MISTERIO EN BUSSLER GREEN (Parte 1)

Publicado: 9 enero, 2012 en Historias, Relatos, Sin categoría, Sobrenatural

La estación de ferrocarril de Hollow City esta casi vacía esta mañana. Es normal, puesto que hace pocos días que el año nuevo ha comenzado su andadura. La gente está en sus casas, refugiándose del invierno y disfrutando de los pocos días de vacaciones que aún les quedan. Además, la crisis ha hecho que sean pocos los que hayan decidido marchar de viaje a otros lugares más interesantes. Sin embargo, a pesar de todo ello, aún hay individuos que utilizan el tren como medio de transporte. Como ese hombre alto de cabellos castaños, con el rostro a medio afeitar, que viste un viejo abrigo gris. Arrastra sobre sus ruedas una desgastada maleta de viaje. El hombre se ha apeado del tren que provenía de Nueva York, aunque no del de la línea de alta velocidad, sino del de clase media. El más barato que había, aunque tardase mucho más en llegar.

El hombre anda hacia la parte sur de la estación, donde se halla la salida. Nada más atravesar las puertas, saca un cigarrillo y se lo pone en sus labios, dispuesto a encenderlo. En realidad no hace mucho que se había fumado otro, puesto que en su largo viaje en el tren había tenido que calmar varias veces su apetito vicioso. Para eso estaba el baño, ¿no?. Además, no es el único que lo hace, otra mucha gente también infringe las normas. Aunque pensar en aquella excusa barata no calma su conciencia en absoluto.

Tras exhalar el humo un par de veces, el hombre marcha hacia la parada de taxis que se encuentra apenas a unos metros de allí. Pero entonces advierte que alguien le está siguiendo, gracias a su instinto desarrollado tras años de servicio en la policía de Hollow City. Justo en ese momento un BMW de color negro estaciona delante de él, a la vez que dos hombres vestidos con trajes oscuros se acercan por detrás. El hombre mete su mano derecha debajo del abrigo, buscando la culata de su vieja Beretta 92, pero se detiene al ver las insignias que despliegan aquellos tipos ante sus narices. Las letras TC de color plateado, rodeadas de un círculo.

–        Bienvenido a casa, señor O’Sullivan. La señorita Chang le espera en las instalaciones de TecnoCorp –dice uno de aquellos gorilas trajeados con una falsa sonrisa.

O’Sullivan suspira, resignado. Por fin ha llegado el angustioso momento que tanto temía.

 ***

 En el amplio despacho del director de TecnoCorp, Jason Strong, cuelga un retrato de un tipo cuarentón, bien parecido, pelo engominado y que exhibe una amplia sonrisa. También hay una mesa de grandes dimensiones, de diseño extraño y futurista, que sustituye a la antigua que O’Sullivan recuerda. En una de las paredes amplias hay una gran pantalla con formas virtuales, donde puede seguirse las diversas actividades que se llevan en la corporación. Y por supuesto, está Evelyn Chang, la subdirectora de TecnoCorp, tan hermosa y enigmática como siempre. O’Sullivan sonríe al recordar los acontecimientos del año pasado, cuando en esta misma sala él y Jason Strong se enfrentaron contra unos misteriosos seres demoniacos que atacaron las instalaciones de TecnoCorp, buscando aniquilar tanto al director como al Alcalde Mallory.

–        Yo de usted no sonreiría, señor O’Sullivan –dice con dureza Evelyn Chang, mientras despide con un gesto a un pequeño robot metálico. Con apenas un metro de estatura, el Servitec-100 es un prototipo de robot diseñado para realizar tareas simples, dotado de voz electrónica y de unas ruedas chirriantes que le permiten desplazarse sobre el suelo.

–        Bonito champiñón metálico –dice O’Sullivan, observando como la gran cabeza del Servitec desaparece por la puerta, dejándole solo con la subdirectora. Para el expolicía aquello no es más que otra extravagancia de TecnoCorp.

–        Paul O’Sullivan. Agente de Policía de Hollow City durante más de 15 años. Despedido por su conducta agresiva y por sus problemas de alcoholismo. Separado de su mujer, Hellen, y padre de una niña, Edith, a las que apenas ve.

