LA GUERRA SECRETA (1ª Parte)

Publicado: 16 marzo, 2012 en Historias, Relatos, Sin categoría, Sobrenatural

 

El Doctor Wan se secó el sudor de la frente con la manga de su bata blanca, y continuó con la operación. A pesar de que normalmente trabajaba sólo o con algún ayudante, esta vez tenía a sus órdenes a un equipo de cinco personas, todas ellas nerviosas debido a la gran importancia de aquel experimento. Tras examinar el cuerpo del paciente, o mejor dicho lo que quedaba de él, ordenó a uno de los ayudantes que conectara los múltiples tubos de acero a los puntos que previamente habían sido marcados con un rotulador especial. Luego se volvió hacia el cristal transparente de seguridad de la sala, donde al otro lado observaba con rostro severo Jason Strong, acompañado de su inseparable Evelyn Chang. El director de TecnoCorp esperó durante unos largos y tensos segundos, y al final asintió levemente con la cabeza. Ya no había vuelta atrás, la orden había sido dada y la última fase de la operación, la más complicada, comenzaba su inicio.

El Doctor Wan dio las órdenes oportunas y todo el equipo se puso en marcha. Aunque él siempre se mostraba frío y distante, con aquellos diminutos ojos imperturbables, esta vez en su interior ardía una llama de inquietud. El experimento era extremadamente complejo, con muy pocas garantías de que tuviese éxito, ya que era la primera vez que se hacía algo así. Aunque al menos en esta ocasión no ocurriría lo mismo que con el caso de Bubba Hots, ahora las medidas de seguridad eran extremas. Si algo fallaba, nada ni nadie podría salir de aquella sala, ubicada en los laboratorios de alta seguridad de la torre de TecnoCorp de Hollow City. Incluso existía un dispositivo que, si el director Strong lo estimaba conveniente, reduciría a cenizas todo el interior sin dejar nada con vida.

Tras conectar los tubos que procedían de una extraña máquina semicircular con un compartimento de cristal transparente en su interior, los ayudantes acercaron un carrito con ruedas que soportaba el peso de una caja metálica presurizada. El doctor Wan abrió cuidadosamente con sus manos enguatadas en látex aquella caja, y dispuso su contenido en el interior del compartimento de la máquina. Ahora todos podían contemplar aquel objeto, o quizá era al revés, pues podía parecer que el objeto de piedra del tamaño de un puño les observaba a ellos. Aquella cosa no era ni más ni menos que el Ojo de los Dioses, la preciada reliquia Valaki que Jason Strong logró adquirir meses atrás en la Sala de Subastas Angelie’s. El director de TecnoCorp sabía que el Ojo encerraba un poder desconocido en su interior, una energía de origen oscuro y ancestral necesaria para llevar a buen término el experimento.

Mientras el doctor Wan manipulaba los controles que ponían en marcha la máquina experimental, Strong se decía a si mismo que aquello era necesario, que todo el peligroso experimento se debía a un bien común. Sin embargo no estaba convencido del todo, y menos aún cuando a su lado la enigmática Evelyn Chang no paraba de quejarse.

–        Señor Strong, ¿está usted seguro de esto? –Chang, ceñuda, volvía a la carga otra vez, intentando convencer a su jefe para que abandonara el proyecto-. Después de todo el daño que hizo, después de saber de lo que es capaz, ¿cómo puede usted correr tantos riesgos? No me lo puedo creer.

–        Tranquilícese, señorita Chang, sé que está enfadada por las veces que han tenido que enfrentarse, pero todo está controlado. Confíe en el doctor Wan, sabe lo que hace.

–        ¿Confiar en ese…ese loco? Puede que ambos seamos del mismo país, pero le recuerdo que lo sacó de un inmundo agujero porque ni siquiera el gobierno chino podía soportar más sus horribles experimentos.

–        Nuestro buen doctor ha demostrado varias veces su lealtad a TecnoCorp, proporcionándole excelentes resultados. No habríamos llegado tan lejos de no haber contado con sus valiosos…conocimientos –dijo con una sonrisa irónica Strong.

