridad. Su Señor había sido herido, no era tan invulnerable como creía, y por tanto el propio Bishop tampoco lo era. Y enseguida tuvo la certeza de que habrían problemas.

 ***

Reunidos de nuevo en el sótano de la tienda del anticuario John Reeves, los tres hombres se miraban incrédulos, con sus mentes aún abrumadas como consecuencia del relato del Obispo Ludovic. Antes de huir de la catedral, Page, Reeves y Espectro habían escuchado de los labios del antiguo Padre Lucius una historia espeluznante, que demostraba hasta donde llegaba el ser humano por conseguir alcanzar la cima del poder más absoluto.

Según el obispo, su cometido en el Proyecto Arcángel fue el de reclutar a un pequeño grupo de sacerdotes brillantes, para participar en la investigación de los documentos nazis del proyecto original. El objetivo había sido concluir con éxito el experimento allí donde los científicos del Tercer Reich fracasaron. La misión era muy complicada, pues según los documentos hallados lo que se pretendía era abrir las puertas del Cielo para poder llegar hasta Dios. Por muy descabellado que pareciese, entendían que se podía activar una especie de portal místico hasta el lugar físico donde existía la dimensión del Paraíso, y para fabricar la llave solo necesitaban descifrar los símbolos místicos que contenían los documentos, para luego transformarlos en una ecuación matemática que los científicos convertirían en energía.

Pero todo salió mal, y en lugar de abrir las puertas del Cielo lo que abrieron fue una entrada a un oscuro y lúgubre pozo, el umbral del mismísimo Infierno. Un pequeño grupo de terribles demonios, cuyo aspecto era tan horrible que vislumbrarlos arrastraba a la locura más absoluta, terminaron con la vida de la mayoría y con la cordura de los supervivientes. Sin embargo gracias a los esfuerzos conjuntos de todos, al final pudieron devolver a los demonios a su lugar de origen y destruir el portal, aunque con ello pagaron un alto precio. El Padre Muller, el mejor amigo del Padre Franklin, fue arrastrado hacia aquel agujero de tinieblas insondables, y lo último que vieron de él fue su rostro desencajado por el terror, mientras las horrendas criaturas tiraban de su cuerpo con sus manos sarmentosas. Los aullidos de la cruel agonía del sacerdote aún resonaron en aquel lugar minutos después de haberse sellado para siempre el umbral del Infierno.

Ahora el Padre Muller había retornado al mundo convertido en aquella abominación llamada la Bestia, y retenía en algún lugar de la ciudad al único científico superviviente, John Sanders. Al parecer buscaba algo más que la venganza, y las palabras apocalípticas del sicario de la Banda del Lobo al que intimidaron los héroes la pasada noche sólo tenían un significado. Un significado terrible.

La Bestia quería abrir el portal al Infierno, y traer al mundo a sus horribles compañeros, legiones de demonios hambrientos que se lanzarían sobre los inocentes para masacrarlos en un sangriento Armagedón. El apocalipsis total, la oscuridad eterna.

Y lo único que se interponía entre la Bestia y su objetivo era un periodista entrometido, un anticuario lunático y un justiciero extravagante, un trío que sin quererlo se había visto atrapado en aquella vorágine de venganza, muerte y horror. La única pista que tenían era que al parecer la Bestia utilizaba a la Banda del Lobo, aquel grupo de motoristas callejeros satánicos, como lacayos obedientes para que le hicieran el trabajo sucio. Aquellos miserables se reunían en un lugar secreto llamado la Caverna, cuya ubicación solo ellos mismos la conocían.

Y los tres aventureros sabían muy bien quien podría facilitarles la localización secreta del refugio de la banda de motoristas, y donde estaba exactamente aquel individuo ahora. El problema sería como sacarlo de los calabozos de la comisaría de Hollow City.

 ***

La noche del día siguiente al ataque de la Bestia en la catedral de Saint Michelle, tres hombres esperaban nerviosamente en el interior de un vehículo negro, con los cristales tintados para impedir la visión desde el exterior. El coche, un moderno Syntrac-2000, se encontraba  estacionado en las inmediaciones de la Comisaría Central de Hollow City, y su conductor habitual sonreía bajo su máscara de kevlar al pensar lo que ocurriría si los policías del edificio se enterasen de que él estaba allí, tan cerca de ellos.

Detrás de Espectro estaban sentados Vic Page y John Reeves, ambos vigilando con expectación la aparición de su objetivo, que según lo previsto sucedería de un momento a otro. Espectro había dicho a sus compañeros que la única forma de encontrar la Caverna, el cubil de la Banda del Lobo, era hacer salir al miembro que estaba encerrado en el calabozo y seguirlo hasta su guarida. Mientras él se encargaba de hacerlo salir, Page y Reeves localizaron su motocicleta y la depositaron cerca de la Comisaría, no sin antes ocultar un dispositivo de seguimiento que el propio Espectro les había entregado. A pesar de que el justiciero enmascarado no les había contado a sus compañeros como iba a conseguir que la policía soltase al delincuente, Page y Reeves decidieron no insistir en el asunto, limitándose a confiar en Espectro y en su plan. Y es que el justiciero no podía revelar que sería un abogado pagado por Eduard Kraine el encargado de lidiar con las autoridades, y que además iba a ser el depositario de la fianza que haría salir libre al motorista enjaulado. Lamentablemente era algo a lo que estaba acostumbrado a presenciar, delincuentes puestos en libertad por culpa de los fallos del sistema gracias a excusas como la falta de pruebas contundentes, la ausencia de testigos fiables, o el pretexto de las facultades mentales mermadas.