–        No me echaron, me fui yo –puntualiza O’Sullivan-. Y ya no bebo.

–        Hablemos de lo de Nueva York –prosigue Chang, malhumorada-. El señor Strong le dio una oportunidad para probar su valía en una de nuestras empresas asociadas, AE Corp, al mando del Director Richard Bachtown. Su primera misión era muy sencilla, investigar los asuntos turbios de un mafioso italiano de poca monta, Martinelli. ¿Tiene algo que decir?

–        Bueno… -O’Sullivan titubea un poco-. Digamos que la cosa se desmadró un poco.

–        ¿Un poco, dice? –Chang eleva el tono, parece muy irritada-. El informe que tengo delante, firmado por su jefe de operaciones Christopher Jackson, indica que se saltó todas las normas. Mala conducta, insubordinación, diferencias con sus compañeros de equipo… ¡Y encima tortura a un posible testigo en el propio hospital! ¿Así es como agradece al señor Strong una segunda oportunidad en la vida? Es usted un fracaso, O’Sullivan. Nos ha decepcionado, esperábamos más de usted.

El ex policía contempla a la oriental sin amilanarse. Luego se acomoda en su asiento, y entonces le replica, mirándola directamente a sus bellos ojos rasgados:

–        Es cierto que tal vez me pasara un poco, pero ustedes ya lo sabían cuando me enviaron a Nueva York. Necesitaban a alguien como yo para que detuviese a un perro viejo como Martinelli, alguien que estuviese un poco por encima de las normas. Es cierto que tuve algunas diferencias con mis compañeros y con los jefazos, pero no fue solo culpa mía. Y si no tuviese esta forma de ser, no habría podido salvarle su precioso culito asiático cuando el Fantasma iba a liquidarla, señorita Chang.

Evelyn Chang mira con desprecio a O’Sullivan, pues no le gusta reconocer que aquel hombre le salvó la vida en una ocasión. Luego intenta replicarle, pero la interrumpe una voz computerizada, a la vez que la gran pantalla muestra el plano de Hollow City, con una lucecita parpadeante en una de sus localizaciones.

–        Señorita Chang, tenemos un problema en Bussler Green. Los manifestantes han vuelto a la carga y tienen rodeados a los representantes del consistorio. La masa se ha vuelto incontrolable. ¿Qué hacemos?

–        Bien, O’Sullivan, vayamos al grano. A pesar de mi consejo, el señor Strong aun está dispuesto a que continúe su relación con nosotros, quizá por cierto sentimiento de gratitud a raíz de lo que ocurrió aquel día –Chang le arrojó a O’Sullivan con desdén una cartera que contiene sus credenciales de TecnoCorp-. Vístase, en la planta del helipuerto le espera un helicóptero hacia Bussler Green.

O’Sullivan recoge la insignia de TecnoCorp, y sonríe maliciosamente a Chang.

–        Confiese, señorita Chang. ¿A que le encanta tenerme de vuelta?

Si las miradas matasen, O’Sullivan se encontraría en ese mismo instante en las puertas del más profundo de los infiernos.

 ***

 A bordo del HT-1, un moderno helicóptero que no era más que una versión avanzada del SuperCobra militar, O’Sullivan no para de manosear su equipo. Vestido con el uniforme TC-1000 diseñado por TecnoCorp, el antiguo policía intenta averiguar por su cuenta la utilidad de sus múltiples compartimentos, bolsillos, y lucecitas inútiles. Mientras, sus nuevos compañeros de equipo le miran como si fuesen hinchas de un equipo de fútbol rival y estuviesen en la final del campeonato. Le evalúan, intentan saber si el nuevo es o no de fiar. El sargento Riggs, un veterano de la guerra del Golfo, no para de dar instrucciones al equipo. Demasiada fanfarria para unos simples disturbios, donde lo único que hay que hacer es acto de presencia y disuadir a la muchedumbre. Ni que estuviesen en la guerra de Vietnam.

