EL SOLDADO DE DIOS

Publicado: 26 noviembre, 2011 en Historias, Relatos, Sin categoría, Sobrenatural

“Carta dirigida a Su Santidad, Obispo de Roma, el 5 de Noviembre de 2011.

Por la presente, me pongo en contacto con vos a causa de un extraño acontecimiento que ha tenido lugar en la diócesis de Hollow City, que es presidida por este humilde servidor. Un misterioso fenómeno ha acaecido sobre nuestra ciudad, alargando la cadena de sucesos trágicos que lamentablemente no para de asolar la diócesis. El suceso al que me refiero afecta personalmente a un miembro de una familia cristiana de gran influencia, a la que me siento tan allegado como si fuese la mía propia. Tras seguir el debido protocolo que rige este tipo de casos, tras agotar todas las soluciones posibles he llegado a la conclusión de que no se le puede ofrecer más ayuda, excepto rezar a Nuestro Señor y esperar un triste final. Sin embargo, debido a mi especial posición, ha llegado a mis oídos ciertos rumores sobre la existencia de una posible remedio a este mal que ensombrece la vida de esta familia. Vos debéis saber a qué me refiero, a lo que no se puede nombrar dado que oficialmente no existe. No me atrevería siquiera a pediros este favor, de no ser porque es el último recurso, y solo os lo suplico apelando a la amistad que nos une y que se remonta a tantos años atrás. Por supuesto, ante vuestra presumible negativa, debo alertaros sobre el apellido de esta desdichada familia, y el vínculo de fraternidad que nos une a todos nosotros. Por ello os imploro que consideréis mi petición, y si así lo hicieses debéis saber que siempre podríais contar con amigos fieles y poderosos, tan necesarios en estos tristes tiempos donde parece que el mal y la corrupción campan a sus anchas.

Espero prontamente su respuesta, agradeciéndoos de antemano vuestro tiempo en este delicado asunto. Que la gracia de Dios esté siempre con vos. Se despide vuestro amigo y fiel servidor de vos y del Señor:

 Alexander de Clark, Obispo de la diócesis de Hollow City.”

 ***

 Hoy he tenido un sueño. Uno de esos que permanecen en la memoria aún después de despertar. Una mezcla de imágenes borrosas que se agolpan en mi mente, formas nebulosas que intentan decirme algo, indicarme el camino a seguir. Cuando despierto me siento extraño, un sudor frío baña mi frente mientras intento ordenar las imágenes fragmentadas del sueño, darles un sentido coherente. Una joven que grita asustada, un péndulo dorado que no para de moverse de lado a lado, rostros de personas muertas que se acercan a mí mientras susurran mi nombre en un lugar fantasmal… Siento frío, en el sueño hay muerte y dolor, alguien sufre terriblemente en algún lugar de la noche, alguien que necesita ayuda desesperadamente.

Me incorporo en la cama, un sencillo catre de madera con una colcha desvencijada, y me dirijo al baño. El agua fría moja mi cara, el sudor desaparece pero los recuerdos persisten. Mis ojos parpadean mientras me contemplo en el espejo roto sobre el lavabo. Poco a poco vuelvo a la normalidad, la palidez mengua y la respiración deja de ser agitada, siento como los latidos de mi corazón ya no son tan apresurados. Vuelvo a la habitación, donde aparte de la cama hay un destartalado escritorio, una anticuada silla de madera que cojea de una pata y un pequeño armario donde guardo mis escasas pertenencias. Alguien podría decir que parece una celda, y en cierto modo tendría razón. Una celda de clausura, un lugar donde encerrarme alejado del mundo, al margen de la oscuridad. Mientras contemplo el crucifijo colgado en la pared pienso en el sacrificio que hizo el Señor, y entonces sé que mis propios sufrimientos no son nada en comparación. Soy un pecador, aunque soy creyente, todos los días leo la biblia buscando el perdón y el consuelo, aunque no los encuentro. La paz no me está permitida, ese es mi castigo, esa es mi maldición.

Empiezo a rezar mis oraciones diarias, intentado fortalecer mi mente y apaciguar mi triste espíritu. Al terminar me siento tremendamente agotado, como si hubiese pasado horas machacándome en un gimnasio, pero solo a través de una intensa sesión de meditación y oraciones se consigue la limpieza espiritual. Es entonces cuando el sonido de unos golpes en la puerta de mi humilde morada rompe el monótono silencio. Al otro lado alguien pronuncia mi nombre en voz baja y temerosa, como el caballero desafiante que debe despertar al dragón dormido y no acaba de atreverse. Es la señal, ha llegado la hora. ¡Oh, Señor!, te imploro el perdón sabiendo lo que pasará a continuación. Una vez más debo servirte, tus hijos me reclaman para que abandone mi sagrada morada en pos de una nueva misión. Tu llamas y tu fiel siervo te obedece, Señor.

Lentamente me dirijo hacia el armario de madera, lo abro y cojo algunos enseres. La bolsa de cuero negro, el pequeño crucifijo, la desgastada biblia de bolsillo,… Luego abro el pequeño cofre negro con ribetes plateados, cubierto de polvo, y saco el Libro de las Plegarias. Con sumo cuidado acaricio su elaborada encuadernación, pasando los dedos suavemente por encima de las palabras marcadas en relieve sobre la tapa. Es un arma poderosa. Con precaución lo coloco en un doble fondo de la bolsa. Ya estoy preparado, tengo lo que necesito. Es el equipo estándar de un guerrero, de un soldado de Dios que combate en eterna cruzada contra las sombras del mal. Porque eso es lo que soy, un Cazador de Sombras. Un Shadow Hunter.

 ***

 –             Jaque –dijo Greg Templeton, moviendo su bellísima pieza de ajedrez, que simulaba una torre medieval hecha de marfil.

–             Ummm… -musitó su contrincante, el doctor David Morris, mirando como las diversas piezas del pulido tablero de juego se hallaban distribuidas en su contra.

–             Vamos, doctor, no me diga que ya se ha rendido tan fácilmente –dijo Templeton, el director de la prestigiosa sala de subastas Angelie’s, ubicada en el centro de Hollow City.

El doctor Morris, director del Hospital Central de Hollow City, no respondió al comentario que le hacía su amigo. Aunque Morris parecía que observaba el tablero de cuadros blancos y negros, la expresión de su rostro mostraba que el buen doctor se hallaba ausente, sumido en pensamientos que a juzgar por las arrugas de su frente y su mirada perdida le preocupaban gravemente. Mientras Templeton le contemplaba, no pudo dejar de advertir que el doctor había envejecido mucho en los últimos días. Los síntomas eran evidentes, pues sus ojos estaban enrojecidos y con grandes ojeras, su cabello se había encanecido aún más de lo normal y su espíritu jovial y alegre se había transformado en un comportamiento introvertido y hosco. Y el cambio no se debía a los problemas con los miembros del Consejo directivo del hospital o con TecnoCorp, sino a algo mucho más grave.

Casi sin darse cuenta, Templeton desvió su mirada un instante hacia el techo del amplio e iluminado salón de estar de la casa del doctor, pues más arriba se encontraba la causa de los problemas del doctor Morris. Al pensar en ello, el director de Angelie’s sintió una amarga tristeza que le llegó hasta lo más profundo de su corazón, pues grandes lazos de amistad le unían con el doctor Morris, a quien conocía desde hacía años. El apellido Templeton era de origen inglés, una familia aristocrática de gran influencia que había emigrado a Hollow City hacía años para aumentar su patrimonio. El joven Greg había sido un estudiante de Historia y Bellas Artes muy brillante, pero de alegre vida y algo desobediente. Tras un desdichado accidente de tráfico causado por la bebida, Templeton tuvo que pasar mucho tiempo en el Hospital Central, donde conoció al doctor Morris, que por entonces aún no era el director. A pesar de que Morris era casi veinte años más mayor que Greg, ambos conectaron en seguida, descubriendo que compartían gustos similares. En ambos hombres anidaba una gran pasión por los libros antiguos, los objetos de coleccionista y las culturas extintas, además de que tanto Morris como Templeton disfrutaban de los temas esotéricos, paranormales y extraños misterios. Greg frecuentaba mucho la casa del buen doctor, a pesar de las objeciones de su padre, quien no aprobaba aquella relación pensando que era una distracción para los deberes familiares de Templeton. Además, siguiendo los consejos del doctor, Greg se había animado a estudiar Psicología, y el día en que se licenció el único en acudir a la ceremonia fue Morris.

Mientras recordaba aquellos años pasados, Greg Templeton se frotó distraídamente un grueso anillo plateado que portaba en su dedo anular derecho y que tenía grabado el símbolo de una rosa negra. Aquel anillo se lo había entregado Morris cuando, tras varios años siendo su mentor en el mundo del ocultismo, por fin le había confiado su secreto. El doctor pertenecía a una logia antigua y secreta, cuya red de poder se extendía en innumerables ámbitos, llegando incluso a tener relaciones con políticos de primer nivel, empresarios multimillonarios, nobles de diversos países e incluso con el Vaticano. Gracias a la influencia del doctor, quien lo había apadrinado, Templeton había podido ingresar en la Hermandad de la Santa Orden de la Rosa Negra, lo cual lo catapultó hacia lo más alto, a pesar de que ambos sólo pertenecían al Círculo Externo. La Hermandad tenía tres divisiones, los denominados Círculos de Poder: los iniciados pertenecían al Círculo Externo, los más avanzados llegaban al Círculo Medio, y sólo unos pocos elegidos llegaban a conocer los grandes secretos de la Hermandad al alcanzar el Círculo Interno. Aunque en Hollow City era conocido por ser el propietario de la prestigiosa sala de subastas Angelie’s, los negocios de Greg Templeton iban más allá. Sí, todo se lo debía a aquel hombre, al que quería más que a su propio padre, y por ello haría todo lo que pudiese por ayudarle, sobre todo en aquella situación tan amarga en la que ahora se encontraba.

–             Señores, el té está listo –dijo la voz de Barry, el asistente personal del doctor Morris, el cual cuidaba de la casa desde que años atrás falleciese la esposa del doctor, víctima de una enfermedad incurable.

–             Gracias, Barry –contestó Templeton, advirtiendo que Morris estaba tan absorto en sus pensamientos que ni siquiera se había percatado de la llegada de su fiel asistente-. ¿Cómo está Val?

–             La señorita Valentine está… reposando, como siempre. No hay ninguna novedad –contestó Barry, que a pesar de sus modales estrictos no pudo ocultar que sentía cierta inquietud.

Una vez que Barry sirvió con exquisita eficacia inglesa el té y se marchó del salón, Templeton intentó animar al doctor Morris con una charla intrascendente sobre los últimos acontecimientos de Hollow City, puesto que su táctica de distraerle mediante una partida de ajedrez no había dado sus frutos.

