MISTERIO EN BUSSLER GREEN (Parte 2)

Publicado: 22 enero, 2012 en Historias, Relatos, Sin categoría, Sobrenatural

O’Sullivan se levanta el cuello del abrigo ante las constantes ráfagas de aire frío. La noche parece más oscura en esta apartada zona de Bussler Green. Los únicos sonidos que percibe son los quejidos de las ramas de los árboles, que crujen lastimeramente mientras el viento les arranca las pocas hojas secas que aún les quedan. En este triste lugar los pájaros no vuelan, los gatos no salen a cazar, ni siquiera las ratas se arrastran fuera de sus guaridas en busca de restos de basura con los que alimentarse. No hay nada, no se ve a nadie. Y eso es precisamente lo que le inquieta. Solo está la triste figura de O’Sullivan, de pie en este desolado lugar, sin saber siquiera que es lo que esperaba encontrar aquí.

Tras pasar varios minutos examinando infructuosamente el lugar, O’Sullivan decide que ya es suficiente. Comienza a marcharse, gruñendo de enfado, pero algo le detiene. ¿Acaso no ha visto un extraño movimiento en unos arbustos cercanos? ¿Y ese pequeño destello azulado, una lucecita parpadeante que sobresale en la oscuridad? Haciendo como si se marchase del lugar, O’Sullivan camina hasta que un grupo de árboles se interpone entre él y los arbustos. Entonces da un rodeo a toda prisa, agazapado, buscando pillar por sorpresa a quien sea que esté allí escondido. Si alguien quiere jugársela, se va a arrepentir de pleno.

O’Sullivan llega por detrás de los matorrales, viendo la espalda de una figura menuda y vestida con ropa oscura, que cubre su cabeza con un gorro de lana negro. El origen del destello azul es la pantalla de un teléfono móvil que al parecer tampoco funciona bien. Sea quien sea, aquel individuo no se ha percatado de la maniobra de O’Sullivan, el cual saca su Beretta 92 y avanza lenta y sigilosamente. Con cuidado, apoya el cañón de su pistola sobre el gorro del espía, el cual da un respingo ante la sorpresa de ser cazado.

–        Tranquilo, tío, no te pongas nervioso –dice una voz juvenil.

–        Vuélvete muy despacio, y no hagas movimientos bruscos o tu cabeza parecerá una calabaza de Halloween –dice amenazadoramente O’Sullivan.

Entonces el ex policía contempla asombrado que aquel tipo no es más que un chico de apenas 17 años, vestido con un chándal oscuro con la chaqueta semiabierta, que deja ver una camiseta publicitaria de los Red Demons, el grupo musical de moda en Hollow City. También ve que del cuello cuelgan unos prismáticos Bressler, capaces de captar imágenes a grandes distancias.

–        ¿Qué estás haciendo aquí, chico? Deberías estar en tu casa a estas horas de la noche.

–        ¿Eres uno de ellos, tío? ¿Vas a dispararme? –dice el joven, con actitud desafiante. No parece tener miedo, a pesar de las circunstancias.

–        ¿Uno de quien? ¿A que te refieres? –pregunta O’Sullivan.

El desconocido no deja de mirar la pistola, y O’Sullivan la guarda en su funda, presiente que el chico no es peligroso. Entonces se oyen unos ruidos lejanos, el rugido de unos motores, y en la distancia pueden verse un grupo de luces que se acercan a gran velocidad.

–        ¡Rápido, agáchate o nos verán! –dice el joven, tirando del abrigo de O’Sullivan.

–        ¿Se puede saber de que nos escondemos, chico?

–        Quédate quieto y lo sabrás –contesta en tono misterioso el joven.

Mientras O’Sullivan se agacha entre los arbustos junto al chico, observa como los ruidos se hacen más intensos y las luces aumentan de tamaño, hasta que al fin pueden verse los vehículos. Son cuatro grandes camiones de transporte, que al parecer han salido de la carretera principal para adentrarse entre los matorrales de Bussler Green. Nadie se atrevería a conducir uno de esos camiones en un territorio abrupto y en noche cerrada, a no ser que conozca la zona previamente. Algo no pinta bien en este asunto. O’Sullivan le quita de un manotazo los prismáticos al muchacho, intentando observar lo que pasa. A través de las lentes mira como varios hombres salen de los camiones y comienzan a hablar entre ellos. Vigilan que no haya nadie por allí cerca, y luego comienzan a fumar y a beber unas cervezas. Parece que estén esperando a alguien.

