EL ORIGEN DE LOS VALAKI

Publicado: 26 febrero, 2012 en Historias, Relatos, Sin categoría, Sobrenatural

Hace más de 5.000 años, en algún lugar del mundo…

 El sol se hundía desde lo alto por detrás de Kara’l, el gran montículo de roca negra que dominaba toda la zona, proyectando un conjunto de luces y sombras que se extendía como un suave manto sobre el valle de Souphos. La noche se acercaba a pasos agigantados sobre el pueblo de los Valaki, y los habitantes del valle acudían a buscar refugio tras los pétreos y gruesos muros de la gran ciudadela. Los Valaki eran un pueblo predominantemente agricultor y cazador, aunque también trabajaban la piedra y la cerámica. Por ello toda la ciudadela estaba repleta de elaboradas estatuas, que mayoritariamente representaban a sus bondadosos dioses: Onuk, el dios del Sol; Velha, la Diosa de la naturaleza; y muchos otros dioses del Panteón Valaki. Por supuesto, en la sociedad Valaki existían también guerreros, una élite especializada en el manejo del tlauitolli (arco corto) y del macuahuitl (una mezcla entre espada y maza de madera). Pero los guerreros Valaki cumplían más una función de guardianes de la paz y vigilantes que la de ser un auténtico ejército, puesto que a excepción de ciertas rencillas ocasionales con el pueblo vecino, los Fassazi, en el valle de Souphos siempre reinaba la paz y la armonía.

Pero esta noche algo iba a enturbiar la tranquilidad habitual de los Valaki. Una amenaza oscura, una presencia que se ocultaba entre las sombras, acechando a los confiados hombres que volvían a sus hogares después de una dura jornada de trabajo. La presencia deambulaba entre las bajas casas de piedra, moviéndose con gran rapidez y sigilo, sin ser vista. Pasó entre un grupo de carros cargados de heno, tan rápido que sólo los animales que tiraban de ellos detectaron su presencia. Pero sus dueños se limitaron a calmar a las bestias, que relinchaban asustadas y nerviosas, achacando su agitación al hambre y al cansancio. Luego la presencia atravesó una calle mal iluminada, rozando levemente a uno de los guardias que hacía su ronda habitual, pero cuando éste se volvió solamente pudo observar como el polvo del suelo se movía repentinamente. Sin saber por qué, el guardia se estremeció, diciéndose a si mismo que todo era por culpa del viento frío de la noche. A lo lejos, un perro comenzó a ladrar estrepitosamente, una y otra vez, hasta que su dueño salió a ver que pasaba. Pero el perro ya había dejado de ladrar, es más, ya ni siquiera estaba, pues lo único que encontró de él fueron unas gotas de sangre sobre el polvoriento suelo…

Y así, deslizándose entre las callejuelas de la ciudadela Valaki, la presencia inquietante llegó hasta una casa, cuya entrada consistía en dos pilares de piedra tallados con los rostros de los dioses Onuk y Velha, los cuales soportaban el peso de un dintel con los símbolos Valaki de la paz y la bienvenida. Desde el exterior podían oírse los llantos de un bebé, y los arrullos amorosos que le lanzaba su madre mientras le preparaba leche caliente. También podían escucharse los ruidos que hacía el cabeza de familia, un guerrero de piel morena y cabello largo llamado Jaseek, mientras intentaba encender una vieja pipa de fumar. Una noche tranquila para aquella familia…hasta ahora. La presencia rodeó la casa con la agilidad de un gato, hasta que se topó con un grueso muro que protegía el patio trasero. Pero aquello no era ningún obstáculo para la sombra acechante, y sirviéndose de sus afiladas garras escaló la pared, para a continuación saltar hacia el interior del patio. Los animales que allí habitaban comenzaron a resoplar de miedo, pues podían sentir perfectamente aquella presencia maligna que les infundía un terror indescriptible.

La presencia aguardó allí, oculta en la penumbra, hasta que Jaseek salió al patio, alertado por los ruidos lastimeros que proferían los animales.

–        A ver, ¿se puede saber que os pasa? ¿Es que queréis más comida? –dijo Jaseek, acercando su musculoso cuerpo hacia un grupo de gallinas que correteaban despavoridas.

Entonces Jaseek percibió algo raro, como si no todo estuviese bien del todo. Pasó la vista de un animal a otro, contemplando como todos se comportaban como si estuviesen nerviosos, asustados. Y entonces notó que alguien le estaba observando, no estaba solo en el patio, había alguien más allí, alguien…o algo. Y entonces lo vio. Un par de puntitos rojos que brillaban en la oscuridad. De repente, los puntitos aumentaron de volumen hasta llegar a ser dos grandes ojos inhumanos, que centelleaban ferozmente como carbones al rojo vivo. Jaseek intentó gritar para advertir a su familia, pero no tuvo tiempo. La presencia maligna cruzó velozmente el patio hasta llegar a él, y aunque la escasez de luz impedía revelar totalmente su identidad, el corazón del guerrero quedó atenazado de puro espanto. Pues la muerte había venido del más allá para llevárselo consigo…

 *****

 Al día siguiente, una muchedumbre agitada se encontraba reunida delante de la casa de Jaseek. Todos sabían que algo grave había ocurrido, pero no sabían el que. Rumores y cotilleos se extendían rápidamente entre el gentío como las olas en el mar, pero todo eran especulaciones. Se habían llamado a los guardias y a los médicos del Gran Templo de Onuk, pero nada más se sabía con certeza. Entonces la multitud se hizo atrás, pues la puerta de la casa se había abierto, emergiendo las figuras vestidas con túnicas blancas de los médicos. Llevaban en una camilla a la esposa de Jaseek, viva pero con la mirada perdida, como si hubiese contemplado algo tan horrible que le había hecho atravesar las barreras de la cordura. Detrás de ellos, uno de los guardias sostenía al pequeño bebé hijo de Jaseek, que no cesaba de revolverse lloriqueante. Sin embargo, no se veía al gran guerrero por ninguna parte, y el rostro de los médicos y de los guardias que salían de la casa era revelador.