–        Y si alguien dispara o hace algún movimiento sin que yo lo ordene, lo enviaré a casa con su mamaíta, ¿está claro, paletos? Y tu, O’Sullivan, ahora no estás en tu mierda de comisaría de barrio, estás en TecnoCorp, ¿de acuerdo? Nada de saltarte las normas, ahora juegas en mi equipo. Si te pasas de listo, ni Strong te salvará de que te patee tu jodido culo de irlandés.

O’Sullivan asiente, conteniendo una sonrisa. Riggs le recuerda a un sargento de la policía que tuvo en la academia. Todos gritan y blasfeman de la misma manera.

Ya se divisa Bussler Green, la inmensa zona a las afueras de Hollow City. La mitad de las viejas casas de madera ya han sido derribadas por las máquinas, pero aún queda mucho trabajo por hacer. Desde que el Alcalde Mallory decretó que allí se iba a construir el aeropuerto, no ha habido más que problemas. Los habitantes se negaron a irse, y comenzaron las protestas, los desahucios en masa, los tumultos…

De repente el helicóptero sufre una sacudida, se oye protestar al piloto a la vez que todos deben sujetarse para evitar balancearse. Riggs maldice al piloto, que replica al veterano sargento que no ha sido culpa suya, algo ha afectado a los controles del vehículo. Las luces de todo el helicóptero parpadean locamente como si estuviesen en una sala de fiestas, aunque a nadie le parece nada divertido. Riggs ordena al piloto que aterrice al extremo norte, más allá de donde están las maquinas de construcción. El helicóptero deja de oscilar, las luces ya no parpadean y el piloto recupera el control, logrando aterrizar sin problemas en la zona indicada.

Siguiendo las directrices del sargento Riggs, el equipo de TecnoCorp se acerca hacia donde se encuentra la muchedumbre agitada. Los manifestantes cargan una y otra vez hacia la policía y la unidad terrestre de TecnoCorp que se encontraba de apoyo. Hay varios heridos por parte de ambos bandos, aunque ninguno parece grave. Mientras Riggs comenta el estado de la situación con los agentes ya presentes, O’Sullivan se fija en una figura, un hombre vestido con un abrigo negro y gafas de sol, que se mantiene alejado de la turba. Hay algo extraño en él, inmóvil mientras contempla la escena. No sabe por qué, pero le recuerda a alguien…

De repente el sargento Riggs se dirige hacia él, ordenándole que se mueva a lo largo de la valla de protección hacia el coche oficial del ayuntamiento. Los mandamases de turno han sido rodeados por la turba, por lo que se han encerrado en el interior del vehículo, protegidos por unos pocos agentes de la policía. O’Sullivan sonríe, la verdad es que esos políticos son todos iguales, unos mentirosos de mierda que se merecen un buen susto. Sin embargo obedece, avanzando mientras empuña una Lanzadora TL-50, un arma especial antidisturbios.

Cuando O’Sullivan llega hasta el vehículo, reconoce a uno de sus ocupantes. Es Elliot Grant, el asesor del Alcalde Mallory. El viejo seboso ha mandado a sus alimañas mientras mantiene su gordo culo a salvo. Típico de ese cabrón. Riggs ordena que estén atentos, que nadie dispare hasta que de la orden. En ese momento O’Sullivan ve al hombre del abrigo negro, esta vez mucho más cerca, justo al lado de la valla. El hombre siniestro alarga una mano enguantada hacia un extremo de la valla metálica, al mismo tiempo que mira a O’Sullivan a través de sus gafas oscuras. Aquel tipo le sonríe, como si lo reconociese de algo. Entonces la valla metálica comienza a desintegrarse, transformándose rápidamente en meros hilos de polvo que se esparcen con el viento.

 Asombrado, O’Sullivan ve como la muchedumbre avanza implacable a través del enorme hueco donde antes estaba la valla, y se abalanza despiadadamente sobre el vehículo y sus protectores. Gritos, empujones, golpes, aullidos de dolor, huesos partidos… todo es un torbellino de confusión que se abate alocadamente sobre ellos. O’Sullivan dispara al azar, el aire comprimido de su arma lanza un proyectil de goma destinado a aturdir a un oponente al azar. Sin embargo, la mala suerte se ceba otra vez con él, puesto que el objetivo alcanzado es un muchacho. Malditos sean los manifestantes, por qué tienen que llevar a sus hijos a estos embrollos. El chico cae al suelo con la cabeza ensangrentada, lo que faltaba para enardecer aún más a los manifestantes. O’Sullivan ni siquiera se defiende ante la lluvia de golpes que le sobreviene a continuación. Lo último que ve antes de ser engullido por la chusma furiosa es al tipo siniestro de las gafas oscuras, que le mira mientras sonríe burlonamente.

