EL ASESINATO DEL PADRE FRANKLIN (Parte 4)

Publicado: 10 octubre, 2012 en Historias, Hollow City, Relatos, Sin categoría, Sobrenatural

VENGANZA

Mark Bishop se hallaba solo en su mesa, mientras se llevaba al gaznate una cerveza muy fría, la tercera en aquella noche tormentosa. Reclinándose en su asiento contra la pared, el cabecilla de la Banda del Lobo observaba con interés el salón de la Caverna, el tugurio sucio y hediondo donde se reunían los miembros de aquella siniestra hermandad de motoristas adoradores del Diablo. El local estaba repleto, y prácticamente todos los Lobos se encontraban en aquel instante bebiendo, fumando y peleándose entre ellos, puesto que la noche no había sido propicia para realizar incursiones callejeras a lomos de sus motos tuneadas. Tan solo se hallaban ausentes los cuatro miembros encargados de vigilar el domicilio de John Sanders.

Bishop sonrió maliciosamente al pensar en aquel pobre hombre, y en su joven y hermosa hija, ahora en manos de la Bestia. Desde que Bishop había llegado a ser el líder de la banda, siempre había sentido que podían hacer cosas grandes, algo más que dedicarse a la delincuencia callejera. Puesto que en el pasado había servido en el ejército, había aplicado sus conocimientos militares llevando a la Banda del Lobo a lo más alto. Pero para Bishop aquello no era suficiente, faltaba algo, un objetivo…un destino. Y la aparición de la Bestia en su vida había sido la clave, él le había mostrado cual era el verdadero camino, iniciándole en el auténtico sendero infernal. La Bestia había confiado en Bishop, revelándole secretos inconfesables, incluso le había dado a beber unas pocas gotas de su propia sangre, convirtiéndole en el primer iniciado de su nuevo culto, en su mano derecha. Ahora era un hombre nuevo, puro, sin dudas en su interior, más fuerte, más rápido…mejor en todos los aspectos.

En ese momento Bishop sintió una oleada de calor que le recorrió todo el cuerpo de cabeza a los pies, y una punzada de dolor golpeó el interior de su cabeza. Se llevó las manos a su testa rapada al cero, que ostentaba en su centro el tatuaje de un diablo de mirada feroz y cuernos retorcidos, y las fue bajando hasta su rostro hirsuto y su barba espesa. Unos segundos después, el calor se desvaneció al igual que el dolor de cabeza, pero en su mente el mensaje permanecía claro: la Bestia, su Maestro, le llamaba una vez más a su presencia. Debía acudir lo más pronto posible, pues no era conveniente contrariarle, y menos ahora que sus planes de venganza y cambio estaban a punto de cumplirse.

Bishop apuró la cerveza de un solo trago y se encaminó hacia la salida de la Caverna, pero entonces una figura de casi dos metros de altura se plantó ante él, impidiéndole el paso. Se trataba de Blackwolf, un musculoso adicto a las pesas y que había sido cliente habitual de varias cárceles del condado, hasta que había pasado a formar parte de la banda. Su mirada desafiante representaba claramente la desconfianza que habitaba en algunos de los miembros de la hermandad sobre la Bestia y sus intenciones, un hecho que Bishop creía haber aclarado, pero al parecer se había equivocado.

–Bishop, ya es hora de que nos digas quien es esa Bestia para el que ahora trabajamos. De momento tú eres el único que lo ha visto, y los demás nos tenemos que conformar con tus idas y venidas al lugar donde se oculta. ¿Desde cuándo el jefe de la Banda del Lobo es un siervo? ¿Cuándo los hermanos han dejado de ser libres como los lobos de una manada para convertirse en un puñado de esclavos a la espera de órdenes? ¡Yo digo que ya está bien de todo esto!

Los Lobos aullaron y gritaron, espoleados tanto por las palabras del rebelde Blackwolf como por los ríos de alcohol que surcaban sus venas en aquel instante. Si Bishop no ponía freno a aquella situación, la cosa podría desmadrarse. Y nada ni nadie debía interponerse en los planes del Maestro, ni siquiera un hermano descarriado.