–        ¿Y que me dice del asunto de Hots? Creo que metió la pata hasta el fondo. Por mi ya podrían devolverle a la cárcel de China, no es más que un fracasado e incompetente. Y encima se le ocurre jugar con estas fuerzas oscuras…-Chang movió la cabeza en sentido negativo, no aprobaba en absoluto lo que estaba ocurriendo al otro lado del cristal.

Strong meditaba en silencio, evitando contestar a su subordinada. Tal vez tuviese algo de razón, pero TecnoCorp estaba en una situación límite. O mejor dicho, lo estaba él. Hacía más de un año que Jason Strong había abierto la sede de la poderosa corporación en la ciudad de Hollow City, atraído por las posibilidades que ofrecía. Pero los problemas habían ido sucediéndose uno detrás de otro. Primero la aparición de aquellos seres, los Oscuros, que habían demostrado poseer una extra tecnología mezcla de conocimiento científico y magia negra. Luego el justiciero Espectro había escapado incomprensiblemente de las instalaciones de TecnoCorp, justo cuando iba a estudiarlo como a una cobaya de laboratorio. Después, el experimento con Buba Hots, la estrella de los Hollow Riders, le había estallado en la cara como una maldita bomba atómica. Y por último, a Paul O’Sullivan se le ocurre disparar a un niño en una manifestación, acabando con la poca reputación que le quedaba a TecnoCorp. Los accionistas de la empresa no paraban de presionarle, siempre pidiendo explicaciones, muy preocupados por los acontecimientos que aparecían en los medios de comunicación, como ese periodicucho sensacionalista llamado “American Chronicles”. Pero Strong estaba acostumbrado a la presión, él había luchado en la guerra, había sufrido, había estado en situaciones mucho peor que aquella, y siempre había salido adelante. TecnoCorp no sería nada sin él. Y Jason Strong no se iba a rendir tan fácilmente, sobretodo cuando aún le quedaba un as en la manga.

–        Todo está dentro de los parámetros establecidos, señor Strong –la voz fría e impertérrita del doctor Wan llegaba hasta el otro lado del cristal gracias a un intercomunicador-. La temperatura corporal no presenta ninguna alteración, el flujo sanguíneo sigue inmóvil, no hay signos de actividad cerebral…creo que es demasiado tarde. Hemos fracasado.

Strong cerró los ojos, cabizbajo. Otro fracaso. Ya no sabía que hacer, se sentía como un jugador de cartas que lo apostaba todo en una última jugada y al final lo perdía todo. Miró el Ojo de los Dioses, que parecía contemplarle burlonamente en su desesperación. Debería haber hecho algo antes, debería…

Y entonces ocurrió. Primero fue un débil resplandor, pero después una suave fluorescencia comenzó a brotar de la reliquia de origen Valaki. La máquina circular comenzó a vibrar, y una pequeña lluvia de chispas eléctricas salpicó a los tubos metálicos que se hundían en el cuerpo tendido sobre la mesa de operaciones. El doctor Wan se lanzó sobre los controles del aparato, ordenando a todo el equipo que mantuviese la calma y se preparase. Ante todos los presentes, el Ojo de piedra se volvió de un intenso color negro, y el cristal transparente que lo cubría reventó con un enorme estallido. De la reliquia comenzó a emanar una especie de rayos de energía de color oscuro, una red de tentáculos de negrura que comenzó a ser absorbida por los tubos, hasta canalizar aquel poder sobre los restos del cadáver.

Strong levantó su mano derecha metálica, camuflada por la piel sintética, sobre el gran botón rojo del panel de control, tan solo tenía que pulsarlo y el experimento terminaría. Dudó un instante, el momento de la elección había llegado. ¿Y si Chang tenía razón, y si aquello era demasiado peligroso para todos? ¿Y si se equivocaba, y el resultado era un desastre de proporciones épicas? Duda, temor, inquietud, peligro,…¿ese era ahora Jason Strong, un soldado convertido en un ejecutivo de traje y corbata? No, él era aún un luchador, no dejaría que el miedo entrase en su interior, combatiría hasta el final, llegaría hasta las últimas consecuencias. Strong retiró la mano del botón, sin pulsarlo, ante la ceñuda mirada de Evelyn Chang, que se marchó de la sala sin mirar atrás. El director de TecnoCorp observó atento todo lo que pasaba en el interior del laboratorio, y sonrió al escuchar las palabras del doctor Wan:

–        La temperatura está subiendo ligeramente, la presión arterial parece dejar sentirse, aunque muy débilmente…¡Dios mío, sus ojos! –el siempre imperturbable doctor manifestó esta vez una gran sorpresa, añadiendo satisfactoriamente:- Señor Strong, creo que lo hemos conseguido.