–        ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Dónde está el gran guerrero Jaseek? –inquiría la multitud.

Uno de los guardias se paró, volvió su cabeza hacia la casa, y moviendo negativamente la cabeza respondió:

–        Los demonios del Inframundo se lo han llevado. Jaseek está muerto.

Y al recordar el estado del cuerpo de Jaseek tal y como lo habían encontrado, el guardia se inclinó y vomitó de espanto.

 *****

 Al pie del montículo de Kara’l, la montaña sagrada de los Valaki, se encontraba el gran jefe Gornak, caudillo de su pueblo desde que años atrás su padre pereciese en una cacería de osos. Alto y fuerte, de mirada decidida y con un noble espíritu, Gornak se había ganado el respeto de su pueblo, el cual siempre confiaba en todas las decisiones que tomaba. Sin embargo, para ser un gran líder había que saber cuando había que pedir consejo, cuando era mejor escuchar antes que hablar o actuar. Y aquel era uno de esos momentos.

Antes de iniciar la escalada de la montaña por la cara norte, pues la del sur daba a un gran abismo infinito oscuro y mortífero, Gornak realizó un pequeño ritual que incluía un cántico de alabanza a los dioses Valaki, pues de no hacerlo estaría profanando tierra sagrada, lo que atraería sin duda el castigo del gran dios Onuk. Luego el jefe Valaki comenzó el ascenso, largo y costoso, hasta llegar hasta una gruta que se encontraba a unos cien metros sobre el nivel del suelo. No necesitaba ninguna fuente de luz, puesto que en la entrada de la gruta se hallaba colocada una antorcha encendida, y había más a lo largo del túnel que se adentraba en el interior de la montaña. Gornak continuó por el túnel, que se ramificaba en distintas direcciones, pero él conocía el camino principal, el que necesitaba recorrer para encontrar a su objetivo.

Tras varios minutos andando, Gornak llegó hasta una gran sala, poblada de estatuas extrañas, animales disecados, frascos llenos de sustancias misteriosas y tablas de madera talladas con extraños símbolos místicos. El aire olía a incienso, provocándole un leve escozor tanto en los ojos como en la nariz. Gornak caminó con sumo cuidado entre aquellos artefactos, pues desconfiaba de los misterios de la magia, a pesar de que en innumerables veces ésta había ayudado a su pueblo.

–        ¿Dónde estás, Kuzul, viejo shamán? Soy el jefe Gornak, tu pueblo te necesita –dijo el guerrero, alzando la voz un poco, pues el ambiente tétrico de la guarida del shamán le impedía gritar a viva voz.

–        Estoy aquí, gran jefe –dijo una voz susurrante y anciana a espaldas de Gornak, haciéndole dar un pequeño respingo de sorpresa.

Tras intercambiar los saludos de rigor entre jefe y shamán, Gornak examinó a Kuzul. El anciano, que ya era viejo desde que el guerrero tenía memoria, era una delgada silueta de piel reseca que dejaba ver casi todos sus huesos. El poderoso shamán era el único que vivía en la montaña sagrada, custodiando los secretos de la magia antigua de los espíritus del mundo oculto. Anciano, débil y enfermo, Kuzul se apoyaba en un grueso cayado de madera, tallado con cientos de runas arcanas que encerraban una magia poderosa. Porque aunque a simple vista no lo parecía, Kuzul era muy poderoso, y no solo por sus conocimientos mágicos, sino por su inteligencia y su sabiduría, alargadas con la experiencia que proporcionan los años. Y el viejo Kuzul tenía años de sobra, como bien mostraba su melena larga y descuidada, totalmente canosa, y sus largas y grasientas uñas.

–        Y bien, ¿cual es la causa que trae al venerable jefe Valaki a la humilde morada de este viejo gruñón? –preguntó el shamán.

–        Gran Kuzul, venerable anciano, necesito de vuestro consejo, pues un gran mal ha asolado esta noche a nuestra ciudadela. Jaseek, uno de nuestros más grandes guerreros, al que yo llamaba hermano desde niño, ha sido monstruosamente asesinado.

–        ¿Cómo ha muerto?

–        Su cabeza había sido arrancada de su cuerpo, su cuerpo estaba abierto en canal, y su corazón…no estaba, su asesino se lo llevó. Su esposa ha enloquecido, y no puede hablar. Y el único que pudo haber visto algo es demasiado pequeño para decir nada. El pueblo está aterrorizado, no sabemos que hacer –Gornak bajó la cabeza, compungido.

–        ¡Ah, la muerte, esa vieja acechante! –dijo el shamán, entornando los ojos-. El mal habita en los corazones de los hombres desde que el mundo es mundo, albergando una crueldad inimaginable. Dime, Gornak, ¿ese tal Jaseek tenía enemigos?

–        No, gran Kuzul. Los únicos enemigos de los Valaki son los rebeldes Fassazi, que habitan a varias jornadas al oeste de nuestro valle. Pero hace tiempo que no sabemos nada de ellos, estamos en buenos tiempos de abundancia para todos y no hay necesidad de guerrear. Además, el estado de su cuerpo…no sé, no creo que haya sido obra de un guerrero enemigo. Creo que hay algo más detrás de esto… -dijo el líder Valaki, sin utilizar la palabra adecuada.