Bishop y Blackwolf se miraron fijamente, sin pestañear, como dos lobos enfrentados por el liderazgo de la manada. El desafío había sido lanzado, ahora solo había que ver cuál era el resultado. Líder y aspirante respiraron hondo, tensando los músculos y comenzando a caminar en círculo muy despacio, manteniendo en todo momento el contacto visual entre ambos, esperando a que fuese el otro el que realice el primer movimiento.

El gigante Blackwolf atacó primero, una inmensa mole de músculos lanzada a plena potencia, fortalecida por la ira y la rabia. Pero Bishop, poseedor de un entrenamiento militar, fue más rápido y bloqueó a su contrincante, utilizando una llave de combate cuerpo a cuerpo que aprovechó el peso del rebelde para lanzarlo sobre el suelo de la Caverna. Blackwolf se levantó con la furia reflejada en su rostro, y cargó nuevamente sobre su jefe, atrapándolo entre sus poderosos brazos. Jaleado por los gritos de sus hermanos Lobos, el gigantón aplicó su tremenda fuerza sobre Bishop, el cual comenzó a notar como sus costillas comenzaban a crujir, a la vez que poco a poco se quedaba sin respiración. Aquella férrea presa hubiese terminado de una vez por todas con el antiguo Bishop, pero no con el renovado siervo de la Bestia.

Invocando el nombre de Lucifer, Bishop reunió la energía de su espíritu bendecido con los dones otorgados por su Maestro, y sus ojos se volvieron de un color rojo oscuro mientras todos los músculos de su cuerpo parecían hincharse. Su cara comenzó a temblar y a transformarse en una horrible máscara desencajada, y de su garganta surgió un rugido bestial que amedrantaría a cualquier animal de la tierra. Aferrando las muñecas de su contrincante y tirando de ellas al máximo, Bishop se liberó de la presa de Blackwolf, mientras se escuchaba el crujido de tendones retorcidos y huesos rotos. El gigante rebelde cayó de rodillas al suelo, gritando de dolor, pero Bishop no tuvo piedad. Con su mano derecha, el jefe de los Lobos agarró el cuello de Blackwolf, lo levantó del suelo con gran facilidad, y de un violento tirón arrancó de cuajo su nuez. Luego lanzó el cuerpo sangrante y sin vida del rebelde como si fuese un pelele, yendo a parar a los pies de sus compañeros estupefactos.

Bishop se erguía de pie, orgullosos y desafiante, con su cuerpo manchado de la sangre de su rival, rodeado por los miembros de la Banda del Lobo. Una bestia, un demonio, pero mucho más que un hombre.

–¿Alguien más quiere decir algo? –dijo Bishop, mirando a su manada.

Todo el mundo bajó la mirada al suelo, sin atreverse a decir nada, haciéndose a un lado mientras su respetado jefe salía de la Caverna para acudir en pos de la llamada de la Bestia.

 ***

John Sanders abrió los ojos, encontrándose en un lugar oscuro y frío. Poco a poco fue saliendo de su letargo, recordando que había sido maniatado por unos motoristas desarrapados, que le colocaron una capucha en la cabeza para que no supiera a donde iban. Luego le había entrado el pánico, había comenzado a forcejear para intentar escapar, pero lo habían dejado inconsciente de un golpe.

Enseguida notó que estaba en un lugar lleno de aparatos electrónicos de algún tipo, pues a sus oídos acudían los característicos zumbidos incesantes del fluir de la energía. Y también advirtió que no estaba solo.

–¿Quién hay ahí? –preguntó tímidamente Sanders.

La respuesta que obtuvo lo dejó helado.

–¿Papá? ¿Eres tú? –dijo una conocida voz femenina.

–¡Julie, hija mía! –Sanders se incorporó en la oscuridad, dándose cuenta de que le habían quitado tanto las ligaduras como la capucha.