–        Felicidades, doctor Wan. Buen trabajo. Continúe con las pruebas e infórmeme de cualquier novedad al respecto. Estaré en mi despacho.

Strong felicitó al resto de los miembros presentes y salió del laboratorio, cogiendo el ascensor y subiendo hacia las plantas superiores del gran edificio. Su corazón biónico palpitaba alegremente, aumentando su ritmo sanguíneo a causa de la excitación. Se sentía feliz, eufórico, poderoso. Como un dios.

 *****

 –        Nicholas Rose, ¿adonde crees que vas a estas horas de la noche? –dijo la madre de Nick, una mujer madura y algo gruesa.

–        Madre, te recuerdo que ya no soy un crío, hace años que cumplí la mayoría de edad –contestó Nick Rose, que había cambiado su habitual mono sucio por unos vaqueros y una cazadora oscura.

–        ¡Claro! Y por eso crees que tienes derecho a irte por ahí de juerga con tus amigotes dejando sola a tu madre. ¡Que juventud!

Nick suspiró, con una mezcla de exasperación y tristeza. Se acercó a su madre y la abrazó para consolarla, aunque sabía que dentro de un rato comenzaría a llorar, cuando él no estuviera delante. Desde la noche en que los Oscuros se habían llevado a Nick a Bussler Green y habían intentado raptar también a su madre, la señora Rose ya no había vuelto a ser la misma. Además, la inesperada aparición del hijo mayor, Kevin, y su asombrosa revelación como criatura sobrenatural, casi había llevado a la buena mujer a un ataque de nervios. Para mantenerla a salvo, Nick había alquilado un pequeño apartamento en un destartalado edificio de Green Leaf, con el dinero que le había prestado su viejo amigo John Reeves, y todos los días iba a verla. Sin embargo, cada vez que llegaba la hora de irse, la madre de Nick se ponía triste y melancólica, y al pequeño de los Rose se le hacía cada vez más difícil despedirse.

Entonces sonó una serie de pitidos electrónicos, que provenía del teléfono móvil de Nick. Éste miró la pantalla, y vio que tenía un mensaje de los chicos de La Guarida.

–        Lo siento madre, he de irme –dijo Nick a la mujer, dándole un beso en la mejilla.

–        Está bien, vete –contestó su madre, enfurruñada. Pero antes de que su hijo se fuese, le dijo con una mirada amorosa: -Ten cuidado, Nick.

Nick salió rápidamente, dirigiéndose hacia su vieja furgoneta, y antes de arrancar el motor leyó el mensaje de su móvil. Era de Marianne, la jefa de los chicos de La Guarida. “El lobo está en el cubil. 25 de Stanton Street. Date prisa”. Rose guardó el móvil y puso en marcha el vehículo, internándose en las calles de Green Leaf que a esas horas estaban prácticamente vacías. Mientras conducía más deprisa de lo habitual, llegando a saltarse un par de señales de Stop y algún que otro semáforo en rojo, el joven se dijo que aquellos chicos no eran tan malos, puesto que habían conseguido encontrar el refugio de aquel ser al que últimamente le seguía el rastro sin poder nunca conseguir echarle el guante. Miró un instante al compartimento de atrás, donde había dejado su vieja mochila llena de “utensilios” para la caza. Lamentaba no haberle dicho nada a su madre, pero no quería decirle adonde iba para no alterarla más de lo que ya estaba. Porque el ser al que estaba persiguiendo, el que iba a ser su presa esta noche, no era otro que el demonio conocido como Black Devil. O lo que era lo mismo, su hermano mayor, Kevin Rose.

