EL ASESINATO DEL PADRE FRANKLIN

Publicado: 26 agosto, 2012 en Historias, Hollow City, Relatos, Sin categoría, Sobrenatural

MISTERIO

Las calles de Hollow City son oscuras y siniestras, sobre todo a altas horas de la noche. La delincuencia está al acecho de nuevas víctimas cada noche, y hoy no será una excepción. La joven Julie Sanders es la última persona en abandonar la biblioteca, a excepción del encargado. Se le ha hecho tarde a causa del proyecto de ciencias que está terminando para sus clases en la Universidad. No hay nadie que pueda acompañarla a casa, ni tampoco le queda dinero para ir en taxi, por lo que decide irse caminando a toda prisa.

La noche es fría, intenta protegerse subiéndose el cuello del abrigo lo máximo posible, mientras camina por las calles tan rápido como puede. Extraños sonidos se confunden en la noche, un gato negro la sobresalta al maullar en un rincón a su paso. Más adelante, una mujer riñe a gritos a su marido, por llegar tarde y borracho, y oler a una mezcla agria entre alcohol y perfume de mujer. Al deslizarse por las calles en penumbra, la joven Julie casi tropieza con un vagabundo que se arrastra a cuatro patas por el suelo intentando coger su botella de vino vacía.

Es entonces cuando unos pasos resuenan en el callejón, justo detrás de la muchacha. La joven mira atrás, pero la calle está mal iluminada, y solo atisba a vislumbrar una silueta oscura y deforme. La joven se apresura, ya falta poco para llegar a casa, sólo falta atravesar dos calles más. Vuelve a mirar atrás, la inquietud transformada en miedo, pero la silueta ya no está, ni tampoco se oyen pasos. Julie respira aliviada, delante de ella se encuentra la avenida principal, con sus luces, su gente y sus coches ruidosos.

La muchacha está a punto de abandonar la oscuridad del callejón… cuando una mano enguantada surge de la nada, tapándole la boca, impidiéndole gritar. Otra mano tira de ella hacia atrás, sumergiéndola de nuevo en el callejón, donde nadie podrá ayudarla. Pues el gato negro sale corriendo como si hubiese presentido al mismísimo Diablo, el matrimonio que discutía a gritos cierra la ventana a cal y canto para huir de los problemas ajenos, y el vagabundo decide buscar cobijo en cualquier otro lugar más tranquilo.

 Mañana, una nueva noticia de desapariciones en la prensa, cuyo eco durará apenas dos o tres días. Y es que en Hollow City esto es un suceso frecuente: la policía es corrupta, los políticos que la rigen aún más, la prensa tiene miedo, y los detectives privados no cobran lo suficiente para meter sus narices en asuntos demasiado peligrosos. ¿Qué le queda a esta ciudad? ¿Quién puede protegerla? ¿Son ciertos los rumores de que un pequeño grupo de ciudadanos, hartos ya de la podredumbre que inunda esta ciudad, han decidido unirse y combatir el crimen? Pronto, muy pronto, lo sabremos…

***

El Padre Franklin salió de la Iglesia de Saint Patrick para adentrarse en las oscuras y frías calles del barrio de Sawmill Street, con andares presurosos que evidenciaban la urgencia de su inhabitual salida nocturna. El viento agitaba su sotana de capellán, enredándosela de vez en cuando hasta el punto de retrasarle la marcha y hacerle tropezar de vez en cuando. A pesar de que tuvo que aguantar el cruzarse con borrachos y pendencieros, llegó sano y salvo al lugar de destino. Parecía un local cualquiera, con una oxidada reja metálica delante de su desgastada puerta para evitar las consecuencias de la delincuencia callejera de la zona. Sin embargo, un observador escrupuloso se daría cuenta de que a diferencia de cualquier otro establecimiento de los alrededores, éste no presentaba ninguna pintada urbana en su fachada, sus cristales estaban inmaculados y la cerradura nunca había sido forzada. El Padre Franklin conocía muy bien el porqué, sólo había que leer el viejo letrero colocado sobre el umbral: «Tienda de Antigüedades de John Reeves».

El sacerdote miró hacia ambos lados de la calle con visible nerviosismo, como si esperase que de entre las sombras surgiese alguna figura agazapada lista para atacar. Pero allí no había nadie. Llamó a la puerta, pero nadie le contestó. El silencio y la absoluta falta de luz proveniente del interior indicaba que el propietario había salido, tal vez en busca de algún artefacto valioso de los que siempre andaba detrás, o tal vez para seguirle el rastro a alguna de sus presas… Sea lo que fuere, el Padre Franklin no podía perder más el tiempo, y deslizó una pequeña nota por debajo de la puerta (1).