Entonces se oyó un chasquido, y una serie de tubos luminosos comenzaron a arrojar su trémula luz azul mostrando a Sanders el lugar donde se encontraba. Un gigantesco laboratorio, equipado con las máquinas más modernas que un científico como él soñaría con poder manipular, se revelaba ante su atónita mirada. Pero su curiosidad científica no pudo rivalizar con el amor y la preocupación de un padre hacia su hija, y su mirada enseguida se apartó de las máquinas para posarse sobre el cuerpo encadenado de su hija, Julie Sanders. La joven parecía triste, demacrada, sus hermosos ojos transformados en dos órbitas aterrorizadas, pero por lo demás no parecía herida.

–Julie, cariño, no te preocupes, ahora mismo te liberaré y nos iremos a casa –Sanders se dirigió velozmente hacia el extremo del laboratorio donde se hallaba Julie.

Pero una presencia surgió de entre unos inmensos contenedores metálicos, interponiéndose altivamente entre padre e hija. Ocultaba su rostro entre las sombras, pero podía vislumbrarse que se trataba de un individuo alto, envuelto en un abrigo largo y negro, con las manos cubiertas por sendos guantes de cuero oscuros.

–No tan deprisa, Sanders –la voz del desconocido, un susurro grave que tenía algo de inhumano, causó sobre el científico dos sensaciones muy distintas. La primera fue ponerle los pelos de punta por su tinte sobrenatural. La segunda, traerle a la mente una sensación de familiaridad procedente de los recuerdos de un pasado lejano. De sus tiempos jóvenes, de cuando era un científico tan brillante que fue reclutado por el gobierno para participar en un proyecto secreto.

El maldito y horrible Proyecto Arcángel.

Entonces Sanders observó a su alrededor con más detenimiento, analizando mentalmente el equipamiento científico que lo rodeaba. No era un simple laboratorio vulgar y corriente. Su corazón comenzó a latir más rápidamente, al darse cuenta con horror lo que estaba viendo.

Una réplica casi exacta del laboratorio donde trabajó cuarenta años atrás en un búnker subterráneo bajo la aldea alemana de Beinch.

Sanders cayó al suelo, con la boca abierta de espanto y con los ojos llorosos. Los recuerdos que creía haber olvidado, las imágenes de pesadilla que había soportado durante años, los horrores presenciados que le torturaron durante muchas noches, todo le sobrevino al instante como si un meteorito hubiese caído sobre él.

Sanders no necesitaba que el desconocido se mostrase a la luz, sabía de sobra quien era. Y lo más importante, lo que quería de él. Pero lo que le hizo proferir un angustioso llanto de desesperación fue la certidumbre de saber que haría todo lo que aquel individuo quisiese. Porque así es el amor de un padre desconsolado hacia su hija cautiva.

La Bestia, también llamado el Maestro o Señor de la Oscuridad entre otros nombres, rió de forma triunfal, al ver como el científico se venía abajo, tal y como él había previsto. Todo estaba yendo según sus planes, y nada le impediría llegar hasta su objetivo final.

Pero aún había un cabo suelto por resolver. Para culminar su venganza, debía acabar con el único superviviente que aún quedaba del Proyecto Arcángel.

Era hora de hacer una visita al Padre Lucius.

 ***

Al día siguiente, el American Chronicles y todos los demás medios de comunicación de Hollow City anunciaban la celebración de la misa en honor al fallecido Padre Franklin, que se realizaría al mediodía en la catedral de la ciudad. También algunos medios dedicaban parte de su atención al suceso ocurrido la noche anterior en una estación de metro, donde cuatro individuos se habían visto involucrados en una reyerta en los lavabos. Al parecer estaba relacionado con el hallazgo de tres cuerpos, dos de ellos sin vida, encontrados en una calle oscura del barrio de Silver Heights. La información difundida era escasa, solo se hacía mención a la Banda del Lobo y al justiciero Espectro como posibles participantes del suceso, además de otros implicados no identificados.

