BLACK DEVIL

Publicado: 13 diciembre, 2011 en Historias, Relatos, Sin categoría, Sobrenatural

A continuación aparece el relato escrito correspondiente al audiorelato del mismo nombre.

EL DEMONIO NEGRO (BLACK DEVIL)

 Las voces murmuran una y otra vez dentro de mi cabeza. Hoy están más revueltas que nunca, alzan el tono hasta parecer los gritos de los condenados. Malditas sean estas voces infernales que no paran nunca de atormentarme. Si creyese en Dios, pensaría que es un castigo suyo por todo el mal que he hecho. Pero hoy digo basta, y mientras oigo unos pasos al otro extremo de la puerta, llevo mis manos a ambos lados de la cabeza, intentando acallar los gritos.

 La puerta de mi celda se abre, y veo a los celadores uniformados que van a acompañarme por última vez. Porque hoy soy un hombre libre, por fin salgo de aquí para no volver jamás. Salgo del cuchitril donde he pasado los últimos 5 años sin mirar atrás, sin despedirme, jurando que no volveré a pisar la cárcel nunca más.

 Los guardias me acompañan por los largos pasillos, veo a los que han sido mis amigos y mis enemigos asomados por los barrotes. Algunos aplauden mientras gritan mi mote del trullo, otros me escupen, la mayoría me mira con ganas de verme marchar, pues saben que soy un tipo peligroso. Una vez que abandono el pabellón de las celdas, cruzo el solitario y frío patio donde tantas veces he propinado y recibido palizas, donde he trapicheado, donde he jugado al fútbol con los demás, donde aprendí a sobrevivir. Luego entro en el edificio administrativo, donde me conducen al despacho del Alcaide. Un tipo grueso y sudoroso, un viejo con la pinta de que va a palmarla de un momento a otro. Soporto su discurso incesante sobre mi futuro, palabras que recita de memoria a todos los reclusos que salen de este agujero. Las voces suenan fuertes, quieren que diga algo que no me gusta, como si quisieran que la fastidiase para que no me dejasen salir. Me impongo a su voluntad, pongo cara de chico bueno y juro al Alcaide que jamás volverá a verme por aquí.

 Me dan mi ropa, algo de dinero y unas escasas pertenencias. También me devuelven mi documento de identidad, donde no pone mi apodo carcelario, sino mi auténtico nombre. Kevin Rose.

 Las pesadas puertas de metal se abren, el mundo exterior me tiende un abrazo de bienvenida. Dudo un instante antes de dar el primer paso. Siento una opresión en mi pecho, es como si tuviese miedo de algo. Inhalo el aire puro y fresco de la libertad y camino hacia delante. Ya está, por fin puedo decirlo: soy libre. Las malditas voces chillan en mi mente otra vez, como murciélagos rabiosos asustados ante la luz del día, pero las acallo con un golpe de voluntad. Dejadme en paz, malditas, les grito. Y las voces callan al fin, resignadas.

 Nadie me espera a la salida del presidio, pero eso es por mi culpa. Mis malos actos, los mismos que me condenaron, apartaron a toda le gente buena de mi lado. Tanto la familia como los amigos me abandonaron hace tiempo, ahora estoy solo. Así que lo primero que pienso es en ir a casa, al barrio donde me crié. Vuelvo a Geen Leaf, a Hollow City.

 Cojo el destartalado autobús que me llevará a la ciudad, a esa oscura jungla donde nací. Me siento dificultosamente entre los asientos estrechos, pues es difícil acomodar mi pesado cuerpo. Un metro ochenta y cinco, 90 kilos. Soy un portorriqueño alto y musculoso, pelo afeitado casi al cero, ojos negros desafiantes y con una pequeña cicatriz debajo del oído derecho donde me cortaron con un pincho. Casi me ocurrió lo mismo que a mi viejo, que acabó sus días en la cárcel con el cuello rajado. Otra alma perdida que se fue al otro mundo sin que a nadie le importara un carajo.

El autobús parte, llegaremos a Hollow City por la noche, así que me recuesto sobre la ventanilla e intento dormir. Espero no soñar con la cárcel, han sido momentos muy duros que deseo olvidar. Mientras cierro los ojos, pienso en mi antigua novia, Amanda, y donde se encontrará ahora.