Luego se encaminó de vuelta otra vez hacia su iglesia, andando lo más deprisa posible, siempre alerta, siempre vigilante, sin dejar de mirar a su espalda con ojos temerosos. Aunque el trayecto era corto, se le hizo mucho más largo, y sólo se sintió aliviado cuando nuevamente traspasó la entrada del recinto sagrado.

Allí, a salvo rodeado por las efigies de los santos y el inmenso cristo crucificado que presidía el altar del templo, el Padre Franklin se arrodilló y rezó, intentando apaciguar el miedo que atenazaba su corazón. Se avecinaban malos tiempos, y para colmo no había podido contactar con las dos únicas personas que tal vez podían ayudarle. Ahora estaba solo, sin más compañía que la de Dios y su corte celestial.

El sonido de las puertas de la iglesia al abrirse interrumpió los pensamientos del sacerdote, que sintió una súbita y fría brisa de viento que barrió todo el interior del sagrado recinto, apagando incluso las velas encendidas en honor a los muertos y a los santos. El Padre Franklin se dirigió a uno de los muros laterales para encender el interruptor de las luces, pero comprobó que no funcionaba. Respirando agitadamente a causa de los nervios, se dirigió hacia una de las puertas situadas en el ábside de la iglesia, pero súbitamente se detuvo. Mientras el corazón se le oprimía y su rostro se tornaba lívido, el sacerdote contempló como la escasa luz de la luna que se filtraba a través de los mosaicos religiosos iluminaba una oscura silueta. El intruso parecía un hombre alto, fuerte, vestido con un largo abrigo negro, y en ese momento se encontraba arrodillado al lado de la pila bautismal, en actitud religiosa, de espaldas al clérigo.

¿Quién era aquel extraño? Y lo más importante, ¿Cómo había llegado tan rápido hasta allí, si un momento antes el Padre Franklin estaba solo en la iglesia? Y entonces, cuando el intruso se santiguó y se puso en pie para darse la vuelta, el Padre Franklin conoció la respuesta. Paralizado por el horror, el sacerdote tan solo pudo contemplar con ojos desorbitados como el hombre se acercaba a él lentamente y en silencio. Y en aquel instante también supo que nunca jamás sabría si sus peticiones de auxilio tendrían respuesta. Porque el demonio caminaba libremente por las tenebrosas calles de Hollow City, y su siguiente víctima era él.

***

Cubierto con su gabardina gris y apoyándose en un bastón con empuñadura de plata, un hombre de unos cuarenta años, de barba recortada y canosa, vigilaba con atención lo que pasaba en el número 42 de Sawmill Street, refugiado en la oscuridad de un portal cercano. Gracias a su sistema de radiofrecuencia que le permitía captar la señal de la policía, el hombre había podido llegar a la zona antes que los hombres de azul, lo que le otorgaba un margen de maniobra de algunos minutos. Suficiente.

El hombre de la gabardina se concentró, intentando percibir por encima del ambiente una sensación que no podía olerse, tocarse, saborearse, escucharse o verse, pues estaba más allá de los sentidos normales. Tras años de entrenamiento, el “don”, la capacidad de advertir la presencia de lo sobrenatural, estaba tan arraigada en él que funcionaba como un sentido más. Casi podía decirse que actuaba mejor que cualquiera de los otros cinco, y su infalibilidad era tal que le había salvado la vida en incontables ocasiones. Aquel sexto sentido era el arma más utilizada por los de su profesión. Y sin embargo, también era su maldición.

Tras terminar su concentración, el hombre suspiró con cierta resignación. Otra falsa alarma. Allí no había nada del mundo oculto, solo una disputa familiar de un hombre con su mujer, algo que bien podía arreglar la policía. Metiéndose una mano en el bolsillo y sujetando el bastón con la otra, se dirigió cojeando levemente hacia donde había estacionado su viejo Lincoln del 71, ignorando los intentos de una prostituta callejera ligera de ropa por captarle como cliente. Otra prueba más de la decadencia humana.