Tras lo ocurrido en el metro, Vic Page, John Reeves y Espectro habían decidido permanecer inactivos un par de días, ya que lo mejor era dejar pasar el tiempo sin que nadie los viese juntos. Sin embargo cada uno de ellos seguiría investigando por su cuenta acerca del caso del Padre Franklin, aunque de momento todas las pistas se habían agotado. Ahora había que honrar al sacerdote fallecido, luego ya habría tiempo de continuar con el asunto.

Poco antes del mediodía, la catedral de Hollow City ya estaba repleta. Puesto que el interior del templo se hallaba completo, con las autoridades más notables de la ciudad apoltronadas en sus primeras filas, la plebe tenía que conformarse con seguir la ceremonia de puertas para fuera, aglomerándose tanto en las escalinatas del sacro edificio como en los alrededores de la plaza adyacente. El dispositivo de seguridad para el acto incluía tanto a miembros del cuerpo de la policía local como a un pequeño equipo de agentes del vaticano enviados para la ocasión. Debido a la importancia de las personalidades asistentes, el acceso al interior de la catedral había quedado altamente restringido, y solo la prensa acreditada podía atravesar el cordón de seguridad.

Vic Page estaba entre los elegidos, puesto que había convencido a sus contactos del American Chronicles para que lo destinaran como enviado especial al evento, debido a su relación personal con el Padre Franklin. Situado lo más cerca posible que le habían dejado estar del altar, justo al lado de la estatua de Saint Michelle, patrón de la catedral, Vic Page podía vislumbrar al Alcalde Mallory, al Comisario Howard, y a otras personas importantes como el millonario Eduard Kraine. Menuda gentuza.

A la misa también había asistido el anticuario John Reeves, de pie al lado de una de las blancas columnas de mármol que sostenían la bóveda de la nave lateral izquierda del edificio. Apoyándose en su bastón de pomo plateado, permanecía impertérrito y vigilante, observando atentamente a la muchedumbre acumulada en los asientos de la nave central. Todo estaba a punto para que comenzase la ceremonia, tan solo faltaba que de un momento a otro hiciese su aparición el Obispo Ludovic para que diese comienzo el oficio.

 ***

Uno de los agentes de seguridad que vigilaba el acceso a las escaleras que conducían a los aposentos privados del obispo consultaba su reloj de muñeca con aire de fastidio. Aún faltarían horas antes de poder irse a casa, y seguramente se perdería el primer tiempo del partido de los Hollow Riders. Y todo por culpa de ese sacerdote muerto, a quien en realidad no importaba a nadie, pero por cuestiones políticas se le había dado una notoriedad nada habitual. Política y clero, una mezcla explosiva desde el principio de los tiempos, y que ahora los medios aprovechaban para dar carnaza al público. Y al final la pagaban los de siempre, como él, de pie todo el día más aburrido que una ostra.

El guardia intentó mermar su hastío observando los adornos religiosos que recubrían las paredes y columnas cercanas. Una gran cruz dorada, recubierta de gemas, se alzaba en lo más alto como el símbolo de un dios vigilante encargado de proteger a todos los miembros de su culto. El guardia torció el gesto despectivamente al pensar a cuantas familias se podría alimentar con lo que valía aquel enorme crucifijo.

El sonido de una puerta chirriante hizo que el guardia desviase la mirada hacia la figura que se perfilaba bajo el umbral. Si había llegado hasta allí significaba que el resto de agentes de seguridad situados en los demás controles le habían dejado pasar. Sin embargo, una pequeña señal de alarma se encendió en su mente, pues lo normal era que alguno de sus compañeros le hubiese advertido por medio de la radio de la llegada del individuo. Y no había sido así.