Fue entonces cuando se produjo el suceso esperado. De las puertas del edificio municipal emergieron dos figuras, la de un hombrecillo enjuto que portaba unas gruesas gafas de pasta y la del bigotudo miembro de la banda callejera. Sin tan siquiera dar las gracias ni despedirse, el maleante se dirigió hacia su vistosa motocicleta repleta de siniestros logotipos, tales como calaveras llameantes o sonrientes demonios, y tras arrancarla salió de la zona a toda velocidad sin mirar atrás.

–Amigos, abróchense los cinturones, comienza la carrera –anunció Espectro, activando una pantalla luminosa que mostraba un plano callejero con un puntito luminoso que se movía velozmente.

–Este coche es una caja de sorpresas –dijo Vic Page, maravillado ante el alucinante cuadro de mandos del vehículo, que en nada se parecía al fabricado en serie para un modelo tipo.

–Nuestro amigo enmascarado parece ser un hombre de muchos recursos –aseveró con cierta ironía John Reeves.

Espectro arrancó el motor del Syntrac trucado, dándose cuenta de que sus amigos eran hombres muy listos. Si no andaba con cuidado, podrían sospechar su verdadera identidad, y a pesar de que confiaba en ellos, era preferible que de momento nadie sospechase que el industrial Eduard Kraine era quien se ocultaba bajo la máscara castigadora de Espectro.

El vehículo se adentró en la jungla de asfalto, dejando atrás la Comisaría para internarse en las calles de Hollow City. Una aureola de inquietud flotaba alrededor de los héroes, pues sabían con certeza que si perdían de vista a aquel energúmeno, se extinguiría la única posibilidad de llegar hasta la Bestia antes de que lograse su objetivo de abrir el portal infernal. Aquella era la última jugada de la partida, una mano donde habían apostado todo encima del tapete.

La cacería final había comenzado.

 ***

Espectro estacionó su vehículo, apagando el motor, mientras contemplaba en la pantalla como la lucecita parpadeante que representaba la moto del objetivo permanecía inmóvil. Por fin habían llegado hasta la Caverna, la madriguera de los Lobos de aquella banda de delincuentes motorizados. Sorprendentemente, mientras perseguían a su presa en aquella noche de tinieblas, poco a poco habían ido abandonado las intensas luces de neón de la ciudad y sus calles bulliciosas para abrazar los bosquecillos silvestres que se extendían alrededor de Hollow City. Tras abandonar la carretera principal que constituía la salida del puente de Brooksburg, el bandido había conducido su moto por serpeantes caminos secundarios hasta que al final la señal del localizador se había detenido.

Tras aguardar un buen rato en el interior del coche por pura precaución, los tres aventureros decidieron al fin salir al exterior, avanzando semiocultos entre los matorrales salvajes. Enseguida localizaron unas luces cercanas distribuidas en varias alturas, lo que indicaba la presencia de un edificio en mitad de aquellos polvorientos senderos. Y enseguida lo tuvieron delante de sus narices.

Asomándose entre los troncos de un pequeño grupo de pinos, los tres héroes contemplaron al fin la Caverna, que no era más que una estructura de madera de tres plantas construida al estilo de un viejo motel rústico. Sobre el umbral de la entrada se hallaba colgada la cabeza disecada de un enorme lobo negro, y bajo ésta un par de farolillos alumbraban un destartalado cartel de bienvenida escrito con tinta roja, aunque bien podía parecer sangre seca. Bajo un estrecho y alargado tejado de roble adjunto, sujeto con varios gruesos troncos, se encontraban las motocicletas decoradas excéntricamente de los ocupantes del local.

Enseguida los tres compañeros se dieron cuenta de que habían demasiados de aquellos vehículos de dos ruedas, muchos más de lo esperado. Pero el tiempo transcurría en su contra, y tras llegar allí no había vuelta atrás. Había llegado el momento de la verdad.

 ***

Bishop consultó la hora en el reloj cuadrado de la pared de la Caverna, mientras se acariciaba la barba castaña con sus manos nudosas en actitud pensativa. Aquella sería la noche en que todo cambiaría, la Bestia abriría el portal al inframundo y una plaga de demonios sangrientos se abatiría sobre el mundo, comenzando con la cercana Hollow City para luego ir devorando poco a poco el resto del país. Y él cabalgaría a lomos de su flamante moto atravesando el viento, capitaneando la Banda del Lobo como una jauría ávida que arrasaría todo a su paso, sin dejar a nadie con vida. Su destino era seguir a la Bestia, sentarse al lado derecho de su trono llameante cuando reinase sobre este mundo traidor y asqueroso, que siempre lo había tratado mal tanto a él como a los suyos. Ahora había llegado el momento de resarcirse, y ser el animal dominante. El tiempo del hombre se agotaba, era la hora del lobo.