Mientras conducía de vuelta a su hogar, unas gotas de agua comenzaron a golpear el cristal del parabrisas, anunciando una inminente lluvia que pronto se abalanzaría sobre el asfalto. El hombre se sumió enseguida en profundos y lúgubres pensamientos, algo a lo que últimamente se hallaba acostumbrado. Hacía mucho tiempo que no llevaba otra clase de vida, vivía solo para patrullar las calles de Hollow City, siempre vigilando, siempre buscando, como un perro persigue un hueso. Eso es lo que hacía un cazador de monstruos. Perseguir y exterminar criaturas sobrenaturales que rondaban ocultas en la ciudad, amenazando la pacífica existencia de la humanidad. Porque sólo aquellos tocados por el “don” podían hacerlo, sólo ellos eran los elegidos por el destino para ser los soldados encargados de llevar a buen término aquella interminable cruzada contra el Mal y sus oscuros siervos. Vampiros, licántropos, zombies, demonios… La Oscuridad tenía muchos rostros y formas tras los que ocultarse, y él las había combatido a casi todas ellas. Pero eran como una plaga infinita, una enfermedad cancerígena que se expandía por la ciudad de forma imparable. Por mucho que se le golpease, por mucho que se le hiciese frente, una y otra vez el Mal resurgía, como el ave fénix lo hacía de sus cenizas. O como la famosa Hydra de la mitología, que aunque se le cortase una cabeza en su lugar crecían dos. Y vuelta a empezar, una y otra vez. Una vida de sacrificio, de soledad, de guerra infinita.

Parado en un semáforo, el conductor del Lincoln desvió la cabeza hacia la izquierda y vio las pintadas hechas sobre uno de los sucios muros de la calle. Una de ellas representaba un colmillo ensangrentado: el símbolo de la Banda del Lobo, una de tantas bandas de delincuentes de Hollow City.

Al parecer últimamente estaban expandiendo su zona de influencia, por lo que tarde o temprano acabarían cruzándose en su camino. El hombre sonrió irónicamente, mientras volvía a pisar el acelerador. Por un lado, la delincuencia común, compuesta de atracadores, violadores, asesinos, y maleantes de toda especie. Por otro, los horrores de un mundo sobrenatural oculto a los ojos del ciudadano de a pie, un mundo de criaturas horribles que se agazapan entre las sombras esperando su oportunidad de golpear. Y en medio estaba él. Bueno, y la policía, aunque la mayoría de sus integrantes eran tan corruptos como el Alcalde James Mallory, o tan ineptos como el propio Comisario Howard. Solo un cazador como él tenía el valor y el poder de hacer lo necesario. Luchar día tras día, noche tras noche, mientras le quedara un halito de vida en el cuerpo. Y en aquel juego eterno de la supervivencia donde se enfrentaba a los monstruos, ellos eran la presa, y él el depredador.

Una vez llegó frente a su casa, el hombre del bastón salió del viejo coche resguardándose de la lluvia incipiente que humedeció enseguida su gabardina. Sobre la puerta, el rótulo desgastado con su nombre y su profesión de tapadera. Ser anticuario le había permitido camuflar su verdadera vocación, la de cazar monstruos, y además le había proporcionado numerosos “recuerdos” que guardaba convenientemente protegidos y catalogados en el sótano de la tienda. Trofeos de su lucha contra los Oscuros, como el colgante de perlas de una súcubo, un demonio con forma de mujer que se divirtió de lo lindo corrompiendo a los jovencitos del barrio, hasta que se topó con él. O como la cadena con la placa identificativa de un ex-marine que se volvió loco y arrasó por completo la Plaza de la Libertad con una ametralladora, hasta que pudo aislar al espíritu de la demencia que lo tenía poseído. Incluso también figuraba entre los objetos de aquella extraña colección la nota de suicidio de una niña, harta de malvivir bajo la maldición del “don” que le hacía observar el mal en su forma verdadera. Objetos de una vida consagrada a un único fin, a una venganza contra lo sobrenatural.

Al abrir la puerta de su tienda, el hombre observó el pequeño trozo de papel doblado en el suelo. Lo recogió y leyó las palabras que poco antes había escrito el Padre Franklin. Letras de trazo impreciso, palabras escritas con el miedo en el corazón. Un hombre de Dios requería su ayuda. Así pues, a pesar de todo, aquella noche no iba a resultar infructuosa. La llamada del deber requería de sus servicios una vez más. Y por supuesto él, John Reeves, anticuario de profesión y cazador de lo oscuro por convicción, respondería a dicha llamada.