 Amanda, mi dulce chica de piel mulata, siempre con un pañuelo de color chillón en la cabeza, sobre su precioso pelo corto rizado. La conocí cuando los muchachos y yo fuimos al apestoso barrio de la Cloaca, donde viven los negros de Hollow City. Ella malvivía siendo la criada de una vieja loca, que se hacía llamar Mamá Nazinga. En aquel apestoso agujero todo el mundo le tenía miedo a aquella vieja, Amanda decía que era una antigua hechicera vudú, pero a mi eso me parecieron chorradas. Después de salir juntos durante algún tiempo, un día los muchachos y yo decidimos ir por la noche a aquella solitaria casa. Según lo que decía Amanda, la anciana vivía sola, así que aproveché una noche en que Amanda había ido a ver a un hermano suyo al hospital para movilizar a los muchachos. Cuando entramos y vimos tantos objetos raros, nos creímos los más afortunados del mundo. Algunas de aquellas reliquias debían de ser muy valiosas, y los extravagantes anticuarios blancos del centro nos pagarían buena pasta por ellos. Entonces yo cogí una figura hecha de arcilla oscura, un ídolo que representaba a alguna deidad perdida africana. En ese momento nos sorprendió la vieja, intentando arrebatarme el ídolo mientras farfullaba extrañas maldiciones. Decía que estaba maldito, y que yo también lo estaría. No le hice caso. La llamé vieja chiflada mientras la golpee en la cabeza con el ídolo, su sangre manchando tanto la estatuilla como mi rostro. Luego huimos de la casa y volvimos a Green Leaf. Al día siguiente comenzaron las voces. Me encontraron en un charco de sangre, arrodillado junto al cadáver de uno de los muchachos. Decían que lo había matado con mis propias manos, en un ataque de locura transitoria. Ya nunca más volví a ver a Amanda.

 De repente abro los ojos, es de noche, el autobús ha llegado hasta la Sexta Avenida, que separa los barrios de Green Leaf y Sawmill Street. Al bajar del autobús lo primero que veo es al gordo del Alcalde Mallory en un cartel publicitario. Ese bribón aún manda en Hollow City. También observo por todas partes propaganda de TecnoCorp, esa empresa que se dedica a fabricar juguetes caros para los blancos ricos del barrio de Atherthon. Me dan asco, están en todas partes, hasta en las revistas que nos daban en la cárcel.

 Me adentro en las calles, observando que todo ha cambiado. Me dirijo al sur, por la Calle 41, avanzando en el interior del barrio latino de Hollow City. Pero ya casi no lo reconozco. Donde estaba la tienda de Carlos, ahora hay un almacén de ropa. Y el bar de Reinaldo, donde los muchachos de la banda nos reuníamos para jugar al billar, se ha transformado en un restaurante italiano. En el taller de Tonino, donde mi padre nos enseñaba a arreglar motores a mi hermano Nick y a mí, cuelga un cartel desvencijado donde se lee “Se traspasa”. Si, todo ha cambiado, estas calles ya no se parecen a los recuerdos que yo tenía.

 Triste y abatido, marcho en soledad hacia mi casa, esperando que al menos aún esté en pie y no se haya convertido en un bloque de apartamentos nuevos. Empieza a levantarse un aire frío, alzo la vista hacia el cielo y contemplo como la luna va cubriéndose rápidamente de nubes negras que amenazan lluvia. Aprieto el paso, y al doblar una esquina tropiezo sin querer con alguien. Un pandillero de unos treinta tacos, que se mueve tambaleante mientras se abraza tembloroso y farfulla una sarta de idioteces. Va vestido con una camiseta amarilla de tirantes que deja ver su cuerpo esquelético. También observo el tatuaje en uno de sus brazos con las letras L y R, el símbolo de los Latin Rebelds, la banda callejera latina de Hollow City. El mismo tatuaje que llevo yo también en el brazo. Entonces le miro a los ojos, enturbiados y enrojecidos por el “mono”, y le reconozco. Es Jacob, mi primo y mi mejor amigo. Aunque eso fue hasta que me delató y fui a la cárcel. De aquel joven atlético y bien parecido ya solo queda este despojo humano que hay frente a mí.

Las voces vuelven a invadirme, me susurran cosas desagradables. Hablan de venganza, castigo y muerte. Una de mis manos se mueve involuntariamente hacia el cuello de Jacob, y mi mano se cierne en torno a su cuello, apretando fuertemente. Jacob abre los ojos de forma desorbitada, creo que ahora me ha reconocido. Intento luchar contra las voces, recupero el control momentáneamente y suelto a Jacob. Corro a toda prisa por las solitarias calles, mientras el cielo llora gruesas gotas de lluvia.

