EL ASESINATO DEL PADRE FRANKLIN (Parte 3)

Publicado: 18 septiembre, 2012 en Historias, Hollow City, Relatos, Sin categoría, Sobrenatural

LOBOS

Aquella noche la luna permanecía invisible al haber sido engullida por la espesa capa de nubes negras que presagiaban una inminente tormenta sobre Hollow City. Los primeros indicios ya habían comenzado, pues un viento gélido azotaba con violencia las calles del barrio de Sawmill Street, acompañado por las primeras gotas de lluvia que pronto se transformarían en un verdadero aguacero. Sin embargo, el estado del clima era algo que de momento no preocupaban a las tres personas que en aquellos instantes se encontraban a salvo de la tormenta, reunidos en el sótano de la tienda de antigüedades de John Reeves. Su dueño intercambiaba opiniones con los otros dos individuos presentes, el escritor Vic page y el justiciero Espectro, y el resultado parecía cosa de locos.

Tras compartir toda la información obtenida de la fotografía, el disco duro y el diario, parecía que los tres aventureros habían desvelado una historia que había quedado oculta bajo el paso del tiempo. Una terrible crónica de horror y muerte donde se hallaba involucrado un joven Padre Franklin, que seguramente había sido asesinado por alguien que también era conocedor de aquel terrible suceso. ¿Pero qué era lo que habían sacado en claro tras examinar todas las pistas?

–Así que el padre Franklin y varios sacerdotes más, seguramente todos ellos jóvenes y brillantes en algún aspecto, fueron reclutados sin saberlo para participar en el llamado Proyecto Arcángel, y que presuntamente fue llevado a cabo en algún lugar cerca de un pueblo rural del sur de Alemania llamado Beinch. ¿Correcto? –preguntó Reeves, más para sí que para los demás.

–Eso parece –contestó Page–. Tanto la fotografía como el diario indican que fue muy amigo del tal Muller, que debió sucumbir junto al resto de integrantes del proyecto. Lo que me intriga es qué diantres esperaban conseguir intentando finalizar un experimento secreto de los nazis, no lo entiendo.

–Si los militares estaban en el ajo, es que buscaban algún tipo de arma, una fuente de energía, o algo similar –intervino Espectro, que se paseaba por el sótano observando con interés todas las reliquias que guardaba allí el anticuario–. En resumen, lo mismo que todos, poder. Lo que yo me pregunto es por qué necesitarían a los sacerdotes.

–Creo que puedo responderte a eso –dijo Reeves–. Los símbolos que aparecen en la foto de Saint Patrick que tomaste, escritos con la sangre de la propia víctima, tienen un significado esotérico. Están relacionados con libros satánicos que hablan de Dios y el Diablo, de los ángeles y los demonios, del Cielo y el Infierno. No sé exactamente cuál sería el arma que esperaban conseguir los nazis en 1940, o los militares del Proyecto Arcángel en 1970, pero obviamente tenía un significado religioso, al menos en parte.

–¿Y qué hay de ese tal “MGR”? –lanzó Page–. Si se mantenía en contacto con él e iban a mantener una reunión, puede que sea el asesino. Además, obviamente es uno de los supervivientes del experimento.

–No lo creo –contestó Espectro–. En el email lo cita como “querido amigo”, mientras que en la ampliación de la foto aparece la expresión “Traidor”. Además, en el email el padre Franklin se refiere a un tercero, Él. Alguien conocido tanto por él mismo como por MGR, alguien que también debió participar en el Proyecto Arcángel.

–Pues las únicas dos pistas que nos quedan son los supervivientes, el Padre Lucius y ese tal Sanders. Y también está el hecho de que el Padre Franklin parecía estar siendo vigilado por la Banda del Lobo, esos delincuentes que se creen los amos de las calles de Hollow City. ¿Qué pintarán esos tipos en todo este embrollo? –preguntó el anticuario, pensativo.

–Se trata de una banda callejera un tanto peculiar, pues se cuenta que sus miembros practican ciertos ritos satánicos. Si tienen algo que ver con la muerte del Padre Franklin, lo pagarán muy caro –al decir esto, la mirada de Page reveló parte de su personalidad oculta, su yo justiciero que pugnaba por salir libre en momentos como aquel.