***

El escritor Vic Page se hallaba en su apartamento del noveno piso del edificio Wokston, sin más compañía que la de su ordenador. A través del equipo de música instalado en su despacho sonaba una canción de los Red Demons, el grupo local de Hollow City que comenzaba a escalar los peldaños de la fama. Una fama que él también deseaba alcanzar mediante su pasión: la escritura. Sin embargo, últimamente no hallaba nada que le reportara el interés suficiente como para escribir sobre ello, como bien demostraba la pantalla vacía de su ordenador en aquel instante.

Page se concentró, sabía que sólo necesitaba esa pequeña chispa especial que de vez en cuando se disparaba en su interior, y entonces las ideas fluirían como un torrente desbocado, a medida que rápidamente las transformaría mediante su teclado en palabras y frases coherentes. Pero hoy no era su día. Ni ayer tampoco. Mejor dicho, Page hacía tiempo que no escribía nada, parecía que su mente se hallaba atenazada por una sensación de aletargamiento, como si una sombra espesa cubriera la luz de su imaginación.

El escritor suspiró, resignado. Hoy tampoco era el día en que la chispa brotaría. Apagó el ordenador con fastidio y se dirigió al desgastado sofá con la intención de tumbarse un rato mientras ojeaba el American Chronicles de hoy. Las noticias que aparecían en la portada no suponían ninguna alegría. Era época de elecciones, y al parecer el Alcalde Mallory tenía todas las de ganar, seguramente saldría reelegido a pesar de los esfuerzos de sus rivales. Algo que no supondría nada bueno para la ciudad.

Page decidió pasar directamente a las páginas de sucesos, buscando la noticia que había escrito él mismo sobre las bandas callejeras que imponían su ley en Hollow City, pero descubrió con estupor que la habían retocado tanto que parecía que la había escrito un aficionado. Y encima era la última, como si fuese menos importante que la aparición de un justiciero enmascarado que se hacía llamar Espectro, o las divagaciones de un mendigo sobre un hombre con abrigo largo que había acabado con un monstruo que atacaba a los vagabundos. Lunáticos.

Page negó con la cabeza, a nadie le interesaba saber la verdad. Las bandas de delincuentes eran un gran problema en la ciudad, algo tan gordo que superaba incluso a la policía, por mucho que el Comisario Howard y el Alcalde Mallory dijesen que todo estaba bajo control. Los políticos y sus lameculos, ellos sí que eran un gran problema. Hacían la vista gorda, ignorando lo que pasaba en realidad en las calles. Miedo, violencia, delincuencia…la ley del más fuerte. Nadie protegía a los débiles, a los inocentes, a las víctimas. Aquel clima de indefensión le ponía de mal humor, y por ello Page entendía que a veces surgiera algún justiciero que se adjudicara el papel de vengador, alguien que diera un golpe encima de la mesa y dijera “basta ya”.  Pero había una frontera que jamás había que cruzar, una línea que separaba la justicia de la venganza, y la mayoría de las veces los justicieros la traspasaban, convirtiéndose en aquello a lo que perseguían.

Las cavilaciones de Page se detuvieron cuando el escritor contempló la noticia sobre la desaparición de una joven, una tal Julie Sanders. La última víctima de la maldad de Hollow City, una chica que nunca llegó a su casa tras abandonar la biblioteca donde estudiaba. Ya nadie estaba seguro en las calles, nadie hacía nada, todos miraban a otro lado. Pero él no era como los demás. Era un escritor con el don de la curiosidad, una característica que le hacía no sólo el plantear interrogantes, sino también buscar respuestas, aunque ello supusiera exponerse a peligros.

El teléfono del despacho comenzó a sonar, y Page dejó el periódico sobre el sofá para atender la llamada. Era Steve Thomas, su editor.

–Hola Vic, ¿qué tal te va? –preguntó jovialmente Steve.

–No me puedo quejar, Steve –contestó Page–. Si llamas para ver cómo va lo del nuevo libro, no te preocupes, estoy en ello.

–Ya sé que no debo preocuparme, Vic, eres un tipo legal y nunca me has defraudado. La verdad es que te llamo por otro motivo. Un tal padre Franklin ha estado por aquí tratando de localizarte, pero no le he dado tu número por si acaso es alguno de tus alocados fans, ja ja.

–¿El padre Franklin de la Iglesia de Saint Patrick?

–El mismo, Vic. ¿Es amigo tuyo?

–Es más que eso. Gracias por la información, Steve.

–De nada. Por cierto, el cura dijo que se trataba de algo urgente, aunque no quiso decir nada más. Parecía preocupado.