–Espere un momento, señor –dijo el guardia, llevándose despacio la mano derecha a la pistola enfundada–. Su presencia aún no ha sido verificada, debe identificarse…

Sin decir nada, el desconocido avanzó hasta quedar expuesto a la luz, lo que provocó el espanto sobre el guardia. Aquella figura vestida de negro y enguantada poseía un rostro horrible, inhumano, y lo peor de todo eran sus ojos…los ojos del diablo. Antes de que pudiese reaccionar, el sobrecogido guardia vio como el intruso extendió la palma de su mano derecha, y un chasquido retumbó a su espalda, haciéndole volverse.

El inmenso crucifijo metálico estaba ahora colgado boca abajo, completamente envuelto en llamas, convertido ahora en el sacrílego símbolo de Satán, la cruz invertida. Y lo último que vio el guardia fue como la gran cruz se desprendía de sus soportes y volaba rápidamente hacia él, aplastando su cráneo bajo su enorme peso.

 ***

Eduard Kraine estaba sentado justo detrás del Alcalde Mallory, en la segunda fila de los asistentes al funeral, por lo que vio con curiosidad como el guardia que custodiaba la puerta del acceso desde la capilla mayor hacia la sacristía se llevaba la mano al auricular de su oído derecho. Tras llevarse a los labios la radio, el guardia parecía insatisfecho, y desapareció tras la puerta para realizar alguna comprobación.

Mientras tanto, Kraine tenía que aguantar la incesante cháchara del obeso Alcalde, el cual no paraba de despotricar contra todo, llegándole el turno al clero.

–Todo esto por un decrépito cura de pueblo, lo que hay que aguantar. Howard, ¿ya tenemos a alguien a quien cargarle el mochuelo?

–Aún no, señor Alcalde, pero estamos haciendo importantes progresos en la investigación –contestó el Comisario, secándose la frente sudorosa con un pañuelo.

–Dile a tu pandilla de inútiles que muevan el culo o se irán a patrullar por turnos a la Cloaca –gruñó el siempre insatisfecho Mallory–. El imbécil del Obispo Ludovic me está presionando con este asunto, no sé que tenía de especial el tal Padre Franklin. Igual era un pervertido como el Obispo, que se tira a todas las fulanas de Sawmill Street. ¡Eh, Ed! ¿A que no sabes como le llaman las chicas de los clubs que frecuenta el obispo?

–Pues no –contestó Kraine al ser aludido, evitando el impulso de abofetear al Alcalde.

–Doble L. ¡ Joder, si hasta lo lleva en la matrícula del coche!

–¿Y eso? –preguntó Kraine, más para seguirle la corriente al Alcalde que por otra cosa.

–Por sus iniciales, ya sabes –Mallory se giró con cierta sorpresa y enseguida se dio cuenta de que Kraine había vuelto a Hollow City hacía poco–. Perdona, Ed, no recordaba que eres nuevo por aquí. Doble L, Lucius Ludovic. Menudo nombrecito tiene el pillastre.

Al escuchar las palabras de Mallory, Kraine se quedó completamente rígido. ¡El Padre Lucius, el mentor del Padre Franklin en el Proyecto Arcángel, era el puñetero Obispo de Hollow City! Ahora todo coincidía, debía ser el obispo con quien mantenía intercambio de emails. ¡Claro, cómo no se había dado cuenta hasta ahora! Las iniciales MGR que aparecían como el destinatario del correo del sacerdote fallecido no eran de ningún nombre, eran las siglas de monsignore. Monseñor en alemán.

Disculpándose un momento, Kraine se levantó de su asiento y se abrió paso a empujones, intentando avanzar hacia la salida lo más rápidamente posible. Su objetivo era llegar al Buggatti Bayron rojo estacionado en el área de personalidades, pues para hacerle una visita al bueno del Obispo sería mejor cambiarse de ropa.

Al parecer, las circunstancias habían hecho que el enmascarado Espectro tuviese que reaparecer antes de lo previsto.

