EL ASESINATO DEL PADRE FRANKLIN (Parte 2)

Publicado: 1 septiembre, 2012 en Historias, Hollow City, Relatos, Sin categoría, Sobrenatural

PISTAS

Al día siguiente Hollow City amaneció revuelta por culpa del crimen del Padre Franklin. Todos los medios de comunicación se hicieron eco de la noticia del asesinato, y dado el manto de secretismo que las autoridades habían echado sobre el caso los rumores no paraban de sucederse. Lo único seguro era que el sacerdote encargado de la Iglesia de Saint Patrick había muerto asesinado, pero ni la forma de la muerte ni los motivos estaban aún claros. Por supuesto, se había ocultado a los medios lo de la crucifixión y los símbolos escritos con la sangre de la víctima, pues eran detalles que el público no debía conocer.

Evidentemente, el Vaticano había presionado para que el caso se resolviese de forma rápida y secreta, y el Obispo de Hollow City, monseñor Ludovic, se había puesto en contacto con el Alcalde Mallory para dejar claro el tema. A su vez, Mallory le había cantado las cuarenta al Comisario Howard para que diese prioridad al caso, dejando caer la importancia de que las elecciones estaban a la vuelta de la esquina. Y a su vez, Howard le pasó la patata caliente a los policías encargados del caso, apremiándoles en su resolución.

También se hizo oficial que el entierro del padre Franklin se haría al día siguiente, y que el propio Obispo Ludovic sería el encargado de oficiar la ceremonia en honor del difunto, una misa que se haría a puertas abiertas para que todo aquel que quisiera pudiese ofrecer sus respetos al fallecido. El lugar de la celebración iba a ser la catedral de Saint Michelle, situada en pleno centro de la ciudad y sede del obispado de Hollow City.

La gente reaccionó de diversas formas ante la noticia de la muerte del Padre Franklin. Unos creían que se trataba de un caso más de la violencia que reinaba en las calles, otros pensaban que era fruto de algún perturbado que odiaba a la iglesia. Pero todos coincidían en que era un crimen salvaje matar a un hombre inocente de Dios, y que ya iba siendo hora de que las autoridades hiciesen algo. El asesinato del sacerdote había vuelto a traer a la actualidad los temas habituales en Hollow City: inseguridad ciudadana, impunidad criminal, inutilidad policial y desconfianza en el sistema.

Pero lo que nadie sabía era que aquel crimen había propiciado una extraña alianza, y que por ello habían tres individuos que estaban realizando por su cuenta una investigación paralela a la de la policía. Una investigación que pronto daría sus frutos.

***

John Reeves se bajó de su viejo Lincoln para adentrarse en una calle llena de basura y suciedad. En aquel barrio la mayoría de las casas estaban a mitad de construir, ya que los directivos de la empresa constructora habían salido corriendo con el dinero dejando las obras a medias, dejando sin casa y sin dinero a un montón de ciudadanos honrados y trabajadores a los que sólo les quedaba el consuelo de esperar el resultado favorable de un largo y costoso proceso judicial.

Pero alguien más había salido ganando, y era el extenso grupo de los okupas, que habían invadido masivamente todo aquel conglomerado de casas vacías, convirtiéndolas en sus hogares. Paredes pintadas con grafitis de todos los colores y tamaños posibles se unían a los huecos de ventanas inexistentes cubiertas con plásticos o maderas, en un intento de imitar una vivienda digna. Donde no habían puertas se levantaban barricadas, e incluso donde sólo habían paredes sin techo los okupas se arrinconaban en destartaladas tiendas de campaña, o incluso bajo estructuras inestables fabricadas por ellos mismos.

Sorteando aquellas míseras viviendas e ignorando las miradas de desconfianza que le lanzaban sus ocupantes, el anticuario recorrió las calles de aquel barrio hasta que se detuvo frente a una casa de tres plantas, cuya fachada estaba llena de pintadas esperpénticas y donde se ubicaba una puerta bajo un viejo letrero de madera torcido y desgastado: “La Guarida”. Dos jóvenes de apenas 16 o 17 años con melenas sucias y largas se hallaban delante de la entrada, ocupados en la tarea de liar algo que no era precisamente un cigarrillo. Reeves se dirigió hacia la casa con decisión, y los jóvenes dejaron lo que estaban haciendo para mirarle con una mezcla de enfado y sorpresa.