Page se despidió de su editor y acto seguido buscó el número de la Iglesia de Saint Patrick, a pesar de que eran altas horas de la noche. Nadie contestó a la llamada.

Vic Page salió a toda prisa de su apartamento tras coger las llaves de su coche. Mientras se adentraba en el tráfico nocturno, a su mente acudieron recuerdos de su infancia relacionados con el Padre Franklin. Aunque el escritor no era un hombre muy religioso, cuando era niño había asistido a un colegio católico, donde se le había aplicado el estricto código educativo de los curas. Sin embargo el Padre Franklin había sido el único que lo trató con amabilidad, ofreciéndole ayuda, cariño y amistad. Un hombre bueno, un auténtico hombre de Dios como pocos, un amigo que ahora le necesitaba.

Y evidentemente, Vic Page acudiría de inmediato para ayudarle, y de paso volvería a su viejo barrio de la infancia, Sawmill Street.

***

 Las risas superficiales se hacían eco alrededor de una de las mesas del lujoso restaurante Pierre Garnoire, el más prestigioso y caro de la ciudad. Actores de renombre, artistas de prestigio, deportistas de élite, políticos influyentes y personas adineradas eran bienvenidas en aquel emblemático local. Y aquella noche estaban reunidas en una de las mejores mesas del restaurante lo mejor de la élite de Hollow City.

Mientras el Alcalde Mallory contaba uno de sus chistes verdes sin gracia, a su lado una mujer se desternillaba de risa. Su rostro evidenciaba una adicción a las operaciones de cirugía estética que sólo podía permitirse alguien de elevada posición. También se hallaban sentados en la misma mesa el juez Archer, famoso por seguirle el juego siempre a Mallory; Lamberty, el director del prestigioso Grand Bank de Hollow City, capaz de ir a jugar al polo tras haber dejado en la ruina a familias enteras; y varios concejales del ayuntamiento. La conversación giraba en torno a los últimos resultados de las encuestas electorales, que otorgaban el veredicto de vencedor a Mallory en detrimento de su rival más fuerte, Flint Harryson.

–¿Y tú que opinas, Ed? ¿Quién crees que ganará las elecciones? –preguntó Mallory a un hombre joven y moreno, sentado justo enfrente suyo.

–Ya se sabe el dicho, «más vale malo conocido que bueno por conocer» –contestó el hombre llamado Ed.

–¿Qué? –dijo en tono irritado Mallory, mientras le resbalaba sobre su orondo estómago un poco de salsa Baracougné, procedente del trozo de cabrito lacado con miel que sostenía torpemente con una de sus manazas. Parecía un cerdo con traje en lugar de un hombre civilizado.

–Lo que Eduard quiere decir –intervino el juez Archer–, es que no hay nadie mejor que tú, Mallory. ¿A quién van a elegir, a Harryson, ese amigo de los negros?

Todos rieron el comentario racista, todos excepto el joven moreno, el millonario Eduard Kraine, propietario de Industrias Kraine, una empresa dedicada a la tecnología avanzada. Kraine había sido invitado por Mallory para intentar ser atraído a aquel grupo de gente decadente y sin escrúpulos, la cúpula de Hollow City encargada de manejar toda la ciudad a favor de sus intereses propios. No pensaban en nadie más, sólo les importaban ellos mismos. Eran la personificación de la corrupción, unos buitres disfrazados que se alimentaban del trabajo de los demás. Aves carroñeras que esperaban pacientemente a que su víctima quedase indefensa para abalanzarse sobre ella en picado.

Eduard había sido un joven muy brillante tanto en el instituto como en la universidad. Procedente de una buena familia con gran tradición en Hollow City, el chico perdió el rumbo tras el repentino fallecimiento de sus padres en un desgraciado accidente. Tras gastarse el patrimonio familiar, Kraine viajó a Oriente, donde desapareció misteriosamente. Cuando todo el mundo le había dado por muerto, el joven reapareció en Hollow City, haciendo gala de un gran patrimonio que le permitió invertir en empresas de alta tecnología. Mallory y sus secuaces pronto se dieron cuenta de que debían asociarse con Kraine, si querían seguir siendo los amos de la ciudad.

–¿Entonces te vas a unir a nosotros, verdad Ed? –preguntó el Alcalde Mallory a Kraine.

–Siempre es útil estar rodeado de gente con vuestras cualidades, Mallory –dijo Kraine con una enigmática sonrisa en su rostro.