–Entonces, sugiero que sigamos nuestra opción más clara. Creo que es la hora de hacer una visita a la familia de la desaparecida Julie Sanders. Si su caso no tiene nada que ver con la muerte del Padre Franklin, al menos habremos descartado una posibilidad –propuso Espectro.

Page y Reeves asintieron, y los tres salieron al exterior, encontrándose con el inicio de la tormenta. Mientras cada uno iba en busca de su propio coche, se dieron cuenta de que nadie había dicho nada de ir a la policía y contar lo que sabían. Ninguno confiaba en ella, y preferían emplear sus propios métodos para resolver aquella misión que el destino les había encargado. Además, la policía de Hollow City tenía fama de estar corrupta, y encima estaba el hecho de que tampoco harían mucho caso de lo que pudiesen decir un justiciero enmascarado, un anticuario con fama de estar algo chalado y un escritor de tres al cuarto que se ganaba la vida contando historias descabelladas. Los candidatos perfectos para ir derechos a un manicomio, si es que directamente no los encerraban en una húmeda y lúgubre celda por ser los asesinos.

Era mejor hacer las cosas a su manera. Había llegado el momento de ver cuánto podía dar de sí cada uno de ellos. Era la hora de pasar a la acción.

 ***

La noche se había hecho más oscura por culpa de la lluvia, que ahora caía con fuerza desde el cielo encapotado. La calle estaba casi totalmente desierta, apenas unos pocos viandantes sorprendidos por la tormenta marchaban todo lo rápido que podían buscando cobijarse del furioso aguacero, intentando evitar los grandes charcos que se formaban en el suelo del barrio de Silver Heights. Aquella zona situada cerca del centro no era desde luego el lujoso barrio de Atherthon, pero al menos su categoría superaba la de Sawmill Street o Green Leaf. Un buen lugar como cualquier otro donde perderse, o mejor aún, donde vivir oculto y pasar desapercibido.

Delante del número 23, un pequeño edificio vetusto de paredes marrones mezcladas con ventanas enrejadas y oxidadas, dos coches llegaron en mitad de aquella noche tempestuosa, apagando las luces al estacionar en un lugar cercano. Del Lincoln del 71 de color azul oscuro se bajó cojeando el anticuario John Reeves, utilizando un brazo para apoyarse en su bastón y el otro para sujetar un paraguas que le cobijaba de la lluvia. Del Buick Century de color gris se apeó el periodista Vic Page, vestido con sombrero y gabardina, que corrió a resguardarse en el portal del edificio tras su compañero.

–¿Seguro que es aquí? –preguntó Reeves al periodista, mientras cerraba el paraguas empapado tras sacudirlo un poco.

–Es lo que me ha dicho mi contacto del American Chronicles –respondió Page, que había conseguido la dirección de la desaparecida Julie Sanders gracias al periodista que había publicado el artículo.

Buscando en el panel de los botones de llamada, pronto encontraron el que buscaban, con el nombre de J. Sanders grabado sobre la correspondiente lámina azulada. Page pulsó el botón, y tras unos segundos contestó la voz vacilante y preocupada de una mujer.

–¿Si? –preguntó la voz femenina.

–Soy Vic Page, del American Chronicles. Desearía hablar con el señor Sanders sobre la desaparición de su hija.

–Ya les hemos contado todo lo que sabemos, tanto a la policía cono a la prensa –contestó la mujer, más angustiada que enfadada–. Por favor, déjenos en paz.

–Lo siento mucho señora, no pretendo molestarles –insistió Page–. Solo quiero hacerles unas pocas preguntas que arrojen un poco más de luz sobre el paradero de su hija. Seré breve y discreto, se lo prometo, tan solo quiero ayudar.

–Váyase y deje de incordiar –soltó la mujer, y después se oyó el chasquido del intercomunicador que señalaba el fin de la comunicación.

Page volvió a pulsar el botón, pero no obtuvo respuesta.

–Esto es muy extraño –dijo Reeves, frunciendo el ceño–. Desaparece su hija, acuden a la policía y a la prensa, y poco después no quieren saber nada más del asunto. Esto me huele a algo.

–¿Cansancio? ¿Desánimo? ¿Tal vez desaliento? –inquirió Page.

–Miedo –contestó el anticuario.