–Hermanos, ha llegado la hora –Bishop se levantó de su asiento, acercándose a la barandilla del piso superior del local desde donde miraba a sus hombres situados más abajo–. Pronto la Bestia comenzará su dominio, y extenderá su poder en el mundo con ríos de sangre, la sangre de nuestros enemigos. Todos aquellos que nos despreciaron, que nos vilipendiaron, que nos repudiaron, todos caerán bajo el peso de las ruedas de nuestras motocicletas. Por fin nos vengaremos de la sociedad que nos maltrató, demostrando que somos los más fuertes. Todos se arrodillarán a nuestro paso, temblando de miedo al oír el ruido de nuestras motocicletas acercarse en la oscuridad de la noche. ¡La Banda del Lobo será conocida en el mundo entero!

Todos los jinetes aullaron al unísono como una febril manada de perros salvajes y ebrios, embravecidos al escuchar las palabras de su jefe. Gritos a favor de su líder y de la Bestia surgieron de sus retorcidas gargantas mientras alzaban sus jarras y brindaban en señal de camaradería, mientras salvajemente se arrancaban las ropas, saltaban por encima de las mesas del local o simplemente se empujaban unos a otros con confianza.

Un estruendo retumbó en el interior de la Caverna, acabando de sopetón con el alegre griterío que reinaba hasta el momento en el lugar. Toda la atención de los matones se centró automáticamente en el hombre del abrigo azul y sombrero, que sostenía firmemente un revólver humeante, y en su compañero alto y delgado, que empuñaba un bastón con pomo de plata y cuya mirada desafiante vigilaba los movimientos de todos ellos.

–Muy bien, amigos, se acabó la fiesta –dijo Vic Page apuntando con su arma al numeroso grupo–. Sed buenos chicos y estaos quietecitos, no me obliguéis a disparar, porque el próximo tiro no será de advertencia.

–¡Bishop, son ellos! –gritó el bigotudo motorista al que habían seguido los tres héroes–. Son los que se cargaron a Manny, Tommy y Droug la otra noche. Y también casi me liquidan a mí –el bandido se señaló las heridas que aún conservaba tras el interrogatorio en los lavabos del metro.

–Insensatos, habéis venido a meteros directamente en la boca del lobo, y nunca mejor dicho –Bishop observó fieramente a los recién llegados–. ¿Acaso creéis que podéis hacer algo contra el poder de la Bestia? No sois dignos ni de arrodillaros ante sus pies, y venís aquí hasta nuestra casa osando amenazarnos. ¡A nosotros, los Lobos, que somos sus hijos bendecidos con sus dones! Solo sois un par de locos que desconocen a lo que en realidad se enfrentan, pero yo os abriré los ojos a la verdad, os haré conocer el auténtico miedo. Suplicaréis entre gritos de tormento que la Bestia os otorgue el perdón y purifique vuestras almas, antes de que las envía al llameante infierno.

Bishop iba a decir algo más, pero fue interrumpido por un repentino sonido, el del acero al ser desenvainado. El metal centelleó al surcar rápidamente el espacio y situarse justo en un lateral del cuello del líder de los Lobos, mientras una sombra silenciosa aparecía de la nada para acercarse junto a él.

–En algo si tienes razón, sectario, y es que estamos locos –susurró la voz de Espectro–. Y como no nos digas donde está su amo y señor, irás a esperarlo tú a las puertas del abismo.

Bishop dudó unos segundos, sorprendido ante la inesperada aparición de aquel hombre de la máscara y la capa, que como un oscuro espíritu fantasmal había surgido de entre las sombras a su espalda. Pero él era el siervo de la Bestia, y ningún temor podía superar el del castigo de su señor por desobedecerle, así que optó por arriesgarse.

El jefe de los Lobos se echó hacia atrás para alejarse de la afilada espada de Espectro, apoyando sus fuertes brazos sobre la barandilla del pequeño palco del piso superior. A continuación, cuando parecía que iba a caer de espaldas, balanceó su cuerpo y lanzó hacia adelante ambos pies, pateando el pecho del justiciero y obligándole a recular. La pelea había comenzado.

Al ver como su jefe embestía al tipo enmascarado, sus subordinados hicieron lo propio y se abalanzaron sobre Page y Reeves. El periodista disparó su arma, hiriendo a uno de los matones gravemente, pero enseguida fue derribado al suelo y su cuerpo desapareció engullido bajo una masa de cuerpos sudorosos. Por su parte, Reeves, que nada más entrar en la Caverna había sentido en profundidad la presencia del mal en Bishop, desenvainó la cuchilla oculta en su bastón y dando tajos al aire mantuvo a raya a los bandidos, los cuales comenzaron a empuñar navajas, bates de béisbol, cadenas y otros utensilios que tenían a mano.

En la planta de arriba, Bishop y Espectro mantenían un igualado duelo. Puesto que el justiciero había perdido su espada a causa del golpe de su contrincante, no le quedó más opción que recurrir a sus conocimientos de artes marciales para hacerle frente. Mientras intercambiaban una lluvia continua de patadas, puñetazos y llaves de todo tipo, ambos contendientes destrozaron el mobiliario que les rodeaba, haciendo astillas las sillas y mesas, rompiendo las botellas de vidrio y agrietando las paredes de toda la planta. A pesar de su entrenamiento militar, Bishop advirtió que estaba perdiendo la pelea, y en un momento dado recibió tal golpe del justiciero que su cuerpo rebotó varias veces en el suelo, emanando hilillos de sangre tanto de la nariz como de la boca. Pese a sus esfuerzos, Bishop no pudo levantarse, dándose cuenta de que había recibido una buena paliza. Pero aún no estaba todo perdido.