–Verás como no te arrepientes. Nosotros te mostraremos la auténtica Hollow City, y cuando vuelva a ser elegido todos nos beneficiaremos de ello. Yo nunca olvido a mis amigos.

Kraine sonrió falsamente, sin decir nada. Él nunca olvidaba a sus enemigos. Estar rodeado de aquella gentuza le daba arcadas, pero era algo que necesitaba hacer. Como le había enseñado su maestro en oriente, Koshiro Katshume, «para derrotar a tu oponente, antes debes conocerlo bien».

–Eduard, ¿qué es lo que haces en tu tiempo libre? –preguntó la mujer de la cara de Botox, directora de un prestigioso canal de televisión.

–Pues…suelo ir de caza –contestó Kraine, con aire divertido. En eso el joven millonario no mentía, solo que sus presas no eran exactamente lo que sus compañeros de mesa tenían en mente.

Mientras servían el champán, Eduard contempló tanto la botella como las copas. Si él lo quisiera, en apenas unos pocos segundos podía matar a todas aquellas alimañas, clavándoles en sus glamurosos cuellos el refinado cristal tan rápido que ni se darían cuenta. Aquel pensamiento le provocó una pequeña risa que los demás atañeron a uno de los comentarios jocosos del juez Archer.

De repente la secretaria de Mallory (o mejor dicho su fulana, una conocida trepa de las altas esferas) se acercó con el móvil en la mano. “Es importante“, le susurró al oído al Alcalde. Éste se disculpó y se alejó unos metros de la mesa. Eduard cogió un cuchillo, buscando un ángulo donde poder ver los labios de Mallory reflejados. Asesinato, sangre, policía, Saint Patrick, Padre Franklin. Algo gordo había pasado esta noche. Algo que él no podía investigar, pero otro sí.

–Perdón –dijo Eduard, al tiempo que sacaba su móvil–. Parece que un familiar está algo indispuesto, tendrán que disculparme por esta noche, señoras y caballeros.

Después de falsas promesas de reencuentro y asépticas frases de fría cordialidad para despedirse, Eduard Kraine abandonó el Pierre Garnoire a toda prisa con su Buggatti Bayron de color rojo. Se dirigió hacia Saint Patrick, a la iglesia. No necesitó conectar su navegador GPS de última generación. Estaba en casa, en Hollow City. Directo al misterio, se adentró en la noche, al tiempo que pulsaba un botón oculto en el panel de su automóvil. Un compartimento secreto se abrió, mostrando un maletín con cerradura electrónica que sólo él podría abrir. Eduard sonrió. Miró el reloj. La medianoche. La hora de los fantasmas, de las brujas y de los muertos. El momento en que el millonario industrial Eduard Kraine desaparecía, y en su lugar entraba en acción el justiciero conocido como…Espectro.

***

LA REUNIÓN

 John Reeves observó la escena alrededor de la Iglesia de Saint Patrick. Al parecer había llegado demasiado tarde. Las luces de un coche patrulla indicaban que algo había ocurrido, pero no sabía exactamente el qué. Un agente de policía estaba vomitando sobre la acera, mientras otro pedía refuerzos. Pronto todo se llenaría de policías y entonces ya podía olvidarse de investigar nada, debía hacer algo y pronto.

El anticuario buscó la puerta trasera de la iglesia, cuya única seguridad consistía en una vieja cerradura. Sacó un juego de ganzúas que siempre llevaba consigo y tras un par de intentos logró forzar la entrada. Puesto que el interior estaba oscuro encendió una pequeña linterna y avanzó. Vio unas pequeñas escaleras que subían al piso de arriba pero de momento las ignoró, prefiriendo atravesar una puerta lateral que le llevó directamente al interior del templo sagrado.

Allí, sobre el altar, había algo. Algo que al instante le inquietó profundamente.

***

Vic Page detuvo su coche cerca de la iglesia, y vio como algunos viandantes y vecinos comenzaban a congregarse frente al santo edificio. Los dos agentes de la ley, con cara pálida y casi sin fuerzas, intentaban como podían mantener a raya a los curiosos. El escritor aprovechó un momento de descuido de los agentes para colarse por la puerta principal, que habían dejado abierta.