Page y Reeves intercambiaron miradas, y al final decidieron forzar la sencilla cerradura que protegía la entrada al edificio, dirigiéndose hacia las escaleras que conducían al tercer piso en busca del apartamento de los Sanders. Una vez ante la puerta de la vivienda, Page llamó al timbre una y otra vez, hasta que su insistencia obtuvo resultado. La puerta se abrió, y una mujer cercana a la cincuentena y vestida con una bata sucia y de ir por casa asomó su demacrado rostro por ella.

–Ya he dicho que no quiero saber nada del asunto, déjenos en paz con nuestros problemas –dijo aquella mujer, con ojos temblorosos que empezaban a cubrirse de lágrimas.

–Señora, estamos aquí para ayudarles. Sabemos que nadie en esta ciudad moverá un dedo para buscar a su hija, pero nosotros si lo haremos. Solo queremos hablar son su marido, el señor Sanders –Page habló a la mujer con el tono más suave y condescendiente que pudo.

–No lo entienden, John no está en casa. Mi marido no podrá ayudarles…¡porque él también ha desaparecido!

Y ante las caras estupefactas del anticuario y del periodista, la señora Sanders no pudo más y se dejó llevar por sus emociones, abandonándose a un terrible llanto que amenazaba con imitar el torrente de agua que manaba de la tormenta, allá fuera en la oscuridad exterior.

 ***

Delante del edificio donde residían los Sanders, en el tejado de un establecimiento de comida rápida, una sombra se refugiaba del fragor de la tempestad bajo la escasa protección de un enorme cartel agujereado que servía de reclamo para los posibles clientes. La silueta se camuflaba perfectamente en la oscuridad gracias a su traje oscuro y su capa grande y negra, la cual la envolvía a la perfección. Desde aquel punto estratégico, la sombra podía vigilar perfectamente la entrada y salida de vehículos y personas que se acercasen a la vivienda de los Sanders. Aunque estar de guardia en aquel temporal de agua y viento era algo que pocos soportarían, el individuo de la capa estaba acostumbrado a ello. Cuantas veces había hecho algo similar, acechar pacientemente a sus objetivos hasta encontrar el momento adecuado para acercarse a ellos y realizar el acto final, consumando el acto de la venganza. «La paciencia lleva a la perfección», le había dicho su maestro mientras le aleccionaba en el milenario arte del ninjitsu.

Bajo su máscara de Espectro, Eduard Kraine sonrió al recordar como vengó la muerte de su mentor. De ello no hacía mucho, pues fue justo antes de regresar a Hollow City. Kraine había llevado muy mal la muerte en accidente de sus padres, iniciando un viaje sin rumbo hacia el caos y la ruina, viajando de un lugar a otro buscando algo que aliviara su espíritu roto y su alma atormentada. Y su vida podía haber naufragado del todo en un mar de desorden y confusión de no haber aparecido Koshiro Katshume. Aquel hombre le salvó la vida, le proporcionó la paz que ansiaba, y fue como un segundo padre para él. El joven Kraine fue adiestrado en la mística Senda de las Sombras por Katshume, y cuando el gran maestro fue asesinado, utilizó todo lo aprendido para vengar su muerte. En una noche oscura y siniestra como aquella en la que ahora se encontraba, Kraine aguardó con paciencia y aguante hasta encontrar una fisura en la bien protegida casa del clan de los Dragones Rojos. Después de acabar con todos ellos él solo, Kraine se encontró cara a cara con su líder, Kenzo Kasamoto, el cual tembló de miedo al confundirle con un fantasma. Un segundo después su cabeza cercenada rodaba por el suelo enmoquetado, esparciendo la sangre por todos los rincones de la habitación. Su maestro había sido vengado, pero al mismo tiempo había nacido el justiciero Espectro. Y si en el mundo había un lugar que necesitase más justicia que cualquier otro, ese era la ciudad de Hollow City.