Entonces de entre un grupo de árboles aparecen cuatro figuras altas, vestidas de negro, que sostienen mediante unas correas a un grupo de cuatro enormes perros. Al mantenerse alejado de las luces de los camiones, O’Sullivan no puede discernir los rasgos de los hombres ni de los animales que les acompañan. Pero si puede ver como los recién llegados hacen ademanes hacia los camioneros, que abren las compuertas traseras de los vehículos. Preparan unas caretillas de transporte, y comienzan a cargar sobre ellas una especie de cápsulas metálicas de color azabache, de unos dos metros de altura. Sea lo que fuere que transporten en ellas, parece que el conjunto es muy pesado.

–        ¿Lo estás viendo, tío? –dice el chico, bajando la voz-. Desde hace algún tiempo, cada noche acuden varios camiones cargados con esas extrañas cápsulas metálicas.

–        ¿Y donde se las llevan? –pregunta O’Sullivan.

–        Se internan detrás de aquel grupo de árboles…y después desaparecen, como si la tierra se los tragase.

–        ¿Y tu como sabes tanto, chico? ¿Por qué no estás en casa estudiando?

–        Oye, que ya no soy un crío, ¿sabes? –planta cara el jovenzuelo con descaro- Y por cierto, ¿tu quien eres? ¿Eres poli?

–        Soy el “señor que lleva pistola”, así que cierra el pico, esto parece cosa seria. ¿Cómo te llamas?

–        Billy Jones –contesta con desgana el chico.

–        Bien, chaval, ahora lo que vas a hacer es…

Pero O’Sullivan se detiene, sorprendido. A través de los prismáticos acaba de ver algo que le hiela la sangre. Uno de aquellos hombres de negro es el tipo siniestro que vio en la manifestación, el que desintegró la valla metálica. Pero en realidad, lo que más le aterra no es haberlo reconocido, sino los animales que llevan atados en correas. Por fin se han acercado a la luz, permitiendo que O’Sullivan contemple una visión horriblemente atroz. No son perros, o por lo menos ahora no lo son. Son abominaciones.

–        Bien, Billy Jones, ahora quiero que lentamente vayas hacia donde están las casitas de madera. Y procura no hacer ningún ruido.

–        Y una mierda, tío –contesta enfadado Billy-. Yo estaba aquí antes que tú. Primero me das un susto de muerte con tu pistola, luego me quitas los prismáticos y ahora me das órdenes como si fueses mi padre. ¿Sabes lo que te digo? Voy a hacer unas fotos para los colegas de la Guarida, seguro que las pondrán en la sección de honor en el “Pastel”.

O’Sullivan se da la vuelta y ve como Billy Jones intenta sacar una foto con su teléfono móvil, que aún sigue funcionando alocadamente. Intenta lanzarle una advertencia al despreocupado chico, pero es demasiado tarde. Una de las abominaciones ya ha vuelto la cabeza, ha percibido el destello de luz en la oscuridad. O’Sullivan siente un escalofrío en la nuca, intuye lo que se avecina.

–         ¡Chico, empieza a correr ya! –grita al muchacho-. Y no pares hasta que te lo diga.

Mientras el joven comienza a moverse a regañadientes, O’Sullivan desenfunda su pistola. Los hombres de negro sueltan a las monstruosas bestias peludas que había creído perros, pero que en realidad son horrendos monstruos. Criaturas feroces con dientes afilados, hambrientas de carne y sangre. Sabuesos del infierno, que se lanzan a la carrera apoyándose en sus poderosas y nervudas patas.

O’Sullivan espera a que la primera de ellas se acerque, hasta que se encuentra a unos 50 metros de él. Apunta con cuidado, teniendo en cuenta el viento y la escasa luz existente. Luego aprieta suavemente el gatillo. Suena el disparo, y el proyectil se estrella en la cabeza de la criatura, que cae al suelo con un bramido de dolor. Una menos.

Cuando la siguiente de las abominaciones se aproxima a unos 30 metros, vuelve a disparar. La bala de 9 mm impacta en los cuartos delanteros, provocando que la monstruosidad ruede por el terreno proyectando chorros intermitentes de sangre. Quedan dos.

