LA MUERTE DE UNA ESTRELLA (Parte 3)

Publicado: 22 julio, 2011 en Historias, Relatos, Sin categoría, Sobrenatural

Amparándose en las sombras de la oscuridad, Bubba Hots observaba escondido la entrada del King Boxing Club, el gimnasio más popular de la Cloaca. Allí se habían entrenado en el inicio de su carrera varios de los boxeadores negros más famosos de Hollow City, incluso alguno de ellos había llegado a disputar el Campeonato del Mundo. Cuando Bubba Hots era un joven negro que se saltaba todas las clases de secundaria, venía al King Box (como era conocido popularmente) para entrenar en su deporte favorito. Pero el dueño, Raymond King, un célebre ex boxeador del pueblo, le había recomendado el fútbol americano, y gracias a su consejo Bubba había podido ser la gran estrella de los Hollow Riders. Pero eso era ya agua pasada. Ahora Bubba no era más que un monstruo deforme, una sombra mutante que debía arrastrarse entre los callejones de aquellas calles que le habían visto nacer, ocultándose avergonzado bajo los ropajes que había podido robar en casa de Wilkins.

Para Bubba todo había pasado muy deprisa. Primero el tiroteo frente a su casa, luego el episodio del helicóptero de TecnoCorp, y más tarde el escarceo en su casa del barrio de Atherthon. Ahora Bubba sabía que algo le pasaba, algo en su interior le cambiaba, alterándolo cada vez que se enfadaba. Una mutación constante que no parecía regresiva. Tras las decepciones sufridas con su familia y con Wilkins, esperaba encontrar algo de paz y consejo en el que fuera su mentor, Ray King. Por ello estaba en aquel callejón, esperando a que saliese del gimnasio, aunque no sabía muy bien cómo iba a abordarlo sin asustarle.

En ese instante, los agudos sentidos de Bubba Hots le alertaron de un movimiento sobre él, por lo que pudo apartarse a tiempo de una sombra que a punto estuvo de rozarle. Al volverse para enfrentarse a la sombra, observó con asombro la figura alta y vestida de negro que se alzaba ante él.

–        ¿Quién eres? –inquirió con su voz cavernosa y desfigurada Bubba Hots.

–        Soy quien ha pasado toda la noche patrullando este sucio barrio, esperando encontrarte –la voz susurraba en un tono amenazador-. Soy Espectro, y vengo a por ti, asesino.

Al decir esto, Espectro se abalanzó sobre el mutante, intentando reducirlo con su gran fuerza. Sin embargo Bubba Hots resultó más fuerte de lo esperado, ya que bloqueó su ataque y al mismo tiempo le propinó un poderoso golpe que llevó al justiciero a chocar contra la pared del callejón.

–        Vete de aquí, si sigues provocando mi ira sentirás las consecuencias –amenazó Bubba Hots a Espectro.

El justiciero se levantó y desenvainó lentamente su katana como respuesta, preparado para enfrentarse a su rival. Ambos contendientes se miraron fijamente a los ojos, notando una sensación familiar cada uno en el otro. Luego Bubba Hots extendió sus garras afiladas contra Espectro, al tiempo que éste blandió su espada como respuesta. Los ataques se sucedieron sin descanso, uno tras otro, realizados con tal rapidez que para el ojo humano resultaba muy difícil seguir el combate. Destellos de acero brillaron en la noche, acompañados del sonido de la carne desgarrándose y de huesos rompiéndose. Sangre y dolor, gritos de rabia, ataques que cortaban el aire… El callejón oscuro de la Cloaca se convertía en un momento en la arena de combate de aquellos dos guerreros: uno era un monstruo mutante, el otro un humano alterado por la energía oscura de una antigua reliquia valaki.

Tras varios minutos de interminable lucha, ambos contendientes se separaron un momento. Espectro llevaba la peor parte, su cuerpo presentaba múltiples heridas causadas por las garras del monstruo, tan afiladas que podían cortar el kevlar de su traje como si fuese mantequilla. Además Bubba Hots tenía una fuerza aún superior a la suya, por lo que había podido arrebatar la katana a Espectro, y ahora la esgrimía contra su propio dueño. Aunque Bubba Hots no había salido indemne, pues presentaba algunas heridas en el torso y en el brazo izquierdo, aunque de menos importancia ya que prácticamente la totalidad de su cuerpo se hallaba cubierta de una piel verde escamosa que lo protegía.