Al verse envuelto por las tinieblas, Page decidió encender uno de los cirios que habían sobre una repisa, iluminando levemente la zona a su alrededor, mientras avanzaba muy despacio por el interior de la iglesia hacia el altar. Lo primero que vio fue la sangre en el suelo. La luz de la vela iluminaba unas manchas oscuras de color rojo, primero unas gotas, luego un pequeño reguero. El rastro de la sangre llegaba hasta un gran charco al pie del altar, donde había un bulto cubierto por una sábana que una vez había sido blanca, pero que ahora estaba empapada de sangre. Preparándose para cualquier cosa que hubiese bajo aquella sábana, Vic Page se dispuso a tirar de un extremo con su mano enguantada… y entonces tuvo la sensación de que no estaba solo. En el interior de la iglesia había alguien con él, observándolo.

–Yo de usted me aseguraría de que bajo esa sábana no hay nada que pueda moverse, amigo –dijo el hombre alto de pelo canoso, mostrándose ante Vic Page.

–¿Quién es usted, y que hace aquí? –preguntó con desconfianza el periodista.

–Esas mismas preguntas se las podría hacer yo a usted también –el hombre avanzó hacia Page apoyando su cuerpo en un bastón–. Pero yo no oculto nada, así que se lo diré. Soy John Reeves, anticuario y aficionado a los misterios del ocultismo. He acudido aquí en respuesta a la llamada del padre Franklin, pero creo que he llegado tarde.

–En ese caso, creo que ambos hemos llegado tarde. Soy Vic page, escritor y periodista ocasional, y también he recibido una llamada del padre Franklin para venir a verle.

El anticuario miró a los ojos del escritor, y se dio cuenta de que parecía bastante franco. Al menos su presencia no disparaba su don de advertir lo sobrenatural. Luego Reeves movió la cabeza para señalar el bulto bajo la sábana ensangrentada.

–Propongo que uno tire de la sábana, mientras el otro está en guardia por si acaso hay alguna sorpresa. Nunca se sabe –dijo Reeves.

–Está bien, de acuerdo. Tú levanta la sábana con el bastón, yo estaré en guardia.

Tras ponerse de acuerdo y guardándose sus suspicacias, ambos hombres entraron en acción. Los dos respiraron hondo, con la tensión por lo alto, con el corazón latiendo como un caballo desbocado, preparados para cualquier cosa horrible.

–Allá vamos, a la de tres. Uno…

Parecía que hacía más frío en el santuario, ¿o era el miedo en sus corazones?. Si era miedo, era a causa de la muerte de un ser querido para uno, a la aparición de un Oscuro para el otro.

–… dos…

Sintieron un cosquilleo en la nuca, ¿acaso había alguien más allí, observándolos, riéndose de sus temores e inquietudes, burlándose de ellos? Pero ya era tarde para todo, excepto para saber de una vez por todas la terrible verdad.

–… tres.

Con un fuerte tirón del bastón, el anticuario alzó la sábana, y ambos contemplaron… la figura de un Cristo de madera ensangrentado. Unas gotas de sangre habían salpicado los ojos de la efigie, confiriéndole la sensación de que estaba vertiendo lágrimas rojizas. Si hasta Dios lloraba sangre, Hollow City no tendría salvación.

Entonces resonó una extraña voz que provenía de la oscuridad, que sonaba alterada por algo indefinido, casi como electrónica:

–Señores, creo que lo que buscan está allí, detrás de ustedes, hacia arriba.

El escritor y el anticuario vieron como una figura se acercaba a ellos, surgiendo de las tinieblas como un fantasma, como un espectro del infierno. Era un hombre alto, embutido en un extraño traje negro adornado con una capa, el rostro tapado por una máscara. Antes no estaba allí, de ello estaban seguros. ¿Cómo había entrado sin que pudieran advertir su presencia?

Instintivamente Page se llevó la mano al interior del abrigo, donde guardaba su pequeño Colt de 6 balas. Por su parte, Reeves retorció el mango de su bastón, al tiempo que en su mente intentaba visualizar el brillo rojizo que desprendían los Oscuros. Parecía imposible, pero no era una criatura de las tinieblas.

–No se alarmen, no soy su enemigo. Creo que los tres estamos aquí por alguna razón, aunque lamentablemente hemos llegado tarde. Miren…

Page y Reeves se dieron la vuelta, levantaron la vista y por fin vieron al Padre Franklin… colgado desnudo y ensangrentado de la gran cruz de madera que presidía la iglesia de Saint Patrick. Se habían ensañado con él. Demasiados detalles escabrosos, el equipo forense tardaría mucho en analizarlo todo y hacer el informe. Lo más evidente es que había sido necesario más de un hombre (o uno solo muy fuerte) para hacer todo aquello. Los desgarros, los cortes, la sangre… Ya no era el padre Franklin que habían conocido, era un amasijo de carne que colgaba como un animal en un gancho del matadero. Y los símbolos, aquellos jeroglíficos extraños y sin sentido que aparecían por las paredes, escritos con la propia sangre del sacerdote, por todas partes y sobre el propio cadáver… Si Dios existía, aquello no había sido obra de una de sus criaturas. Era obra del mismo Diablo.