 ***

 O’Sullivan abre los ojos lentamente, mientras poco a poco recupera la consciencia. No siente dolor, aunque si algo de náuseas. Una vez recuperado del mareo inicial, se da cuenta de que está tumbado sobre la cama de una habitación blanca. Una enfermera comprueba sus constantes, mientras le sonríe afablemente. En su blanco e impoluto uniforme no consta la insignia de TecnoCorp, sino el emblema sanitario del Hospital General de Hollow City. La enfermera le indica que va a buscar al doctor, dejándole sólo unos instantes, pero entonces se abre de nuevo la puerta. Es Evelyn Chang, que se dirige hacia O’Sullivan con cara de pocos amigos.

–        ¡O’Sullivan, la ha vuelto a fastidiar! ¿Sabe que dicen los periódicos esta mañana? “TecnoCorp casi mata a un niño”, “¿es esta la seguridad que ofrece tecnoCorp?”, “TecnoCorp la vuelve a liar”… ¡Nos ha llevado a la ruina, somos el hazmerreir de esta ciudad! Y todo por su incompetencia.

–        Oiga, que no fue culpa mía. Con tanta gente era difícil…

–        ¡Basta! No quiero más excusas, O’Sullivan. Hasta que Strong vuelva de sus negocios en Asia, no quiero verle el pelo por TecnoCorp, ¿de acuerdo?

En ese momento entra un hombre con una bata blanca, pelo canoso y frente despejada. Cruza una mirada desafiante con Chang, y ésta le sonríe frívolamente, abandonando la habitación. El hombre se presenta como el doctor Morris, director del Hospital. Informa a O’Sullivan de que ha estado inconsciente casi un día, debido a las numerosas contusiones recibidas. Le golpearon con bates de beisbol, palancas de hierro, e incluso con botellas rotas, aunque la protección del traje TC-1000 le ha salvado de lesiones aún más graves. Aún debe estar algunas horas más en el hospital, pero antes de que acabe el día le darán el alta. O’Sullivan pregunta al doctor que ha sido del muchacho herido en la manifestación, y éste le responde que aún está en observación, pero que se recuperará. O’Sullivan respira aliviado.

El ex policía pasa las horas que quedan pensando en soledad. Sabe que debería llamar a Hellen y Edith, pero después de ser la estrella en los medios no le parece muy buena idea. Tiene ganas de fumarse un cigarrillo, incluso de comer unos perritos calientes en lugar de la bazofia que sirven en el hospital. Hasta los programas que ponen en la tele son una basura. El tiempo pasa lentamente, demasiado despacio, en la soledad de la habitación. Solo recibe una única visita: la del Comisario Howard. Le da un interminable sermón sobre la conducta humana, la honradez, la vida… Le suelta que si su padre estuviese vivo, no se sentiría muy orgulloso de su hijo. O’Sullivan le mira como si le diese todo igual, hasta que el comisario lo da por perdido y se marcha, resignado.

Finalmente le dan el alta, y se despide del doctor Morris. Luego toma un taxi que le lleva hasta un barrio de poca monta, donde se baja en el número 13 de Balmer Street. Es un bloque de viejos apartamentos, aunque al menos no tan ruinosos como los de Green Leaf o Sawmill Street. Cuando O’Sullivan entra en el portal del edificio, una vieja mujer de ojos saltones y pelo enmarañado baja las escaleras.

–        ¡Señor O’Sullivan, ya era hora! ¿Sabe que aún me debe el alquiler del mes pasado? ¿Y que es eso de irse tanto tiempo sin saber si va a volver o no? Sepa que ya estaba pensando en alquilarle a otro su apartamento.