Nick estacionó justo enfrente de su destino, un viejo caserón situado en una zona marginal del barrio latino de Hollow City, justo al lado del viejo cementerio de Weenhaven. El lugar apropiado para que un demonio se ocultase a la luz del día. Aunque Nick había sido salvado de las garras de los Oscuros por su hermano, había visto en sus ojos la furia destructiva de la entidad que habitaba en su interior. Algo se había apoderado de Kevin, mancillando su alma, transformándolo en un ser cruel y violento. Últimamente habían ocurrido algunas muertes extrañas en las calles de Hollow City, casi todos delincuentes que habían hallado un trágico final antes de tiempo de una forma horrible. Aunque la policía no había hecho mucho caso, debido a la naturaleza de las víctimas, alguien debía parar aquella estela de muerte antes de que el próximo en palmarla fuese algún inocente. Y Nick sabía que el culpable de todo aquello era su hermano, y aunque no le gustaba tener que hacerlo, iba a pararle los pies.

Nick sacó de su bolsa un frasco que contenía un líquido de color azul, y una jeringuilla. Una vez más practicó el ritual habitual, administrándose el Suero, la misteriosa sustancia que le aumentaba sus capacidades físicas y perceptivas hasta más allá de lo habitual en un ser humano. Pero por muchas veces que se inyectara el líquido, era algo que siempre le disgustaba, ya que sentía como si una pequeña porción de su alma le fuese arrancada. Era como rebajarse hasta el nivel de los seres de las tinieblas, ser un poco como ellos. Y además, sabía que si se administraba el Suero varias veces en un corto periodo de tiempo podía haber secuelas. Pero si alguna vez había sido más necesario que nunca otorgarse las ventajas del fármaco, el momento era ahora. Nick cerró los ojos y respiró varias veces de forma profunda, exhalando el aire de sus pulmones suavemente, según mandaban los cánones del kokyu. Aquella era una técnica oriental que utilizaba para aclarar tanto su mente como su espíritu, y que junto al Suero formaba parte de la preparación necesaria para la cacería.

Una vez que estuvo listo, comprobó los cartuchos especiales de su escopeta recortada, con los que había mandado al infierno a multitud de criaturas de la oscuridad, y salió del coche, avanzando hacia la casa en ruinas. Aunque por los alrededores del cementerio de Weenhaven no se veía a nadie, el joven exterminador de plagas y cazador de monstruos se acercó con precaución a la entrada. La puerta estaba cerrada, por ninguna de las ventanas se veía luz alguna, y ningún sonido provenía de la casa, salvo el murmullo del viento fresco de la noche. Nick rodeó las sucias paredes donde los grafiteros habían plasmado su discutible talento artístico, hasta encontrar la puerta trasera que debía de dar a la cocina. Accionó el tirador y la puerta se abrió sin ofrecer resistencia, penetrando en el interior de la casa. De momento no hizo uso de la linterna de bolsillo que siempre llevaba encima, puesto que uno de los efectos del Suero era que mejoraba su umbral de visión nocturna, equiparándola a la de un felino. Al atravesar la cocina para llegar a un estrecho pasillo, observó que el pegajoso suelo estaba plagado de latas, botellas y restos de comida, y a juzgar por el nauseabundo hedor reinante debían proceder de varios días atrás. Posiblemente los jóvenes del barrio utilizaban aquella casa deshabitada para montarse sus juergas desenfrenadas, aunque eso había sido antes de la aparición de su nuevo inquilino.

Entonces Nick escuchó un sonido, como una pisada ligera, que parecía venir de la planta de arriba. Solo su percepción aumentada gracias a la droga podía haberle alertado del ruido, y con un sigilo digno de una pantera recorrió el corredor hasta llegar al pie de las escaleras que conducían al piso superior. Fue entonces cuando sintió que una especie de oleada golpeaba repentinamente el fondo de su mente, una vibración que recorría todo su cuerpo como una señal de alerta. Era el Don, el sexto sentido que le ponía sobre aviso ante la presencia cercana de criaturas sobrenaturales, lo que indicaba que su hermano Kevin se hallaba cerca. Una vez más, Marianne y los chicos de la Guarida habían acertado. Con toda la precaución que pudo, Nick subió los peldaños de la escalera, atento a cualquier señal de peligro. Cuando llegó al final de la escalera, una súbita ráfaga de aire le golpeó el rostro, al mismo tiempo que una sombra se movía rápidamente delante de él, atravesando el umbral de una de las habitaciones. Manteniendo su recortada apuntando al frente, Nick se asomó al interior de la habitación. Allí no había nadie.