Inmersos en la furia del combate, ninguno de ellos se había percatado de que habían salido del callejón, y ahora se encontraban justo delante de la entrada del King Box. Precisamente era Espectro quien se apoyaba cansadamente contra la puerta de acceso al gimnasio, intentando pensar una estrategia mientras recuperaba el aliento. Sabía que su pequeño arsenal de dardos y shurikens que siempre llevaba consigo era inútil, puesto que ya había visto que su contendiente tenía la piel más dura que la de un rinoceronte. Usar sus conocimientos de artes marciales tampoco era factible, puesto que el monstruo mutante era demasiado fuerte para ello. Así que sólo le quedaba una salida.

Concentrando su poder tan intensamente como pudo, la energía oscura condensada en el fragmento de roca de su pecho se liberó, fluyendo a través de su mano derecha en forma de un haz de oscuridad. La energía así proyectada golpeó directamente a Bubba Hots, derribándolo por el poderoso impacto. Sin embargo, ante el asombro de Espectro, el mutante se levantó, con el rostro horriblemente desencajado por la furia. Parecía como si hubiese podido absorber con facilidad el ataque.

Entonces Espectro contempló como Bubba Hots sufría una horrorosa transformación, su cuerpo se hinchaba y su rostro se deformaba aún más, rasgando sus ropas y haciéndole proferir un rugido de dolor. Cuando el cambio pareció que había terminado, ya no quedaba nada de humano en Bubba Hots. El monstruo emitió un grito infernal y se abalanzó con la katana de acero de Espectro hacia el justiciero, en un movimiento rápido y bestial. Espectro sólo tuvo tiempo de usar su poder oscuro para alterar la densidad de su cuerpo durante un segundo, volviéndose inmaterial lo suficiente como para evitar el fatal ataque. El mutante no había esperado aquello, así que se había lanzado hacia delante con toda su fuerza, por lo que el golpe de la espada rompió en pedazos la puerta del gimnasio… y lo que había tras ella. Pues el ruido del combate había hecho salir a Ray King para ver que pasaba, y ahora el ex boxeador presentaba una herida que casi le había partido en dos.

Al ver lo que había hecho, el monstruo cogió en brazos el cuerpo agonizante del que había sido su amigo y mentor, casi como un padre para él. Con la sangre saliendo por la terrible herida, Ray King intentó decir algo a Bubba Hots, casi parecía que le había reconocido a pesar de su mutación. Luego sus ojos se cerraron y exhaló su último suspiro, entre gorgoteos sanguinolentos. Ray King había muerto.

Bubba Hots dejó el cadáver de su amigo y salió a la calle, mirando furiosamente hacia Espectro. King había muerto por culpa de aquel fantoche disfrazado, y ahora lo pagaría, lo despedazaría en tantas partes que nunca podrían reconocer sus restos. Con los ojos encendidos de furia, Bubba Hots alzó su brazo derecho con la palma de su mano extendida hacia Espectro, y al instante el justiciero sintió una leve sensación de mareo, por lo que tuvo que apoyarse contra la pared de la calle para no caer al suelo. Bubba Hots sintió que algo no iba bien, puesto que tanto el mendigo del puerto como uno de los agentes de TecnoCorp habían caído presa de su poder especial, y sin embargo aquel tipo con capa y máscara se resistía.

Justo entonces un sonido alertó al monstruo, un ruido que provenía del cielo y que enseguida reconoció. Era el helicóptero de TecnoCorp, que se acercaba velozmente como un gran cuervo negro amenazador. Olvidando su furia vengativa, Bubba Hots se alejó corriendo del lugar, buscando refugio en las solitarias callejuelas de la Cloaca.

Por su parte, un Espectro herido y agotado recogió su katana, hundida en el cuerpo de Ray King. Tampoco él iba a quedarse a charlar con los agentes de TecnoCorp, pues aún recordaba el trato sufrido en sus instalaciones. Algo le había inquietado tras su combate con el mutante, y era el convencimiento de que aquel horrible ser poseía también el Poder Oscuro. En ese instante algunos de los integrantes del gimnasio le vieron retirar su arma del cadáver de King, por lo que creyeron que era él quien lo había matado.