–Eh, tú, ¿es que no sabes que no se puede pasar? Esto es zona privada, tío –dijo uno de los chicos.

–Cierra el pico, idiota, y esfúmate junto con tu amigo antes de que me enfade –contestó Reeves, sin dejar de avanzar.

–¿Ah, sí? Pues ahora verás, viejo –dijo el otro de los jóvenes.

Ambos se lanzaron contra Reeves en actitud claramente violenta, aunque desarmados, para persuadir al intruso de que se alejara. Pero lo que no sospecharon era que aquel hombre cojo y con bastón se moviese tan rápido. Con un tirón de su brazo izquierdo ayudado por la colocación de su bastón tras el pie de uno de los chicos, Reeves derribó al primero de ellos como si fuese un niño pequeño. Esquivando la acometida del segundo, el anticuario le puso la zancadilla al mismo tiempo que rápidamente le empujaba con todas sus fuerzas, haciéndole morder el polvo. Luego, sin perder la compostura, pateó la vieja puerta  de madera y entró en La Guarida.

Aquel lugar estaba oscuro y apestaba a humo de todos los tipos, pero Reeves se orientó a la perfección demostrando que ya había estado en aquel lugar en ocasiones anteriores, aunque hacía mucho tiempo desde la última vez. Tras apartar unas cortinas cuyo color quedaba oculto bajo una espesa y mugrienta capa de suciedad, Reeves se internó en el salón principal, donde un grupo de casi una docena de chicos y chicas jóvenes estaban escuchando a los Red Demons a través de un equipo estéreo de alta calidad, mientras algunos de ellos jugaban a extraños juegos de mesa empleando dados poliédricos y gritando una jerga incomprensible con palabras como “crítico”, “pifia” y “puntos de vida”.

–Busco a Marianne –dijo con cara de pocos amigos el anticuario.

–¿Eres el viejo de la tienda de cosas raras, no? –preguntó una chica con el pelo casi totalmente afeitado.

Reeves asintió, al parecer aún le recordaban en aquel lugar. Esperaba que Marianne, la jefa de aquella pandilla de rebeldes, hiciese lo mismo. La joven de pelo corto llevó al anticuario hasta una puerta, la abrió y tras un pequeño pasillo llegaron hasta unas escaleras que conducían al piso de arriba. En aquella zona de la casa el ambiente era más respirable, y también había más luz. Sorteando a dos de aquellos adolescentes que al parecer montaban guardia delante de una puerta de color blanco, la joven golpeó la puerta y se abrió una mirilla, desde donde les contemplaron unos hermosos ojos azules femeninos.

La mirilla se cerró, y acto seguido la puerta blanca se abrió, revelando el corazón de La Guarida. Reeves se encontró contemplando a una joven de cabellos rubios rizados, con la cara maquillada de color blanquecino y con los labios pintados de negro. Su bello rostro se hallaba decorado con multitud de piercings, que hacían conjunto con los ribetes metálicos que adornaban sus ropas de color oscuro. Era Marianne, la bella y gótica líder de los miembros de la Guarida.

–Hola, Reeves, ¿qué tal te va? –saludó la chica.

–Mejor que a vosotros, por lo que veo –contestó el anticuario.

Reeves echó un vistazo a la amplia habitación, donde un grupo de aquellos adolescentes iban y venían frenéticamente de un lado a otro, entre un caos de ordenadores dispersos sin sentido, estanterías repletas de papeles y documentos y mesas atiborradas de restos de pizza, café y cerveza. Todo seguía igual, como si el tiempo no hubiese pasado desde que Reeves entró en aquella habitación tiempo atrás, buscando información para localizar a uno de sus objetivos. Y es que La Guarida no era una casa más de okupas, era un sitio muy especial. Era el centro neurálgico de una organización cuyos miembros eran un puñado de jóvenes aficionados a los misterios, las conspiraciones, el mundo del ocultismo y en general a todo lo relacionado con lo paranormal.