Antes de que Espectro efectuase su ataque final, el líder de la Banda del Lobo lanzó un gruñido animal, mientras sus ojos se teñían de sangre y de su boca emanaba un riachuelo de saliva. Liberando el poder de la Bestia, Bishop atacó con el salvajismo bruto de una fiera, sin dar cuartel al sorprendido Espectro que únicamente pudo cubrirse ante tal muestra de fuerza. Imbuido por aquel desenfreno demoníaco, Bishop acorraló al enmascarado, propinándole una serie de golpes brutales que rápidamente comenzaron a hacer mella en su cuerpo. Espectro intentaba quitarse de encima a aquella bestia sin poder conseguirlo, mientras aguantaba como podía un castigo cruel e inhumano. La fuerza de los golpes de Bishop era tremenda, sólo la agilidad y la resistencia adquiridas por el riguroso entrenamiento diario salvaron de una muerte segura al justiciero, hasta que al final uno de aquellos ataques consiguió impactarle. Tras ser arrojado por encima del mobiliario e incluso atravesar un delgado tabique, Espectro aterrizó con el cuerpo desmadejado, a merced de su rival.

A sus dos compañeros de abajo tampoco les iban las cosas demasiado bien. Mientras a Vic Page le daban una buena tunda que resistía gracias a su peculiar aguante, John Reeves a duras penas podía evitar las embestidas de aquellos maleantes, equipados con las armas improvisadas que habían conseguido del lugar. Tras derribar a varios oponentes gracias a sus conocimientos de pelea callejera, el periodista fue superado al fin por el número de sus rivales, uno de los cuales le estampó a traición un botellazo en todo el cogote. Mientras su compañero caía aturdido, el anticuario lanzaba estocadas con su acero a los bandidos, y la mala suerte hizo que en uno de sus ataques la cuchilla de su bastón quedase atrapada en un taburete de madera que usaba defensivamente uno de aquellos. Aprovechándose de su situación, los secuaces se arrojaron sobre él y lo sometieron tras darle una serie de puñetazos y patadas.

Instantes después todo había acabado. Los tres héroes fueron maniatados por gruesas cuerdas, mientras eran empujados, insultados e incluso golpeados sin miramiento alguno. Bishop había revertido a su estado original, y su cuerpo ya no presentaba los signos de estar consumido por el poder infernal que corría por sus venas. Comenzó a burlarse de los hombres que se habían atrevido a enfrentarse a la Banda del Lobo ellos solos, con la loca idea de intentar atrapar a su amo, la Bestia. Ahora era cuando al fin comprendían cual grave era su error, cuan descabellado era su plan. Una misión que había terminado en un desastre absoluto.

Mientras el jefe de la Banda del Lobo se vanagloriaba del poder de su amo y del fracaso de los héroes, Espectro se fijó en un objeto que se hallaba en el salón de la Caverna, medio oculto bajo una silla volcada de lado. Era el revólver de Vic Page, el cual había sido olvidado tras la trifulca. El periodista siguió la mirada de Espectro y se dio cuenta de la presencia del arma, y luego observó como el justiciero movía ligeramente un pie en otra dirección, intentando señalar algo.

Tanto Page como Reeves se dieron cuenta de lo que intentaba indicar Espectro. El lugar donde se encontraban estaba climatizado gracias a una enorme chimenea de gas, cuyos gruesos conductos eran claramente visibles a lo largo de las paredes. Un disparo y adiós a todo, ese era el plan. ¿Pero cómo iban a llevarlo a cabo si los tres aventureros se encontraban atados?

Entonces el periodista y el anticuaron vieron como Espectro, con las manos atadas a la espalda, comenzaba a mover los dedos de forma extraña, para a continuación hacer lo mismo con las manos y las muñecas. Eran los movimientos de la disciplina ninja denominada nawanukejutsu, el arte de escapar de las ataduras. En pocos segundos el enmascarado iba a quedar libre, pero justo en ese momento uno de los bandidos iba a pasar por detrás suyo, con lo que se daría cuenta de lo que estaba tramando. John Reeves lo evitó acaparando toda la atención, lanzándose hacia Bishop con un grito de rabia. Antes de alcanzar al jefe, sus secuaces le tumbaron en el suelo y comenzaron a patearle y a escupirle, consiguiendo otorgar a su compañero el tiempo necesario.

Espectro al fin sintió como sus extremidades quedaban liberadas, y lo primero que hizo fue extraer silenciosamente un kunai (cuchilla pequeña de unos pocos centímetros utilizada por los ninjas) oculto bajo su cinturón. Page le indicó con la mirada que estaba preparado, colocándose lo más cerca posible del justiciero sin levantar sospechas. Espectro actuó con rapidez, y con un solo movimiento cortó las ligaduras de Page con el kunai, mientras que con la otra mano dejaba caer unas pequeñas bengalas de magnesio.