Apenas a 15 metros de O’Sullivan se encuentran dos demonios de cuatro patas, que muestran vorazmente sus enormes fauces. Aunque sabe que no le dará tiempo de acabar con los dos, al menos lo intentará. Otro estruendo reverbera en mitad de la noche, y las articulaciones de otra de las criaturas queda hecha pedazos. La bestia aúlla en una mezcla de dolor y furia, pero deja de ser una amenaza. Ahora solo queda una.

El último de los horripilantes sabuesos se impulsa mediante sus poderosos cuartos traseros y salta hacia la garganta de O’Sullivan, intentando arrancársela de un potente mordisco. Sin embargo el ex policía se hace a un lado, aunque no puede evitar que la bestia lo arroje al suelo por el impulso. Hombre y criatura ruedan por la grava, cada uno intentando imponerse al otro en un duelo de fuerza y habilidad. Los afilados colmillos del can quedan a escasos centímetros del rostro de O’Sullivan, que se da cuenta mientras mira los ojos ambarinos de su enemigo que no puede con su fuerza salvaje. La bestia acerca su boca centímetro a centímetro, mientras O’Sullivan huele su fétido aliento y siente sobre su mejilla la chorreante saliva del monstruo. En el último instante, se oye una detonación, y un torrente de sangre oscura y maloliente baña por completo al hombre. O’Sullivan suspira, y se quita de encima con esfuerzo el pesado cuerpo de la última bestia. La bala le ha atravesado las costillas, alcanzando su negro corazón. Por los pelos.

Sin embargo, O’Sullivan no tiene tiempo para alegrarse, pues el hombre siniestro ha avanzado hacia él rápidamente. Parece cabreado, seguramente no le ha gustado que un patético y débil humano haya conseguido liquidar a sus mascotas demoniacas. Pero O’Sullivan también está harto y enfadado de tanta criatura sobrenatural, y descarga todas las balas que le quedaban en el cargador contra aquel tipo, mientras grita con furia palabras desagradables. Pero su furia se transforma en estupor, cuando los ojos del Oscuro se tornan de un familiar color negro, a la vez que extiende la palma de su mano hacia la lluvia de balas que le sobreviene. Uno tras otro, los proyectiles se desintegran en el aire antes de alcanzar a su objetivo, sin hacer el más mínimo daño. El Oscuro sonríe burlonamente, y avanza amenazadoramente hacia O’Sullivan. Pero entonces a lo lejos suenan unas sirenas, y comienzan a vislumbrarse unas luces rojas y azules. El Oscuro mira con desgana a O’Sullivan, y retrocede. Salvado por la campana.

Mientras el ex policía se aleja hacia el este, intentado escurrirse entre las casitas de madera, no deja de mirar por encima de su hombro. Sabe que este no ha sido el último asalto. Algo le dice que volverá a vérselas con aquel tipo.

 ***

Al día siguiente las nubes cubren por completo el cielo sobre Hollow City, evitando que el sol matinal ilumine plenamente la ciudad. El frío y el viento continúan azotando las calles, mientras la gente se viste con ropa de abrigo o bien se refugia rápidamente del intenso clima. Como el hombre bajito y con bigote que viste el uniforme azul de la Policía de Hollow City, que en ese momento sale del Bar de Joe con su desayuno en la mano. Una vez entra en el coche patrulla, bebe un sorbo de café del envase de plástico y le da un mordisco a un enorme donut azucarado. La mañana ha empezado bien, de momento sólo un par de multas de tráfico y un aviso en falso sobre una disputa doméstica. Nada que el bueno de Mike el Arrugas no pueda solventar.

En ese momento alguien golpea ligeramente el cristal del coche, sobresaltándole, lo que le hace mancharse de café la camisa. Gruñendo de fastidio, Mike abre la portezuela, bajándose del automóvil dispuesto a encararse con quien le ha fastidiado el desayuno.

–        Paul O’Sullivan, tenías que ser tú –exclama con sorna el policía.

–        Hola, Mike, ¿cómo te va? –dice O’Sullivan, vestido con su viejo abrigo gris.

–        Mejor que a ti, según veo –contesta Mike, al ver los rasguños en el rostro de O’Sullivan. Son las secuelas de su encuentro de la noche anterior con los sabuesos infernales-. Reconozco que tienes narices de traer hasta aquí tu culo irlandés, sobretodo después de cagarla en Bussler Green.