Reeves dio unos pasos hacia la pared del fondo de la sala, donde se hallaba el “Pastel”, un enorme tablón de corcho que abarcaba toda la superficie y que servía para colocar fotos, recortes de prensa, reseñas de libros, órdenes de búsqueda y captura, y documentos varios relacionados todos con lo sobrenatural. Cientos de papeles se acumulaban sobre aquel tablón, luchando entre ellos para hacerse con un hueco en el apretujado espacio de que disponían, demostrando que en Hollow City ocurrían más casos extraños de lo que las autoridades reconocían. Reeves observó que en el centro estaba la noticia de la reciente desaparición de una joven llamada Julie Sanders, vista por última vez al salir de una biblioteca cercana a su domicilio. La ciudad se estaba convirtiendo en un auténtico escenario de pesadilla donde el Diablo campaba a sus anchas, y eso era algo que había que detener a toda costa.

Aunque el anticuario odiaba admitirlo, aquellos críos chalados no sólo se dedicaban a beber cerveza, fumar porros y contar historietas de monstruos. Poseían contactos, fuentes de información, y contaban con tecnología avanzada pues muchos de sus integrantes eran hijos de familias ricas. Y por eso él había acudido allí, pese a sus reticencias con aquel grupo.

–Necesito ayuda con esto –dijo Reeves, enseñando a Marianne la foto que había conseguido en el dormitorio del Padre Franklin.

–Ya me imaginaba algo así –contestó la joven, sonriendo–. Déjame ver.

Marianne examinó la foto, que mostraba al Padre Franklin con muchos años menos junto al sacerdote de los fríos ojos azules.

–A simple vista parecen dos jóvenes sacerdotes, fotografiándose delante de una feria o algo así. El de la izquierda me suena de algo, pero el de la derecha ni idea…incluso da un poco de repelús verlo, como si te estuviera mirando directamente a los ojos. ¿Puedes contarme algo más? –preguntó la muchacha.

–El de la izquierda es el Padre Franklin, ya sabes, el que han encontrado muerto en la iglesia. El otro es el que me intriga.

–¡Jo, tío, no pierdes el tiempo! Matan a un cura y al día siguiente vienes aquí con una foto suya. Así que entonces el asunto no pinta bien, ¿verdad? –inquirió Marianne, excitada ante la idea de un nuevo caso para colocar sobre el “Pastel”.

–Lo único que necesitas saber es que esto es un asunto muy peligroso, sólo dime cualquier cosa que pueda serme útil para buscar a su asesino, como por ejemplo quien es este tío de la foto, o donde puede haberse hecho –dijo ásperamente el anticuario.

–Está bien, veamos a ver que podemos averiguar –contestó con un suspiro de resignación la joven–. ¡Fatboy, ven aquí!

Al escuchar el grito de Marianne, uno de los chicos que estaban trasteando con los ordenadores levantó la cabeza. Era un quinceañero pelirrojo con la cara llena de pecas, cabeza grande y cuerpo obeso gracias a una dieta basada en el sillón-ball y las hamburguesas con patatas fritas.

–¡Ostras, tía! –se quejó el chico gordo–. Me faltaba un pelo para pasarme el FatalKiller 3, menos mal que había guardado la partida.

–Me importa un bledo. Arrastra tu gordo culo hasta aquí y haz algo útil –ordenó Marianne bajo la divertida mirada de Reeves. La verdad es que si Marianne era la líder de aquella pandilla era a causa de su temperamento agresivo, era una chica de armas tomar.

Fatboy cogió la foto y la pasó por un escáner de alta definición, tras lo cual se pudo observar la imagen en una pantalla de gran resolución que tenían para casos así. Reeves y Marianne se acercaron a la pantalla, observando cualquier detalle que pudiera atraer su atención.

–¿Qué hay del letrero del recinto, puedes ampliarlo? –preguntó Marianne.

–Pues claro, dame un momento y verás –dijo orgullosamente Fatboy, con ganas de presumir ante la bella muchacha.