–        ¡Asesino! –comenzó a decir uno.

–        Mirad, lo ha matado ese blanco disfrazado –dijo otro.

Mientras la masa comenzaba a proferirle gritos, amenazas e insultos, Espectro se marchó de allí a toda prisa, maldiciendo su mala suerte. Ahora estaría más buscado que antes, y le sería difícil que alguien de la Cloaca le ayudase. Pero no importaba, porque aunque nadie le apoyase, aunque nadie creyese en él, Espectro seguiría luchando contra el crimen que imperaba en la ciudad. Aunque estuviese sólo, mientras le quedasen fuerzas, el seguiría vigilando las calles de Hollow City.

  ***

 En su despacho de TecnoCorp se encontraba Jason Strong, el director de la poderosa corporación, leyendo el American Chronicles. No le preocupaba demasiado la noticia de la muerte del dueño de un pequeño gimnasio de la Cloaca, puesto que en aquellos barrios marginales los atracos y los asesinatos se producían casi a diario. Lo que si le preocupaba era que había transcurrido un día más sin poder atrapar a Bubba Hots, y si no lo cazaban pronto al final podría descubrirse la implicación de TecnoCorp en toda aquella riada de sucesos extraños y muertes misteriosas. A ello había que añadir el hecho de que según el doctor Wan, Bubba Hots se había convertido en una especie de mutante cuyo ADN cambiaba a una velocidad vertiginosa cada vez que se enfurecía. Y para poner la situación aún más difícil, aquella monstruosidad parecía tener algún tipo de poderes especiales. Bubba Hots era ahora un ser muy fuerte, ágil y resistente, más allá del nivel humano, y además parecía ser capaz de provocar una especie de ataque de pánico tan poderoso que podía matar de un ataque al corazón a una persona. Al menos eso decían los informes de los científicos de TecnoCorp que habían analizado los cadáveres del mendigo encontrado en el puerto y del agente abatido en casa de Bubba Hots.

En ese momento se abrió la puerta del despacho y entró la menuda figura del doctor Wan, siempre con su rostro impasible desprovisto de emoción alguna.

–        ¿Y bien, doctor Wan, que ha averiguado? –preguntó Strong.

–        He vuelto a realizar los análisis y se confirman los resultados –contestó el científico-. El tratamiento experimental que le dimos a Bubba Hots, combinado con la extracción del ADN de los sujetos Alfa, han propiciado que el ADN de Bubba Hots evolucione constantemente, especialmente bajo condiciones emocionales muy fuertes.

–        ¿Evolucionando? ¿Y hacia qué?

–        No es posible saberlo –el doctor Wan se encogió de hombros-. Pero debe estar relacionado con los sujetos Alfa.

Jason Strong se llevó las manos a la cabeza, intentando reflexionar. Los sujetos Alfa eran los especímenes guardados en el laboratorio, los cuerpos de los soldados con uniformes negros que atacaron TecnoCorp meses atrás, y los que se encontraron en un motel de mala muerte en los suburbios, presuntamente abatidos por Espectro y sus amigos. El doctor Wan había descubierto que aquellos seres demoníacos tenían un ADN alterado, presuntamente a través de aquellos tatuajes místicos que lucían en sus cuerpos. Tras realizar numerosas pruebas, había llegado a la conclusión de que si aquel ADN mutado era la clave de los poderes de aquellos seres, si se introducía en un ser humano normal el resultado podía ser la creación de un ser mejorado. Y en aquellos momentos ya tenían a Bubba Hots en un programa experimental de curación acelerada, por lo que representaba el sujeto ideal para el experimento. Pero todo había resultado en una auténtica catástrofe, el experimento se había hecho demasiado deprisa, sin haber tenido en cuenta multitud de variables y factores, como el hecho de que ambos experimentos en un mismo sujeto era una bomba explosiva. Y aquella bomba les había explotado en sus mismas narices. Había un monstruo suelto en la ciudad, un ser que cada vez era más y más poderoso, furioso y vengativo, casi imposible de detener. Y lo peor de todo era que nadie sabía donde estaba ahora.