–        ¿Te refieres, acaso, a la magia? –dijo sonriente el anciano shamán, revelando una boca desdentada-. Tranquilo, pronunciar esa palabra no es malo. De hecho, la magia no es buena ni mala, es como una herramienta, depende de quien la use. Así que quieres saber si se ha utilizado magia en la muerte de tu amigo, ¿es eso, joven guerrero? –Kuzul miró fijamente a los ojos de Gornak-. Sea, pues.

El anciano caminó apoyándose sobre su báculo, y comenzó a registrar toda la estancia buscando una serie de objetos. Encendió unas pequeñas brasas para calentar un poco de agua en un cuenco, donde comenzó a arrojar el contenido del interior de varios de sus exóticos frascos. Luego sacó de una pequeña caja una serie de pequeñas tablillas hechas de huesos, con extraños símbolos marcados en ellas. Arrojó las tablillas al interior del cuenco, a la vez que comenzó a canturrear en un antiguo idioma desconocido. El cántico fue aumentando de intensidad, hasta que el shamán casi gritó una palabra, momento en el que una nube de vapor azul escapó del cuenco con un sonoro estallido. A continuación Kuzul cogió un cuchillo de piedra, y se hizo un pequeño corte en un dedo, vertiendo unas pocas gotas de su sangre sobre el cuenco, removiéndolo todo con un enorme cucharón de madera. Entonces Gornak contemplo atónito como el anciano metía las manos en el interior del cuenco ardiente sin inmutarse, sacando las tablillas de hueso y lanzándolas al aire exclamando más misteriosas palabras. Luego Kuzul se arrodilló sobre el suelo, acercándose a cada una de las tablillas pero sin tocarlas, analizándolas con precisión, intentando discernir cada detalle que pudieran mostrarle. Si Gornak hubiese visto realizar aquello a cualquier otro, pensaría que era un loco, pero ante sí se hallaba el gran shamán Kuzul, señor de los espíritus, y por lo tanto solo podía esperar quieto y en silencio, admirando los prodigios que podía realizar aquel hombre sabio.

Cuando Kuzul terminó de examinar los huesos del destino, miró pesaroso al líder Valaki, reflejando que sabía algo, y que no iba a ser de su agrado.

–        Los espíritus de la gran madre Velha han hablado. Como temías, una magia terrible y maligna ha sido desatada contra los Valaki. Se trata de un poder oscuro y ancestral, un espíritu del submundo. Alguien ha despertado al aterrador demonio Kazhalgor, alguien que posee un ídolo pagano con cuerpo de demonio y cabeza de hombre. ¿Te suena de algo esto?

–        Sí, se dice que los Fassazi adoran a un dios con cabeza humana pero cuerpo de animal. ¡Entonces son ellos, miserables cobardes! ¿Por qué lo habrán hecho? Si quieren guerra, entonces tendrán guerra –dijo encolerizado el líder Valaki.

–        La mejor manera de acabar con tu enemigo es quitarle lo que más quiere. Arrebátale el ídolo a los Fassazi, y dejarán de ser una amenaza para tu pueblo. Sé que es una decisión complicada, pero a veces para conseguir algo hay que realizar sacrificios. No puedo decir más.

Kuzul cayó al suelo, agotado y sudoroso, y Gornak le acercó una manta hecha con pieles animales. Le preparó al anciano una infusión de hierbas, y cuando vio que ya se encontraba mejor, se despidió del venerable shamán y se fue. Mientras Gornak se preparaba para descender otra vez por la montaña Kara’l, juró por todos los dioses Valaki que no descansaría hasta vengar a Jaseek, aunque fuese lo último que hiciese.

 *****

 Anochecía sobre el poblado de los Fassazi cuando Gornak y una docena de sus mejores guerreros Valaki vigilaban los movimientos de sus habitantes. Llevaban escondidos entre las dunas de aquellas desérticas tierras varias horas, esperando su oportunidad de atacar. Amparados por la oscuridad, Gornak sabía que era el momento de actuar, antes de que algún vigilante se diese cuenta de su presencia. Mientras el jefe Valaki hacía la señal de avanzar, se preguntó por qué no había más vigilancia, pues los Fassazi deberían haber supuesto que los Valaki tomarían represalias por la muerte de uno de los suyos. Pero ya no había vuelta atrás, así que decidió continuar, ordenando a los suyos que tomaran posiciones. Uno de sus exploradores regresó del poblado enemigo, con el objetivo cumplido de averiguar cuales eran las defensas de los Fassazi y donde se encontraba el ídolo demoniaco. Según el explorador, había una gran cabaña en la parte norte del asentamiento, adornado con pieles de distintos tipos de animales, cráneos y huesos, que debía servir de templo para sus ceremonias paganas. Allí debían custodiar el ídolo.

Gornak hizo señas a su arquero más experto para que se adelantara. Obedeciendo a su jefe, el arquero se acercó lo máximo que pudo a la empalizada de madera que protegía el poblado enemigo, asegurándose de no ser visto. Luego extrajo una flecha con punta de obsidiana de su carcaj para colocarlo en el tlauitolli, apuntando cuidadosamente al único vigilante que había. El arquero Valaki disparó la flecha, demostrando su puntería pues el guardia enemigo cayó abatido sin ni siquiera soltar ningún grito.