–        Hola, hermanito –dijo la voz de Kevin a su espalda, sorprendiéndole.

Nick se movió lo más rápidamente que pudo girando su cuerpo sobre si mismo, pero no fue lo suficientemente hábil. De la oscuridad surgieron dos brazos que le arrebataron el arma tan fácilmente como si fuese un niño al que le quitan su juguete, y luego sintió un golpe terrible en el estómago que le hizo tambalearse de dolor.

–        ¿Es así como me agradeces el haberte salvado de aquellos tipos raros de Bussler Green? –la figura alta y atlética de Kevin Rose se recortaba en la oscuridad, delante de él.

–        Hola Kevin –dijo Nick, recuperándose del golpe-. Ya sabes a lo que he venido, así que entrégate y no me lo pongas más difícil de lo que ya es.

–        ¡Ja, ja, ja! –rió Kevin –sigues siendo igual de confiado que siempre, Nicky. Creías que me encontrarías durmiendo aquí, indefenso, para llegar hasta mí en la oscuridad y volarme la cabeza, ¿verdad? Como si yo fuese uno de esos monstruos descerebrados a los que das caza sin cuartel. Para que lo sepas, desde que llegaste con tu destartalada furgoneta las voces ya me habían avisado de que estabas aquí. No tienes ninguna oportunidad, Nicky, y ahora no está nuestra madre para sacarte las castañas del fuego, como en los viejos tiempos.

Mientras su hermano hablaba, Nick decidió que debía distraerle, ganar tiempo, para mover sus manos lentamente. Una para coger una pequeña bengala de magnesio que guardaba en el bolsillo izquierdo de su pantalón, la otra para alcanzar el cuchillo de hoja plateada enfundado a su espalda. Debía esperar su oportunidad, el momento justo para llevar a cabo la maniobra sincronizada.

–        Kevin, necesitas ayuda. No puedes ir por ahí cargándote a la gente, aunque sean delincuentes. Debes parar.

–        ¡Y un carajo! –la voz de Kevin sonó enfurecida, con un tono gutural –Mira esta ciudad, Nick. Hollow City está podrida, llena de barrios decadentes, casas ruinosas como esta, lugares apestosos como la Cloaca, que no son más que el refugio de los delincuentes y maleantes. Son una plaga, hermano, y hay que exterminarlos, borrarlos del mapa. Soy como tu, pero no me limito a cazar criaturas tenebrosas porque sean diferentes, yo no hago distinciones. Si alguien es malo, lo elimino, sea humano o demonio. Yo hago justicia.

–        ¿Justicia? –Nick comenzó a mover las manos, preparándose para actuar –Tu cruzada sangrienta está azotando Hollow City. Cada noche alguien muere en la ciudad, y poco a poco la policía o TecnoCorp irán estrechando el cerco, hasta darte caza. Entregate, Kevin, conozco a gente que puede ayudarte.

–        ¿Ayudarme? –Kevin lanzó una carcajada –No necesito ninguna ayuda, ya tengo a las voces. Ellas me dicen lo que debo hacer, me guian, me dan la fuerza necesaria. Ojala pudieras oírlas, Nicky, son maravillosas una vez te acostumbras. Yo luché contra ellas durante años, hasta que comprendí que había que liberarlas, dejarse llevar. Ahora que se como controlarlas, me he convertido en un ser superior.

–        Kevin, tu no controlas nada, son esas malditas voces las que te dominan a ti, convirtiéndote en algo que no quieres, en algo que no eres en realidad. ¿O es que acaso quieres acabar como nuestro padre, muerto antes de tiempo? ¿Es que quieres matar a madre de un disgusto?

La mención de la señora Rose hizo que Kevin callase, su oscura figura cabizbaja quedó inmóvil, como invadido por un sentimiento de culpa. Esa era la señal. Pero cuando Nick cogió la bengala y el cuchillo para atacar a su hermano, el cristal de la habitación que estaba a su espalda estalló en pedazos, a la vez que sentía en su interior la llamada del Don. Una silueta negra se había deslizado mediante una cuerda desde la parte superior de la casa, penetrando en la habitación con un extraño objeto en la mano. El extraño arrojó el objeto, un pequeño cubo metálico con pequeños agujeros en todas sus pulidas superficies, al interior de la habitación, justo a los pies de Kevin. El objeto hizo un pequeño ruido, como el chirriar de un grillo, y de cada uno de sus orificios empezó a manar una sinuosa nubecilla de color verdoso.