–        Vaya, que pronto vuelan las noticias. Sigues siendo el primero en enterarte de todo, ¿eh, Mike?

–        No me interesas, O’Sullivan, olvídame y vete a buscar un sucio tugurio donde emborracharte –dice despreciativamente el policía.

–        Así que no te intereso, ¿eh? –O’Sullivan saca algo de su bolsillo y se lo muestra a Mike-. ¿Y tampoco te interesa un poco de pasta?

Mike el Arrugas contempla el fajo de billetes, y luego observa a su antiguo compañero de profesión. Aunque continúa guardándole rencor por una trifulca que mantuvieron el año pasado, Mike necesita la pasta. Por eso al final acepta el dinero de O’Sullivan, a pesar de que no le cae bien, sabiendo además que el sentimiento es mutuo.

O’Sullivan le cuenta a Mike el Arrugas que cree que hay algo raro detrás del asunto de la construcción del aeropuerto en Bussler Green, aunque omite cualquier detalle relacionado con los Oscuros. El policía responde que hay rumores sobre corrupción en la empresa responsable de las obras, la constructora OmniBrick, ya que debería haber iniciado hace mucho tiempo y siempre pone excusas para justificar los retrasos. Mike también le facilita la dirección de OmniBrick en Hollow City, la empresa posee sus oficinas en pleno centro del barrio de Atherthon. Al parecer, O’Sullivan tendrá que coger el metro para hacer una visita a los niños ricos de la ciudad.

 ***

Sentada frente a su mesa en la sala de recepción de OmniBrick, una secretaria mira fijamente la pantalla de su ordenador. Se ha conectado a Internet para estar al día de los últimos cotilleos de la sociedad. Por ello no se da cuenta hasta que llega junto a ella un hombre alto, con gruesa nariz de boxeador, vestido con un abrigo gris deslustrado. Lo mira de arriba abajo como si fuese un vagabundo.

–        Buenos días, señorita –dice el hombre, que parece no encontrarse demasiado a gusto en aquellas instalaciones de lujo–. Deseo ver al director de la empresa, si es posible.

–        ¿Puede decirme su nombre, señor? –dice de forma desencantada la recepcionista, fastidiada por la interrupción de aquel tipo.

–        O’Sullivan, Paul O’Sullivan.

–        Ummm… Lo siento, señor O’Sullivan –dice la mujer tras consultar el ordenador–. No aparece usted en la agenda del señor Powell. ¿Tenía usted cita hoy? –la mujer sonríe pues intuye que aquel hombre pretende colarse sin cita previa. Pues tendrá que ponerse a la cola, como todos.

–        Creo que no me ha entendido bien, señorita. Soy “el agente” Paul O’Sullivan –dice el hombre mientras muestra a la arisca oficinista unas credenciales de TecnoCorp-. Y no, no tengo cita con el señor Powell. De hecho, creo que tendrá que anular sus citas de hoy. ¿Me has entendido ahora, encanto?

O’Sullivan sonríe para sus adentros, menos mal que se ha acordado de coger su identificación. Reconoce que a veces puede ser muy útil pertenecer a una megacorporación de prestigio como TecnoCorp, pues te permite abrir puertas que normalmente están cerradas. Apenas un par de minutos más tarde se encuentra sentado en un cómodo sillón, frente al señor Powell, el gerente de OmniBrick. Powell es un hombre de estatura media, corpulento y de cabeza gruesa, con la nariz y las mejillas enrojecidas. Su párpado izquierdo tiembla ligeramente debajo de una gruesa ceja, y en su mano derecha sostiene un pañuelo con el que se frota su sudorosa frente. O’Sullivan reconoce los síntomas: Powell es un alcohólico, y de los buenos.