–             Doctor Morris, ¿ha leído el American Chronicles de hoy? Viene un especial sobre Bubba Hots, la estrella de los Hollow Riders –dijo Templeton al doctor Morris, intentando hacerle entrar en el mundo de los vivos.

–             ¿Cómo? ¡Ah, sí, Bubba Hots! –contestó Morris, abriendo los ojos-. Pobre chico, un joven de origen humilde, criado en la Cloaca, que llega hasta la cima gracias al fútbol. Luego un desgraciado le pega un tiro y acaba en mi hospital.

–             Hasta que llegó TecnoCorp y se lo llevaron, ¿no es así?

–             Cierto, Greg. La verdad es que debería haber muerto, pero su rápida recuperación atrajo a esos perros de TecnoCorp. Debería haberme negado, pero el Hospital está en sus manos, como muchas otras cosas de Hollow City.

–             No se preocupe, doctor, si le consuela saberlo a mí también me la han jugado –Templeton comenzó a recordar  ciertos sucesos que habían ocurrido tiempo atrás-. Tuve en mi poder el Ojo de los Dioses, una pieza mucho más valiosa de lo que parecía, y la dejé escapar. Ahora está en manos de Jason Strong, seguro que aún se está riendo de mí.

–             Tranquilo Greg, al menos pudiste darle a la Hermandad esa extraña esfera metálica. Eso te dio muchos puntos. Y además –dijo el doctor Morris, sonriendo por primera vez- ahora estamos advertidos sobre los Valaki y su magia.

–             Si, tiene razón, doctor, aunque no se me va de la cabeza la idea de que tuve la oportunidad de haber hecho algo más en todo ese asunto. Y encima parece que nada pueda salpicar a TecnoCorp. Jason Strong es un tipo demasiado listo.

–             Y desafía los intereses de la Hermandad, Greg, no te olvides de eso. Strong debe ser considerado un enemigo, uno muy peligroso. La Hermandad sospecha que TecnoCorp está detrás de algo muy importante, más aún que lo sucedido con Bubba Hots. Al igual que nosotros, se está acercando al secreto de los Valaki. Y la Hermandad no debe consentir que esos secretos tan terribles caigan en malas manos, como Strong. Por eso Greg, amigo mío –aquí el doctor Morris hizo una breve pausa, acercándose a su interlocutor- ahora todos los Hermanos debemos estar más unidos que nunca.

Mientras Greg Templeton se llevaba su taza de té a los labios sonrió para adentro, pues al hablar de secretos ocultos, de la Hermandad y de TecnoCorp había conseguido que el doctor Morris se olvidase momentáneamente de su problema, y por breves instantes volvía a ser su amigo de siempre. El buen doctor había servido fielmente a la Hermandad de la Santa Orden de la Rosa Negra, y ahora era el momento de que la Orden le devolviese algo de aquel servicio. Mientras Templeton giraba el anillo de la Rosa Negra dándole vueltas alrededor de su dedo, cavilaba sobre cómo y cuándo iba a llegar la ayuda deseada.

En ese momento se oyó el timbre de la puerta de la gran mansión del doctor Morris, y tras unos segundos el fiel Barry apareció en la entrada del salón, anunciando la llegada del Padre García y un acompañante. El Padre García era el sacerdote encargado de la Iglesia de Saint Patrick, en el humilde barrio de Sawmill Street, y aunque no era miembro de la Hermandad era uno de los sacerdotes en los que más confiaba el obispo De Clark. Puesto que el obispo no debía inmiscuirse personalmente en determinados asuntos, había sido el Padre García quien se había encargado de recibir al visitante en la estación de tren de Hollow City y traerlo hasta la casa del doctor Morris.

–             Por fin están aquí –dijo Templeton con un suspiro de alivio.

–             Muy bien Barry, diles que pasen –dijo el doctor, y luego a continuación le habló a su amigo-. Veamos si pronto podemos poner fin a tanta penuria…

Pero el doctor Morris no pudo continuar hablando, puesto que sus palabras quedaron atragantadas al ver a la persona que acompañaba al Padre García. Alto y delgado, embutido en un viejo abrigo gris, pálido y de cabello largo canoso, rostro enjuto y macilento, con una anticuada bolsa de tela negra como único equipaje. Mirada cansada y de ojos tristes, barba descuidada de varios días, y encima no llevaba ningún alzacuello. Desde luego, aquel hombre no era el sacerdote que esperaba que le enviasen.

–             Pero, ¿quién diablos es usted? –dijo sorprendido el doctor Morris, dirigiéndose al desconocido que acompañaba al Padre García.

–             Oiga, doctor, no blasfeme, y dígale a su criado que prepare algo para beber. Y que sea algo fuerte, la noche es larga y lo vamos a necesitar –dijo el desconocido con actitud descarada, quitándose el abrigo y lanzándolo descuidadamente hacia una silla lejana.

Greg Templeton se quedó con la boca abierta, tan sorprendido como el doctor Morris por la presencia del insolente desconocido. Luego miró de forma interrogante al Padre García, como esperando que éste dijera que todo era una broma, y que el desconocido no era la ayuda que esperaban. Pero la mirada del sacerdote le confirmaba sus peores temores, lo que hizo que resoplase de disgusto. Desde luego, la noche sería muy larga.

 ***

 –             ¡Hey, Barry, esto está muy bueno! –dijo el acompañante del Padre García, al que había presentado como Isaac.

–             Ejem… gracias, señor… -contestó el asistente en tono dubitativo.

–             Déjense de milongas, simplemente llámenme Isaac –el hombre de rostro enjuto no paraba de comer, como si no lo hubiese hecho en una semana-. Amigo Barry, ¿puede ponerme más vino de ese? Esto no se parece nada al garrafón que sirven en los bares, ¿eh?

Sentados en la misma mesa que Isaac, el doctor Morris, Greg Templeton y el Padre García miraban con ojos desorbitados como aquel hombre comía y bebía sin parar, totalmente despreocupado y haciendo caso omiso de cualquier norma de civismo. Una vez terminada la cena, los cuatro hombres pasaron al pequeño salón para acomodarse mientras Barry preparaba té y café. Aunque todos se sentaron en los cómodos sillones aterciopelados, el extraño hombre llamado Isaac permaneció en pie observando y manoseando los libros que rebosaban en las varias estanterías que poblaban el salón.

–             Menuda biblioteca tiene montada aquí, amigo –dijo alegremente Isaac, deteniendo su dedo índice en un libro que le llamó la atención-. “Civilizaciones Antiguas: Mito o Realidad”. ¡Ah, el buen profesor Edmund Graves! Me pregunto que habrá sido de él.

–             ¿Conoce al profesor Graves? –preguntó extrañado Greg Templeton.

–             He oído hablar de él. Creo recordar que le pasó algo malo en su estancia aquí, en Hollow City –Isaac se volvió de repente y observó el rostro de sus acompañantes, como si estuviese lanzándoles una mirada acusatoria.

–             Creo que simplemente se encontró indispuesto y tuvo que marcharse. Ahora mismo creo que se encuentra en algún país perdido de Sudamérica, continuando con sus investigaciones –dijo Templeton, mirando fijamente a Isaac al darse cuenta de que en realidad aquel hombre era mucho más que el simple bufón que aparentaba ser.

–             Oiga, señor Isaac, o como quiera que se llame –intervino el doctor Morris, harto y enfadado-. Desde que ha entrado usted en mi casa no ha hecho más que comer, beber y fumar. Déjese de bromas y estupideces, aquí ocurre algo muy serio, y si no puede ayudarme es mejor que el Padre García le acompañe a un hotel y mañana por la mañana se marche de Hollow City.

 Isaac contempló al doctor Morris, que comenzaba a manifestar grandes dosis de nerviosismo, y luego se acercó hacia un gran cuadro que colgaba de una de las paredes del salón. El cuadro era un retrato de familia, que mostraba al doctor Morris acompañado de una joven hermosa de largos cabellos negros. A pesar de la ausencia de la esposa y madre, el retrato captaba a padre e hija con unas sonrisas de felicidad. El autor de la obra había sabido captar una imagen de naturalidad, lejos del artificio propio de los retratos.

–             Deduzco que esta bella señorita debe ser su hija. ¿Me equivoco, doctor? –preguntó Isaac.

–             Así es. Ella es lo único que me queda tras la muerte de mi esposa, y no pienso perderla a ella también –dijo tristemente el doctor.

–             Muy bien, vayamos a verla –dijo Isaac de forma abrupta, y rápidamente se dirigió hacia la puerta del salón, dejando sorprendidos a los otros tres hombres.

Todos salieron de la estancia, y el doctor Morris les guió escaleras arriba hasta el piso superior, donde llegaron hasta la puerta de la habitación de Valentine, la hija del doctor Morris. El doctor vaciló unos instantes antes de abrir la puerta, y a continuación hizo pasar a todos al interior del dormitorio. La habitación era amplia, con sus paredes blancas cubiertas de óleos representando paisajes naturales. En un lado estaba una gran cama, donde la suave luz de una lámpara iluminaba el cuerpo de Valentine, envuelta en perfumadas sábanas de seda y aparentando estar sumida en un sueño profundo. Isaac no pudo dejar de advertir que el rostro de aquella muchacha presentaba varias diferencias con el del retrato del salón, pues estaba más pálida y delgada, y sus labios blanquecinos no mostraban ese color rosa que debería ser habitual. Isaac también vio que sobre la mesilla de al lado de la cama había un rosario y dos velas blancas que rodeaban un portarretratos con la imagen de la Virgen María, un símbolo para luchar contra los malos espíritus.

Entonces Isaac sacó un pequeño crucifijo de plata de su bolsillo, y acercándolo hacia el rostro de la muchacha pronunció unas extrañas palabras en latín, que sólo el Padre García comprendió:

–             Deus bone, da mihi potestatem, ut malum quod tenet ex hac puella

A continuación posó suavemente su mano libre sobre la frente de la joven, y cerró los ojos en un gesto de profunda concentración.

–             ¿Qué está haciendo? –dijo el doctor Morris, estupefacto-. Pero si usted no es sacerdote, y además lo único que puede ayudarla es un exorcista.

–             Me temo que se equivoca, doctor –dijo Isaac tras abrir los ojos y terminar su concentración-. Ni médicos ni sacerdotes pueden hacer nada por ella, pues ni está enferma ni está poseída por el demonio.

–             ¿Pero que está diciendo? Acaba usted de llegar, y con solo examinar unos segundos a mi hija ya sabe lo que le pasa. ¡Qué disparate! Quiero que se vaya de aquí ahora mismo, deje en paz a mi hija –el doctor Morris comenzaba a encolerizarse por momentos.