Bajo el estruendo de la tormenta, el sonido lejano de varios motores rugiendo juntos despejó los pensamientos de Espectro. El vengador enmascarado usó unos pequeños binoculares que llevaba en su cinturón y oteó con ellos en busca del origen de aquel ruido. Justo donde comenzaba Silver Heights había un grupo de cuatro motoristas, lo cual no sería extraño de no ser porque nadie en su sano juicio conduciría una motocicleta con aquel tiempo infausto. Conforme iban acercándose de este a oeste en su dirección, Espectro observó que los cuatro individuos motorizados llevaban chaquetas oscuras con cadenas y otros adornos, y en sus vehículos se perfilaba el mismo dibujo: un colmillo bañado en sangre. No necesitó ver sus rostros de mirada desafiante, sus largas barbas greñudas o sus brazos cubiertos de extraños tatuajes para saber quiénes eran.

La Banda del Lobo había llegado.

 ***

Vic Page y John Reeves salieron del edificio, encontrándose con el frío abrazo de la tormenta que les esperaba. Ambos permanecían en un silencio sórdido, después de haber hablado con la señora Sanders. Aunque al principio mostró una actitud distante, sumida en el dolor y en el llanto, poco a poco la habilidad de Page la incitó a calmarse y recuperar fuerzas, tras lo cual llegó el momento en que el velo de la desconfianza se rompió por culpa de la desesperanza. La buena mujer les contó todo lo que sabía, revelando que todo había comenzado con la desaparición de su hija, Julie Sanders. Sus padres habían acudido a la policía y a la prensa, pero se habían tropezado con la indiferencia de unos y otros. Luego comenzaron las llamadas extrañas y amenazantes, que siempre se empeñaba en responder el padre de Julie, John Sanders. Al parecer, John se autoinculpaba de la desaparición de Julie,  diciendo que todo se debía a ciertos asuntos de un oscuro pasado que creía haber dejado atrás, pero que ahora regresaban para atormentarle. Y por último, en la tarde del día anterior, unos hombres con pinta de matones vinieron montados en motocicletas con decoraciones extravagantes, exigiendo a John Sanders que les acompañara. Dijeron que solo sería temporalmente, y que si se negaba le harían daño a Julie. La mujer rompió a llorar al recordar la mirada de despedida de su marido, el cual le dijo que no dijera nada de todo aquello a la policía. Los hombres se marcharon con su marido, no sin antes avisarla de que la estarían vigilando.

Reeves y Page preguntaron a la señora Sanders en que trabajaba su marido, y ella contestó diciendo que era un simple científico de una empresa dedicada a fabricar productos de alta tecnología, aunque antes había sido un hombre importante. Y, efectivamente, de joven había estado una vez en Alemania, aunque no hablaba nunca de ello porque le turbaba muchísimo. Tras despedirse de la señora Sanders y prometerla que harían todo lo posible por ayudar a su marido y a su hija, Page y Reeves se marcharon.

Tenían a su hombre, efectivamente era el Sanders que buscaban, el que aparecía nombrado en el diario del asesinado Padre Franklin. Uno de los supervivientes del fallido experimento llamado Proyecto Arcángel. Al parecer, unos individuos habían secuestrado a la hija para obligar al padre a irse con ellos, y debían de tratarse de los mismos que estaban tras la muerte del sacerdote. ¿Pero cómo encontrar a esos individuos?

Eso es lo que se preguntaban ambos aventureros cuando comenzaron a adentrarse en la noche lluviosa, en busca de su compañero Espectro al que habían dejado vigilando en el exterior debido a su vestimenta pintoresca y su fama de justiciero vengativo. Pero lo que no podían imaginar es que la respuesta a esa pregunta la iban encontrar en aquel mismo instante, justo delante de sus propias narices.

La intensa luz de un relámpago cruzó el cielo acompañado de un desgarrador trueno, iluminando la tensa escena que se desarrollaba bajo la lluvia. Como si fuese una secuencia rodada a cámara lenta, los cuatro jinetes motorizados pasaron por delante del portal del edificio de los Sanders, justo en el momento en que Reeves y Page salían a la intemperie. Las miradas de los dos grupos se cruzaron un solo instante fugaz, un momento crucial en el que se dieron cuenta de que algo andaba mal. Un segundo trueno rompió los cielos, y enseguida todo se desbordó.