Tras aporrear suavemente y con rapidez las teclas del ordenador con sus rollizos dedos, Fatboy aisló el trozo de imagen deseado y amplió su tamaño, filtrando los pixeles para no perder calidad de imagen con el aumento. Enseguida tanto Reeves como los dos jóvenes pudieron leer las palabras: «Beinch Karneval, 1970».

–Tampoco es que sirva de mucho –dijo contrariado Reeves.

–Espera, haré una búsqueda en Internet a ver que pasa –dijo Fatboy, volviendo a aporrear el teclado.

Sin embargo, al parecer la expresión Beinch Karneval no era algo demasiado importante para aparecer en la red, y tras probar con solo la palabra Beinch el buscador arrojó un número demasiado elevado de entradas. Era como encontrar una aguja en un pajar.

–Esperad un momento, chicos –dijo Marianne, que de repente tuvo una idea–. Fatboy, amplia un momento la zona del fondo del recinto.

El chico hizo lo que la joven le pidió, mientras notaba que su estómago comenzaba a enviarle la señal inequívoca del hambre, pues hacía bastante rato que no se había zampado ninguno de sus paquetes de galletitas saladas. Un minuto bastó para que en el monitor se perfilase la silueta ampliada de dos mujeres sonrientes, una a cada lado de la entrada al recinto ferial, que daban la bienvenida a un par de coches.

–Mirad esas mujeres, con esos corpiños sujetos a sus cinturas, junto a esas blusas abotonadas y con las faldas tan amplias. Creo que es una especie de traje regional de algún país europeo –dijo Marianne, esperanzada.

–Y los dos coches que se ven en la foto, al ampliarse parecen un Audi y un Volkswagen, ambos curiosamente de marcas alemanas –dijo Reeves, con aire pensativo–. Chico, prueba a buscar alguna conexión entre Beinch y Alemania.

Fatboy se puso manos a la obra, y en pocos segundos encontró lo que buscaban. Al parecer, Beinch era un pequeño pueblecito sin importancia de una región remota de Alemania, donde las mujeres vestían con el tradicional Dirndl en época de fiestas. Sin embargo los días festivos locales de aquel pueblecito no se correspondían con los periodos vacacionales de aquí. Así pues, en su juventud el Padre Franklin había estado en Alemania, junto con otro sacerdote, y posiblemente no era un viaje de vacaciones. ¿Tal vez habían estado juntos en una especie de seminario?

Reeves decidió que ya nada más podía sacar de aquella foto, y decidió guardársela después de que Fatboy la retirara del escáner. Tras agradecer a Marianne y al chico pelirrojo su ayuda, y con la promesa de futuros intercambios de información, el anticuario salió de la Guarida cavilando sobre los datos obtenidos. Era una pieza del puzle, que esperaba completar con las obtenidas por Espectro y Vic Page. De momento lo único que podía hacer era esperar.

***

El millonario Eduard Kraine examinaba los archivos restaurados del disco duro del ordenador del Padre Franklin, al menos los pocos que habían podido salvarse. Según los empleados del Departamento Informático de Industrias Kraine encargados del asunto, había sido un milagro poder obtener algún tipo de información de aquella pieza, dado el estado deteriorado en que se encontraba. Pero al menos había algo por donde empezar, así que Kraine cargó los datos en su ordenador portátil y se concentró en la labor de examinarlos a fondo, encerrado entre las cuatro paredes de su despacho situado en la sede de su empresa.

Los minutos pasaron apaciblemente, convirtiéndose en horas donde Kraine tuvo que usar la virtud de la paciencia. Tras analizar los archivos de datos, el millonario y justiciero se dio cuenta de que no había nada útil que pudiese desvelar alguna pista sobre el fallecimiento del sacerdote. Listas de pedidos de materiales a la Iglesia, una pequeña contabilidad de los escasos ingresos de la parroquia, fotos del Padre Franklin con voluntarios de diversas entidades, y poca cosa más. Sin embargo, cuando Kraine pasó a leer los emails del sacerdote, tras descifrar la contraseña de seguridad mediante su software de encriptado propio conocido como WraithFilter, se dio cuenta de que allí había algo interesante. Al parecer, últimamente el Padre Franklin había estado intercambiando correos electrónicos con alguien llamado “MGR”, y en ellos el sacerdote reconocía que se sentía observado, alguien le estaba vigilando, pero no sabía quien. Al principio no le dio importancia, pero la cosa fue peor. Llamadas de teléfono amenazantes a altas horas de la noche, pintadas en las puertas de la iglesia, incluso un motorista con una chaqueta negra con el símbolo de un colmillo que le siguió durante más de una hora detrás de su taxi.