 ***

 Bubba Hots abrió los ojos, despertándose en un lugar oscuro y maloliente. Notó que se encontraba apretado en un lugar estrecho, lleno de objetos de toda clase, y entonces recordó donde estaba. Abrió la portezuela del contenedor de basura donde había estado todo el día durmiendo, oculto ante el resto del mundo. Aún se encontraba en la Cloaca, quizá el mejor lugar para un monstruo como él. Bubba Hots saltó del contenedor a la calle, pisando los múltiples charcos que la lluvia diurna había dejado. Entonces el ex deportista se quedó helado, pues acababa de ver su forma reflejada en el agua pestilente del callejón. Ya no quedaba rastro alguno de humanidad en aquella bestia que le devolvía la mirada. Sólo era un ser horripilante, deforme y cubierto de escamas, con garras afiladas en lugar de manos. Sus ojos se habían vuelto como los de un reptil, estrechos y rojizos, que le permitían ver en la oscuridad. También se notó más alto y corpulento que antes, y con todos sus sentidos más desarrollados, como si tuviese más de animal que de hombre. O quizás era mejor decir que ahora era un demonio, más que otra cosa.

En ese instante se percató de que una rata salía de una rejilla de alcantarilla cercana, y antes de darse cuenta Bubba Hots se abalanzó sobre el asqueroso animal. En un rápido movimiento cogió a la rata con una mano, y se quedó observándola. Advirtió entonces que su estómago rugía por culpa del hambre, y sin pensárselo dos veces Bubba Hots se puso la apestosa rata de alcantarilla en la boca, comiéndosela viva. Entonces volvió a mirar su reflejo en el agua, y al darse cuenta de lo que estaba haciendo lanzó un grito de rabia, un grito cavernoso e inhumano. En unos pocos días un deportista de élite, famoso y rico, se había convertido en un deshecho, maldito por todos. Si, esa pesadilla en la que se encontraba era como una maldición. “¿Maldición?”.

Entonces Bubba Hots recordó que cuando era niño había un lugar que era evitado por todos, incluso por los delincuentes de más baja estofa de la Cloaca. Un lugar que apestaba a brujería y magia negra, un lugar maldito al que nadie iba a no ser que necesitara un favor de su dueña. La gente solía decir que en aquel lugar los heridos eran sanados, las enfermedades eran curadas, y hasta los muertos resucitaban. Pero también se decía que allí habían fantasmas, espectros y otros seres de las tinieblas, y que podías llevarte un mal de ojo u alguna otra maldición. Si, sin lugar a dudas aquella era la única solución posible que veía Bubba Hots para eliminar su actual condición. ¿Qué podía perder, estar más maldito aún?

Totalmente decidido, Bubba Hots se levantó el cuello de su abrigo para intentar camuflarse lo mejor que podía, y se encaminó por entre las oscuras calles para adentrarse en lo más profundo de la Cloaca, hacia la casa de Mamá Nazinga.

 ***

La casa de Mama Nazinga era un viejo caserón destartalado de tres plantas, que parecía tener al menos cien años de antigüedad. Ubicada en pleno centro de un laberinto de calles estrechas y malolientes, aquella casa daba miedo sólo de verla, pues en verdad parecía haber sido construida para rodar en ella cualquier clase de película de terror.

Justo delante de la puerta paró un BMW de color azul oscuro, y del vehículo bajaron tres personas. Dos de ellas eran claramente marido y mujer, un matrimonio cuarentón ambos afroamericanos, que miraban la vieja casa con ojos asustados. Por sus ropas elegantes y sus relojes y joyas caras, podía adivinarse que el matrimonio era de clase alta, demasiado para la baja estofa que poblaba la Cloaca. El tercer pasajero del vehículo era un hombre blanco, alto  y vestido con un abrigo largo y negro. Su mirada de ojos oscuros no delataba miedo alguno, sino una inteligencia y percepción sin igual. Evidentemente, se trataba de alguien acostumbrado a tratar con aquel tipo de asuntos extraños, la única persona que había accedido a ayudar a aquel matrimonio en su problema. Se trataba de Jack Stone, investigador privado especializado en asuntos paranormales.

–        ¿Estáis seguro de continuar, Tayler? –preguntó Stone a su amigo Tayler Blackman, abogado de un prestigioso bufete de Hollow City.