Ruidos en el exterior de la iglesia indicaban que la policía estaba a punto de hacer su numerito particular de entrada, con la típica puesta en acción peliculera que sólo servía para alertar a los delincuentes de su presencia. Los tres hombres se miraron, tenían que salir de allí, y lo mejor era subir las escaleras que conducían a los aposentos privados del difunto sacerdote.

Vic page dio un último vistazo al cadáver del sacerdote. «Descanse en paz, Padre Franklin, Dios le proporcionará la paz. Nosotros le proporcionaremos… justicia. Amén».

Tras despedirse silenciosamente del Padre Franklin, los tres aventureros, unidos por un oscuro destino, se apresuraron a subir las escaleras que conducían a las dependencias del difunto sacerdote. La puerta estaba entreabierta. Sigilosamente, los justicieros se acercaron a la entrada, preparados para cualquier sorpresa desagradable que pudiera aguardarles en la oscura habitación. No parecía que hubiese nadie. Probaron a encender el interruptor de la pared, pero no funcionaba. Los tres hombres sacaron sus linternas, iluminando el dormitorio del sacerdote, y en sus miradas pronto se reflejó el estupor causado por el estado desastroso con el que se encontraron.

Parecía que un huracán se hubiese desatado en su interior: el suelo se hallaba cubierto por una mezcla confusa de papeles rotos, cuadros hechos añicos, libros con las cubiertas despedazadas,… Una pequeña cama se encontraba destrozada en múltiples pedazos, un televisor estaba empotrado en la pared y un par de sillas estaban aplastadas como si un gigante furioso las hubiese pisoteado. Todo era caos y desorden, 65 años de recuerdos esparcidos por todas partes, fragmentos de una vida religiosa y monacal convertidos en material de reciclaje. No contento con profanar el cuerpo del Padre Franklin, el asesino (o asesinos) había profanado también su alma.

Pero no había tiempo. Los tres hombres decidieron buscar cualquier cosa que les sirviera de indicio para descubrir lo que estaba pasando, una tarea complicada debido al estado de la habitación. Agudizando sus sentidos y su intuición, cada uno registró un área del dormitorio.

El justiciero conocido como Espectro utilizó un escáner de su propia invención, aún un prototipo en pruebas, que le permitía rastrear visualmente los espacios en varias frecuencias distintas. El moderno aparato le permitió descubrir los restos de un ordenador portátil algo anticuado, tal vez el disco duro aún tuviese alguna información aprovechable, si podía repararse.

Por su parte, el escritor Vic Page se encaminó hacia una destrozada estantería. De entre la mezcla de páginas y cubiertas arrancadas, su vista experta de investigador se posó en un libro que aún conservaba intactas varias páginas. Parecía un pequeño diario de viaje, y al fijarse con más detenimiento reconoció la letra clara y firme del entrañable sacerdote. Tal vez pudiesen hallar en su interior alguna pista útil.

El tercero de los héroes, el anticuario John Reeves, caminó cojeando hacia la ventana que daba a la oscuridad más allá de Saint Patrick. Del cristal apenas quedaban pequeños fragmentos desperdigados en el suelo. Entre ellos, había una foto donde se apreciaba a dos hombres jóvenes, ambos con camisa negra y alzacuellos. Uno de ellos era el Padre Franklin, con su inconfundible sonrisa que la edad no había podido modificar. El otro hombre era un joven rubio de ojos azules, de mirada glaciar, que también lucía una sonrisa aunque no de paz y sosiego. Al contemplar dicho rostro John Reeves sintió una punzada de desazón, algo que le inquietaba en lo más profundo de su alma. En el fondo de la foto se veía la entrada a un recinto festivo, tal vez una feria, aunque el letrero no podía leerse con claridad. ¿Sería un dato revelador, o por el contrario un callejón sin salida?

Ya habían agotado todo el tiempo disponible, era hora de salir de allí sin ser vistos, ir a un lugar privado donde poder analizar la situación con calma, intentar resolver el puzle con la poca información de que disponían…

(CONTINUARÁ…)

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