Mientras hacían su aparición una serie de pequeñas explosiones brillantes acompañadas de nubecillas de humo, Page se lanzó a toda velocidad hacia donde estaba el arma. Bishop fue el único capaz de reaccionar a tiempo, pero su cuerpo fue placado por Espectro, el cual lo derribó lanzándose a sus pies. El periodista consiguió agarrar el arma, y antes de que los bandidos consiguiesen atacarle disparó casi sin apuntar hacia donde se hallaba la gran chimenea de gas.

La explosión que siguió a continuación fue tan ensordecedora que pareció como si una bomba atómica hubiese estallado en aquel lugar. Olas de fuego barrieron todo el salón de la Caverna, abrasando a su paso a toda la Banda del Lobo. Los cuerpos de todos ellos, unos quemados, otros desmembrados por la onda de choque, fueron esparcidos como simples muñecos por todas partes, mientras las llamas comenzaban a devorar con ansia el edificio entero.

Espectro, Reeves y Page se habían salvado de la mayor parte de los efectos de la terrible detonación gracias a encontrarse en el suelo, por lo que levemente heridos salieron con paso tambaleante de aquel cubil de malhechores. Aquel nido ardiente ya nunca más serviría de refugio para nadie, y menos para aquella banda de delincuentes.

–¡Esperad un momento! –dijo John Reeves, deteniéndose al instante y escrutando a su alrededor.

–¿Qué ocurre? –preguntó Vic Page al ver a su compañero alerta.

En ese momento los tres héroes escucharon con claridad el sonido de una moto que rápidamente se alejaba del lugar, acompañado del destello de una luz roja que ya iba desapareciendo en la oscuridad.

–Es su jefe, estoy seguro –Reeves apretó los puños con rabia–. Detecto su aura maligna huyendo a toda prisa.

–Esperad aquí, voy a por el coche –dijo Espectro, lanzándose a toda velocidad hacia el lugar donde había estacionado su peculiar vehículo.

Mientras esperaban impacientes a que regresara su compañero, Page y Reeves observaron como el espectacular incendio devoraba aquel tugurio con rapidez. El periodista, al darse cuenta de que estaba desarmado, recogió de una de las motocicletas  aparcadas en el exterior una escopeta recortada cuya culata sobresalía del asiento. El anticuario advirtió un brillo en el suelo, y al acercarse vio que se trataba de su bastón con pomo de plata, el cual milagrosamente había quedado indemne tras ser expulsado por la explosión. Sin embargo, la vaina no aparecía por ninguna parte, por lo que dedujo que tendría que comprar una nueva en alguna tienda de Hollow City.

Los focos del vehículo de Espectro aparecieron de repente, seguidos por el sonido del derrape de los neumáticos. Rápidamente subieron al coche y los tres aventureros prosiguieron la caza del fugitivo, el cual seguramente les conduciría hasta el refugio de su amo, el ser al que llamaba la Bestia. También esperaban que fuese el mismo lugar donde retenían a los Sanders, y donde se estaba llevando a cabo el terrible experimento que abriría el portal al fin del mundo.

 ***

–Así que es aquí –dijo Espectro, aminorando la velocidad del Syntrac-2000 al penetrar en la zona poblada de naves industriales, en un recóndito lugar alejado de la ciudad de Hollow City.

Los tres hombres se bajaron del vehículo y anduvieron sigilosamente hasta acercarse a una de aquellas estructuras, la cual parecía por su aspecto externo que estuviese abandonada. Pero aquello era sólo fachada, pues el don de John Reeves les había conducido hasta allí, en aquel solitario lugar en mitad de la noche, el lugar idóneo donde ocultar la nueva versión del Proyecto Arcángel. Mientras avanzaban hacia la entrada del edificio, pudieron contemplar como las luces que irradiaban las bombillas del sistema de iluminación de toda la zona industrial parpadeaban repentinamente, al mismo tiempo que un extraño zumbido electrónico inundaba el ambiente. Eso solamente podía significar una cosa, y era que el momento de la apertura del portal estaba muy próximo. Tenían poco tiempo, así que debían darse prisa.

Estaban a punto de llegar a las puertas de la nave cuando de repente éstas se abrieron, descubriendo a cuatro miembros de la Banda del Lobo, los últimos que quedaban sin contar a Bishop y que habían permanecido allí junto a la Bestia y sus prisioneros. Los cuatro bandidos portaban armas de fuego, uno un subfusil, otro una escopeta, y los otros dos sendas pistolas automáticas. Los delincuentes abrieron fuego contra los recién llegados sin ningún miramiento, pues Bishop ya los había alertado de que le estaban persiguiendo.

Espectro rodó por el suelo para evitar ser alcanzado por los disparos, y al completar la maniobra quedó de frente hacia los tiradores con los brazos extendidos, tras lo cual dos de ellos cayeron muertos al ser alcanzados por los pequeños pero mortíferos shurikens del justiciero.

Mientras tanto Vic Page tomó cobertura detrás de unos contenedores metálicos, mientras intercambiaba disparos con su escopeta recortada. Uno de los bandidos, el que tenía el subfusil, cayó hacia atrás al ser alcanzado por uno de los impactos del arma del periodista, con un boquete sangriento en el centro del pecho.