Comienza la conversación. Al principio Powell se muestra amable, cree que O’Sullivan ha sido enviado por TecnoCorp para presionarle sobre los retrasos de la construcción del aeropuerto. O’Sullivan le sigue la corriente un rato, hasta que se da cuenta de que lo único que está oyendo es una sarta de excusas y mentiras. Que si el Alcalde Mallory no paga, que si no le han concedido aún la totalidad de la licencia, que si la lluvia ha retrasado el inicio, ahora las manifestaciones… Entonces O’Sullivan decide presionar un poco a Powell, y le menciona el tema de los camiones en Bussler Green. Los ojos de Powell se abren con sorpresa, intenta negarlo todo, pero no miente fatal. Comienza a sudar de lleno, mientras se revuelve nerviosamente. Hasta el tono de su voz cambia, y O’Sullivan detecta en él la presa del miedo. El ex policía contrataca, le acusa de corrupción, y luego de participar en una conspiración con lo que sea que se oculta en Bussler Green. Entonces Powell se rinde, deja caer su fachada de rico hombre de negocios y saca de un cajón una botella de whisky. Se sirve una buena dosis y luego, como todos los culpables, acaba confesando. Cuando se enteró de la iniciativa de la construcción del aeropuerto de Hollow City, llegó a un trato con el Alcalde Mallory para que OmniBrick fuese la adjudicataria del proyecto, por delante de otras empresas mejores. Powell pensaba que aquella iba a ser la operación de su vida, pero se equivocó. Los problemas llegaron en la forma de unos tipos raros, que le pagaron una gran suma por demorar el inicio de las obras. Dijeron que ellos se encargarían de Mallory, de TecnoCorp y de la Comisión de Inspección de Obras, y que no habría problemas. Pero la presión era demasiado fuerte, sobretodo tras percatarse de extraños sucesos en la zona inhabitada de Bussler Green. Cuando Powell quiso deshacer el trato, llegaron las amenazas. Le enseñaron las cosas horribles que podían hacer, aquellos seres no eran humanos, eran…monstruos.

Powell comienza a sollozar, tanto por el miedo como por los efectos del alcohol. O’Sullivan sabe que pronto no podrá ser capaz de decir nada coherente, por lo que intenta presionarle aún más. Pero todo lo que puede sacarle es una dirección en los muelles de Hollow City, donde se produjeron algunos encuentros entre Powell y los que le sobornaron. Los Oscuros.

O’Sullivan se marcha, pero antes de salir le recomienda a Powell que no intente calmar su conciencia ahogándola bajo litros de alcohol. No es la mejor solución, lo sabe por experiencia. Luego abandona las instalaciones de OmniBrick, mientras en su mente resuenan una y otra vez las palabras de Powell expresadas con puro terror: “Esos tipos no son seres humanos. Son monstruos”.

 ***

El sargento Riggs mira a O’Sullivan como si estuviese loco de atar. Dentro de las instalaciones de TecnoCorp, en una habitación que bien podría servir de celda de castigo por su escasez de mobiliario y decoración, ambos hombres discuten. O’Sullivan ha decidido revelarle todo a la única persona en quien puede confiar, pero aún no sabe como Riggs ha digerido todo el asunto.

–        ¿Me estás diciendo que unos tipos de ojos negros con poderes están trapicheando algo secreto en Bussler Green, y que por eso aún no se ha podido construir el aeropuerto? –interroga el veterano sargento al ex policía.

–        Eso es, sargento. Ya sé que parece una locura, pero hace tiempo ya me topé con ellos. Strong y Chang lo saben de sobra, aunque lo mantengan oculto. Por eso no me fio de ellos, sólo de usted.

–        Quieto ahí, O’Sullivan. Ellos son mis jefes, y de momento también los tuyos, así que ten más cuidado al soltar la lengua. Mira chico, yo ya sabía que existen esos tipos, esos…Oscuros, como tú los llamas. Estuvieron tras el atentado del año pasado en TecnoCorp, en el asunto del Ojo de los Dioses, y tal vez también en lo del monstruo que acabó con todo un pelotón de agentes nuestros en las alcantarillas de Hollow City.

–        Entonces, ¿va a ayudarme? –pregunta esperanzado O’Sullivan.

–        Lo siento chico, pero Strong esta fuera y Evelyn Chang no quiere ni verte después de lo de la manifestación del otro día. Lo mejor será que esperes un poco, hasta que la cosa se enfríe. Lo digo por tu bien, O’Sullivan.

O’Sullivan mueve la cabeza, abatido. No sabe que más hacer, ni a quien acudir. El sargento Riggs abre la puerta, dándole un último consejo antes de irse.

–        O’Sullivan, vete a casa y descansa. Nadie en su sano juicio iría sólo tras unos tipos raros sin el equipo adecuado, sobretodo si no posee el permiso necesario para recogerlo.