Kraine leyó con atención la descripción del motorista, enseguida lo asoció con el emblema de la Banda del Lobo, unos delincuentes que tenían en jaque a toda la ciudad sin que nadie hiciese nada por pararles los pies. Se decía que realizaban ritos extraños y adoraban al Diablo, pero eso eran supersticiones para causar el miedo a su paso, o al menos eso pensaba Kraine. ¿Pero por qué una banda de maleantes motorizados iba a tener algún interés en un pobre sacerdote como el Padre Franklin?

Kraine siguió leyendo, hasta llegar al último email que envió el Padre Franklin al tal “MGR”, donde podía advertirse el estado de preocupación del cura.

¿Quién era ese tal “MGR”? ¿Cuál era la amenaza que presentía el Padre Franklin? ¿Cuál era el terrible suceso del pasado al que hacía alusión? ¿Y qué sentido tenían las palabras «corren tiempos peligrosos para todos los que quisieron ver a los ángeles»?

Demasiadas incógnitas por resolver, el caso se presentaba difícil. Kraine ya no sacó nada más que fuera pertinente de los archivos del disco duro, así que su siguiente tarea fue examinar una foto que había tomado de la microcámara oculta en la muñeca izquierda de su traje de Espectro, cuando había estado junto a Reeves y Page en el altar de Saint Patrick. La fotografía mostraba los extraños símbolos escritos con la sangre fresca del padre Franklin, runas incomprensibles para él. ¿Tendrían algún tipo de significado religioso o cultural? Kraine cogió una lupa y observó con detenimiento los símbolos, pero todo parecía un galimatías carente de sentido alguno. Debía ser paciente, reflexivo, analizarlo todo con profunda reflexión y calma.

Kraine cerró los ojos un instante, aislando su mente de los ruidos y estímulos externos. Ordenó a sus cinco sentidos que permanecieran en suspensión, mientras despejaba su mente de toda idea o pensamiento. Su respiración se volvió suave, acompasada, mientras su pulso fluía con lentitud y su ritmo cardiaco se regularizaba. Siguiendo las enseñanzas de su maestro, el hombre que le salvó la vida en oriente y que le adiestró en el arte de la Senda Tenebrosa, invocó la fuerza espiritual presente en todo ser vivo, la energía que unos llamaban el Ki, otros el Chi, pero que en resumen era el flujo vital de energía que podía manipularse y controlarse para alterar determinadas funciones. Y como Koshiro Katshume le dijo en una ocasión, «La diferencia entre lo que es y lo que debe ser depende de nuestra percepción».

Kraine abrió los ojos despacio, y lentamente volvió a observar la fotografía…¡un momento, allí había un símbolo que sí reconocía! Era claramente una esvástica nazi. Y las manchas que habían a su lado, en realidad parecían formar las letras “V-E-R-R-Ä-T-E-R”. Un nuevo interrogante se abría paso para sumarse a los ya existentes. ¿Por qué el asesino había pintado la insignia de los nazis en el escenario del crimen? ¿Qué significaba aquella extraña palabra a su lado?

Kraine se dirigió al ordenador, y entró en Internet. Nada más poner la extraña palabra, los resultados eran traducciones de aquel sustantivo del idioma alemán al suyo propio. No había duda alguna, Verrater en alemán significaba “Traidor”. Tal vez el Padre Franklin hubiese hecho algo en el pasado por lo que alguien ahora le había ajustado las cuentas. Y tal vez el siguiente en la lista fuese ese tal MGR.