 Llego hasta la vieja cancha de baloncesto del parque, donde el agua de la lluvia ya está formando grandes charcos que tardarán varios días en desaparecer. Aún hay cosas que no cambian por aquí, como ese grupo de jóvenes pandilleros que acosan a una joven estudiante morena. Sé que no debería meterme en líos, ahora que acabo de salir de la cárcel, pero no puedo evitarlo. No soy un héroe, pero en el barrio siempre hemos protegido a los nuestros. Además, esa chica se parece a Amanda.

Me acerco al grupo, y cuando quedan claras todas las intenciones, comienza la pelea. Nada serio, son pocos para mí, sólo les doy una pequeña lección para que no se olviden. Pero uno de ellos saca un cuchillo, y otro una pistola. Idiotas, no podían dejarlo pasar, ahora si que se han metido en un lío. Las voces me gritan una sola palabra, repitiéndola sin cesar. Mata. Pero no me dejo dominar, me abalanzo sobre el chico de la pistola, le doy un puñetazo con la mano derecha que le parte la mandíbula, mientras la izquierda la uso para desviar su brazo armado. El chico dispara, pero a un blanco equivocado. A mi espalda cae desplomado el chico con el cuchillo. El resto de pandilleros huye, asustados como conejos. Le digo a la chica que se vaya corriendo a casa, mientras yo también hago lo mismo, en dirección contraria.

 Sorteando las calles encharcadas al fin llego hasta el número 5 de la Calle 56. Aunque está muy cambiada, reconozco mi casa. Veo el portal donde Nick se rompió la nariz mientras jugábamos de niños. Veo la ventana de la habitación del primer piso, donde mi hermano y yo dormíamos apretujados en un par de camas destartaladas, mientras oíamos como madre gritaba a padre al volver tarde y borracho. La fachada está recién pintada, y la terraza tiene una barandilla nueva. Pienso con satisfacción que el bueno de Nick ha sabido ocuparse de madre en mi larga ausencia.

 Entonces oigo unos gritos que provienen del interior de la casa, y un sonido de cristales rotos. Cojo carrera y me lanzo contra la puerta, usando mi cuerpo como un pesado ariete. La puerta cruje lastimeramente y me deja entrar en el interior, permitiéndome ver a cuatro hombres armados que amenazan a una mujer mayor. Madre. En ese momento las voces vuelven, esta vez con más fuerza. Ahora las dejo salir de su encierro, aunque sólo un poco.

Los hombres no se lo piensan dos veces, me apuntan con unas pistolas muy raras a la vez que sus rostros se transforman en máscaras de ferocidad demoníacas, y sus ojos se tornan de un extraño color negro. Por debajo de las mangas de sus camisas salen unos tentáculos sinuosos que se unen a las armas que empuñan. A continuación abren fuego sobre mí. No se quienes son estos tipos, pero si creen que estoy indefenso se equivocan. No llevo armas, pero poseo otra cosa: las voces. Si quiero sobrevivir, solo tengo que dejarme guiar por ellas. Esquivo los proyectiles con una agilidad increíble, mientras cargo contra uno de esos seres. A mi espalda una de las paredes del salón queda hecha pedazos, llena de grandes agujeros que hubiesen perforado hasta un furgón blindado. Luego sólo hay una confusión de sonidos: disparos de gran potencia, objetos que se rompen en pedazos, gritos de dolor, carne desgarrada y huesos partidos. Un velo de color rojo cubre mis ojos, noto una sustancia viscosa que envuelve mi cara y mis manos. Luego solo hay silencio, hasta las voces cesan en su interminable murmullo. Vuelvo a ser yo otra vez.

 Madre está de pie, cubierta de sangre y de restos orgánicos, pero no son suyos. Son de los seres demoniacos que yacen despedazados por todo el salón. La cabeza cercenada de uno de ellos me sonríe con la frialdad de la muerte desde un frutero de plástico ensangrentado. La expresión de ferocidad de sus rostros desaparece, al igual que el velo de oscuridad que cubría sus ojos. Contemplo con estupor como los tentáculos viscosos vuelven al interior de sus brazos, al mismo tiempo que sus extrañas armas se convierten en volutas de humo siseantes.