A continuación los Valaki treparon sigilosamente por la empalizada, y amparados por la oscuridad se internaron en el poblado Fassazi, desplegándose por varias zonas. El explorador guió a Gornak y cuatro de sus hombres hasta la gran cabaña de los huesos, donde pudieron ver que estaba custodiada por dos grandes guerreros. Sus cuerpos semidesnudos estaban cubiertos por símbolos sagrados, e iban armados con gruesos garrotes capaces de romper el cráneo de un buey de un solo golpe. Preparando sus macuahuitl, Gornak se lanzó hacia delante a toda velocidad, seguido por sus hombres. Antes de que pudiesen reaccionar ante la sorpresa del ataque, las incrustaciones de obsidiana de las armas de madera golpearon sus cabezas emitiendo sonoros crujidos. Los cuerpos moribundos de los Fassazi cayeron desplomados a tierra, con sus cráneos cubiertos de sangre.

Gornak dudó un instante antes de entrar en la cabaña, pues nada bueno auguraba el destino a aquellos que profanaban templos sagrados, en especial si eran dioses enemigos. Pero el líder Valaki recordó la muerte reciente de su amigo Jaseek, y guardándose sus supersticiones al fin entró en el recinto. El interior de la cabaña estaba oscuro, sólo iluminado por unos pequeños braseros colocados encima de un altar de piedra rudimentario. El altar estaba manchado de una sustancia oscura y viscosa, y Gornak supuso que recientemente habría servido para realizar algún sacrificio pagano. Y entonces sus ojos se posaron sobre una gran estatua de madera negra, de más de dos metros de altura, recubierta completamente de pinturas rituales y símbolos mágicos. La escultura parecía muy antigua, y además estaba tallada con una exquisitez inusual, presentando unos rasgos tan claros que parecía un ser vivo. Pero lo que más turbó a Gornak fue la forma abominable e inhumana del ídolo, pues si bien su cabeza era la de un majestuoso y bello rostro humano, su cuerpo era ignominiosamente horrible, una afrenta a la vida misma. Nada más ver aquella ofensa a la naturaleza, Gornak supo que tenía que destruirla. Pero no iba a ser fácil, puesto que sus hombres se habían quedado fuera del templo, presos de los temores supersticiosos típicos en aquella era.

Gornak se subió al altar, y luego saltó sobre la estatua, trepando hasta llegar a la cabeza. Blandiendo su arma, descargó un potente golpe sobre su objetivo, haciendo saltar pequeños fragmentos en la zona del cuello del ídolo. Volvió a repetir la acción, una y otra vez, empleando toda su fuerza, toda su rabia, en cada golpe. Pero entonces, cuando ya casi estaba, la espada-maza se rompió en dos mitades, pues tal arma no podía aguantar la furia de aquellos golpes terribles.

–        ¡Jefe Gornak, de prisa, nos atacan! –dijo la voz de uno de los guerreros Valaki en el exterior.

Les habían descubierto, era el momento de huir o nunca podrían regresar con vida a su pueblo. Entonces Gornak, con un grito salvaje de furor, cogió con sus poderosos brazos la cabeza del ídolo por ambos lados, y empleando toda la energía de su cuerpo la arrancó de cuajo, separándola de su horripilante torso. Y entonces ocurrió lo impensable, y un terror pavoroso se apoderó de él por unos instantes, al ver como tanto de la cercenada cabeza como del resto de la estatua emanaba una sustancia oscura y maloliente, como si aquella gigantesca reliquia fuese en realidad un dios al que acababa de asesinar.

Sin embargo, los gritos y sonidos de lucha del exterior indicaban a Gornak que sus hombres estaban en peligro, así que recogió una piel de animal que allí había y envolvió con ella a toda prisa la cabeza de madera, cargándola consigo. A continuación salió al exterior, donde observó que la lucha ya había comenzado. La mitad de los guerreros Valaki habían sido abatidos por las lanzas y los garrotes de los Fassazi, y el resto que aún quedaba en pie se replegaba esperando la próxima acometida de sus enemigos.

–        ¡Por aquí, gran jefe, debemos salir ya o nos matarán a todos! –dijo el explorador Valaki, tirando de Gornak hacia atrás.

–        Vámonos, rápido, mientras estos diablos se reorganizan –ordenó Gornak.

Sin embargo, tras caminar unos pasos, el jefe Valaki miró hacia atrás sorprendido de que sus hombres no le seguían. Los guerreros miraron con decisión y orgullo hacia su jefe, y a continuación se volvieron para enfrentarse a la siguiente oleada Fassazi, desplegándose para cubrir la retirada de Gornak.

–        ¡No! –gritó Gornak, al intuir lo que iban a hacer sus hombres.

–        Debemos seguir adelante, gran jefe, hagamos que su muerte no sea en vano –dijo consternado el explorador, empujando hacia adelante a su líder.

Gornak sabía que tenía razón, debían marcharse de allí a toda prisa y volver a la ciudadela Valaki, pues los Fassazi podrían tomar represalias por la afrenta cometida. Mientras Gornak huía junto al explorador en aquella calurosa noche primaveral, recordó una frase que mencionó el shamán Kuzul: a veces para conseguir algo hay que realizar sacrificios. Lo último que escucharon fue el grito de guerra que lanzaron los valientes Valaki al unísono antes de arrojarse al combate. Luego solo hubo el silencio.

 *****

 Varios días después, dos siluetas se recortaban bajo el caluroso sol de la mañana, mientras avanzaban tambaleantes sobre las tierras fértiles del valle de Souphos. Sobre ellas, en lo alto del cielo, revoloteaba un grupo de buitres negros a la espera de su cena.