–        ¡Es gas! –gritó Kevin, lanzándose hacia atrás para salir de la habitación.

Nick comenzó a notar un gran escozor en la cara y en los ojos, pero debido a los efectos del Suero no cayó inconsciente, sino que se abalanzó contra el hombre de negro propinándole un puñetazo. El ataque tomó por sorpresa a su enemigo, que no esperaba resistencia, y su cuerpo fue lanzado otra vez hacia la ventana, pero en sentido inverso al utilizado para entrar. Se escuchó un grito agudo, y después el chocar del cuerpo al estrellarse contra el suelo tras varios metros de caída. Al asomarse por la ventana hecha añicos, Nick observó como un grupo de hombres vestidos con extraños uniformes negros rodeaban la casa, echando a golpes la puerta principal. Los Oscuros habían vuelto.

El cazador de monstruos se dio la vuelta, pero su hermano Kevin había desaparecido. Tras recoger la recortada que estaba en el suelo, salió de la habitación a toda prisa. Los soldados sobrenaturales que estaban al pie de las escaleras comenzaron a dispararle con sus armas bio-infernales, unidas a sus brazos mediante tentáculos sinuosos. Nick tuvo que echarse al suelo para cubrirse, a la vez que abría fuego con su arma. Por el rabillo del ojo vio a Kevin abalanzarse sobre uno de los Oscuros, atravesando su torno mediante unas garras afiladas. Entonces los soldados se abalanzaron en grupo contra Kevin, como si en lugar de matarlo quisieran capturarlo con vida, pero eso fue su error. Las voces habían vuelto a tomar el control de Kevin, transformándolo una vez más en el terrible demonio que habitaba en su interior, el cual no dio tregua alguna. Los Oscuros cayeron al suelo uno tras otro, sus trajes de defensa cortados, rasgados y atravesados por las temibles garras del demonio. La lucha fue corta aunque brutal, y el resultado solo fue sangre, dolor y muerte.

–        ¡Kevin, espera! –gritó Nick, bajando las escaleras a toda prisa.

–        Kevin Rose no está –dijo la criatura –Ahora puedes llamarme…Black Devil.

Nick apuntó con su escopeta al demonio, pero antes de poder dispararle éste se marchó velozmente, escapando al exterior. Maldiciéndose a si mismo por haber dudado un segundo, Nick salió en persecución de su hermano. Podía ver como saltaba fácilmente el muro que rodeaba el cementerio, mientras que él aún estaba a varios metros. A pesar de los efectos potenciadores del Suero, Black Devil era más fuerte y rápido que Nick. Cuando éste último llegó hasta la verja oxidada del edificio, la figura de Kevin se mezclaba entre las numerosas lápidas. Fue entonces cuando de entre las grandes cruces de piedra salieron varios Oscuros, que lanzaron contra Kevin una serie de aquellos cubos metálicos que expulsaban gas, tomándole por sorpresa. Nick quiso escalar las rejas de hierro para ayudar a su hermano, pero una lluvia de proyectiles lanzados por los soldados le obligó a buscar cobertura. Entonces observó con sorpresa como los Oscuros arrastraron el cuerpo inconsciente de Black Devil hacia un curioso objeto metálico en forma de cápsula, de casi dos metros de altura. Tras abrir la cápsula, los soldados uniformados metieron a Kevin en su interior y luego la cerraron, llevándosela consigo mientras se adentraban en el interior del cementerio.

Nick sabía que eran demasiados para él solo, y además presentía donde iban a llevar a su hermano. Al mismo sitio donde el propio Nick fue retenido, golpeado y torturado, hasta que Kevin acudió a su rescate. A aquel misterioso lugar bajo el subsuelo de Bussler Green. Mientras el cazador se alejaba del lugar hacia donde se hallaba su furgoneta, sus pensamientos ya estaban puestos en el próximo paso que debía dar. Tendría que pedir una reunión de los Cazadores, un hecho que no se producía en Hollow City desde hacía años.

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