 ***

Vic Page esbozó una sonrisa al ver como el millonario propietario de Industrias Kraine abandonaba la catedral. Seguramente se había cansado de estar allí, aburrido, y ahora marchaba hacia alguna de esas fiestas solo aptas para ricos y famosos. El escritor tomó nota mentalmente de que entre sus posibles futuras obras debería dedicar algunas páginas al mundo de la élite, a la gente de alta alcurnia que gozaba de posiciones privilegiadas y se aprovechaba de ello, pisoteando a las clases más débiles. Y encima se pavoneaban de ello, con sus trajes caros, sus deportivos de lujo, y sus amantes sacadas de las revistas de modelos.

Una mano firme se posó encima del hombro de Page, haciéndole volver al mundo presente. Cuando el escritor se dio la vuelta, se encontró con la presencia del anticuario John Reeves, cuyo tenso rostro mostraba una grave preocupación.

–Reeves, ¿qué ocurre? –preguntó Page.

–Algo malo va a suceder, lo presiento. He percibido la presencia de algo maligno, una entidad que desprende un aura de infinita vileza. El Mal está aquí –Reeves habló contundentemente, y señaló con la cabeza hacia el altar vacío. Su don de percepción de lo sobrenatural le había sacudido con una fuerza inusual, lo cual no indicaba nada agradable.

–Tranquilo hombre, seguro que no pasa nada. Tal vez el Obispo esté indispuesto, y por eso los agentes de seguridad han abandonado su puesto para comprobar su estado de salud.

Tras decir aquello, Page se quedó pensativo un momento, dudando de sus propias palabras. Luego contempló a Reeves, percibiendo su inquietud a través de su mirada de ojos tristes.

–Está bien, de acuerdo, vayamos a echar un vistazo. Pero nada de meter la cabeza de nadie en los retretes, ¿eh? –advirtió Page.

–Vale –contestó el anticuario con una sonrisa traviesa.

Page y Reeves se encaminaron disimuladamente por la nave lateral hacia la puerta que conducía a las secciones más restringidas de la catedral, aprovechándose de que aún no había regresado ninguno de los agentes de seguridad.

Y muy pronto iban a darse cuenta del motivo de la ausencia prolongada de los guardias.

 ***

En las dependencias privadas del Obispo de Hollow City, Lucius Ludovic, se encontraba su dueño, paralizado de horror ante la oscura figura plantada allí. A pesar de los retratos de Papas y Santos que colgaban de las paredes, a pesar de las efigies de la Virgen María y de otras figuras de la Iglesia que adornaban la habitación, su Ilustrísima no parecía sentirse a salvo en aquel momento, y eso que supuestamente se encontraba estar en la casa de Dios.

–¿Quién eres, y que haces aquí? –se atrevió a preguntar Ludovic al intruso.

–¿Es que no me reconoces, viejo amigo? –la Bestia se acercó al obispo, dejando que éste contemplara sus rasgos con plenitud, para que el terror inundara su corazón.

–¡No es posible! Eres tú… ¡Oh, Dios mío, ayúdame! –gritó el eclesiástico, al reconocer las facciones del individuo a pesar de las deformaciones horripilantes que las cubrían.

–¡No invoques al falso dios, él no te va a ayudar! –respondió enardecido la Bestia–. Arrodíllate y suplica al Señor de las Tinieblas, venera el nombre de Lucifer y tal vez sea compasivo contigo.

–Perdóname, no quisimos hacerte daño, nadie quería que sufrieras aquel cruel castigo. Todo salió mal, volvimos a repetir el mismo fracaso que tuvieron los nazis con el proyecto. El Padre Franklin tenía razón, nunca debimos intentar abrir las puertas del cielo –el obispo cayó al suelo, llorando desconsoladamente.

–¡No pronuncies el nombre de ese traidor! Ya tuvo su merecido, y ahora te toca el turno a ti, rata cobarde. Y en cuanto a ese desgraciado de Sanders, también me encargaré de él cuando deje de serme útil. Despídete de tu mundo y de tu Dios, te enviaré al lugar de donde yo vengo. Los demonios te arrancarán el alma del cuerpo y la irán devorando lentamente, por toda la eternidad.