En ese instante el doctor comenzó a marearse, llevándose una mano a la cabeza. Templeton le ayudó a sostenerse, y llamó a Barry a gritos. Una vez que el asistente vino a la habitación, Templeton le dijo al doctor Morris:

–             Amigo, creo que todo esto comienza a pasarle factura a su salud. Está débil y cansado, y enfurecerse solo conseguirá empeorar su estado. Es cierto que este hombre no es exactamente lo que esperábamos, pero hemos de pensar que si la Hermandad nos lo ha enviado será por algo. Creo que deberíamos dejarle aquí con el Padre García a ver si nos puede ayudar.

Aunque el doctor Morris no estaba muy convencido, al final admitió que tal vez su amigo tenía razón. Si el tal Isaac había sido enviado por la Rosa Negra debía existir una buena razón para ello. Además, ni con todos sus contactos nadie había conseguido despertar a Valentine, pues según todos los médicos su estado era inexplicable. Una especie de sueño profundo en el que llevaba varias semanas, y del cual solo despertaba un par de veces cada día, lo suficiente como para poder tomar algo de alimento. Sólo abría levemente los ojos, le sonreía, pero no articulaba palabra. Después volvía otra vez a sumirse en aquel misterioso letargo, que la consumía día tras día, noche tras noche, sin saber la razón. Aunque aquel tipo no le cayera bien, si podía hacer algo por Valentine no sería él quien lo impidiese.

–             Oiga doctor, hágale caso a su amigo y descanse –dijo Isaac, dándole unos golpecitos leves al hombro del doctor Morris, tomándose unas confianzas que no eran correspondidas-. Barry, sírvele algo fuerte al buen doctor, es lo mejor para estos casos. A mí me funciona –dijo alegremente, guiñando un ojo al sorprendido asistente.

Mientras el doctor Morris se retiraba de la habitación apoyándose en Barry y Templeton, el Padre García e Isaac quedaron a solas junto a la figura dormida de Valentine. El sacerdote no quitaba los ojos de encima a Isaac, pues no se fiaba del todo de aquel tipo extravagante. Aunque el Padre García ya había tenido contacto con otros hombres extraños, como el justiciero Espectro, la diferencia estaba en que no podía descifrar la personalidad y las motivaciones de aquel visitante. Y aquellas palabras misteriosas que había pronunciado en el antiguo latín (Dios misericordioso, dame el poder de ver el mal que atenaza a esta joven) no contribuían a aumentar su confianza en él.

–             Ahora, querido pater, necesito que se quede quieto y en silencio –dijo Isaac, acercándose a la joven Valentine-. Es por su propia seguridad.

–             ¿Qué es lo que va hacer, si puede saberse? –preguntó desconfiadamente el sacerdote.

Isaac no contestó, y acto seguido entornó los ojos de forma extraña, alzando su mano derecha con la palma extendida hasta casi tocar la cabeza de la muchacha dormida. A continuación comenzó a musitar unas palabras, también en latín, primero en voz baja, y posteriormente elevando poco a poco el tono. El Padre García sabía que estaba rezando, pero desde luego no se parecía en nada a las oraciones cristianas convencionales. ¿Qué cánticos misteriosos estaba entonando aquel hombre?

–             Pater noster, dirige me per opaca viarum, adiuva me dimittere anima huius pueri capto. Sic luceat lux vestra, da mihi virtutem hostes tuos in pugnam…

(“Padre nuestro, guíame a través de las sendas tenebrosas y ayúdame a liberar el alma prisionera de esta joven. Que tu luz ilumine el camino, dame fuerzas para luchar contra tus enemigos”).

Mientras Isaac continuaba con su rezo, el Padre García creyó ver una especie de resplandor tenue alrededor de la hija del doctor Morris. Al principio era un simple brillo, pero luego fue aumentando de intensidad hasta convertirse en una aureola de color azulado, hasta que finalmente se transformó en un potente fulgor incesante que iluminó toda la habitación de una luz azul cristalina. Absorto ante tal prodigio, el sacerdote tan sólo podía permanecer inmóvil con los ojos abiertos como platos y contemplar aquella maravillosa luz sin poder ver nada más. Por su parte, Isaac permanecía concentrado y rezando, aunque ahora su frente comenzaba a empaparse de sudor, mientras su rostro se congestionaba del esfuerzo y la tensión, y su brazo derecho extendido temblaba a causa de la canalización de las poderosas fuerzas que manejaba.

–             Tua est potentia, Domine. Mea est fortitudo vestra. Scio te me et ne dimittas me. Per potentiam Dei, ut mali alica terminetur oratio, hanc divinam...

(“Tuyo es el poder, Señor. Tu fuerza es la mía. Sé que estás conmigo y que no me abandonas. Por el poder de Dios, que esta plegaria divina termine con el maligno encantamiento”).

El Padre García advirtió como el cántico de Isaac cobró una fuerza tan impresionante que retumbó por todo el dormitorio. La mágica luz azul brilló tan intensamente como los relámpagos de la peor de las tempestades, haciendo que el sacerdote apartara levemente los ojos por la molestia. Una fugaz mirada hacia Valentine le hizo ver que la muchacha aún continuaba dormida, pero movía su pálido rostro de un lado a otro, como si poderosas fuerzas inexplicables tiraran de ella en su interior.

–             In nomine Patris, Iesu Filio et Spiritui Sancto, quod virtute caelestis gloriae iste spiritus excitare innocens. ¡Ego præcipio vobis!.

(“En el nombre de Dios padre todopoderoso, de Jesucristo su hijo, y del Espíritu Santo, que la fuerza de la gloria celestial despierte a este espíritu inocente. ¡Yo os lo ordeno!”).

Las últimas palabras de Isaac fueron pronunciadas con tanta potencia que el Padre García creyó que salían de un megáfono a máximo volumen. Luego hubo una terrible explosión de luz cegadora, seguida del rugir de un trueno, y el sacerdote cayó de rodillas con los ojos cerrados y llevándose las manos a ambos lados de la cabeza para taparse los oídos, mientras suplicaba a Dios con todas sus fuerzas para que le protegiese del terrible infierno que se había desatado en aquella habitación.

Tras unos instantes, sin saber cuanto tiempo había pasado, el Padre García notó como alguien le llamaba, a la vez que sentía unas manos sobre su cuerpo menudo que le zarandeaban. Cuando finalmente se atrevió a abrir los ojos y apartar sus manos temblorosas, el cura dejó de implorar nerviosamente a Dios y pudo contemplar como a su lado estaban Greg Templeton y Barry, que lo ayudaron a incorporarse. Una vez en pie, el Padre García observó como la joven Valentine continuaba durmiendo, ajena a todo lo que había ocurrido, aunque ahora ya no se debatía agitadamente como antes sino que continuaba sumida en el mismo letargo tranquilo de siempre.

Al pie de la cama de la joven estaba el cuerpo tendido e inmóvil de Isaac, cuya mano izquierda se había abierto dejando caer sobre la alfombra su pequeño crucifijo plateado.

–             ¡Oh, dios mío! ¿Está… muerto? –preguntó el Padre García.

–             No señor –contestó Barry, tras examinar a Isaac-. Parece que solo está terriblemente extenuado, como si hubiese realizado un esfuerzo sobrehumano.

–             ¡Por todos los santos, Padre! –exclamó Templeton, mirando al sacerdote-. ¿Puede saberse que demonios ha ocurrido aquí?

Pero el Padre García no pudo contestar, pues en ese preciso instante un agotado Isaac abrió los ojos, sonriendo a todos los presentes.

–             Amigos, deberían verse las caras. Tranquilos, no pasa nada, está todo bajo control. Sólo ha sido el primer asalto, para medir fuerzas. Creo que necesito un poco de brandy del que guarda Barry en la bodega para reponerme. Me temo que tendrán que decirle al doctor Morris que esta noche me quedaré como invitado en su casa. ¿Por cierto, han oído hablar alguna vez de Oniria?

Mientras Barry y Templeton se miraban entre ellos compartiendo el pensamiento de que Isaac no estaba en sus cabales, el Padre García observaba a aquel hombre con una mezcla de temor y admiración. El cura sentía miedo por lo que había presenciado, la intensa luz azul, las extrañas palabras en latín, la explosión… pero también se había percatado de que Isaac era mucho más de lo que aparentaba, y aunque no fuese un sacerdote tenía algo que ver con la Iglesia. Desde luego, Isaac iba a tener que dar muchas explicaciones sobre aquellas misteriosas manifestaciones, y sobre lo que estaba pasando en casa del doctor Morris.

 ***

 A la mañana siguiente, mientras Barry preparaba el desayuno, todos menos Isaac bajaron puntualmente de sus habitaciones al salón. Mientras le esperaban, el doctor Morris quiso saber que era lo que había ocurrido después de retirarse a dormir, pero tanto el Padre García como Greg Templeton le indicaron que era mejor esperar al protagonista de los sucesos. Puesto que tanto el doctor Morris como el Padre García no se habían hallado en plenas facultades, Greg Templeton había decidido ante el asombro de Barry que todos se quedasen a descansar en los aposentos de los invitados que la casa del doctor poseía.

–             ¿Cómo se encuentra hoy, doctor Morris? –preguntó Templeton a su buen amigo.

–             Muy bien, gracias –contestó-. Después de dormir toda la noche hoy estoy mucho mejor. Entre el estado en que se encuentra mi hija y ese tal Isaac, que me pone de los nervios, sufrí lo que los médicos llamamos un pequeño “achuchón”, pero nada más.

–             ¿Y usted, Padre García? –preguntó Greg al sacerdote.

–             Bien, hijo –contestó sin mucho convencimiento el cura, que había pasado toda la noche pensando en todo lo que había presenciado en aquella habitación.

En ese momento entró en la sala Isaac, con su semblante pálido habitual y sin haberse afeitado, pero exhibiendo una sonrisa alegre como si la noche pasada no hubiese ocurrido nada excepcional.

–             Buenos días amigos, ¿que tal? Espero que Barry haya preparado un buen desayuno, porque tengo un hambre de lobo.

Antes de que el doctor Morris dijese algo de lo que pudiese arrepentirse, Templeton decidió ir al grano:

–             Isaac, creo que tiene usted muchas cosas que explicar, ¿no cree?

–             Por supuesto, tienen toda la razón del mundo. Pero antes debo decirles una cosa, o mejor dicho dos; una buena y otra mala. La buena es que se lo que le pasa a la hija del doctor Morris.

–             ¿Y cuál es la mala noticia? –inquirió algo sarcástico el desconfiado doctor.