A Kraine se le ocurrió la idea de buscar información sobre MGR, y sus manos se dirigieron presurosamente al teclado. Pulsó las letras que componían aquella palabra y después la tecla Enter. Sin embargo su búsqueda arrojó una multitud de resultados que no tenían nada en común entre ellos, desde logotipos de empresas informáticas hasta un grupo de inversiones de la India, pasando por multitud de personas cuyas iniciales se correspondían con aquellas letras. Fue rastreando aleatoriamente algunos de aquellos enlaces, pero pronto se dio cuenta de que era una pérdida de tiempo, no serviría de nada.

Kraine miró la hora, y observó que faltaba poco para la reunión pactada con sus dos colegas, John Reeves y Vic Page. Evidentemente, los había investigado un poco, pues si hasta ahora siempre había trabajado solo y le había ido bien era porque su maestro le había enseñado a desconfiar de los demás, a ser precavido. El primero había resultado ser un anticuario de Sawmill Street, un tipo raro y solitario que al parecer todos los de su barrio respetaban. El segundo era un escritor y periodista ocasional, que siempre llegaba al fondo del asunto aunque sus investigaciones le llevasen a terrenos peligrosos. Ambos eran tipos duros, pero parecían de fiar. De momento les seguiría la corriente, a ver en qué resultaba todo esto.

Kraine pulsó el botón del intercomunicador y habló con su secretaria para indicarle que se marchaba a casa temprano, y luego salió del despacho para coger el ascensor. En pocos minutos estaba otra vez montado en su Buggatti Bayron, su deportivo de lujo de color rojo, aunque en realidad no iba a su casa. Pues si había llegado el momento de hablar de venganzas, crímenes y asesinatos, el mejor preparado era sin lugar a dudas el justiciero Espectro.

***

Vic Page se hallaba en su apartamento del edificio Wokston, bebiendo una cerveza muy fría y comiendo un trozo de pizza. Había comenzado a leer el diario del Padre Franklin que había recogido en la habitación del sacerdote, pero hasta el momento no había mención alguna que reportara su interés. Sólo parecía el diario de un joven veinteañero que acababa de descubrir el mundo, y sus palabras revelaban el corazón sincero y bondadoso del cura asesinado. Juventud, vitalidad, ansias de aprender, de ver cosas…por eso el Padre Franklin se había enrolado cuarenta años atrás en un seminario especial, un viaje al sur de un país europeo cuyo destino final era un pequeño y encantador pueblecito alejado del mundanal ruido. Page se terminó la pizza y bebió la cerveza que le quedaba de un trago, debía encontrar algo de interés en aquel diario, alguna pista útil. Se lo debía al Padre Franklin. Abrió nuevamente el diario y se dispuso a leer por donde lo había dejado.

“20 de mayo de 1970.

Nuestro lugar de destino es genial, una pequeña aldea rodeada por un paisaje de exótica belleza. El clima de momento nos acompaña, apenas ha llovido aunque empieza a hacer un poco de frío. Hemos tenido suerte y según parece estamos en periodo festivo, Muller y yo nos hemos acercado a una feria situada al final del pueblo. Los aldeanos son gente simpática y sencilla, y nos han acogido con los brazos abiertos. Todo es maravilloso, ahora ya casi no recuerdo la dificultad de las pruebas que tuvimos que pasar para que el Vaticano nos eligiese como candidatos. Mañana conoceremos más sobre cuales serán nuestras funciones en el proyecto. Ahora me voy a la cama, estoy muy cansado y se me cierran los ojos”.

 

“21 de Mayo de 1970.

Hoy hemos entrado dentro del complejo, y nos hemos llevado una sorpresa un tanto desagradable. Lo primero que nos han dicho es que todo el asunto es alto secreto, y que no debemos decir nada a nadie, ni tan siquiera a nuestras familias. Luego nos han presentado a los militares encargados de dirigir el proyecto y velar por nuestra seguridad, aunque Muller dice que no hacen falta tantas armas ni tantos hombres para lo que se supone que debemos hacer. También hemos conocido al equipo científico, una serie de nombres ilustres de diferentes nacionalidades y de capacidades variopintas. Así que ya estamos todos, militares, arqueólogos, ingenieros, historiadores, y por supuesto sacerdotes.