–        Si, Jack –contestó Tayler tras mirar a su mujer, Janice, dueña de una tienda de ropa deportiva situada en pleno centro del lujoso barrio de Atherthon.

–        De acuerdo, vamos allá –dijo el detective soltando un largo suspiro.

Jack Stone se dirigió a la entrada del viejo caserón, guardada por una oxidada verja de hierro que parecía pertenecer al siglo pasado. No había ningún timbre ni botón donde pulsar, por lo que Stone procedió a utilizar una aldaba herrumbrosa que había en la puerta. Mientras llamaba, el detective observó que la aldaba tenía la forma de una calavera con sombrero de copa, representando al loa del vudú denominado “Barón Samedi”, un espíritu de esa religión oscura ligado a la resurrección de los muertos.  

Después de llamar, se escucharon unos movimientos tras la puerta, y a continuación se entreabrió un poco, asomándose un negro enorme con la cabeza rapada y un collar en su grueso cuello lleno de extraños abalorios de santería.

–        ¿Uh? –dijo el gigantón, que con los ojos casi cerrados y la boca abierta parecía recién salido de una sesión de lobotomia.

–        Venimos a ver a tu ama, la venerable Mamá Nazinga –contestó Stone-. Soy Jack Stone, y vengo con el señor y la señora Blackman.

El gigantón de cabeza rapada movió la cabeza lentamente, y con una expresión de estupidez observó a los tres visitantes, sin ni siquiera apreciar la sensual belleza de Janice. Stone creyó que aquel hombre no estaba bien mentalmente, debía de tratarse de algún pariente de Mamá Nazinga al que tenían de criado y guardaespaldas, aunque más bien parecía un zombi salido de “La Noche de los Muertos Vivientes”. El detective no sabía muy bien si aquel tipo daría problemas, pero entonces se oyó una suave voz femenina que provenía del interior de la casa:

–        Chuck, déjales pasar. Mamá Nazinga les espera –dijo la voz, y a continuación el hombretón llamado Chuck les dejó pasar, siempre con aquella extraña mirada fija en sus ojos.

Una vez en el interior de la casa, los visitantes se encontraron con que no mejoraba el aspecto exterior, confirmándose que aquella vivienda seguía en pie por algún milagro divino. Polvo, telarañas y suciedad cubrían suelo y paredes, sin que pudiesen disimular las grietas y boquetes abiertos causados por el paso del tiempo. El aire olía a incienso, y la escasa luz que iluminaba aquella oscura caverna provenía de unos candelabros de cobre que sujetaban unas pequeñas velas. En un rincón oscuro se oyó el crujido de una cerilla al ser frotada, y entonces se encendió otro candelabro, sujetado por una bella mujer de piel mulata. La mujer portaba un sencillo vestido de tela oscura y un pañuelo que le recogía el pelo, y sus brazos estaban cubiertos de pulseras y abalorios relacionados con la magia africana. La mujer no dijo nada, simplemente les hizo un gesto a los visitantes para que la siguieran a lo largo de un pasillo frío y húmedo, que terminaba en unas escaleras de piedra que subían al piso de arriba. Los escalones eran tan resbaladizos que Janice estuvo a punto de caerse dos veces, y sólo la rapidez de su marido la salvó de hacerse daño. Una vez en el piso superior, la extraña mujer les condujo hasta llegar a una puerta de madera, donde se habían tallado extrañas marcas. Jack Stone dedujo que eran símbolos de magia vudú, tal vez algún tipo de hechizo protector contra los malos espíritus. La mujer llamó a la puerta, y después la abrió, entrando en un pequeño salón y cerrando la puerta tras pasar los invitados. El salón estaba a oscuras, iluminado solamente por la luz de las velas que había traído la mujer del pañuelo, la cual se acercó lentamente hacia una figura menuda sentada en una vieja mecedora de madera.

–        Gracias, querida Amanda –dijo una voz débil y anciana.