Acto seguido la Bestia tocó con la palma de su mano la cabeza del obispo, el cual comenzó a gritar de dolor, mientras de su cuerpo emanaba un siniestro humo grisáceo y el aire de la habitación se llenaba de un olor a carne quemada.

Pero el estruendo de la puerta de la habitación al abrirse de golpe impidió al diabólico siervo del diablo terminar con su vengativa tarea, pues ahora tenía que enfrentarse a los dos individuos que acababan de irrumpir en la estancia, que no eran otros sino Vic Page y John Reeves. Mientras que el escritor empuñaba su revólver Calibre 38 Especial, el cazador de monstruos desenfundaba el filo oculto en su bastón, y ambos contemplaron asombrados por el horror la figura tenebrosa de la Bestia.

–Necios, no sé quienes sois vosotros, pero lamentaréis haberos cruzado en mi camino –amenazó el diabólico ser.

Al ver como aquel engendro del infierno soltaba bruscamente al obispo y se acercaba desafiante, Vic Page disparó su arma, pero entonces observó con estupor como la bala caía al suelo medio derretida sin haber llegado a tocar su objetivo. Volvió a disparar varias veces más, obteniendo siempre el mismo resultado, pues un aura mágica protegía a la Bestia de los proyectiles, fundiéndolos en el aire antes de que lograran dañarle.

John Reeves atacó con su hoja de acero, provocando que el demonio tuviese que cambiar de posición para esquivar el golpe. El anticuario lanzó varias estocadas rápidas, una tras otra, pero se encontró con la agilidad sobrehumana de aquella criatura sobrenatural, la cual conseguía evitar con facilidad todos sus ataques.

La Bestia se echó hacia atrás para obtener espacio, y extendió ambos brazos hacia delante, musitando una plegaria al Señor de los Infiernos con voz gutural y cavernosa. Acto seguido tuvo lugar una atronadora explosión de fuego abrasador, que llenó la estancia de llamas incandescentes y de un asfixiante humo negro. Los cuerpos de Page y Reeves fueron arrojados con violencia contra la pared del fondo de la habitación, quedando aturdidos y con las ropas ligeramente chamuscadas.

La Bestia se volvió hacia el lloriqueante Obispo, que aún permanecía en el suelo retorciéndose de dolor. El demonio se abalanzó sobre el objeto de su venganza, pero por el rabillo de uno de sus ojos diabólicos captó un movimiento repentino en el cristal de la ventana. Una sombra se dibujó amenazadoramente anticipando la lluvia de cristales que inundó la habitación, aunque ninguno de los fragmentos de vidrio logró alcanzar a la Bestia, pues su aura infernal convirtió los puntiagudos pedazos cristalinos en inofensivos restos cenicientos.

El demonio clavó sus llameantes ojos en el intruso que acababa de hacer aquella extraordinaria aparición, encontrándose con una figura encapuchada que lucía una ondeante capa negra, la cual no era otra que el justiciero Espectro. Luego desvió la vista hacia la espada afilada y de hoja ligeramente curvada que esgrimía aquel individuo, y al instante supo que le causaría problemas.

–¡Estúpido disfrazado! –rugió encolerizado la Bestia–. Nadie te ha invitado a esta fiesta, vuelve por donde has venido.

Apelando a las fuerzas oscuras de las que era amo y señor, la Bestia usó sus poderes para que las llamas de la habitación adquiriesen la forma de una criatura humanoide hecha de fuego, la cual se arrojó hacia Espectro embistiéndolo con furia. El héroe reaccionó con rapidez, esgrimiendo su capa ignífuga a modo de escudo protector frente al ataque de la criatura ígnea. Luego contratacó con su katana trazando un semicírculo en el aire que hubiese decapitado a un ser normal y corriente, pero que simplemente atravesó a la criatura sin que al parecer la hubiese afectado lo más mínimo.