O’Sullivan levanta la cabeza, extrañado por las palabras de Riggs, pero el sargento ya se ha marchado. Sin embargo ha dejado algo encima de la mesa. Se trata de un albarán de misión, firmado por el propio Riggs, que habilita a O’Sullivan a recoger el material necesario en la sección de armamento y equipo. En silencio, da las gracias porque en el mundo aún hay gente como el veterano sargento. Rápidamente cruza los innumerables pasillos de TecnoCorp, coge el ascensor y por fin entra en la sección que busca. Tras entregar el albarán al agente de guardia, O’Sullivan recoge un uniforme TC-1000, recordando que le protegió en los disturbios en Bussler Green. También observa la TL-50, pero viendo el resultado nefasto obtenido con la lanzadora prefiere otra arma. En su lugar coge un subfusil P-100 y algunos cargadores. Hay que estar preparado. Luego se fija en una pequeña pistola, y en el tipo de munición que dispara. Tal vez le sirva, así que también la guarda, por si acaso.

Una vez equipado regresa por donde ha venido, pero en la puerta del ascensor se encuentra a alguien inesperado. Es el Servitec-100, el monstruito metálico no deja de emitir una serie de pitidos electrónicos mientras proyecta lucecitas de todos los colores que salen de su gran cabeza.

–        Agente O’Sullivan, no tiene permiso para estar aquí. Se le recuerda que debe permanecer alejado de las instalaciones de TecnoCorp hasta nuevo aviso. Debo proceder de inmediato a alertar a sus superio…

Suena un estampido, y la voz electrónica del robot deja de escucharse. Alertado por el ruido, un agente de TecnoCorp acude, preguntando a O’Sullivan que ha ocurrido.

–        Tranquilo agente, se me ha disparado el arma sin querer –dice O’Sullivan, guardando el subfusil humeante con una sonrisa.

Mientras O’Sullivan desaparece en el ascensor, el agente observa estupefacto como la cabeza destrozada del Servitec revela una serie de cables y chips, que chisporrotean emitiendo un intenso olor a quemado.

 ***

Desde una esquina alejada, envuelto en las sombras oscuras, Paul O’Sullivan vigila los almacenes en la zona de los muelles de Hollow City. Acechando en su escondite puede divisar el gran río Hutton y los barcos amarrados en el puerto, que se balancean suavemente sobre las aguas. Vestido con el uniforme especial de TecnoCorp, O’Sullivan emplea el visor especial que incorpora el casco para paliar los efectos de la oscuridad. Poco a poco empieza a comprender mejor como funcionan los dispositivos avanzados del traje, sintiéndose más cómodo y seguro bajo su protección.

En ese momento algo llama su atención. Es un grupo de camiones que circulan lentamente hacia uno de los almacenes. Las puertas del edificio se abren, y un grupo de estibadores sale a su encuentro, haciendo señas a los vehículos para que entren en el interior del almacén. O’Sullivan se acerca al último de los camiones, aprovechando que se han detenido, y con mucho cuidado trepa por la parte de atrás hacia el techo. A continuación los camiones entran en el almacén, y las puertas se cierran. Ya no hay vuelta atrás. Desde su posición O’Sullivan observa como de los camiones bajan un grupo de cinco hombres ataviados con extraños uniformes negros. Siente una desazón en su estómago al percatarse de que uno de ellos es el hombre siniestro capaz de desintegrar el metal. Todos son Oscuros, y aquel tipo es el jefe.

Los estibadores señalan un grupo de grandes cajas, y el líder de los Oscuros ordena que las abran. Utilizando grandes palancas, los estibadores obedecen, mostrando lo que hay en su interior: más de aquellas misteriosas cápsulas metálicas. Los estibadores comienzan a cargarlas en los camiones, pero a uno de ellos se le resbala torpemente una cápsula, cayendo al suelo con gran estruendo. El líder Oscuro grita algo, pero la advertencia llega tarde, pues la cápsula se abre y emerge un chorro de vapor a presión. Aunque el vapor impide la visión normal, el visor del casco permite a O’Sullivan vislumbrar una silueta difusa, una forma humanoide… ¿con alas y cola? Se produce una pequeña confusión, los Oscuros se abalanzan sobre la criatura de la cápsula, mientras los estibadores huyen despavoridos. Aquello es demasiado para ellos.