Madre me mira con una expresión de terror en sus ojos. Yo también estoy cubierto de sangre. Intento abrazarla y consolarla, pero retrocede asustada. Farfulla una serie de palabras incoherentes, de las cuales sólo entiendo “monstruo”, “sangre” y “muerte”. Le pregunto quienes son estos tipos, al final me responde que habían venido a llevársela, para intentar hacer hablar a Nick. Al parecer, mi hermano está metido en líos, y voy a tener que ayudarlo. Como en los viejos tiempos.

Entonces las voces me susurran débilmente, presiento como dentro de unos instantes vendrán los vecinos del barrio. Incluso oigo las lejanas sirenas de los malditos polis, a pesar de que aún están a kilómetros de distancias. Le digo adiós a Madre, jurándole que traeré a Nick vivo, cueste lo que cueste. Después me marcho, fundiéndome entre las sombras de Green Leaf.

 Abro los ojos, noto que apenas llueve. El agua ha limpiado la sangre que me cubría, dejando sólo oscuras manchas en mi ropa. Al ver las ruinosas casitas reconozco donde estoy. Es la zona de Bussler Green, donde quieren construir el aeropuerto de Hollow City. Veo las grandes vallas metálicas, que separa la zona de la construcción de los manifestantes acampados. Pronto comenzarán las protestas, los insultos, y las cargas policiales con gas lacrimógeno. El Alcalde Mallory ha echado de sus hogares a los pobres habitantes de las casitas de madera, alegando que eran okupas ilegales, sólo para tener su jodido Aeropuerto. Llevan así un año, aún sabiendo que la batalla está perdida no se rinden.

 No se como he llegado hasta aquí. Las voces deben haberme guiado, noto que cada vez se hacen más fuertes en mi interior. Toman posesión de mi mente, controlando también mi cuerpo. Sé que están ganando terreno, pero aún no han ganado del todo la lucha. Ahora debo concentrarme en encontrar a Nick, debe estar por aquí en alguna parte. Doy un potente salto sobrenatural, elevándome por encima de la valla metálica, y me dirijo hacia los habitáculos prefabricados que guardan las herramientas de los obreros. Moviéndome en silencio entre grúas, excavadoras y camionetas, logro esquivar a los pocos guardias que vigilan el lugar. Entonces veo una tapa de alcantarilla en el suelo, a escasos metros de mi. De alguna manera, presiento que mi hermano ha bajado por allí.

Me acerco a la pieza metálica, imposible de forzar sin las herramientas adecuadas. No pierdo el tiempo, esta vez llamo yo a las voces, y están lo celebran alegremente susurrándome. Arranco la tapa como si fuese papel de aluminio, y bajo por un estrecho túnel oscuro. Sin embargo, las voces hacen que no me preocupe de la falta de luz, y sigo adelante sin ninguna dificultad. Entonces me doy cuenta de que no estoy en las alcantarillas de Hollow City, sino en una extraña red de túneles laberínticos. De no ser por las voces, me perdería en este extraño lugar.

Al final de uno de los túneles encuentro una puerta metálica, con un extraño ojo metálico que parece vigilar la entrada. Noto un pequeño escozor en todo mi rostro, como si cientos de avispas clavaran en él sus aguijones. Algo ha cambiado en mi. Al acercarme a la puerta, siento como el ojo posa su vista en mí, analizándome. Luego la puerta metálica se abre con un chasquido, dejándome pasar a un lugar iluminado. Mientras atravieso el umbral, puedo vislumbrar instantáneamente sobre la superficie del metal un rostro que no es el mío, sino el de uno de los seres demoniacos que estaban en casa de Madre.

 Ahora estoy en un túnel mucho más amplio e iluminado, poblado por extrañas máquinas que emiten centenares de luces de colores. Por todas partes se escuchan ruidos metálicos que proceden de las construcciones de diseño futurista que me rodean. Veo guardias con uniformes negros y armas extrañas, pero lo más extraño es el ser jorobado y deforme que se acerca a mi. Me mira con su único ojo y me indica que le siga. Camino en silencio, intentando disimular tanto mi nerviosismo como la fascinación que me produce este lugar.

Llegamos hasta una puerta, el jorobado la abre y entramos en una amplia sala, llena de extraños aparatos. Hay dos soldados uniformados que golpean salvajemente a un hombre sujeto a una silla mediante unos grilletes metálicos. No necesito ver el rostro hinchado y sangrante del hombre para saber quien es. Es Nick, mi hermano.