–             Lo malo es que cuando les cuente todo lo que quieren saber, ya nada será nunca lo mismo para ustedes –aquí Isaac hizo una pequeña pausa, y después añadió en tono misterioso:- sufrirán una gran Revelación que cambiará sus vidas para siempre, pues sentirán como si hasta ahora hubiesen portado un velo sobre sus ojos impidiéndoles ver la auténtica realidad.

Templeton, el Padre García y el doctor Morris cruzaron sus miradas, y aunque las palabras de Isaac podían intimidar a personas corrientes, no podían atemorizar a dos amantes del misterio y miembros de la Hermandad de la Rosa Negra, ni a un sacerdote cuya congregación estaba situada en uno de los peores barrios de Hollow City. Los tres incitaron a Isaac a proseguir, el cual sonrió abiertamente pues se alegraba mucho de su determinación.

–             ¿Qué saben ustedes de Moisés? –preguntó de repente Isaac, siempre desconcertante.

–             ¿Se refiere al Moisés de la Biblia? –contestó Templeton-. Pues que fue el hombre escogido por Dios para liberar al antiguo pueblo judío de sus opresores, llevándolos hacia un lugar seguro. Una vez en el monte Sinaí, Moisés recibió del propio Dios unas tablas que recogían los sagrados Diez Mandamientos, los pilares básicos de religiones como el Catolicismo o el Judaísmo.

–             Muy bien, amigo Greg –dijo satisfactoriamente Isaac-. Sin embargo, hay más, mucho más. En realidad, Dios dio a Moisés algo más que unos simples mandamientos. Dios otorgó al gran patriarca de los judíos el más exquisito regalo que podía ofrecer al hombre: su Poder. La Palabra de Dios es su poder, manifestado a través de las “orationes” (oraciones en latín), de las Plegarias.

–             ¡Por favor, Isaac! –intervino el Padre García, escandalizado ante lo que estaba escuchando-. ¿Es que nunca piensa lo que dice antes de hablar?

–             Tranquilo pater, cálmese que no es para tanto, si sólo acabo de empezar. Como iba diciendo, Dios entregó a Moisés el secreto de canalizar su poder divino mediante las Plegarias, una serie de oraciones místicas en antiguo hebreo que el gran pastor judío ordenó encerrar dentro de un gran arca: el Arca de la Alianza. Recuerden que la Torá judía cuenta innumerables milagros realizados por Moisés, como hacer llover maná del cielo para alimentar a su pueblo hambriento, o  hacer que el agua surgiese bajo las rocas con solo golpearlas con su bastón para saciar su sed.

–             Si, claro. Y aparecieron los nazis y robaron el Arca, hemos visto todos la película, señor Isaac –dijo el doctor Morris con sorna, revolviéndose en su sillón.

–             Tras la muerte de Moisés, el Arca fue dando tumbos de aquí para allá en el transcurso de los años, hasta acabar en el fastuoso templo de Salomón, en Jerusalén. Cuando el gran rey de Babilonia, Nabucodonosor, atacó la ciudad sagrada buscando la fuente del poder celestial, el profeta Jeremías escondió el Arca, desapareciendo para siempre de la Historia del mundo.

–             Todo eso que está contando está muy bien, Isaac, pero no entiendo que tiene que ver con lo que le pasa a Valentine –intervino Templeton, queriendo ir al grano ante las divagaciones de Isaac.

–             Eso lo dejo para el final, amigo Greg. Pero para abreviar un poco, solo decir que en realidad el Arca, con el secreto de las Plegarias mágicas de Dios en su interior, fue llevada a escondidas a un lugar remoto de África, donde siglos más tarde sería encontrada por los romanos, concretamente por Cayo Octavio Turino, más conocido por Cayo Julio Cesar Augusto, el primer emperador del Imperio Romano. ¿Acaso creen de verdad que un joven general carente de experiencia podía él solo haber derrotado la alianza de Marco Antonio y Cleopatra? La terrible verdad es que Augusto encontró el Arca, se apoderó del secreto de las Plegarias, derrotó a sus enemigos y se marchó de África, volviendo victorioso a Roma, donde los sabios y sacerdotes tradujeron los místicos secretos al latín, la lengua de los romanos.

–             ¡Qué sarta de sandeces! Lo que hay que oír –dijo Morris, suspirando-. Isaac, creo que debería plantearse seriamente recibir tratamiento, necesita usted ayuda especializada.

–             Claro, doctor –contestó sonriendo Isaac-. Como también la necesitaron en su día Nostradamus, Da Vinci o Galileo. Pero volviendo a lo que iba, el Imperio Romano guardó el secreto de las Plegarias divinas, formando un grupo de sabios encargados de custodiar el poder de Dios. Estos hombres eran los “delectis”, palabra que proviene del latín “Electi Dei”, los elegidos de Dios. Con el transcurso de los siglos el Imperio fue ganando poder, enfrentándose incluso contra el cristianismo en una gran lucha por los conocimientos de las Plegarias, puesto que miembros de distintas religiones habían aprendido en diversos lugares del mundo el místico secreto.

–             ¡Basta, Isaac! –exclamó de repente el Padre García, saltando de su asiento-. Se está pasando usted de la raya. No voy a seguir tolerando sus insinuaciones sacrílegas.

–             Lo siento por usted, pater, pero la Iglesia oculta muchos secretos –continuó Isaac, mirando al Padre García como a un niño pequeño-. Como las Cruzadas, por ejemplo. ¿Sabía usted, Padre García, que el Arca y sus secretos fueron llevados otra vez a Jerusalén cuando las hordas bárbaras de los hérulos invadieron Roma en  el año 476? Allí permanecieron escondidos los últimos delectis, protegiendo el gran secreto, hasta que en el año 1070 los turcos la invadieron. Fue entonces cuando los turcos se apoderaron del Arca, y cuando el Papa Gregorio VII se enteró, apadrinó la Primera Cruzada. Años de luchas cruentas y feroces batallas desembocaron en la conquista de la Ciudad Santa por los cristianos en el año 1099, donde Hugo de Payns encontró el Arca. Fue entonces cuando el noble caballero francés formó la famosa Orden de los Caballeros Templarios, los cuales juraron proteger el secreto del Arca. Sin embargo los cristianos perdieron Jerusalén en 1244, y tras retirarse los Templarios a occidente definitivamente, fue en Europa donde aumentó su poder.

–             Sí, todos conocemos la historia de los Templarios, y también su triste final –intervino Greg Templeton, el cual poco a poco había ido tomando interés por la narración de Isaac-. El viernes 13 de octubre de 1307 el rey Felipe IV de Francia, junto al Papa Clemente V, ordenó detener a Jacques de Molay y a todos sus Templarios, confiscando sus bienes y declarándolos traidores y herejes. Ese fue el fin de la Orden del Temple.

–             ¡Muy bien, amigo Greg! Veo que a usted también le gusta el tema de las Hermandades Secretas –dijo Isaac, guiñándole un ojo en señal de complicidad, lo que incomodó a Templeton.

–             ¿Y bien? –inquirió el doctor Morris-. ¿Qué pasó con el Arca?

–             ¡Ajá! –exclamó de repente Isaac-, así que usted también está intrigado, ¿no es así? Pues bien, amigos míos, el Arca, las Plegarias y los delectis pasaron a formar parte del tesoro de la Iglesia. Todo su rastro fue borrado del conocimiento externo, y sólo unos pocos elegidos conocen este secreto. Y muy pocos aún saben cómo utilizar las Plegarias. Actualmente existe una élite de delectis que sirven al Vaticano, siervos de Dios escogidos por reunir ciertas “aptitudes especiales”, que son reclutados para estudiar las sagradas escrituras divinas de entre los más destacados seminaristas. Soldados del Señor que utilizan la magia divina en su lucha contra el Mal, contra la Oscuridad que acecha al mundo desde tiempos remotos.

–             Y usted es uno de esos delectis, ¿no es así, Isaac? –dijo el Padre García, lanzando una mirada inquisitiva a Isaac.

Antes de que Isaac pudiera responder, un estruendo retumbó en la sala de estar, alarmando a todos los presentes. El culpable era Barry, el cual había dejado caer sin querer la bandeja que portaba las tazas de té y café, cubriendo la alfombra de terciopelo del salón de una lluvia de fragmentos de delicada porcelana. Mientras Barry se disculpaba torpemente ante tal descuido, el fiel mayordomo se agachó para recoger los destrozos, cortándose un dedo con el asa rota de la tetera.

Al ver sangrar a Barry, Isaac acudió en su ayuda, sujetándole con suavidad la mano con el apéndice herido, y musitando a continuación unas palabras en un tono tan bajo que nadie más que él pudo escucharlas con claridad. Al instante apareció un suave destello alrededor de la herida, que sólo duró un instante. Luego simplemente el corte había desaparecido, como si nunca hubiese existido.

Mientras Isaac volvía a sentarse, contempló al resto de los presentes, los cuales se hallaban completamente estupefactos. Dedicándoles una sonrisa, Isaac continuó hablando:

–             Como ya les dije antes, nunca más volverán a ser los mismos. Pero aún deben saber más cosas, deben entender lo que le está pasando a Valentine, y para ello debo hablarles de algo más difícil de entender que la historia de las Plegarias.

–             Amigo Isaac, creo que tiene usted toda nuestra atención –dijo Templeton, observando que tanto el doctor Morris como el Padre García asentían con la cabeza, aún sorprendidos por la mágica curación de la herida de Barry.

–             Pues vamos allá. Lo primero de todo es comprender que el mundo no está formado sólo por aquello que podemos ver y tocar. Existen diversos planos de la realidad más allá del mundo “real” que conocemos, una serie de realidades o Zonas, cada una de ellas con su propia Zona Contraria o Reflejo. La Tierra es nuestra Zona, donde vivimos, pero su Reflejo es el Inframundo. Existe el Paraíso y el Infierno, y otras Zonas más, pero la que ahora más nos interesa es la denominada Oniria.

–             ¿No es la ciudad de los sueños que aparece en un poema antiguo? –dijo pensativamente Templeton-. Creo que el término onírico proviene del griego “óneiros”, que significa sueños.

–             ¡Correcto, Greg! –exclamó con excitación Isaac-. Oniria es el Plano de los Sueños, el lugar donde viajamos cada vez que soñamos. Normalmente uno viaja allí, permanece un tiempo y luego regresa al mundo corriente, despertando a veces de un sueño plácido y a veces de una pesadilla. Pero me temo que esto no siempre se cumple, puesto que Oniria es un mundo misterioso donde no rigen las mismas leyes naturales que en el nuestro. Y aquí es donde radica el problema que afecta a su hija, doctor Morris.

–             ¿Qué es lo que le ocurre a Valentine, Isaac? –preguntó esperanzado el doctor Morris-. Por favor, si lo sabe dígamelo.