Por cierto, ya no vamos a poder salir del complejo hasta que terminemos nuestra misión, así que a partir de ahora todo lo que escribo lo hago desde mi habitación, que comparto con mi amigo Muller. Aunque se queja de todo a todas horas y siempre está de mal humor, me encanta conversar con él. Es un tipo muy inteligente, y prueba de ello es que también ha pasado las pruebas y está aquí, como yo.

Ahora a la cama, mañana nos espera un día duro de trabajo”.

Page observó que las siguientes entradas del diario se dispersaban en el tiempo, y que además eran aún más cortas, como si el Padre Franklin hubiese dispuesto de mucho menos tiempo para escribir en su diario. Además, no encontró ninguna aportación de interés, pues al parecer el estricto secretismo que exigía el proyecto en el que estuvo involucrado el sacerdote obligaba a no desvelar ningún detalle al respecto. Pese a ello, Page encontró una sección que llamó la atención:

“28 de Mayo de 1970.

Hoy no se si podré dormir, estamos todos muy excitados. Tras una larga semana de durísimo trabajo, hoy hemos empezado a recoger los frutos. Muller y yo hemos traducido los diarios escritos en alemán, además de diversos papeles y documentos antiguos. A pesar de que no nos han dado mayores explicaciones, enseguida nos hemos dado cuenta de que fueron escritos sobre la década de 1940. Y al ver la insignia nazi en muchos de los documentos, hemos averiguado cual es su procedencia, lo cual no deja de ser preocupante. Muller, sorprendemente, en lugar de quejarse se ha esmerado aún más en el trabajo, mostrando un interés mucho más allá de lo esperado. Casi diría que parece obsesionado, sólo habla y habla de lo concerniente al proyecto.

El único problema es que los documentos que hemos traducido no solo hablan de ciencia y religión. También hablan del Infierno y del Diablo que habita en él. Pero creo que a nadie de aquí le importa eso”.

Page dejó de leer un momento. Proyectos secretos, documentos nazis, científicos y sacerdotes reunidos bajo el mando militar…Eso no era nuevo para él. En sus comienzos como escritor Page se había documentado para escribir una obra de ficción donde el malvado de turno era descendiente del mismísimo Hitler, y cuyo plan para someter al mundo civilizado era frustrado por un héroe sin rostro conocido como Doctor Misterio. Aunque el libro apenas le sirvió para darle de comer, sirvió para enterarse de que Hitler siempre estuvo obsesionado con lo paranormal, siendo un gran fan del ocultismo. Por ello en el Tercer Reich siempre existió una división especial donde los mayores expertos en ciencia y tecnología unían sus conocimientos con historiadores y amantes del ocultismo, en busca de armas poderosas que dieran la victoria suprema a los nazis. Sin embargo, con el fin de la Segunda Guerra Mundial y la extinción del tercer Reich, todo aquello había quedado relegado al olvido, bajo el peso de todo el horror y el sufrimiento que aportó la terrible contienda. ¿O tal vez no?

Page volvió las páginas del diario, pero para su estupor ya no encontró nada más escrito en ellas. Todo el resto estaba en blanco, y además faltaban páginas que habían sido arrancadas. ¡Maldición, no podía ser, necesitaba saber más! Completamente enfadado, el escritor lanzó el diario por los aires de un violento manotazo, y el pequeño libro quedó tirado en el suelo quedando en una posición extraña. Todas las hojas se hallaban reposadas sobre la cubierta del libro, a la izquierda, mientras que a la derecha sólo quedaba el reverso, curiosamente doblado completamente hacia atrás. Como si tuviese algo de peso extra.

La curiosidad insaciable de Page le hizo coger otra vez el diario, examinándolo con detenimiento. Tras palpar con sus dedos el reverso, pudo darse cuenta de que efectivamente allí había algo. Utilizando la navaja de bolsillo que siempre llevaba consigo, rasgó cuidadosamente aquella parte del diario, y extrajo un papel doblado del compartimento. Al desdoblarlo enseguida se dio cuenta de que era una hoja del propio diario, una de las páginas arrancadas. Page se dispuso a leer ávidamente su contenido, esperando encontrar más información sobre las andanzas del joven Padre Franklin.