–        Atrás, malditos demonios, aún no estamos muertos –dijo débilmente Gornak, extenuado-. Vamos amigo, ya estamos en casa, aguanta un poco más.

El líder Valaki llevaba a rastras al explorador, el cual hacía horas que había sido vencido por la sed, el cansancio y el hambre. Tras escabullirse del poblado Fassazi, habían tenido que atravesar las tierras desérticas que separaban ambas ciudades sin llevar consigo más que lo puesto. Eso sin contar la gran cabeza de madera que Gornak aferraba desesperadamente. Varios días de huida sin descanso les había dejado al límite de sus fuerzas, y si habían podido llegar tan lejos era gracias al explorador. Tras dejar a sus guerreros en el poblado enemigo, Gornak se había jurado que no abandonaría a nadie más, así que haciendo un último esfuerzo arrastró consigo tanto al explorador como a los restos del ídolo y continuó caminando hacia la ciudadela Valaki.

Cuando llegaron ante las puertas del muro de la ciudadela, Gornak pidió auxilio, pero nadie salió a su encuentro, así que entró junto al explorador por las puertas abiertas. Extrañamente, no se veía a nadie por las calles de la ciudad, solamente vagaban sin rumbo varios grupos de animales, sin nadie que estuviese cuidándolos. Gornak volvió a pedir ayuda, pero otra vez obtuvo el silencio como respuesta. Entonces dirigió sus pasos hacia el Gran Templo del dios Onuk, donde los curanderos podrían sanar sus heridas. Pero al llegar ante las puertas del sagrado edificio, Gornak contempló con estupor que las esculturas de los dioses Valaki habían sido profanadas, unas destruidas con gran salvajismo y otras incluso quemadas. Además, tanto las puertas como las paredes del templo se hallaban revestidas de numerosos símbolos incomprensibles, la mayoría de ellos pintados con sangre. Gornak dejó al extenuado explorador y la cabeza envuelta del ídolo Fassazi y entró en el templo mancillado. En el patio descubierto pudo ver como todo había sido revuelto, los cuencos para las ofrendas habían sido destrozados y los relieves con las imágenes de los dioses arrancados y destruidos. Entonces llegó hasta la zona del santuario, una cámara repleta de columnas altas y gruesas que formaban un pequeño bosque de piedra que sostenía el pesado techo. Y entonces vio como un grupo de hombres vestidos con túnicas blancas manchadas de sangre estaba derribando sin miramientos la estatua del gran dios Onuk.

–        ¡Quietos ahí! ¿Qué os pasa, es que os habéis vuelto locos? –gritó airado Gornak, abalanzándose sobre los hombres de blanco.

Mientras golpeaba con sus manos a los sanadores del templo, Gornak observó como en sus ojos brillaba una extraña mirada, como si ya no fuesen los mismos, como si estuviesen…poseídos. Entonces observó como de las cámaras laterales del templo salían más ciudadanos Valaki, todos con aquella extraña mirada en los ojos, seguidos por una renqueante figura, alta y extremadamente delgada, que se apoyaba en un cayado.

–        ¿Kuzul? –dijo Gornak, sorprendido de ver al gran shamán en un lugar que no fuese su cueva sagrada-. ¡Kuzul, que es todo esto!

–        Ah, gran jefe Gornak, veo que al fin has regresado…-entonces se oyó un grito que provenía del exterior, y un instante después entraron varios hombres, uno con un cuchillo de pedernal manchado de sangre y otro con la cabeza del ídolo pagano-. Y veo también que has traído contigo lo que necesitaba.

–        Kuzul, no entiendo nada. ¿Qué es lo que pasa?

–        Mírame, Gornak, y dime que es lo que ves. O mejor, yo mismo te lo diré. Ves a un anciano en las puertas de la muerte, alguien cuyo tiempo ha llegado a su final. Gracias a mis conocimientos he podido alargar mi vida hasta sobrepasar los cien años, pero mi cuerpo es viejo y decrépito, no aguanta más. Siento en mi corazón las garras de la muerte, los espíritus del submundo quieren llevarse consigo mi alma. Pero no lo permitiré, ¿me oyes? Una mente con mis conocimientos, con mi experiencia, con mi poder, no puede extinguirse sin más, debe ser imperecedera. Debo ser…inmortal.

–        Kuzul, estás enfermo. La edad te está pasando factura, no sabes lo que estás diciendo.

–        ¡Cállate, ahora ya no eres el jefe, no eres nada! –Kuzul rio de una forma lúgubre, las carcajadas de un demente en pleno éxtasis-. Mírate, que fácil fue engañarte para traer el ídolo. Es cierto que solo tengo la cabeza, pero para el ritual será suficiente.

–        ¿Qué ritual? ¿De que estás hablando? Sea lo que estés planeando, no lo llevarás a cabo –dijo Gornak, abalanzándose con las últimas fuerzas que le quedaban contra el anciano shamán.

Los Valaki poseídos se interpusieron entre el anciano y Gornak, y el guerrero comenzó a forcejear contra ellos. Tras derribar a varios de sus oponentes, los cuales habían sido sus súbditos hasta ahora, Gornak se abrió paso hasta casi alcanzar a Kuzul. Pero entonces el shamán extendió la palma de su mano derecha mientras con la izquierda sostenía fuertemente su cayado rúnico, y musito unas palabras, invocando el poder del oscuro mundo de los espíritus. Del cayado mágico surgió una figura translúcida, que al instante se materializó, tomando la forma de un horrible demonio de relucientes ojos rojos y garras afiladas.