Los miembros de la Banda del Lobo dieron media vuelta para encararse hacia los dos investigadores, mostrando su habilidad a la hora de manejar las motos en aquel resbaladizo y húmedo asfalto. Rápidamente aceleraron para intentar embestirles a toda velocidad, pero tanto Page como Reeves se lanzaron rodando por el suelo para evitar el impacto. Mientras se levantaban para recuperarse, observaron que los jinetes maniobraban para realizar una segunda embestida. Apuntándoles con los cegadores focos de sus vehículos, los motoristas se lanzaron alocadamente en parejas sobre los aventureros, los cuales demostraron no estar precisamente desvalidos.

Vic Page desenfundó el revólver Calibre 38 Especial que guardaba bajo su abrigo, apuntando con gran serenidad a uno de los matones a pesar de la borrasca que lo azotaba con gran intensidad. Apretó con firmeza el gatillo, y la bala salió disparada por el cañón con una rapidez y precisión mortal, alcanzando el lado derecho de la cabeza de su objetivo. El jinete-lobo aún permaneció montado sobre su motocicleta unos segundos, a pesar de que ya era un cadáver, hasta que el vehículo se estrelló contra un coche aparcado al otro lado de la calle.

El segundo de los motoristas se lanzó sobre John Reeves mientras esgrimía un cuchillo montañés de grandes dimensiones para intentar cortarle al pasar por su lado, pero se encontró con una sorpresa inesperada. Un instante antes de llegar hasta el anticuario, éste desenfundó la hoja delgada y afilada que se ocultaba en el interior de su bastón, y el destello de un relámpago se reflejó en la superficie del brillante acero iluminando brevemente la dura mirada del anticuario. En un santiamén el cuerpo degollado del motorista caía sobre el suelo encharcado, mientras su moto resbalaba bajo la cortina de lluvia perdiendo poco a poco velocidad en la misma medida en que su piloto iba perdiendo la vida.

Un tercer maleante sacó una gruesa cadena y la enarboló con su mano izquierda mientras con la derecha abría el gas de su moto a fondo, haciendo rugir el motor del vehículo como una bestia herida. Iba a pillar desprevenidos a los dos héroes con su ataque cuando de repente un punto centelleó en el aire, un pequeño objeto metálico que atravesó oscuridad, lluvia y viento para terminar hundiéndose en el brazo derecho del motorista. El miembro de la Banda del Lobo aulló de dolor al ser herido por aquella estrella metálica con puntas afiladas, y al perder el control del vehículo tanto la máquina como su piloto sufrieron una caída aparatosa. El motorista dio varias vueltas por el suelo, terminando empapado y dolorido en una posición incómoda. Pero no tuvo tiempo de ponerse en pie, pues una sombra se movió veloz hacia él, y lo último que vio fue una capa negra que ondeaba al son del viento, una máscara oscura iluminada por dos carbones encendidos y un puño enguantado que se incrustó en su cabeza. Luego el dolor desapareció, y el maleante quedó sumido en el abismo de la inconsciencia, un profundo sueño del que tardaría varios días en despertar.

Solo quedaba un cuarto motorista, el cual observaba asombrado como Vic Page, John Reeves y Espectro habían acabado en un momento con sus compañeros. Sin pensarlo dos veces dio media vuelta para tratar de huir, pero antes de poder coger velocidad suficiente para ello Vic Page disparó hacia el neumático trasero, reventándolo. El malhechor cayó al suelo, sacando una escopeta recortada de un compartimento de la moto, aunque Espectro se le adelantó desarmándole de una grácil patada en la mano. Reeves remató la faena colocando la punta de su acero afilado en el cuello del rufián, mientras con la mirada le desafiaba a oponer resistencia, lo cual evidentemente no hizo.

–Así que sois de la famosa Banda del Lobo –dijo el anticuario–. ¿Por qué nos habéis atacado?

El motorista no dijo nada, limitándose a insultarles a todos con grandes blasfemias. Era evidente que no iba a colaborar de buen grado, y sería necesario usar ciertas dotes de convicción para hacerle hablar.

–Debían estar aquí para vigilar a la señora Sanders –Page se volvió hacia Espectro–. Así que al final tenías razón, el padre de la desaparecida Julie Sanders es el científico que menciona el diario del Padre Franklin, y estos tipos los tienen retenidos a ambos, aunque no sabemos el propósito.

–Seguro que nuestro amigo sabe el motivo, y también donde los retienen –dijo Espectro con la voz distorsionada gracias a la máscara que ocultaba su rostro.