Aquí Isaac tuvo que hacer una pausa, y en su rostro siempre sonriente apareció una sombra de temor. Con un suspiro de gravedad, Isaac decidió revelarle la verdad al buen doctor:

–             Doctor Morris, su hija ha quedado atrapada entre este mundo y Oniria. Creo que una criatura de dicho plano llamado Devorador de los Sueños ha establecido contacto con ella, y mucho me temo que no la dejará marchar hasta que… hasta que haya terminado de alimentarse de la esencia de Valentine. Cada vez que su hija sueña, el Devorador se alimenta de ella, y Valentine va consumiéndose más y más, hasta que llegue un momento en que una noche cerrará los ojos para sumirse en un profundo letargo.

–             ¿Y luego? –preguntó tímidamente el Padre García, aunque en su interior ya conocía la respuesta.

–             Luego ya nunca más despertará –añadió Isaac, mirando fijamente al doctor Morris.

–             Pero debe haber algo que podamos hacer por esa desdichada criatura –imploró el Padre García.

Isaac miró al resto de los presentes, pero esta vez no les dedicó ninguna de sus sonrisas. Exhalando profundamente un gran suspiro, les habló:

–             Existe una posible solución, pero no les mentiré, es arriesgado y muy peligroso, y no siempre termina bien. Como es algo que no puedo hacer yo solo, les debo pedir su colaboración. La pregunta que debo hacerles es la siguiente: ¿están dispuestos a llegar hasta el final, a darlo todo por el bienestar de Valentine?

–             Es mi hija, la persona a la que más quiero en el mundo, y daría mi vida por ella si fuese necesario, sin duda alguna –dijo con aplomo el doctor Morris.

–             Haré lo que sea por Valentine, lo que sea –dijo con convicción absoluta Greg Templeton, el cual había visto crecer a aquella muchacha a la que quería como a una hermana.

–             Que Dios nos proteja a todos. Estoy con ustedes, hasta el final –dijo el Padre García, con una fe y una seguridad plenas.

–             ¡Bien dicho, amigos! –exclamó Isaac-. No esperaba menos de ustedes. Ahora que la verdad les ha sido revelada, ha llegado el momento de explicarles lo que vamos a hacer.

 ***

 Las escasas luces del atardecer se filtraban a través de las cortinas que cubrían la ventana de la habitación de Valentine. La tarde había transcurrido con calma y tranquilidad, y siguiendo las recomendaciones de Isaac todos habían salido de la casa del doctor Morris. El propio doctor había acudido al hospital, para ver como iban las cosas por allí. Greg Templeton se había entrevistado con su secretaria, Dora Higgins, la cual le había puesto al día con los asuntos de la sala de subastas Angelie’s. El Padre García se había dado una vuelta por el comedor social de Sawmill Street, observando con agrado como su pupilo Billy Jones se hacía cargo de todo con grandes dotes de inteligencia y pericia. Hasta el mismo Isaac se había marchado de la casa, sin decir a donde iba, volviendo horas más tarde con su buen humor de siempre intacto. Así, todos habían podido aliviar la tensión que hubieran tenido que soportar de haberse quedado en la casa sin poder hacer nada, viendo como las horas transcurrían lánguidamente en sus relojes, sintiendo como un peso abrumador caía sobre sus almas.

Siguiendo las instrucciones dadas por Isaac, Barry había preparado la habitación para el ritual. Había despejado todo lo posible la estancia, arrastrando muebles, quitando estanterías y recogiendo alfombras. En el curso del traslado, un libro de bolsillo perteneciente a Valentine cayó al suelo. Al agacharse para recogerlo, Isaac vio que la portada representaba a un gran ogro delante de un castillo medieval envuelto en niebla. El título era “La Leyenda del Castillo de la Niebla”, escrito por un tal Frederick Broquett. Tras dárselo a Barry, Isaac observó satisfactoriamente que lo único que quedaba era la cama, con la joven Valentine tendida sobre ella. Barry también había apagado las luces, colocando una serie de velas encendidas colocadas en determinados puntos estratégicos de la habitación, puesto que según el delecti la luz de las velas era mejor que la artificial para el propósito que se iba a llevar a cabo. El fiel asistente había esparcido también un incienso aromático que embriagaba el ambiente con un suave olor a vainilla. Todo había sido dispuesto según lo acordado, todo estaba en su sitio y ya solo quedaba lo más difícil: comenzar.

–             Muy bien, Barry, lo has hecho todo tal y como te dije –le felicitó Isaac-. Ahora creo que sería mejor que nos dejaras solos, y no abras la puerta hasta que te lo digamos.

El mayordomo miró al doctor Morris, y éste hizo un gesto de aprobación, con lo que Barry hizo lo que se le había dicho. Tras su marcha, el resto tomaron posiciones según lo acordado. Isaac, que había traído consigo un libro grande y viejo de tapas oscuras, tomó asiento en una silla al lado de Valentine, mientras el doctor Morris sacaba un moderno tensiómetro electrónico y comprobaba la presión arterial del delecti. Tras comprobar que todo estaba bien, sacó de un pequeño estuche una jeringa y un frasco con un líquido transparente. Tras insertar la aguja en el frasco y llenar la jeringa con la sustancia, pinchó el brazo de Isaac para aplicarle la dosis adecuada de un sedante.

–             Bien, esto ya está –dijo el doctor Morris, guardando la jeringa y el frasco-. Ahora es su turno, Isaac.

Entonces Isaac abrió el Libro de las Plegarias, un volumen que había descrito a sus compañeros como un poderoso instrumento que contenía las Plegarias más poderosas, aquellas que eran más difíciles de realizar, escrito enteramente en latín. Tras buscar entre las páginas, al final se detuvo en un pasaje concreto que estaba buscando. Luego se reclinó sobre Valentine, y extendiendo una mano sobre ella mientras con la otra sujetaba el libro sagrado, Isaac comenzó a recitar las palabras mágicas.

–             ¡Spiritus e mundo videntur! ¡Passus es in illis spiritus Domini iudicio et doloribus dolor in terris! Rogamus vos et audite preces nostras pro nostris desideriis…

(“¡Espíritus del mundo invisible! ¡Espíritu de cuantos habéis sufrido tribulaciones y pesares en vuestro paso por la tierra! Os rogamos que escuchéis nuestras peticiones e intercedáis por nuestros deseos”).

Todos pudieron ver como alrededor de Valentine, que aquella noche estaba aún más pálida y delgada, tanto que casi parecía un cadáver, aparecía un halo de luz dorada.

–             Nunc in mundo sunt somnia, da mihi gratiam tuam, ut te in me ad hanc pugnam domain…

(“Habitantes del mundo de los sueños, concededme vuestro favor, permitid que me adentre en vuestros dominios para luchar por esta mujer”).

El halo de luz se ensanchó, envolviendo toda la cama y parte de Isaac, el cual comenzaba a sentir una especie de sopor embriagador que poco a poco se iba apoderando de él. Una corriente de aire surgida de la nada sopló sobre las velas, haciendo oscilar la luz de las pequeñas llamas, provocando un movimiento de sombras que acentuaba una sensación de sobrecogimiento y temor sobre los presentes.

–             In nomine Omnipotentis, et invocare spiritus, tunc in quo ego me defendere. Cogitationes meas ad bonum dirigens, opes eorum qui conantur avertere, ita separare bonum. Per Christum Dominum nostrum. Amen.

(“En nombre de Dios Todopoderoso, invoco a los espíritus para que me protejan en este lance en el que me encuentro. Dirigid mi pensamiento hacia el bien, desviad la influencia de aquellos que intenten separarme del buen camino. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén”).

La voz de Isaac fue tornándose débil, hasta finalizar la frase en un murmullo casi inaudible. Al terminar la Plegaria, cerró el libro sagrado y se lo tendió al Padre García para que lo guardara. Luego, contemplando la brillante luz mágica que había crecido hasta envolver por completo tanto a Valentine como a él mismo, se dirigió hacia Templeton.

–             Ahora usted, Greg, dese prisa –apremió con una débil sonrisa Isaac.

Entonces Greg Templeton se acercó a Isaac, con cuidado de no quedar envuelto el también en la luz, y le mostró un pequeño medallón dorado con la imagen grabada de Franz Anton Mesmer, el creador de la hipnosis. Mientras oscilaba el medallón de un lado a otro imitando el péndulo de un reloj, Templeton le pedía a Isaac que poco a poco fuera relajándose, que vaciara sus pensamientos de todo excepto de la visión del medallón. Las palabras de Templeton eran suaves y cálidas, y junto al efecto del fármaco administrado por el doctor Morris minutos antes, hicieron que Isaac fuera cerrando los ojos, como si sus párpados fuesen persianas de plomo.

–             Eso es, Isaac, relájese, déjese guiar por el sonido de mi voz. Continúe mirando el medallón, su brillo dorado, su redondez perfecta. Está usted a punto de entrar en un profundo trance, un sueño del que podrá despertar cuando yo lo estime conveniente. Ahora va a entrar en el mundo de los sueños, atravesará el muro que separa esta realidad de las otras, se convertirá en un viajero. Pero no estará solo, debe buscar a Valentine, concéntrese en ella. Respire profundamente, y ahora repita su nombre.

–             Valentine…

Acto seguido, Isaac cerró los ojos, dejando caer la barbilla, y justo en ese momento la mágica luz de la Plegaria se desvaneció lentamente hasta extinguirse. El doctor Morris se apresuró a comprobar las constantes vitales de Isaac, manteniendo la precaución de no realizar ningún movimiento brusco que pudiese despertarle.

–             Todo está bien, mantiene el pulso regular, su presión arterial es constante y respira débilmente pero sin dificultad –constató el doctor-. ¿Qué hacemos ahora?

–             Rezar porque todo salga bien –contestó el Padre García, haciendo la señal de la cruz en dirección a Isaac y Valentine.

 ***

 Isaac abrió los ojos. Estaba en un lugar muy oscuro, apenas veía nada, sólo una luz suave que brillaba lejos. Tenía una gran sensación de irrealidad, puesto que sus sentidos le traían percepciones contradictorias. Su cuerpo sentía frío, flotaba en el ambiente un olor a humedad y podía escuchar que no estaba solo, como si allí donde veía la luz hubiese alguien más. Decidió seguir la luz, su única guía, caminando lo más rápido posible, primero despacio, luego más deprisa y finalmente corriendo todo lo más rápido que pudo. Enseguida se dio cuenta de que en aquel lugar las distancias eran relativas, pues en unos pocos segundos se encontraba en una habitación no muy grande, un dormitorio parecido al de la propia Valentine, aunque no era el mismo. Allí la oscuridad era invadida parcialmente por la luz de varias velas depositadas en vasos de plástico a la altura del suelo, que iluminaban a un grupo de cuatro chicas jóvenes vestidas con pijamas coloridos. Sentadas en el suelo, entre suaves almohadas blancas, unas fumaban sustancias prohibidas mientras otras bebían alcohol. Las cuatro chicas hablaban en susurros, como adolescentes que se cuentan secretos inconfesables, y aunque Isaac no podía ver el rostro de ninguna de ellas podía percibir que estaban ligeramente asustadas.