–        Gornak, quiero que conozcas a alguien, es el que mató a tu amigo Jaseek, y a todos los que no han querido obedecerme en estos últimos días. Te presento al terrible demonio…¡Kazhalgor! –y el poderoso shamán volvió a reír, con la locura reflejada en su mirada.

–        ¡Traidor! Miserable, acabaré con tu demonio y después contigo.

Gornak descolgó de su cinturón el macuahuitl y golpeó con él al demonio, el cual apenas se inmutó. Kazhalgor utilizó su garra derecha, abriendo un surco sangriento sobre el hombro derecho de Gornak, aunque éste no se amilanó por estar herido. Volvió a cargar contra el demonio, descargando un gran golpe sobre su brazo derecho, provocando que lanzara un aterrador rugido de dolor. Entonces el ser infernal se movió rápidamente, atacando a Gornak con tal furia que lo lanzó contra una de las paredes del templo, dejándolo seminconsciente. Entonces Kuzul hizo un gesto con la mano y el demonio volvió a desaparecer en el interior del cayado mágico, el cual brilló débilmente un instante con el poder de la magia oscura.

–        ¿Qué se siente al estar en el suelo, desvalido, despojado de tu poder? Así es como me siento yo, débil y enfermo. Tal vez ahora me comprendas mejor –el viejo hechicero ordenó a sus siervos que maniataran a Gornak, el cual ya no tenía fuerzas para resistirse.

–        ¿Por qué? –dijo Gornak, entornando los ojos por la extenuación.

–        Verás, Gornak, hace mucho tiempo encontré unos manuscritos muy antiguos, escritos en una extraña lengua, y llenos de extraños dibujos. Enseguida me di cuenta de que contenían poderosos secretos, terribles conocimientos que sólo debían pertenecer a manos adecuadas. Las mías, claro. Tras años de intenso estudio, pude combinar aquellos secretos con los poderes de los espíritus, creando un nuevo tipo de magia, algo siniestro y…oscuro. Podía hacer grandes cosas, como invocar demonios malignos, o incluso hallar el secreto de la inmortalidad, ser joven y longevo para siempre, ser eterno…como un dios. Pero para preparar el ritual de la inmortalidad era necesario obtener una porción de auténtico poder divino, y que mejor que el ídolo de madera de los Fassazi, del cual yo siempre había sabido de su existencia. Puesto que ahora no estábamos en época de guerra, tuve que ordenar a Kazhalgor que matase a tu amigo, puesto que así me traerías el ídolo. Y mientras estabas fuera, he subyugado a los que querían compartir conmigo este nuevo poder, y he mandado acabar con todos los que se resistiesen. Bueno, a todos no, necesito algunos vivos para realizar el ritual.

–        Asesino, los dioses te castigarán por esta traición. No te saldrás con la tuya –exclamó Gornak.

Y mientras el guerrero Valaki se sumía en los brazos de la inconsciencia, la risa maligna del poderoso shamán Kuzul resonó en su mente una y otra vez, un sonoro eco de maldad y locura que nada bueno presagiaba.

 *****

 Gornak abrió los ojos, dolorido, sintiendo que poco a poco recobraba la consciencia. Un aire frío le azotaba en la cara, y se dio cuenta de que estaba atado con cuerdas a un poste de madera, al igual que otra decena de figuras a su alrededor. Varias pequeñas hogueras en el área iluminaban la zona, adivinando que se encontraban en lo alto del monte sagrado de Kara´l, a unos doscientos metros del suelo, y muy cerca del abismo situado en la cara sur. Muy cerca estaba el anciano Kuzul, arrodillado frente a un improvisado altar de piedra, pintado con más de aquellos símbolos arcanos. Sobre el altar, de cara hacia el grupo de prisioneros, estaba la cabeza del ídolo sagrado de los Fassazi, sus ojos grandes pintados de forma tan misteriosa que parecían casi vivos. También había una pequeña muchedumbre de ciudadanos Valaki, los traidores que habían decidido unirse al demente hechicero, algunos de los cuales revisaban las ataduras de los prisioneros. Algunos de ellos, ataviados con capuchas rituales y con sus torsos desnudos, habían sido elegidos para formar parte del ritual demoniaco de Kuzul.

–        ¡Oh, espíritus del submundo! –gritó el shamán alzando la vista del cielo-. Escuchad mis plegarias, oíd mi llamada, acudid a mí, yo os convoco para que crucéis la gran barrera mística que separa los mundos. Os hago una ofrenda de carne y sangre para que vuestro poder se una al mío. Bendecid con vuestro oscuro aliento a mis seguidores. El gran y poderoso Kuzul, shamán de estas tierras y señor de los espíritus, os lo implora. Renunciamos a nuestras creencias ancestrales, repudiamos a Onuk, a Velha, y a los dioses Valaki. Abandonamos a los espíritus de la naturaleza que pueblan el mundo, y en su lugar abrazamos a los espectros tenebrosos, a los crueles fantasmas y a los demonios del infierno. ¡Yo os invoco!

En ese instante, el sonido de un trueno desgarrador resonó en el ambiente, y el cielo pareció cubrirse de unas tinieblas más oscuras aún que la noche. Los espíritus respondieron a Kuzul, y un intenso rayo azul cayó de las alturas sobre el altar, incendiando la cabeza de madera sagrada con unas extrañas llamas azuladas. Atado en el poste, Gornak observó atónito como tras unos segundos las llamas se apagaron, revelando un extraordinario cambio sobre la cabeza, que ahora era de piedra oscura. Y entonces la cabeza cobró vida, sus ojos parpadearon y su boca se abrió, pronunciando unas palabras con voz horripilante:

–        ¡Sacrificadlos a todos!