“10 de abril de 1970.

El Proyecto Arcángel ha sido un completo fracaso. Nunca debimos haber venido aquí, donde al parecer el Señor nos ha dado la espalda. No se si alguna vez me recuperaré del horror que he presenciado, pero de lo que no me cabe la menor duda es que nunca podré olvidar las terribles imágenes que aún resuenan en mi mente, y que me acompañarán para siempre hasta el día de mi muerte. Al menos estoy vivo, al igual que nuestro mentor, el Padre Lucius. Ambos hemos decidido marcharnos y jurar que nunca hablaríamos de lo sucedido aquí. No volveremos a comentar nada sobre las muertes horripilantes, sobre la sangre que mancha nuestras manos, sobre el Mal que se abatió sobre nosotros como un lobo hambriento con las fauces abiertas.

La mayoría de los militares y científicos han muerto, solo el joven Sanders y unos pocos más han podido salvarse. En cuanto a mi amigo Muller…¡Oh, dios mío, Muller! Lo que le ha pasado es simplemente inconcebible, sólo espero que esté muerto, porque es lo mejor que le puede haber pasado.

Mientras escribo estas líneas con manos temblorosas, con el cuerpo y el espíritu envueltos por el manto del puro terror, es cuando me doy cuenta del alcance de la ambición humana, capaz de transformarnos a todos en seres codiciosos que no se detienen ante nada en satisfacer sus deseos. Nosotros queríamos vislumbrar a los ángeles, pero sólo hemos conseguido ver el rostro del Demonio. ¡Dios mío, que es lo que hemos hecho!

Sólo espero que el Señor nos perdone a todos, porque yo no puedo”.

Page leyó una y otra vez aquella hoja, escrita con una letra más inclinada y más grande de lo normal, debido al pánico que debía estar sufriendo en aquellos momentos el Padre Franklin. ¿Qué había sido exactamente el Proyecto Arcángel? Desde luego, la magnitud de aquella tragedia había sido tal que casi nadie había sobrevivido, y uno de los pocos que lo habían hecho acababa de haber sido asesinado. Y los otros dos supervivientes de aquellos sucesos mencionados eran dos desconocidos, un tal Padre Lucius que al parecer había sido el superior del Padre Franklin, y un tal Sanders que podría ser militar o científico. Sin embargo, el segundo de los nombres le sonaba de algo. Sanders…¡Pues claro, si lo había leído en el American Chronicles! Hacía poco tiempo que había desaparecido una joven llamada Julie Sanders, cuando salía de estudiar en la biblioteca. ¿Sería una coincidencia, o había una conexión entre la joven desaparecida y uno de los supervivientes del Proyecto Arcángel?

Vic Page sonrió mientras se ponía la chaqueta oscura y el sombrero a juego, pues él lo tenía claro. Había una frase de Einstein que escuchó una vez en la facultad de periodismo: «Coincidencia es la manera que tiene Dios de permanecer anónimo». Pues en lo que a él concernía, Dios le estaba gritando al oído a pleno pulmón. Aquello era un caso que iba a necesitar no solo de su astucia y perseverancia de escritor, sino también de su actitud y personalidad más oscura. Y por ello cogió el revólver, que guardó bajo el abrigo.

Tras salir del apartamento y entrar en el coche, Vic Page pensó que aquello pintaba mal. Iba a ser muy complicado embarcarse en aquella misión, aunque no podía negarse a ello. La muerte del padre Franklin le involucraba personalmente, además de que su curiosidad de escritor le arrastraba a aquellas peligrosas aventuras de acción y misterio. Al mirarse en el espejo retrovisor, se dio cuenta de que estaba sonriendo irónicamente. ¡De acuerdo, rayos, lo reconocía! Disfrutaba con todo esto, le gustaba dejarse llevar. Aunque esta vez había una diferencia, iba a estar acompañado por dos tipos más raros que un perro verde.

Lanzó una mirada al reloj del panel de mandos del vehículo. No había vuelta atrás. Era la hora de volver a reunirse con John Reeves y Espectro.

 ***

(CONTINUARÁ…)

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