En la sala también hay una figura recubierta con una túnica oscura, con una capucha que oculta su rostro. Al percatarse de nuestra presencia, el encapuchado hace un gesto y los soldados dejan en paz por un momento a Nick. Luego el jorobado y él intercambian unas palabras, que no consigo comprender. Los soldados también me hablan, pero no entiendo su extraño idioma. En un instante se darán cuenta, y todo se habrá terminado para mi y mi hermano. Tengo que actuar ya.

Llamo a las voces, liberándolas de su confinamiento. Les abro la puerta de mi ser de par en par, dejando que tomen el control. Ya no hay vuelta a atrás. Las voces gritan y se agitan en mi interior, un remolino infernal de presencias que gozan al corromper mi alma. Todo mi ser es arrancado y devorado en millones de fragmentos, pedazos que instantáneamente son sustituidos por una esencia sobrenatural.

 Abro los ojos, pero ya no soy yo. Ahora soy un demonio. Todos lo han notado, sobretodo Nick. Pero es demasiado tarde. Mis garras atraviesan el abdomen de uno de los guardias, matándolo en el acto. Antes de que el otro guardia pueda actuar, me abalanzo sobre él enseñándole mis dientes afilados. Se oye un chasquido, y el soldado cae con la mitad de su garganta destrozada. El enano deforme intenta arrojarme un frasco lleno de una extraña sustancia, pero sólo se queda en un intento. Mi poderosa fuerza demoniaca le arranca de cuajo un brazo, y arrojo su cuerpo desfigurado contra la pared, aplastándose contra ella en un crujir de huesos.

Mientras mi lengua lame la sangre salpicada de mis enemigos, me enfrento al hombre encapuchado. Me apunta con su dedo índice, mientras farfulla palabras ininteligibles con tono misterioso. Me siento golpeado por una ola de energía mística, y mi cuerpo se quema por dentro. Me tambaleo dolorosamente, mientras oigo la risa aguda y burlona del encapuchado. Intento acercarme a él para despedazarlo, pero vuelve a usar su magia negra para proyectar mi cuerpo hasta la pared del fondo. Caigo al suelo, justo a los pies de Nick. Le oigo pronunciar mi nombre, pero ahora no estoy, solo está el demonio oscuro. El mago negro vuelve a recitar su cántico arcano, pero esta vez soy más rápido. Evito su lluvia de rayos de energía rodando por el suelo, al mismo tiempo que cojo el frasco que había dejado caer el jorobado. Completo el movimiento lanzando con mortal precisión el frasco, directamente sobre el rostro oculto del hechicero. Ruido de cristales rotos, seguido de un aullido de angustioso sufrimiento. Luego, súbitamente, el grito se interrumpe, cuando de un solo puñetazo hundo los huesos de su nariz en el interior de su cráneo.

Arranco las ligaduras metálicas que sujetan a Nick y lo cargo encima, como si fuese un saco. Luego salgo a toda velocidad, aunque a mi me da la impresión de que avanzo hacia la salida a cámara lenta. Oigo gritos de alarma, ruidos de disparos y muchos alaridos de dolor, mientras me abro paso como un toro furioso. Apenas me doy cuenta del rastro que voy dejando atrás, una serie de cuerpos pisoteados, aplastados y mutilados.

 Por fin llegamos a la salida de los túneles, aunque esta es distinta a la entrada que utilicé antes. Estamos junto al desagüe de Bussler Green, justo en la orilla del rio Hutton. Desde aquí puede divisarse el extremo sur del puente Brooksburg, que marca la entrada a la ciudad de Hollow City. Estamos a salvo.

 Noto que las voces se desvanecen, aunque se que volverán. Me noto muy débil y cansado, ahora siento el dolor de las heridas causadas por los soldados en la huida. Miro a Nick, aunque herido y magullado saldrá de ésta. Él también me mira. Ahora los dos sabemos que ya nunca podremos volver a estar juntos, como hermanos, como una familia. Las voces me han dicho a que se dedica. A cazar y exterminar seres sobrenaturales. Como yo.

 Mientras me alejo sólo y en silencio, internándome en la espesura del bosque cercano, siento que tal vez este sea mi destino. Quizá deba expiar mis culpas pasadas, usando esta maldición para luchar contra el mal. Si puedo controlar las voces, si puedo usarlas como un arma, entonces que se preparen. Porque los delincuentes, los asesinos, los monstruos y todos aquellos que intenten amenazar la ciudad de Hollow City tendrán que enfrentarse al demonio tenebroso que habita dentro de mí. Porque ellos conocerán la furia… de Black Devil.

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