Entonces Kuzul sacó un cuchillo de pedernal con runas, y avanzando lentamente hacia uno de los prisioneros atados en los postes, hundió el arma en su cuello. La sangre roja que manaba a borbotones la recogió cuidadosamente en un cuenco hecho con un cráneo humano, y tras alzar el cuenco hacia el cielo y musitar unas palabras de agradecimiento a los espíritus, bebió su contenido. Luego extrajo un objeto de punta afilada, hecho con el colmillo de un animal, y lo mojó en la sangre que aún quedaba en el cuenco. El anciano se acercó a uno de sus subordinados encapuchados y comenzó a dibujar sobre la piel unas extrañas inscripciones, símbolos místicos que permitirían canalizar el poder oscuro de los espíritus en sus cuerpos humanos. Mientras realizaba aquella labor, los ojos del encapuchado adquirieron un extraño color negro, transformándose en dos sobrecogedores abismos insondables. Cuando hubo terminado, ordenó a otro de sus siervos que golpease al primero con una de las espadas-maza, comprobando con satisfacción como el arma se rompía en pedazos sin que su objetivo apenas sufriese dolor.

Kuzul rio a grandes carcajadas, había tenido éxito, a partir de ahora una nueva raza había nacido, y rápidamente se extendería por todo el mundo como una oscura plaga, aplastando a todo aquel que se opusiese. Entonces la cabeza pétrea volvió ha hablar con su voz cavernosa, apremiando a que se completara el ritual. Kuzul ordenó a sus secuaces que terminasen con el sacrificio, y uno a uno todos fueron degollados, su sangre sirviendo a los terribles propósitos del demente hechicero.

Gornak, atado al poste, solamente pudo observar con horror todo el ritual, sin poder hacer nada por evitarlo. Cada vida truncada, cada alma arrancada, era como un dardo afilado en su corazón. Maldijo a Kuzul, a los traidores Valaki, y a todos los espíritus malignos del submundo. Entonces el shamán mandó que Gornak fuese llevado al altar, donde los encapuchados inmovilizaron su cabeza justo al lado de la del ídolo pagano.

–        Los espíritus exigen que el último sacrificio sea el más especial de todos, la sangre del último gran jefe Valaki. Ahora morirás, sabiendo que tu esencia vital ha ayudado a volverme inmortal –dijo Kuzul, sonriendo maléficamente.

Entonces dos encapuchados, las dos mujeres, se acercaron a Kuzul portando un fulhi, una gran maza ritual hecha de piedra con un largo mango de madera, usada en las ceremonias para sacrificar animales en honor de los dioses. Otro de los encapuchados, el más fuerte y musculoso de todos, cogió la maza y se preparó para descargar un golpe mortal sobre el cráneo de Gornak.

–        ¡Aaarg! –gritó de repente Kuzul, cayendo al suelo con movimientos de gran dolor.

Por la espalda del anciano asomaba el mango de madera de un cuchillo, y de pie a su lado se hallaba su agresora, una de las dos encapuchadas que habían traído el fulhi. Tras quitarse la capucha y descubrir su rostro para que el viejo shamán lo contemplase, la mujer le escupió en la cara con rabia y desprecio, mientras alejaba su cayado mágico de un puntapié.

–        Esto es por asesinar a mi marido, miserable traidor. Espero que te pudras en el infierno, monstruo –dijo la mujer, que no era otra sino la viuda de Jaseek, que había permanecido a la espera de una oportunidad para atacar al anciano.

El resto de encapuchados se abalanzaron sobre la mujer, dispuestos a vengar la afrenta cometida contra su señor. A pesar de su entereza, la mujer no pudo evitar lanzar unos terribles aullidos de angustia y dolor, mientras su cuerpo era golpeado, lacerado y desgarrado por sus atacantes, una jauría humana que siguió abalanzándose contra su presa aún instantes después de haber acabado con ella. Por su parte, Gornak aprovechó que nadie se fijaba en él y se deshizo de sus ligaduras, para a continuación coger un macuahuitl y hundirlo por sorpresa en el cráneo del portador de la maza ritual. El fornido encapuchado murió instantáneamente, su masa encefálica atravesando las aberturas de la capucha. Cogiendo el pesado fulhi, Gornak miró a la cabeza del ídolo con odio vengativo, y le dijo:

–        Vuelve al infierno del que viniste, criatura de las tinieblas.

–        ¡Nooooooo¡ -chilló con voz estridente la cabeza viviente.

Gornak descargó con toda su fuerza el pesado mazo ritual sobre el ídolo, rompiendo la cabeza en varios pedazos, al mismo tiempo que un trueno rugía en lo alto del cielo. Al instante unas oscuras nubes comenzaron a arremolinarse sobre el monte Kara´l, y un viento frío empezó a agitar toda la zona. Al mismo tiempo el cielo oscuro comenzó a iluminarse con relámpagos centelleantes, como si toda la furia de los espíritus se cerniese sobre el monte sagrado.

–        ¡Loco! ¿Qué es lo que has hecho? –exclamó con ira Kuzul, gravemente herido pero aún con vida-. ¡Cogedlo, idiotas! Aún hay tiempo de sacrificarlo antes de que la furia de los demonios acabe con todos nosotros.

Gornak contempló la situación, y supo que no podría acabar con todos, y menos contra Kuzul y su magia. Pero aún podía hacer algo, puesto que para terminar el ritual el shamán necesitaba dos cosas: el ídolo y la sangre de Gornak. Y no tendría ninguna de las dos cosas.