La mujer llamada Amanda procedió a encender una serie de velas negras y unas pequeñas lámparas de incienso, con lo que pronto el ambiente de la habitación comenzó a ser ligeramente asfixiante. Jack Stone comenzó a observar el salón, que parecía una especie de capilla erigida en honor de todos los espíritus de la religión africana. Estatuillas de piedra que representaban a espíritus y santos poco conocidos se amontonaban en multitud de estanterías, acompañadas de otras reliquias extrañas y frascos llenos de componentes de magia vudú. En un rincón de la habitación había una gran planta, que Stone reconoció como ajenjo, la cual solía ser utilizada como revitalizador por los participantes en sesiones mágicas. Para fortalecer la sensación tétrica que desprendía aquel lugar, en el centro del salón había una mesa circular rodeada por varias sillas, y en la cual se hallaba una tablilla de madera cuadrada repleta de símbolos mágicos rituales.

Amanda se acercó a la figura de la mecedora y procedió a ayudarla a levantarse, acompañándola hasta una de las sillas junto a la mesa. Tras asegurarse de que todo estaba bien, Amanda abandonó la habitación, dejando solos a los tres visitantes junto a la mujer llamada Mamá Nazinga.

Mamá Nazinga era una anciana mujer con tantas arrugas en su rostro que era imposible discernir su verdadera edad, incluso para la mente deductiva de Jack Stone. Sus ojos eran grandes y negros, y reflejaban una gran sabiduría, aunque también se podía advertir que su luz se estaba apagando. Cubierta por un tradicional tarbuk (túnica amplia repleta de bordados de color), la anciana hechicera llevaba encima un colgante de tallas de marfil con un medallón plateado con runas mágicas.

–        Buenas noches, amigos. Sientense conmigo, por favor –dijo Mamá Nazinga a sus visitantes con una amplia sonrisa.

Se advertía un fuerte acento africano en su habla, a pesar de los años transcurridos en Hollow City. Stone dedujo que aquella mujer no habría salido mucho de casa, ensimismada en su mundo de sueños y magia. Claro que el detective no creía mucho en aquellas cosas, de hecho por eso estaba allí aquella noche. Hacía unos pocos días que Tayler Blackman, un antiguo amigo y ahora prestigioso abogado, había acudido para pedirle un favor. Su esposa, Janice, había perdido a su madre hacía poco, víctima de un infarto repentino, y no había podido despedirse de ella. Janice había acudido a varios médiums y videntes, gente estrafalaria que le aseguraba poder ponerla en contacto con su madre a cambio de una “gratificación”. Después de haberse gastado un montón de dinero sin haber obtenido nada a cambio, los Blackman habían conseguido contactar con Mamá Nazinga, pero Tayler había querido que Jack Stone estuviese presente para verificar que no se trataba de una nueva estafa. Y al final allí estaba, en aquella noche oscura, en la casa más antigua de la Cloaca, mirando cara a cara a aquella supuesta hechicera que decía poseer grandes conocimientos mágicos.

–        Ustedes dos deben ser los deelnemers, quiero decir los participantes, ¿verdad? –dijo la anciana, dirigiéndose al matrimonio Blackman-. Y usted debe ser el ongelowige, el que no cree, ¿no es así? –la mujer clavó su mirada sobre Jack Stone.

–        Sólo soy un amigo, vengo a observar –contestó Stone, devolviendo la mirada a la médium.

–        ¿Han traído el…”donativo”? –inquirió Mamá Nazinga a los Blackman, vacilando un poco como si se avergonzara de realizar la pregunta.

Mientras Janice sacaba de su bolso un cheque dotado de una generosa cantidad, Stone escondió su sonrisa. Como cualquier otro médium estafador, aquella mujer también pensaba en el dinero.

–        ¡Ah, excelente! –dijo con una sonrisa la médium, guardando el cheque en una cajita de madera-. Ahora, por favor, cójanse a mí de las manos, tracemos juntos un espacio de serenidad, esto favorecerá el contacto.

Una vez que Tayler, Janice y Mamá Nazinga se cogieron de las manos, la hechicera inició la sesión mediante un cántico ritual pronunciado en un antiguo dialecto africano, al tiempo que cerraba los ojos y se concentraba. Stone comenzó a fijarse en cualquier alteración que tuviese lugar en la habitación, puesto que pronto aparecerían los típicos trucos de aquella gente tramposa: cables ocultos que movían objetos, ventanas que se abrían de repente gracias a resortes escondidos, luces que se encendían o se apagaban con ayuda de sistemas a distancia, e incluso imágenes de los familiares fallecidos creadas a partir de elaboradas proyecciones holográficas. Jack Stone había visto de todo, y nadie había conseguido engañarle… hasta ahora.