–             Pregúntale algo –dijo una de las chicas.

–             No, tú eres quien quería hacer esto, pregúntale tú –contestó otra.

–             Sois unas niñatas, yo haré la pregunta –dijo otra de las chicas, más envalentonada-. ¿Quién eres?

Entonces Isaac pudo distinguir como las cuatro chicas sujetaban entre todas un pequeño vaso de cristal, colocando la punta de su dedo índice sobre la superficie. El vaso comenzó a deslizarse sobre un tablero de madera que contenía todas las letras del abecedario más los números del 0 al 10, adornado por símbolos esotéricos uno de los cuales sobresalía más que el resto: el rostro de un extraño demonio sonriente. Isaac no pudo ver cual era la respuesta a la pregunta formulada por la chica, pero lo que si advirtió fue como de repente todas se pusieron tensas, mirándose las unas a las otras.

–             ¿Estáis moviendo el vaso? Dijimos que nada de trampas.

–             Yo no he sido. ¿Has sido tú?

–             Tías, ¿por qué no lo dejamos? Me estoy asustando…

Isaac quiso intervenir, quería advertir a las chicas que no había que jugar con aquellas cosas, que eran instrumentos del demonio y que podían desencadenar fuerzas que sus mentes adolescentes no podían comprender. Pero fue inútil. La realidad explotó, las imágenes pasaron a toda velocidad por delante de Isaac, como si estuviese viendo una película a cámara rápida, provocándole una sensación vertiginosa como cuando se está en una montaña rusa. Las chicas habían acribillado a preguntas al supuesto espíritu, habían pasado los minutos hasta que se habían cansado, pero luego el vaso se había movido solo por el tablero, sin ningún dedo que tirara de él. Las chicas se habían asustado muchísimo, y cuando le preguntaron al tablero que quería, el vaso se deslizó de un lado a otro sobre las letras grabadas, mostrando un nombre como respuesta: Valentine. Entonces una de las jóvenes se volvió hacia Isaac, mostrando un rostro descompuesto por el terror, abriendo la boca para emitir un grito desgarrador. Era Valentine.

Isaac intentó con todas sus fuerzas lanzarse hacia la muchacha, pero antes de llegar a ella de la oscuridad salieron dos manos velludas y sarmentosas de color grisáceo y de un tamaño descomunal, que rodearon a la joven y tiraron de ella hacia atrás.

–             ¡No! –gritó Isaac, impotente, a la vez que las imágenes a su alrededor estallaban en pedazos, como grandes fragmentos de un espejo de cristal que flotaron a su alrededor.

De repente todo se había desvanecido, Isaac se deslizaba en la nada absoluta. Nada que ver, nada que oír, nada que sentir. ¿Estaba muerto? ¿O acaso aquellas tinieblas infinitas eran el infierno? En aquella irrealidad de pesadilla cualquiera podría volverse loco, así que Isaac se concentró en el rostro de Valentine, intentando pensar sólo en ella.

De repente, Isaac había dejado de flotar. Ahora se encontraba al borde de un precipicio, un profundo abismo insondable que parecía no tener fin. Una peste a muerte y corrupción emanaba del fondo, un olor tan nauseabundo que hizo revolver las tripas a Isaac. Y entonces lo vio. Un gran puente aparecía delante de él, una estructura pétrea de varios metros de ancho que se perdía a lo lejos en una extraña bruma blanquecina. El puente misterioso estaba adornado de calaveras en sus bordes, testigos silenciosos de los pocos viajeros que se atrevían a cruzarlo. Mientras dudaba si atreverse a cruzar o no, Isaac escuchó un grito de horror que provenía de la niebla, delante de él. Un grito de mujer. Valentine.

Isaac corrió hacia delante, adentrándose en el siniestro puente de roca, ignorando los gritos que de repente emitieron todas las calaveras al unísono, un horrible lamento infernal fruto de las almas atormentadas que poblaban aquella dimensión tan delirante. Cuando llegó hasta la niebla, creyó ver la forma borrosa de una silueta de mujer que corría delante suyo, lo que hizo que Isaac acelerara aún más el paso. Entonces la bruma comenzó a desvanecerse, haciéndose menos densa poco a poco, permitiendo a Isaac divisar el extremo final donde terminaba el puente y lo que había más allá. Un enorme castillo de estructura medieval, pero no uno de aquellos que aparecían en los cuentos de hadas. Lo que se erigía ante él era un edificio oscuro y tenebroso, un castillo polvoriento y decadente de ventanas tapadas, altas torres que se elevaban hasta perderse en lo alto del cielo con almenas que asemejaban la desvencijada dentadura de una vieja bruja.

Mientras Isaac bajaba unos pequeños escalones de piedra que señalizaban el final del puente, las enormes puertas de madera que indicaban la entrada al castillo se abrieron con un sonoro estruendo. Una ráfaga de aire putrefacto salió a dar la bienvenida a Isaac, acompañado de una voz potente y monstruosa: la del Devorador de Sueños.

–             ¿Quién eres tú, que osas invadir mi santuario? ¡Sal de aquí corriendo, mortal, o arrancaré tu espíritu de su envoltura carnal y lo devoraré sin piedad! –amenazó aquella voz tan poderosa como maligna.

–             Deja en paz a la muchacha, criatura del mal, o sufrirás el castigo de Dios. No te tengo miedo –contestó Isaac con valentía.

–             Así que no tienes miedo, ¿eh? No te preocupes, yo haré que conozcas el auténtico miedo. ¡Mira esto!

Entonces Isaac escuchó otra vez los gritos de terror de Valentine, y penetró sin dudarlo en el interior del castillo, oscuro como la boca de un lobo.

–              Angelus lux semitae meae, cum lux caelestis illuminat.

Al pronunciar esta Plegaria, Isaac hizo aparecer un aura de luz blanquecina sobre su persona, iluminando la zona varios metros a su alrededor. Entonces pudo apreciar que se hallaba en una especie de patio, lleno de montones de tierra coronados cada uno de ellos con una cruz. Tumbas. Aquello era un maldito cementerio, que terminaba en unas escaleras amplias que subían hacia arriba. En lo alto de las escaleras se hallaba Valentine, su cuerpo inconsciente en brazos de un monstruo de pesadilla. Una figura humanoide de tres metros de alto, cubierta de un vello marrón oscuro, vestida únicamente con un taparrabos y una capa roja. Cabeza de carnero con ojos feroces, dientes largos y afilados, una larga y sinuosa cola que se extendía desde la base de su espalda. Era el Devorador de Sueños.

–             ¡Insensato! –tronó el Devorador-. Te dije que conocerías el miedo. Aquí mando yo, tu Dios no tiene ningún poder en esta dimensión. Reza todo lo que quieras, porque está demasiado lejos para ayudarte. Aquí estás solo, así que como buen anfitrión que soy te daré algo de compañía.

Lanzando una carcajada gutural, el Devorador señaló a Isaac con su dedo índice, y acto seguido el suelo del patio comenzó a temblar. Mientras Isaac se sujetaba con fuerza a una de las grandes cruces de piedra de las tumbas para no caer, de las entrañas de la tierra comenzaron a salir manos huesudas en forma de garra, que apartaban a manotazos la tierra húmeda intentando liberarse. Sin poder creerlo, Isaac estaba contemplando como decenas de horribles esqueletos se alzaban de sus tumbas, cubiertos de jirones de ropa malolientes y de tierra putrefacta. Los muertos se alzaban de sus tumbas, un ejército de cadáveres sedientos de sangre y muerte que se dirigían hacia Isaac, siguiendo las órdenes del señor de aquel castillo de pesadilla: el Devorador de Sueños. Pero lo más horrible de todo era que muchos de ellos eran conocidos de Isaac, fácilmente identificables para él por llevar ropas u objetos reconocibles, o simplemente porque pronunciaban su nombre con voces roncas y lúgubres. Amigos, familiares, compañeros en el seminario e incluso rivales y enemigos, todos juntos desfilando hacia él como fantasmas del pasado.

–             ¡Atrás, demonios! –gritó Isaac, sacando su pequeño crucifijo de plata del bolsillo y extendiéndolo hacia los muertos, que seguían surgiendo de la tierra clavando sus miradas de cuencas vacías en él-. Sed Gabriel Archangelus, ventus alis …

Isaac dejó de recitar su Plegaria, notando como el pánico le dominaba, pues acababa de darse cuenta de que su conexión con el poder divino se había roto. ¡Había perdido su dominio sobre las Plegarias! Incapaz de defenderse, con su poder arrebatado y su fe quebrantada, Isaac pronto sintió como los fríos huesos desgarraban sus ropas, arañando su blanda carne y hundiendo sus dientes podridos en diversas partes de su cuerpo. Mientras Isaac caía ante el empuje de aquel ejército de la muerte, herido y golpeado hasta la saciedad, no pudo reprimir un grito de terror, a la vez que escuchaba las burlas del Devorador:

–             ¡Donde está tu Dios ahora! ¿Por qué no le rezas para que su poder fulmine a tus enemigos? Ahora te das cuenta de la horrible verdad; ¡en este mundo yo soy Dios!

Entonces Isaac dejó de gritar, y a su alrededor todo desapareció una vez más.

 ***

 –             ¿Está muerto? –preguntó el Padre García al doctor Morris, mientras éste examinaba a Isaac, todavía sentado en la silla al lado de Valentine.

–             No, pero su pulso se hace más débil, su respiración apenas se percibe. Y su corazón late demasiado lentamente. Esto no me gusta.

Tras oír el comentario del doctor, Greg Templeton se acercó hasta colocar su rostro justo delante del de Isaac. Con cuidado utilizó el dedo índice y el pulgar para abrir uno de los párpados del delecti, mientras examinaba el estado de la pupila.

–             Creo que quizás deberíamos despertarle –inquirió Templeton, sin saber que hacer.

–             Aunque dijo que esperáramos su señal, podría ser tarde –añadió el sacerdote, temeroso de lo que pudiese ocurrir si se equivocaban en la decisión tomada.

–             Yo digo que esperemos. No veo ninguna mejora en Valentine, es más desde hace un rato no ha parado de gimotear y revolverse en el lecho, como si estuviese en una terrible pesadilla. Isaac dijo que Valentine podría quedarse atrapada para siempre en Oniria o como se llame ese mundo místico, así que no pienso correr ningún riesgo innecesario que ponga en peligro a mi hija.