–Pues no os voy a decir una mierda, jodidos cabrones –el bandido lanzó una risotada burlona y luego escupió al aire de forma desafiante.

Entonces Espectro se acercó amenazadoramente, haciendo que su máscara rozase la cara barbuda del motorista, provocando que éste se echase atrás con el temor reflejado en su rostro.

–Hablarás –susurró con un dejo extraño e intimidatorio el justiciero enmascarado–. Ya lo creo que hablarás.

Para sorpresa de sus dos compañeros, Espectro agarró con fuerza al esbirro y lo arrastró a golpes por la calle, llevándolo hacia unas escaleras que descendían hacia una solitaria estación de metro que había visto cuando estaba montando guardia. El anticuario y el periodista se miraron sin saber muy bien que hacer y decidieron seguirlos, entrando todos en el túnel bajo el suelo. Al pasar por delante de una cámara de seguridad, Page colocó el sombrero de forma que ocultase sus facciones mientras que Reeves se levantó el cuello del abrigo y ladeaba la cabeza para esconder el rostro. Espectro no se molestó en evitar la cámara, pues la identidad del millonario Eduard Kraine quedaba encubierta bajo su alter ego.

Los cuatro hombres entraron en el recinto del lavabo de caballeros, dando gracias todos menos uno de que no había nadie allí en aquel momento. Espectro cogió al motorista por el cuello y lo levantó del suelo, golpeándole la cabeza contra el sucio espejo del baño. El cristal se rompió en varios pedazos, y el esbirro gritó de dolor, retorciéndose bajo la férrea presa del justiciero.

–Habla, puedo seguir golpeándote toda la noche –amenazó Espectro.

–Tal vez esta no sea la mejor forma de obtener información –dijo Page, que no acababa de estar convencido de los métodos de Espectro.

–Ahora mismo no tenemos otra opción, ¿no crees? –dijo John Reeves–. No podemos dejárselo a la policía, ya sabes de sobra que tardarían una eternidad en sacarle algo a este idiota, y eso si antes no consigue libarse gracias a algún picapleitos listillo. Imagina lo que pueden estar haciendo sus compañeros sectarios a la chica y a su padre, no creo que el tiempo juegue a nuestro favor.

Mientras el periodista y el anticuario dialogaban, Espectro se dedicaba a castigar al malhechor llenando su cuerpo de cardenales. Lo empujó con violencia de una pared a otra, le torció una muñeca en un giro inverosímil, le propinó un par de puñetazos en la cara y en el estómago, e incluso le aplicó una poderosa llave de artes marciales llamada nikkyo, consistente en retorcer la muñeca y el codo para provocar un dolor insoportable. Para sorpresa de todos, el prisionero aguantó todo el “tratamiento” del justiciero, riéndose en sus narices mientras escupía sangre a través de sus labios partidos.

–¿Eso es todo lo que sabes hacer, fantoche? –se burló el bandido–. Sabed que hagáis lo que hagáis, no podréis evitar que la Bestia, nuestro amado Señor de la Oscuridad, obtenga al fin su venganza. El sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas. El sello de la prisión se romperá, y los ejércitos del mal se abalanzarán implacablemente sobre el mundo, extendiendo a su paso un mar de caos y corrupción que lo cambiará para siempre. El Bien se hará el Mal, el ángel se transformará en demonio, y el Cielo azul será para siempre el Infierno llameante.

Tras pronunciar aquellas palabras místicas en un tono cercano al fanatismo demencial, el motorista comenzó a reír con carcajadas siniestras. Fue entonces cuando Espectro no pudo más, y dejándose llevar por la furia le clavó una mirada vengativa:

–¿Quieres ver el Infierno? Pues yo te lo voy a mostrar de cerca.

Y acto seguido el justiciero lo obligó a meter la cabeza en el interior de uno de los mugrientos retretes, para a continuación tirar de la cadena. Mientras John Reeves movió los labios para formar una sonrisa irónica aprobatoria, Vic Page abrió los ojos desorbitadamente ante la terrible impresión de aquel acto. El pequeño recinto se llenó de los gorgoteos del matón que rápidamente iba asfixiándose, mientras el justiciero mantenía su presa sin mostrar ningún signo de que fuese a aflojarla. Al sentir la agonía de la sustitución del oxígeno en sus pulmones por el agua del inodoro, el bandido movió las piernas espasmódicamente, por lo que Reeves le sujetó las piernas para terminar de inmovilizarlo ante la atónita mirada de Page.