–        Kuzul, ¿recuerdas lo que me dijiste una vez? –dijo Gornak, sonriendo al viejo hechicero-. A veces, para conseguir algo, tienes que hacer sacrificios.

Y tras decir aquellas palabras, el último de los auténticos Valaki, el gran jefe Gornak, cogió uno de los pedazos del ídolo, un ojo de piedra del tamaño de un puño. Y a continuación corrió hacia el abismo que tenía a su espalda, arrojándose a la oscuridad en un acto de sacrificio propio de un auténtico héroe.

–        ¡Que has hecho! ¡Que has hecho! –repitió loco de furia el anciano shamán.

Pero ya era tarde para todo, pues hay fuerzas con las que no se deben jugar, y los espíritus y dioses ancestrales de la oscuridad castigaban a todos aquellos que les fallaban. El remolino de nubes comenzó a girar más deprisa, formándose un torbellino de tinieblas densas que comenzó a tragarse todo lo que había en la cima del monte Kara´l. Los restos del ídolo Fassazi, el altar de piedra, los postes usados para atar a los prisioneros,…todo comenzó a elevarse hacia lo alto arrastrado por la furia del remolino. Algunos de los traidores Valaki huyeron despavoridos, y muchos de ellos murieron al intentar escalar la montaña a toda prisa y en medio de la noche, aunque los menos afortunados fueron tragados por el agujero negro que se había abierto en la bóveda celeste.

El último hombre que quedó en pie fue el anciano Kuzul, que había conseguido arrastrarse hacia su báculo rúnico. Asiéndolo con fuerza pudo mantenerse en pie, y mirando con desafío hacia el misterioso torbellino de sombras, levantó los brazos y dijo sin temor:

–        Adelante, estoy preparado.

Y el poderoso shamán Kuzul fue alzado del suelo por la poderosa fuerza del agujero negro, siendo arrastrado junto a todo lo demás hacia el interior de lo desconocido. Y este fue el final del pueblo de los Valaki, la causa por la que no existen en los libros de antropología. Pero también es el inicio de otra historia…

 *****

 Ciudad de Hollow City, en la actualidad.

 En el interior del Laberinto, en el subsuelo de Hollow City, el Líder del Consejo de los Doce supervisaba que los preparativos para abrir el Velo al otro Lado estuviesen listos. En la Cámara del Velo todos, tanto soldados oscuros como científicos deformes corrían apresuradamente de un lugar a otro, puesto que si algo fallaba solo podían esperar la muerte o algo peor. Una vez que todo estuvo en su sitio, el Líder pronunció la orden, y una vez más el Velo se abrió. La gran máquina hecha de darkanium, el metal oscuro del Otro Lado, vibró sonoramente al ponerse en marcha. Aunque costaba mucha Energía Oscura abrir el Velo, el gasto era necesario. Tras unos instantes, sonó un ruido crepitante al emanar la energía hacia el centro de la cámara, a la vez que un olor como a aceite quemado inundaba la sala. El sonido se hizo tan intenso que todos los presentes tuvieron que taparse los oídos con las manos, hasta que se produjo una especie de explosión de luz cegadora que nubló la visión de todos. Luego se hizo el silencio.

Ante todos se había formado una especie de  niebla densa de un profundo color negro, y de repente de ella surgieron varias figuras. La mayoría eran soldados con los mismos extraños uniformes negros, acompañados de unos pocos científicos, tan deformes como los que allí había. Pero también había algo más. Al verlo todos se arrodillaron, incluso los miembros del Consejo de los Doce, pues tal era la majestuosidad de aquel ser cubierto enteramente por una túnica azabache, cuyo rostro escondía debajo de una capucha negra. El Poder Oscuro emanaba de él con una fuerza tan arrolladora que hacía difícil poder mirarlo directamente. Una vez que el encapuchado y su séquito atravesaron el portal, éste se desvaneció. El Amo por fin había llegado a Hollow City.

El Amo se acercó al Consejero Número 1, el Líder, hablándole con una voz sobrecogedora e inhumana:

–        ¿Desde cuando el Consejo de los Doce son solo diez? ¿Dónde están los dos consejeros que faltan?

–        Esto…-el Líder del Consejo vaciló un poco antes de contestar-. Mi señor, están muertos.

–        ¿Muertos? ¿Cómo es eso posible?

–        Uno de ellos fue abatido por una criatura demoniaca que se hace llamar a si mismo Black Devil. Fue un descuido, sucedió aquí en el Laberinto mientras interrogábamos a….

–        ¿Y el otro? –cortó abruptamente el Amo.

–        Murió tras combatir contra un humano mientras supervisaba un cargamento de cápsulas en los muelles de la ciudad. Pero no se trata de un humano cualquiera, hace tiempo que nos está dando problemas…

El Líder no pudo terminar la frase, puesto que el Amo extrajo un pequeño artefacto cuadrado, que al manipularlo se desplegó tomando la forma de una especie de bastón metálico, con varios símbolos rúnicos grabados en él. Antes de que el Líder pudiera protestar, el Amo tocó con el bastón el cuerpo de su fracasado súbdito, y tras exhalar un grito de espantosa agonía éste cayó muerto al suelo. Aún salían volutas humeantes de debajo de su túnica oscura cuando los científicos jorobados se lo llevaron en una camilla al crematorio.

El Amo se volvió hacia los nueve consejeros que restaban, y mirándoles fijamente les dijo:

–        A veces, para conseguir algo, hay que hacer sacrificios…

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