–        No se preocupe, señora Polly, mañana mismo le pago el mes pasado, este y el próximo. Ahora es tarde y necesito descansar.

–        ¡Ya, ya! Mañana, siempre mañana –continúa protestando la casera-. No se porque me tienen que tocar a mi los inquilinos de su clase.

Al fin O’Sullivan entra en su apartamento, que está hecho un desastre, y se desploma en el sofá. Conecta la televisión para distraerse un rato. Están poniendo las noticias, hablan del suceso ocurrido ayer en Bussler Green. Ponen a caldo a TecnoCorp, y al agente que disparó al chico. Menos mal que el casco con visor del TC-1000 ocultaba sus rasgos, al parecer su identidad no ha sido hecha pública. Pero todo el mundo reclama su cabeza. El asesino de niños. Entonces aparece en la pantalla la imagen del muchacho, con la cabeza sangrante. O’Sullivan no puede más, se levanta y se dirige al mueble bar, pero se da cuenta de que ya no le queda ninguna bebida alcohólica. Las tiró todas para evitar recaer. Frustrado, coge un vaso de cristal y mueve el brazo hacia atrás para estrellarlo contra la televisión. Pero algo le detiene. En las imágenes le ha parecido ver, por un instante, al misterioso tipo de las gafas de sol y el abrigo negro. O’Sullivan se queda mirando fijamente las imágenes, pero ya han dado paso a otras noticias.

Entonces su instinto de policía despierta un recuerdo en su mente. Ya sabe a quien le recuerda ese hombre siniestro. Se parece a uno de aquellos seres con los que luchó en TecnoCorp aquella fatídica noche. A uno de… los Oscuros.

O’Sullivan comprueba su Beretta 92, recoge su largo abrigo gris y se coloca un sombrero a juego, regalo de su padre. Ya no siente el ansia del alcohol. Ahora lo que se ha despertado en él es una peculiar sensación de curiosidad que debe satisfacer.

 ***

 Mientras el taxi le abandona en las inmediaciones de Bussler Green, O’Sullivan se recuerda que debe alquilarse un coche. Desde que Hellen se fue quedándose con el suyo, aún no ha podido hacerse con otro vehículo. Mira a su alrededor, no se ve a nadie, sólo le acompaña ahora el viento frío de la oscura noche. O’Sullivan escala un pequeño muro de piedra y se interna entre un grupo de arbustos y matorrales, avanzando hacia el lugar donde vio al hombre de negro tocar la valla metálica. A lo lejos hay acampado un grupo de manifestantes, vigilados atentamente por un par de coches patrulla de la policía. Con cuidado de no ser visto, O’Sullivan llega hasta el agujero de la valla. Si la memoria no le falla, aquel extraño individuo desintegró el metal con sólo tocarlo, provocando adrede que la masa se abalanzase sobre el coche de Elliot Grant. Por algún motivo oculto, deseaba que aquella manifestación acabase mal.

O’Sullivan medita unos instantes, y entonces vuelve sobre sus pasos. Esta vez se interna hacia el norte de la zona, pasando por delante de las casitas de madera ruinosas. Camina hasta que nota una vibración en el bolsillo interior de su abrigo. Es su teléfono móvil, que de repente se ha vuelto loco, vibra y parpadea sin que nadie le esté llamando. Entonces mira el reloj de su muñeca, un Agor que le regaló el viejo Frank O’Sullivan poco antes de morir de un infarto, y contempla como las agujas se han parado. Entonces es cuando se da cuenta de que en ese mismo lugar el helicóptero de TecnoCorp perdió momentáneamente el control. Algo raro ocurre aquí.

Un hombre siniestro capaz de desintegrar el metal. Una manifestación que parece beneficiar a alguien. Un lugar misterioso de donde emanan extrañas perturbaciones. ¿Qué es lo que está ocurriendo en realidad? ¿Cuál es el misterio que envuelve la zona de Bussler Green? O’Sullivan ha vuelto de Nueva York para enfrentarse de nuevo a la misteriosa amenaza de los Oscuros. ¿Quieres saber lo que ocurrirá a continuación en las frías y oscuras calles de Hollow City? Muy pronto lo sabrás…

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