Aunque tanto el Padre García como Templeton discrepaban del doctor Morris, era él quien más tenía que perder, así que acataron silenciosamente su decisión y decidieron esperar. A partir de ese instante los tres personajes no dejaron de vigilar a Isaac y a Valentine, intentando discernir cualquier señal que les llevase a actuar.

 ***

 Cuando Isaac volvió a recobrar la consciencia, esta vez no estaba a oscuras. Podía ver perfectamente todo lo que había a su alrededor, mientras un dolor inmenso recorría todo su cuerpo herido. Se encontraba atado de pies y manos mediante unas gruesas cadenas de hierro oxidado a una enorme cruz de madera, erigida ante una especie de altar de mármol negro. Desde allí, semidesnudo y goteando sangre por innumerables heridas, podía observar que se hallaba en una especie de sótano gigantesco, una fría y húmeda mazmorra de piedra de gigantescas dimensiones. Pero Isaac no estaba solo, pues sobre el altar negro se encontraba Valentine, amordazada mediante un trapo sucio sobre su boca e inmovilizada por unas gruesas cuerdas. La chica observaba a Isaac con una mezcla de horror y súplica, intentando pedirle ayuda con todas sus fuerzas. Al lado del altar, contemplando tanto a la chica como al delecti, se hallaba la colosal figura del Devorador de Sueños.

–             ¡Ja, ja, ja! Mírate, no eres más que un patético juguete en mis manos. Ahora quiero que mires como consumo lentamente el alma de esta joven pura e inocente, mientras sus gritos de horror te enloquecen. Y cuando su esencia vital forme parte de mi ser para siempre, haré lo mismo contigo. Y ni tú ni tu Dios podréis hacer nada para impedirlo.

Al decir esto, el Devorador mostró a Isaac un pequeño objeto brillante. Era su pequeño crucifijo. El monstruo lanzó una sonora carcajada cuando aplastó el pequeño objeto con sus poderosos dedos, y cuando abrió la palma lo único que había era una pequeña e insignificante bola de metal, la cual arrojó al suelo con desprecio.

–             Esto es lo que me importa a mi tu Dios –dijo con crueldad.

Entonces el Devorador colocó su mano grande y peluda sobre el cuerpo de Valentine, cubriéndola casi por completo, y acto seguido una chispa brillante salió del cuerpo de la joven, flotando unos centímetros en el aire hasta ser absorbida por la bestial palma. Después comenzaron a fluir varias chispas más, primero decenas, luego cientos, fundiéndose en el aire para converger en una espiral brillante que ascendía hasta el Devorador. Poco a poco la muchacha fue dejando de agitarse, hasta que su capacidad de resistencia fue vencida y sólo pudo abandonarse a la voluntad de aquel señor de las pesadillas. Su mirada de horror se transformó en una expresión de rendición, y luego exhaló un breve suspiro a la vez que cerraba los ojos.

Isaac no pudo más, y sintiéndose arder por dentro de una rabia indescriptible, lanzó un grito de frustración mientras se debatía en la cruz. Pronunció el nombre de la muchacha, revolviéndose con furia, intentando forzar todos los músculos de su cuerpo para liberarse, pero aquellas cadenas metálicas eran demasiado para él. Se miró una de las muñecas atadas, de la cual manaba grandes gotas de sangre, y entonces vio el tatuaje. El símbolo de la Cruz de Tau, representado por la letra “T”, grabado a fuego en su piel el día en que pronunció el juramento de los delecti. Isaac recordó entonces lo que le explicaron acerca de su significado, pues los antiguos Templarios lo utilizaban como el distintivo de los “elegidos de Dios”. Y las palabras del juramento sagrado afloraron al exterior de sus pensamientos, fluyendo como un río hasta sus labios:

–             Iurent omnes se agere prae dignitatem. Testor in omnibus suis promoveatur formis, pugnare malis.

(“Juro delante de todos actuar con dignidad. Juro combatir el mal en todas sus formas”).

Isaac comenzó a notar como el dolor de su cuerpo remitía rápidamente, a la vez que su mente entumecida se despejaba a medida que recitaba aquella antigua promesa.

–             Testor suscipite infirmos, et semper inermis. Iurare in verba verus Deus, et fratres mei.

(“Juro ayudar siempre al débil y al indefenso. Juro fidelidad al Dios verdadero y a mis hermanos”).

El Devorador de Sueños se volvió hacia Isaac, y se rió de él, diciéndole que sus esfuerzos eran inútiles y que Dios tenía mejores cosas que hacer que escuchar sus patéticas súplicas.

–             Iuro quoad fidem, verum et vivunt honeste quaerunt. Suspendisse juratis servare secreto si opus sit vita mea.

(“Juro respetar la fe, buscar la verdad y vivir con honor. Juro guardar el gran secreto con mi vida si así fuese necesario”).

Isaac no sólo recuperaba sus fuerzas, sino también su fe. Aquel día había hecho una promesa sagrada, un juramento que no podía romper. Lucharía contra aquel ser como lo había hecho siempre, con Dios a su lado.

–             Testor, et Sanctam Arcam in Librum Precum. Deum testor, amen.

(“Juro sobre el Arca Sagrada y sobre el Libro de las Plegarias. Lo juro por Dios, amén”).

Al pronunciar estas palabras con gran solemnidad, un revitalizado Isaac movió sus brazos hacia delante, rompiendo las cadenas de hierro que lo aprisionaban como si sólo fuesen meros juguetes de plástico. A continuación, mientras se sujetaba con los brazos a la cruz, hizo lo mismo con sus piernas, liberándose completamente y saltando al suelo, quedándose justo frente a un sorprendido Devorador. Fue entonces cuando Isaac dijo:

–             Ahora.

 ***

 –             Ahora –dijo Isaac en voz casi inaudible, en la habitación de Valentine.

Al instante todos los presentes reaccionaron, pues estaban esperando la señal de Isaac con gran ansia. El primero en actuar fue el doctor Morris, quien se acercó con una inyección que tenía preparada, administrándole a Isaac una dosis de entropina, un fármaco capaz de reanimar a un sujeto inconsciente en segundos. Mientras la sustancia se liberaba en el interior del cuerpo del delecti, Greg Templeton se colocó en posición delante de Isaac y comenzó a hablarle suavemente:

–             Ahora escuche el sonido de mi voz, concéntrese en mis palabras. Es hora de que vuelva aquí con nosotros. Contaré hasta tres, y luego usted despertará del trance. Uno…dos…

Mientras Templeton intentaba sacar a Isaac del trance hipnótico al que le había sometido, el Padre García hizo lo único que podía en aquellas circunstancias. Haciendo la señal de la cruz, rezó como nunca antes lo había hecho, poniendo toda su fe en cada una de sus palabras.

 ***

El Devorador de Sueños se movió hacia Isaac, dejando de succionar la esencia vital del alma de Valentine. El monstruo estaba sorprendido de que aquel hombre se hubiese liberado, y encima osara enfrentarse a él. Aunque había preparado otros planes para acabar con él, el Devorador decidió que tendría que eliminarlo rápidamente y de una vez por todas.

–             Despídete de tu Dios, humano, porque vas a morir ya.

El Devorador abrió su boca y exhaló un aliento de fuego infernal que se extendió unos metros hasta alcanzar a Isaac, envolviéndolo por completo en una gran bola de fuego.

–             Quod hostes per ignem deum conversus est, et sanctifica animam eius corrumpat.

(“Que el fuego enemigo sea devuelto por Dios, y que purifique su alma corrupta”).

Al decir estas palabras, el fuego se retiró de Isaac sin dejar ningún rastro de que le hubiese afectado, para a continuación tomar la forma de una inmensa y brillante cruz flamígera, tan grande o más que la voluminosa figura del Devorador.

–             ¡No! –gritó el maligno ser, alzando las manos para cubrirse el rostro y echándose hacia atrás con gestos de gran dolor-. ¡Apágalo, por favor, me quema! El dolor es insoportable.

Aprovechando el momento de debilidad del Devorador, Isaac se movió con rapidez hacia el altar donde yacía Valentine, arrancando sus ligaduras y cogiéndola en brazos.

–             Te olvidaste de una cosa, Devorador. Puede que tú seas el amo de este lugar, pero Dios está en todas partes donde se halle uno de sus fieles creyentes. Mientras mantengamos nuestra fe, Dios estará siempre a nuestro lado. Tú solo vives en un mundo de sueños, formado por recuerdos etéreos de otros, aprovechándote de sus pensamientos más recónditos, sus secretos más ocultos, sus miedos más escondidos. Pero la fe es más fuerte que el miedo.

Al decir esto, Isaac le dio la espalda al Devorador de Sueños, sabiendo que lo había derrotado, y tranquilamente se encaminó despacio hacia la salida de la gran mazmorra.

–             Esto no quedará así, ¿me oyes? ¡Esto no ha terminado aún! –gritó el monstruo, retorciéndose por el dolor y el fracaso.

Pero nadie escuchaba ya al Devorador de Sueños, pues tanto Isaac como Valentine simplemente habían desaparecido.

 ***

 –             ¡Tres! –exclamó Templeton, haciendo chasquear los dedos ante Isaac.

El delecti abrió los ojos de par en par, al mismo tiempo que su cuerpo se agitaba en la silla a causa de los fuertes temblores que lo sacudían. Su semblante parecía aún más pálido de lo habitual, y su boca se abrió para emitir una serie de jadeos como si en la habitación no hubiese aire que respirar.

–             Calma, Isaac, ha vuelto con nosotros, todo ha pasado –dijo el Padre García, sujetando al hombre para que no cayese de la silla.

Entonces se oyó un grito de júbilo que hizo volver la cabeza tanto al sacerdote como a Templeton. Era el doctor Morris, el cual acariciaba con ternura a su joven hija. Valentine, con los ojos abiertos y sonriente, miraba a su padre.

–             ¡Oh, papá! He tenido un sueño horrible. Un monstruo abominable me quería matar, había un castillo, muertos que caminaban, y un hombre que…

La muchacha dejó de hablar, sorprendida al contemplar como al lado de su cama estaba sentado en una silla el mismo hombre al que había visto en su pesadilla. Isaac le dirigió una sonrisa de complicidad, a la vez que guiñaba un ojo.

–             Querida, en el futuro le aconsejo que deje de jugar a ciertos “juegos peligrosos” –dijo Isaac, refiriéndose al tablero de madera que había visto en el sueño-. Y en cuanto a sus gustos literarios, yo abandonaría temporalmente las narraciones fantástico-terroríficas de Broquett y me pasaría a la poesía romántica de Burns. Por cierto tengo hambre. Barry, ¿por qué no deja de escuchar detrás de la puerta y nos trae algo decente?