Oscuros pensamientos fueron sucediéndose fugazmente en la mente de Espectro, como páginas manchadas de un libro que iban solapándose una encima de otra, turbando su espíritu. Veía el rostro de asesinos, psicópatas, violadores y demás delincuentes de baja estofa que se burlaban de él, individuos pertenecientes a la peor calaña posible que siempre salían indemnes de sus fechorías, esquivando el débil abrazo de la ley. Aquellos criminales siempre quedaban por encima del sistema, se creían impunes ante la justicia, y eso era algo que había que remediar. Había que devolver golpe por golpe, había que contratacar con fuerza, aplastar el crimen, destrozarlo completamente, aniquilarlo hasta que no quedase más que cenizas, hasta que la última rata de la ciudad quedase exterminada…

–Creo que ya está bien, si muere no podrá decirnos nada –dijo Vic Page, posando suavemente una mano en el hombro de Espectro para tranquilizarlo.

El justiciero salió de su éxtasis de ira al advertir el contacto del periodista, y al darse cuenta de lo que estaba haciendo soltó al malhechor y dio un paso atrás, aturdido por el impacto de haber estado a punto de rebasar la fina línea que separa el bien y el mal. Una cosa era luchar contra los delincuentes con sus mismas armas, y otra bien distinta rebajarse a convertirse en uno de ellos.

Reeves también liberó las piernas del hombre, y aunque era de la opinión de que el fin justificaba los medios, al verlo completamente inmóvil no pudo dejar de pensar que tal vez se habían pasado un poco.

Page se arrodilló junto al cuerpo del motorista, retirando su cabeza de la sucia taza, y respiró aliviado al ver que sus temores eran infundados, pues aunque el hombre había quedado inconsciente aún estaba vivo.

Fue justo en ese momento cuando dos individuos vestidos con ropas inmundas y que apestaban a alcohol y vómito entraron de repente en el lavabo, en busca de un lugar donde pasar la noche a salvo de la tormenta. Los ojos de los dos vagabundos se abrieron de par en par al contemplar aquella chocante escena: un hombre embozado en un abrigo negro, un individuo disfrazado con un extraño traje y una larga capa, y otro arrodillado al lado de un supuesto cadáver con la cabeza empapada. Los recién llegados pusieron pies en polvorosa lanzando gritos de pavor, mientras los tres aventureros se daban cuenta de que ya no podían hacer otra cosa más que huir de allí.

Abandonando a su pesar al prisionero inconsciente, Espectro, Page y Reeves corrieron rápidamente abandonando los lavabos para intentar llegar hasta la salida de la estación de metro, pero se encontraron con un problema en forma de varios fornidos guardias de seguridad. Alertados por los gritos de los vagabundos, los celadores desenfundaron sus armas reglamentarias para intentar intimidar a los tres aventureros, pero no pudieron hacer nada frente a una nueva sorpresa de Espectro. El justiciero arrojó con presteza a los pies de los guardias unas pequeñas cápsulas que al chocar contra el suelo liberaron un estallido cegador al que le siguió una nube de humo denso, siguiendo la tradición de las antiguas kemuridama de los ninjas medievales. Cuando los sorprendidos guardias pudieron recuperarse del ataque, ya era demasiado tarde. Tras los restos de la humareda ya no quedaba vestigio alguno de los héroes, los cuales se retiraron rápidamente hacia sus respectivos vehículos para marcharse de allí a toda velocidad.

Nuevos misterios se añadían a los ya revelados, como la mención de la Bestia, las misteriosas palabras apocalípticas del motorista, o el paradero desconocido de Julie y John Sanders. ¿Podrían los héroes enfrentarse ellos solos contra todo aquel asunto, antes de que fuese demasiado tarde? ¿Lograrían resolver el enigma antes de quedar consumidos por la llama de la venganza? Aquella era la pregunta que rondaba por las mentes de Espectro, Vic Page y John Reeves cuando se adentraron en lo más profundo de la noche tormentosa que azotaba las calles de Hollow City.

 ***

Anuncios

Los comentarios están cerrados.