El último de los bandidos, el que manejaba la escopeta, al percatarse de que Page se había quedado sin munición avanzó su posición hacia éste, pero entonces apareció John Reeves cargando a toda velocidad mientras blandía su bastón-cuchilla. El bandido sólo tuvo tiempo de realizar un disparo, que rozó ligeramente al anticuario, lo que le permitió a éste hundir su estoque hasta el fondo en el corazón del malhechor.

Tras comprobar que se encontraban bien, los tres héroes avanzaron hacia delante, no sin antes de que Page recogiese una de las automáticas de los bandidos muertos. Al traspasar las puertas de la entrada, se encontraron en un estrecho pasillo iluminado por las luces azuladas de los tubos del techo, y siguieron avanzando guiados por el sexto sentido de John Reeves.

–Mucho cuidado, amigos, el aura sobrenatural que detecto ahí delante está muy cerca. Y creo que es grande y poderosa –advirtió el anticuario, pues ahora recibía claramente la emanación de las auras de la Bestia y de Bishop.

Tras abrir una puerta con sumo cuidado, por fin entraron en el corazón del edificio, donde pudieron ver el moderno laboratorio compuesto por aquellos grandes aparatos de alta tecnología que habían sido dispuestos por la Bestia para sus malévolos fines. Dos enormes proyectores alimentados por un generador emitían rayos de energía, que además de iluminar tétricamente el lugar también servían para crear una especie de pantalla eléctrica suspendida en el aire. Cerca del generador se hallaba John Sanders, vestido con una bata blanca de científico, que parecía ensimismado contemplando una serie de indicadores en un complicado panel de control. Unos metros a la izquierda, encadenada a la pared, se encontraba su hija Julie, la cual contemplaba con el horror reflejado en sus ojos el círculo negro que poco a poco se iba formando en la pantalla eléctrica. El portal al infierno estaba a punto de ser abierto.

–Sanders, debe parar esta locura antes de que sea demasiado tarde –gritó Vic Page, intentando hacerse oír por encima del ruido de todos aquellos aparatos.

–Lo siento, no tengo otra opción, tengo que proteger a mi familia –dijo el científico, señalando con la cabeza hacia el rincón donde estaba su hija.

–Loco, ¿qué cree que pasará cuando el portal esté abierto y los demonios del averno lo atraviesen? ¿De verdad piensa que usted y sus seres queridos se salvarán? –dijo John Reeves, dirigiéndose hacia donde estaba Sanders.

Mientras el anticuario avanzaba a lo largo del estrecho espacio que dejaba el equipamiento del laboratorio, Espectro y Vic Page se dirigieron hacia la joven cautiva con la intención de liberarla de sus cadenas. En ese instante una sombra cruzó el aire, y una figura aterrizó desde una de las pasarelas superiores justo delante del justiciero y del periodista, interponiéndose en su camino. Era Bishop, el jefe de la extinta Banda del Lobo, transformado por el poder demoníaco en un ser que tenía muy poco de humano. Sus ojos rojos e hinchados sobresalían de un rostro surcado por oscuras y protuberantes venas, su torso encorvado parecía más robusto que la última vez que lo vieron, y sus manos se habían convertido en dos garras animales capaces de desgarrar la carne con facilidad.

Al ver a Bishop, John Reeves quiso retroceder hacia donde estaban sus compañeros para apoyarles en su inminente combate, pero el don le golpeó con tal fuerza que instintivamente se agachó, evitando así ser alcanzado por algo grande, negro y emplumado que surcó el aire junto a él aterrizando a unos pocos pasos. El inmenso cuervo de ojos oscuros y brillantes armado con un pico afilado se quedó mirándolo fijamente, y a continuación comenzó a retorcerse en terribles convulsiones, hasta transformarse rápidamente en la Bestia.

–Nunca imaginé que alguien como vosotros llegaría hasta tan lejos, pero eso no importa. No podéis hacer nada, habéis llegado demasiado tarde. ¡Mirad! –dijo la Bestia, alzando la vista en dirección al portal.

Horrorizados por el espectáculo, todos observaron como el círculo de oscuridad que flotaba en el aire, en el espacio creado entre los dos proyectores de energía, había crecido hasta tener un diámetro de casi cinco metros. Por aquel hueco de densa negrura emergían una docena de brazos demoníacos que se agitaban furiosos mostrando un ansia terrible por traspasar el umbral. Los demonios se agolpaban en el otro lado del portal luchando por atravesarlo, impacientes por comenzar la devastadora invasión que pronto tendría lugar.

Vic Page fue el primero en actuar, disparando la automática arrebatada a uno de los bandidos contra Bishop. Pero el demonio demostró ser increíblemente rápido, pues abandonó el espacio que un instante anterior estaba ocupando antes de que las balas lo alcanzasen. Con un movimiento de sus garras lanzó por los aires al periodista, el cual cayó con el pecho sangrante cerca de donde estaba Sanders, emitiendo un grito de dolor al darse cuenta de que su brazo izquierdo había quedado herido por la caída.

Espectro reaccionó lanzando una serie de ataques de artes marciales contra Bishop, puesto que había perdido su espada en la explosión de la Caverna. Sin embargo la criatura demostró ser más hábil, evitando los golpes gracias a su agilidad. Aunque uno de los golpes del justiciero si impactó al demonio, éste ni siquiera pareció sentir el impacto, y lanzando un feroz rugido Bishop hirió a Espectro con la ayuda de sus garras, atravesando el kevlar protector del traje del enmascarado.