John Reeves intentó levantarse del suelo, apoyándose débilmente contra una estantería de madera repleta de libros. Enseguida se dio cuenta de que la Bestia se disponía a terminar su ataque contra el Obispo, mientras la criatura de fuego mantenía a raya al combativo Espectro. Frente a él estaba Vic Page, que había tenido mejor fortuna y apenas había salido dañado de la explosión, aunque sin embargo estaba desconcertado ante la escena que se desarrollaba en la estancia. No era un cazador de monstruos experimentado como él, y no estaba acostumbrado a enfrentarse a amenazas de carácter sobrenatural como aquella.

La mente del anticuario funcionó a toda velocidad, a pesar del aletargamiento producido por las heridas. Puesto que no había venido preparado con el equipo adecuado, no poseía ningún arma que pudiera ser efectiva contra un enemigo como aquel, así que rápidamente buscó con la mirada por toda la habitación. Nada de agua bendita, nada de reliquias, ni siquiera una caja con hostias consagradas… ¡Un momento, sí que había algo que podía ser útil!

–Page, usa aquella figura de cerámica, rápido –apremió el anticuario.

Vic Page reaccionó con la rapidez de un rayo, y obedeciendo la orden de su compañero agarró una pequeña estatuilla que reposaba sobre el escritorio del Obispo y que representaba a la Virgen María, lanzándola con todas sus fuerzas sobre la Bestia. El demonio aulló de dolor al sentir como la efigie sagrada, un regalo de su Santidad al Obispo bendecido por el propio Papa de Roma, estalló sobre su cabeza rompiéndose en mil pedazos. El impacto fue tan brutal que algunos de los fragmentos de cerámica quedaron incrustados en su cráneo deforme, del cual emanaban riachuelos de una sangre espesa y oscura.

La Bestia retrocedió, llevándose las manos a su rostro. Al perder la concentración, la criatura de fuego creada para enfrentarse a Espectro desapareció, quedando éste libre para dedicar toda su atención al enemigo principal. El demonio se dio cuenta de que su venganza tendría que esperar a otro momento, no podía arriesgarse a luchar herido contra todos ellos a la vez. Había sido derrotado en aquella batalla, pero habrían otras más.

–Volveremos a vernos, y la próxima vez si acabaré con todos vosotros, malditos –maldijo la Bestia.

Acto seguido el ser infernal se transformó en un gran cuervo negro, y su maligna figura desapareció por el hueco de la ventana rota mientras desplegaba sus enormes alas emplumadas, huyendo de la escena mientras surcaba el cielo encapotado. En un momento, su imagen se convirtió en un punto gris que fue tragado por las oscuras nubes que presagiaban una tormenta muy próxima.

–¿Estáis bien, amigos? –preguntó Espectro a sus compañeros, mientras se dirigía a examinar al Obispo, que parecía estar al borde de la locura por todo lo sucedido.

Page ayudó a Reeves, a pesar de que orgullosamente rehusaba su auxilio, y luego se dedicó a intentar apagar el fuego de la habitación utilizando un pequeño extintor sujeto a la pared. El fuego anaranjado fue rápidamente sustituido por la suave capa blanca de la espuma, y del incendio tan solo quedaron algunos restos ennegrecidos y el olor a chamuscado.

–Amigos, les presento a nuestro desconocido MGR, monseñor Lucius Ludovic, el bienamado Obispo de Hollow City –dijo solemnemente Espectro–. Y que estoy seguro de que tendrá una buena historia que contarnos, ¿no creen?

Su Ilustrísima, al cual ya no le quedaba resto alguno de dignidad, intentó balbucear algunas palabras de excusa, pero de nada le sirvió ante las miradas inquisitivas de los tres hombres que permanecían allí con él, esperando una respuesta.

Había llegado el momento de desvelar los secretos enterrados en el pasado, revelar los actos horribles que había querido mantener ocultos y que ahora volvían para atormentar su alma impura.

 ***

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