Al instante entró Barry en la habitación, con la cabeza mirando al suelo y el rostro colorado por la vergüenza.

–             Esto…¡ejem, ejem!…¿desean tomar algo, señores? –dijo el fiel mayordomo, intentando disimular su culpabilidad, ya que desde el primer momento había estado detrás de la puerta con la oreja pegada, intentando permanecer atento a todo lo que pasaba.

Entonces el doctor Morris comenzó a reír, y luego el Padre García y Greg Templeton lo imitaron. Valentine e Isaac, aún agotados, ensancharon sus sonrisas, y de repente el sonido de las carcajadas fue en aumento, llenando la habitación de una alegría vital que había permanecido ausente demasiado tiempo. Una risa contagiosa de felicidad que aliviaba tensiones y desvanecía las sombras de lo sucedido. Mientras todos reían sin parar, Barry los miró como si estuviesen locos, y fingiendo estar compungido, se marchó hacia la cocina para preparar algo, aunque tras salir y cerrar la puerta él también sonrió.

 ***

 La mañana siguiente amaneció soleada, acompañada de una temperatura más digna de la primavera que del otoño. Era un día hermoso para pasear, y aunque el doctor Morris en principio se había negado, Valentine al final se había salido con la suya y había bajado a desayunar con el resto de invitados. Todo eran sonrisas, preguntas y comentarios jocosos, hasta que al final llegó el momento triste de las despedidas.

–             Bueno, el taxi ha llegado –dijo Isaac-. Debo irme ya, amigos. Ha sido todo un placer conocerles. Cuídese, Valentine. Doctor Morris, Greg, Padre García, que Dios les acompañe. Les prometo que estaremos en contacto. La verdad es que Hollow City no es una ciudad tan mala como dicen.

Valentine le dio un beso muy fuerte en la mejilla, y abrazándose a él no pudo evitar que una lágrima de gratitud resbalase de sus bellos ojos. Luego Greg Templeton le tendió la mano, y cuando hizo lo mismo el doctor Morris éste dijo con cierta emoción:

–             Isaac, siento lo que le dije el primer día, y también lamento haber dudado de usted –dijo en tono de disculpa-. Ahora usted es un amigo, y siempre será bienvenido a esta casa.

–             Gracias, doctor, no es necesario que se disculpe. Es cierto que soy algo…excéntrico, pero en su situación es normal que tuviese dudas y temores. Cuide bien de su hija.

Envolviéndose en su abrigo gris, Isaac salió de la casa del doctor Morris acompañado de Barry y del Padre García, encaminándose al taxi aparcado justo delante de la entrada. Barry se ofreció a colocar la bolsa de Isaac en el maletero, y mirándole a los ojos le dijo:

–             Espero que venga a vernos pronto, señor Isaac. Su vuelta siempre será grata.

Después el fiel criado sonrió, dándose la vuelta y dejando solos al Padre García y a Isaac.

–             Pater, cuídese –dijo Isaac-. Ahora están en sus manos.

–             Todos estamos en las manos de Dios, Isaac. Pero necesito saber una cosa. No nos lo ha contado todo, ¿verdad? –interrogó el sacerdote al delecti.

–             Hay todo un mundo sobrenatural ahí fuera, padre. Criaturas infernales, demonios de todo tipo, muertos que se levantan de sus tumbas para acecharnos en la oscuridad. Además de los delecti, existen otros muchos seres dedicados en cuerpo y alma a erradicar estas sombras de la oscuridad –entonces Isaac se aproximó al sacerdote y le susurró al oído-. Son los Shadow Hunters.

–             Isaac, tenía usted razón en algo que dijo.

–             ¿En qué, Padre?

–             En que a partir de ahora ya nunca seremos los mismos –el sacerdote dijo esto con una mezcla de incertidumbre y pesar.

–             ¿Sabe una cosa, Padre García? Es cierto que algunos podemos lanzar plegarias sagradas para invocar el poder de Dios. Pero hay muchos que también combaten el mal o sirven a Dios de otras formas. Policías, médicos, profesores, gente corriente que intentan hacer cosas buenas por el mundo. Sacerdotes de buen corazón que luchan cada día por ayudar al prójimo, al débil, al indefenso. Personas anónimas que realizan grandes sacrificios sin recibir nada a cambio. No se equivoque, amigo mío. En la gente como usted es donde reside el auténtico poder de Dios. Nunca pierda la fe ni la esperanza.

Mientras el vehículo se alejaba hasta desaparecer de la vista, el Padre García sonrió. Miró al cielo y dio gracias al Señor por haber enviado a Isaac. Luego volvió hacia la casa del doctor Morris con un extraño presentimiento en su mente: estaba seguro de que muy pronto volvería a ver a Isaac.

 ***

 “Carta dirigida a Su Santidad, Obispo de Roma, el 15 de Noviembre de 2011.

 Por la presente os comunico el feliz desenlace de los acontecimientos que han tenido en la diócesis que humildemente dirijo en nombre vuestro y del Señor. El mal que acechaba a la desdichada familia ha sido extirpado definitivamente, lo que no habría sido posible sin vuestra estimada ayuda y colaboración. Ni que decir tiene que vuestra intervención en todo este asunto será guardada en el más absoluto secretismo, así lo han jurado todos los implicados en el suceso. Además, los amigos a los que me encuentro vinculado quieren transmitirle sus más sinceros agradecimientos, ofreciéndose a devolveros el favor siempre que lo necesitéis.

Nada más que decir tengo, salvo reiteraros mi gratitud. Que la bendición de Dios Padre Todopoderoso esté siempre con vos.

 Alexander de Clark, Obispo de la diócesis de Hollow City.”

 

El Papa suspira de alivio y guarda la carta en lugar seguro. Luego llama a su fiel camarlengo, y le pide que le acompañe a cierto lugar. El camarlengo mira sus ojos, viejos y cansados, pero con una determinación tan fuerte como en el primer día que llegó a la Santa Casa. Ambos viajan acompañados de la guardia suiza, los eternos guardaespaldas del Papa, recorriendo diversos lugares del Vaticano, hasta llegar a un lugar restringido imposible de acceder sin hacer saltar algún mecanismo de seguridad. Sólo pueden entrar los que tengan un permiso pernal del propio sucesor de San Pedro. Una vez que penetran en el umbral, allí no hay cámaras de seguridad, pues nadie pude saber lo que allí se guarda en secreto. Es una pequeña sala, escasamente amueblada con unas pocas sillas, con las paredes adornadas de grandes cuadros, retratos de los Santos Padres anteriores. Al llegar ante uno de los retratos en concreto, el camarlengo acciona un mecanismo oculto bajo él, y cerca de uno de los pilares de la sala aparece una entrada secreta, que da acceso a una escalinata de piedra descendente. El Papa camina renqueante, está demasiado mayor para estas cosas, pero no se queja, nunca lo hace. Cuando llegan al final de la escalera, contemplan la inmensa sala, en cuyo centro hay una gran plataforma redonda, coronada por una especie de altar. Sobre dicho altar se yergue un objeto de increíble belleza e inigualable poder, hecho de madera negra con revestimientos dorados, con una guirnalda de oro en su parte superior. Un gran cofre de 1,50 metros de largo y 1 metro de ancho y lado. El Arca de la Alianza.

Entonces tanto el Papa como el camarlengo se arrodillan delante del artefacto divino, y juntos comienzan a rezar el antiguo juramento:

Juro delante de todos actuar con dignidad.

Juro combatir el mal en todas sus formas.

Juro ayudar siempre al débil y al indefenso.

Juro fidelidad al Dios verdadero y a mis hermanos.

Juro respetar la fe, buscar la verdad y vivir con honor.

Juro guardar el gran secreto con mi vida si así fuese necesario.

Juro sobre el Arca Sagrada y sobre el Libro de las Plegarias.

Lo juro por Dios, amén.

– FIN –

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Este relato está dedicado a Carlos Plaza y a su equipo de colaboradores, responsables de la creación del Juego de Rol “SHADOW HUNTERS”. De este fabuloso juego y de su fantástica ambientación sobrenatural han salido los conceptos de Shadow Hunter, el Velo, la Revelación, las Zonas (Planos de la realidad) y sus Reflejos, Oniria, y alguna cosa más que haya podido dejarme. Aunque el concepto de las Plegarias es originario de Hollow City, en Shadow Hunters existen personajes que utilizan la magia para combatir el mal, y la forma más parecida podrían ser los “Milagros” que pueden realizar los Ángeles (por su origen celestial-divino).

 También debo destacar las siguientes matizaciones:

 1.- Según el universo del JdR Shadow Hunters, un personaje que sufre la Revelación no es un personaje “normal”, es algo así como un “elegido”. En este relato no queda claro que los tres personajes que acompañan a Isaac (es decir, el padre García, el doctor Morris y Greg Templeton) podrían ser considerados también como Shadow Hunters, debido a que se enfrentarán juntos en el futuro a nuevas amenazas terroríficas.

 2.- Debido a que aún no tengo en mi poder el suplemento de Shadow Hunters “Empieza la Caza”, donde aparecen los Templarios desde una perspectiva distinta a la aquí mencionada, existe una contradicción fruto del desconocimiento que podría confundir al lector.

 3.- Espero no haber dado una visión radical de los Shadow Hunters, ya que lo que quería dar a entender es que un variopinto grupo de personas, con diversas habilidades, pueden luchar juntos contra el mal. Así, en este relato aparece un lanzador de Plegarias, un sacerdote, un médico y un psicólogo, envueltos en una relación Logia-Vaticano.

Recomiendo este pedazo de juego a todo el mundo por su ambientación muy lograda, que guarda semejanzas con Hollow City, por lo que cualquier lector de los relatos de mi humilde blog debería pasarse por el blog de Shadow Hunters y echarle un vistazo, incluso aunque no sea jugador de rol. Seguro que os gustará.

Desde estas páginas mando un saludo muy fuerte a Carlos y su equipo. ¡Seguid así, Shadow Hunters!

Eihir

http://shadowhunters.es/inicio.html (Enlace al blog del juego de rol Shadow Hunters)

 PD: Pido perdón por si las traducciones al latín no están bien hechas, porque debido a mis escasos conocimientos del idioma he tenido que utilizar un software de traducción, y ya se sabe que este tipo de programas no son muy fiables. En cuanto al juramento de los delecti, es una variación del juramento sagrado de los templarios, que el lector puede ver por sí mismo en cualquier página web de las innumerables que hay dedicadas al Temple. En cuanto a la explicación de las Plegarias, los acontecimientos y las fechas son correctos, aunque por supuesto la relación entre dichos acontecimientos históricos es totalmente ficticia.

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