Mientras sus compañeros luchaban contra el siervo, John Reeves permanecía ocupado con el amo. El cazador de monstruos usó su estoque contra la Bestia en un intento de ensartar su cuerpo, pero aquel engendro que una vez fue el Padre Muller demostró ser un adversario con recursos. Alzando una mano, la Bestia creó una llamarada tan intensa que calentó el arma de Reeves hasta tal punto que el anticuario tuvo que soltarla con un grito de dolor. A continuación el ser infernal apuntó con un dedo a Reeves, y un rayo ígneo brotó de su índice alcanzándolo de pleno. El anticuario tuvo que desprenderse a toda velocidad de su abrigo mientras las llamas lo consumían con voracidad, a la vez que tenía que soportar la risa burlona de Muller.

Mientras tanto, en el otro combate que se desarrollaba en el laboratorio, un herido Espectro intentaba aguantar como podía los poderosos ataques del monstruoso Bishop, manteniéndose en pie a duras penas. Sus conocimientos de la lucha cuerpo a cuerpo y su dominio de los secretos de la Senda de las Sombras imbuidos por su maestro de nada le servían en aquella ocasión, pues aquella criatura sobrenatural estaba mucho más allá. Al final Bishop se hartó de jugar con el justiciero, y cogiéndolo por el cuello con una sola de sus garras lo alzó del suelo, escrutándolo son sus maléficos ojos.

–Ahora morirás, sabiendo que tu mundo perecerá gracias al poder de mi amo –dijo el monstruo mientras le mostraba la garra abierta con la que estaba a punto de rematar al justiciero.

A pocos metros de allí, Vic Page se arrastraba por el suelo hasta donde estaba el científico, suplicándole que parara el experimento.

–Vamos, Sanders, usted puede hacerlo. Es el único que puede detener toda esta locura. Hace años vio el resultado del Proyecto Arcángel realizado en Beinch, y los recuerdos de aquello aún le acosan en sus pesadillas. ¿Es que no tuvo suficiente? ¿Acaso quiere hacer resurgir todo aquello? Esto no es lo que querría el Padre Franklin.

Sanders posó su mano sobre la palanca que controlaba el flujo de energía, dispuesto a aumentarlo para abrir el portal de par en par y permitir el paso de un lado a otro. Sin embargo comenzó a dudar por las palabras del periodista, y los remordimientos comenzaron a hacer mella en su conciencia. Miró a Page, y luego contempló a Bishop  y a su amo, a punto de terminar con sus oponentes. Luego observó el portal y a los demonios que estaban a punto de colarse por el agujero, y a continuación desvió la vista hacia donde se encontraba su hija. Julie le devolvió la mirada, asintiendo con la cabeza.

Realizando el único acto bueno de toda su vida, Sanders bajó la palanca hasta el punto cero, deteniendo completamente el flujo de energía. Una vibración recorrió el aire, a la vez que los rayos azulados que emitían los proyectores comenzaban a remitir, lo que provocó que el portal disminuyese progresivamente su tamaño.

La Bestia lanzó un grito de rabia inhumana al darse cuenta de lo que había hecho Sanders, y avanzó hacia donde estaba el científico, pero algo cayó sobre su rostro horrible y parte de su pecho y hombros. Al llevarse una mano a la cara y retirarla, sus dedos mostraron una sustancia granulada de color grisáceo.

–¿Qué es esto, sal? –dijo sorprendido la Bestia–. ¿Me atacas con sal, como si fuese un brujo de la Edad Media?

Reeves lanzó al suelo el pequeño saquito vacío, donde había guardado la sustancia arrojada sobre el siervo satánico, y sacó un objeto plateado y brillante que empuñó como si fuese un arma ante el atónito ser.

–¿Y ahora esgrimes ante mí un crucifijo, como si fuese un vulgar vampiro? –la Bestia no salía de su asombro–. Debes haber perdido el juicio ante tu inminente derrota. ¿Y ahora qué es lo que viene a continuación, ajos?

El cazador de monstruos apretó un resorte oculto de su crucifijo y apareció una pequeña llama azulada en la base del eje vertical. Mirando fijamente a los ojos de la Bestia, le dijo:

–¿Quién ha dicho que eso sea sal común, engendro? –sonrió Reeves, lanzándole a continuación el crucifijo–. Dale recuerdos a Satán.

Cuando la llama tomó contacto con la misteriosa sustancia, un fuego azul brotó con intensidad envolviendo a la Bestia, provocándole un dolor tan terrible que comenzó a aullar angustiosamente. La mezcla de Reeves, nitrometano y agua bendita en forma de sal, hizo su efecto rápidamente, y la Bestia cayó al suelo convertido en una brillante bola de fuego cerúleo. Un instante después dejó de moverse y de gritar.

La Bestia había muerto, y al fin el alma del que fuera el Padre Muller podría descansar en paz.