O’Sullivan aprovecha el momento y desde el techo del camión salta hacia arriba, cogiéndose de la parte inferior de una pasarela. A continuación trepa por ella, para agacharse en la parte superior. Ahora que está varios metros por encima del suelo, tiene una mejor visión de la situación. Los Oscuros golpean sin cesar a la criatura, volviéndola a encerrar dentro de la cápsula metálica. A continuación la cargan en el interior de uno de los camiones, y se preparan para partir. O’Sullivan camina por la pasarela, pero sin querer golpea con el codo uno de los barrotes de metal de la barandilla. Un simple ruido es suficiente para desatar el caos.

Los Oscuros se dan cuenta enseguida de su presencia. Todos menos el jefe desenfundan sus armas demoniacas, y enseguida aparecen los tentáculos viscosos que las unen en simbiosis con sus portadores. Pero O’Sullivan está preparado, y comienza a disparar con su P-100. Una lluvia de ráfagas cae sobre los Oscuros, y aunque una persona normal y corriente caería muerta o herida de gravedad, ellos permanecen de pie, aguantando de forma sobrenatural los impactos. El líder simplemente extiende la palma de su mano, y las balas dirigidas hacia él se evaporan en el aire. Por su parte, aquellos seres disparan sobre O’Sullivan, que recibe un disparo en el costado izquierdo. A pesar de la protección del kevlar de su uniforme, siente un dolor inmenso en la zona alcanzada, a la vez que la fuerza del impacto lo lanza por encima de la pasarela. Para evitar la caída, O’Sullivan se coge desesperadamente de uno de los barrotes, soltando el subfusil y quedando su cuerpo balanceándose en el aire.

El líder de los Oscuros ordena a los demás que se vayan con los camiones, quedándose sólo en el almacén. Sube por unas escalerillas metálicas hasta la pasarela, acercándose lentamente hacia el ex policía. O’Sullivan realiza un último esfuerzo y sube hasta la pasarela, pero está solo y desarmado. Sabe que esto se ha acabado para él. El hombre siniestro se burla, y para hacerle sufrir extiende sus manos sobre la pasarela, creando agujeros en el metal que O’Sullivan debe esquivar. Entonces se la juega, y decide desenfundar la pequeña pistola que cogió en TecnoCorp. El Oscuro se ríe, confiado, acercándose más y más hacia él. O’Sullivan dispara varias veces, y el Oscuro levanta su mano para desintegrar las balas. Pero algo ocurre, abre sus ojos negros asombrado al percibir los impactos en su cuerpo, que lo impulsan sobre la pasarela, haciéndole caer varios metros sobre unas cajas de madera.

O’Sullivan baja por las escaleras y se acerca al cuerpo del Oscuro, atravesado por varias astillas de madera y con el cuello roto por la caída. En unos segundos morirá, mientras sólo puede mirar con sorpresa al humano que lo ha derrotado, abriendo su boca al exhalar un gorgoteo sanguinolento. O’Sullivan le muestra una de las balas que le han impactado, y se la lanza a su rostro. Es una bala de goma. El Oscuro intenta decir algo, unas últimas palabras antes de comenzar su viaje al infierno:

–        Esto no es el final, es sólo el principio. Pronto el Amo vendrá del Otro Lado, y el Conocimiento Oscuro se extenderá como un manto sobre tu asquerosa ciudad.

Intenta reír, pero no puede, la negrura de sus ojos desaparece al igual que su expresión de ferocidad. Ha muerto.

O’Sullivan se sienta en el suelo, al lado del cadáver de su enemigo, mientras medita silenciosamente. ¿Qué es lo que transportan en aquellas cápsulas, que al parecer proceden de otros lugares y son llevadas a Bussler Green? ¿Quiénes son realmente estos seres, y que es lo que quieren? ¿Quién es el Amo? Un gran misterio se está desvelando poco a poco, y el asunto es demasiado grande para una sola persona. O’Sullivan va a necesitar ayuda para seguir investigando este caso, y para ello deberá reclutar a otros sujetos de la ciudad, que estén en primera línea de acción. Porque de una cosa está seguro: la Guerra Secreta ya ha empezado, y el campo de batalla donde va a librarse son las oscuras y frías calles de Hollow City.

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