En otro rincón del laboratorio, tuvo lugar otra transformación, pues el siervo de la Bestia perdió su poder tras el fallecimiento de su amo. Antes de que pudiera asestar su golpe mortal a Espectro, Bishop retornó a su verdadera forma, viéndose obligado a aflojar su presa. El justiciero no perdió el tiempo y aprovechó la ocasión, y sujetándose con las manos al brazo de su enemigo apresó el cuello de éste con sus piernas, para a continuación derribarlo al suelo en un movimiento conocido como sankaku jime. Utilizando esta técnica, a Espectro le fue fácil aplicar la fuerza de sus piernas en forma de presa asfixiante, privando del oxígeno a su contrincante hasta que éste quedó inconsciente, con el rostro completamente enrojecido.

Espectro se levantó del suelo, exhausto, y se dirigió hacia donde estaban Vic Page y John Reeves. A pesar de que los tres estaban heridos, no habían sufrido daños que no pudieran curarse tras unos días de reposo. Los tres héroes contemplaron como Sanders cogía una llave del bolsillo de Bishop y liberaba a su hija, fundiéndose ambos en un gran abrazo. El portal había desaparecido, y con él los demonios que habían estado a punto de atravesarlo. Todo había salido bien, el mal había sido vencido y el mundo vería un nuevo amanecer sin que nada hubiese cambiado.

Sin embargo aún había algo que hacer, y fue el propio Sanders quien lo expresó.

–Esta tecnología debe ser destruida para siempre. Nunca más debe haber otro Proyecto Arcángel –dijo el científico.

–Nosotros debemos irnos antes de que llegue la policía, encárguese usted –dijo Espectro, que estaba atando a Bishop con las mismas cadenas que antes habían apresado a la joven Julie mientras reprimía el impulso vengativo de darle un escarmiento allí y ahora.

Sanders asintió, y junto con su hija se despidió de los tres aventureros, los cuales se marcharon a toda prisa del lugar a bordo del coche de Espectro. A lo lejos podía escucharse el sonido de las sirenas de la policía, mientras el sol del amanecer comenzaba a irradiar los primeros rayos de luz que disipaban la oscuridad de la noche.

 ***

Al día siguiente, en el Cementerio General de Hollow City, dos hombres depositaron una corona de flores ante la tumba del Padre Franklin. Vic Page lucía una escayola en su brazo izquierdo y unos cuantos moratones en el rostro, mientras que a su lado John Reeves presentaba algunas quemaduras en las mejillas y en la frente. Ambos permanecieron en un silencio respetuoso, mientras cada uno a su modo recordaba al sacerdote que tanto bien había hecho en la comunidad.

Descanse en paz, Padre Franklin, ya ha sido vengado. Que Dios le acoja en su seno. Amén.

 ***

En las inmediaciones del lugar donde una vez se alzó el local conocido como la Caverna, la policía de Hollow City se encargaba de analizar la escena con la mayor celeridad posible. El Alcalde James Mallory hablaba con el Comisario Howard, instándole a que terminara de cerrar el caso lo más rápidamente posible, pues pronto serían las elecciones y aquel suceso no debía empañar su carrera hacia la reelección. Mallory iba a iniciar uno de sus discursos difamando la labor del Comisario cuando uno de los agentes se acercó mencionando que Eduard Kraine había llegado en una limusina.

–¿Kraine? –dijo sorprendido el alcalde–. ¿Qué hará ése aquí? Igual quiere disculparse por haberse largado tan rápidamente de la Catedral el día del funeral. A todos éstos millonarios les falta un tornillo, te lo digo yo, Howard.

Mallory ordenó al agente que dejasen entrar a Kraine en la zona acordonada, e instantes después estaba estrechándole la mano y obsequiándole con una de sus falsas sonrisas.

–¡Kraine, muchacho, me alegro de verle!

–Hola, alcalde, la verdad es que vengo por negocios. Necesito un lugar donde poder ubicar una de mis fábricas, y al enterarme de que esta zona iba a quedar deshabitada he venido a echar un vistazo.

–Pues mira todo lo que quieras, Eduard, como si estuvieses en tu casa –dijo Mallory, que ya estaba viendo una oportunidad de negocio si Kraine se quedaba con el terreno–. Te dejo un momento que ahí está la prensa, voy a hacer algunas declaraciones y a sacarme unas fotos, a los perros hay que darles carnaza de vez en cuando.

Mientras Mallory se alejaba riéndose de sus propias ocurrencias, Kraine se acercó a las ruinas de la Caverna que aún conservaban el aroma acre del humo. Luego cerró los ojos y juntó las yemas de los dedos de ambas manos en un mudra, un gesto de concentración espiritual. Tras invocar el chi de su interior y concentrarse en una imagen mental, Kraine sintió como una fuerza le atraía hacia una determinada posición. Tras avanzar un poco entre los restos del incendio, se agachó y retiró unas tablas de madera ligeramente carbonizadas.

Eduard Kraine esbozó una sonrisa de complacencia al observar la hoja afilada de su katana. Era verdad que había ganado una batalla, pero aún le esperaban muchas más que tendría que librar en el futuro, y Espectro necesitaría su mortífera arma para combatir las nuevas amenazas.

La ciudad de Hollow City necesitaba un protector, y él estaba preparado para ostentar dicho cargo. Y lo mejor de todo era que, como había aprendido en aquella aventura, no estaba sólo en su misión.

 FIN

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