–        Veo…veo una mujer –dijo la anciana, dejando de canturrear-. Una mujer que en vida tuvo un espíritu muy fuerte, con una gran personalidad. Noto un gran parecido con usted, Janice. Es su madre, y quiere hablarle, decirle el último adiós.

–        ¡Oh, mamá! –dijo Janice, comenzando a sollozar-. Te echo mucho de menos.

–        Su madre dice que la quiere mucho, le desea suerte con su… ¿embarazo? ¡Enorabuena, Janice, estad usted embarazada, y va a ser un niño! –dijo la médium siempre con una sonrisa afable.

Aunque Tayler estaba completamente sorprendido, pues las palabras de Mamá Nazinga le habían dejado estupefacto, Jack Stone ni se inmutó. Sabía como trabajaban los videntes, siendo capaces de registrar hasta los cubos de basura en busca de cualquier pista que les aportase cualquier información acerca de sus clientes. Posiblemente la anciana sabría que Janice había estado enferma últimamente, acudiendo al médico con más frecuencia de lo normal. Por ello habría deducido lo del embarazo, y todo lo demás era información pública que sabía cualquier persona.

–        Su madre se acerca, está muy contenta. Quiere decirle algo, aquí viene…

Entonces, de repente, la expresión de la hechicera cambió, reflejando un ligero temor. Stone se imaginó que ahora diría que perdía el contacto, para así poder pedir más dinero. Menuda sinvergüenza.

–        ¿Qué ocurre? ¿Qué es lo que ve? –preguntó Tayler.

–        Veo una sombra que se acerca. Ha ahuyentado a la madre de Janice. Es una presencia…perturbadora –tanto la voz como el rostro de Mamá Nazinga revelaban un extraño desasosiego. ¿Tal vez miedo?

–        Dígale que se vaya, yo quiero hablar con mi madre –dijo con enfado Janice.

–        No puedo, cada vez está más cerca. Es algo siniestro, sobrenatural. Es como un pájaro…no, es ¡el cuervo! –dijo casi gritando la vieja hechicera.

Stone comenzó a preocuparse. O aquella mujer anciana era muy buena actriz, o de verdad estaba asustada. Según lo que el detective sabía de mitología, el cuervo era un ave que representaba la corrupción, la muerte y las almas perdidas. Tal vez todo formaba parte de la representación, y aquello ya estaba preparado de antemano. Otal vez era verdad lo que se decía de la vieja, que era capaz de ver lo que ocurría en otros planos de existencia paralelos.

–        ¡No, demonio, aléjate de mí! –gritó la anciana, presa de puro pánico-. ¡Basta, márchate, por favor!

Justo en ese momento, una de las ventanas cerradas que daban al exterior pareció explotar con un enorme estruendo, y una lluvia de fragmentos de cristal mezclados con trozos de ladrillo y restos de persiana inundó el salón. Antes de que la mayoría de las velas se apagasen, Jack Stone aún tuvo tiempo de ver como una especie de gran sombra había entrado en la estancia, y parecía dirigirse velozmente hacia Mamá Nazinga.

–        ¡Tayler, Janice, marchaos de aquí ya! –dijo el detective, arrojando una de las velas encendidas hacia donde estaba la puerta de la sala.

Mientras el matrimonio Blackman huía de la escena a toda prisa sin mirar atrás, Stone observó como la figura se encaraba con Mamá Nazinga, y con una voz que nada tenía de humana le increpó lo siguiente:

–        ¡Ayúdame, hechicera! Necesito de tu magia para que me liberes de esta maldición que me corroe.

–        ¡Apártate de mí, horrible monstruo! –contestó Mamá Nazinga, mientras asía con fuerza su medallón plateado con runas y lo mostraba a la cara del monstruo.

Jack Stone no esperó a ver si aquel objeto era un potente talismán o tan solo una vulgar baratija, y decidió entrar en acción. Se arrojó directamente sobre la oscura figura con la intención de derribarla, pero se encontró con que era demasiado grande y pesada. Además, al entrar en contacto con el intruso, se dio cuenta de que no era un hombre… era un horrible monstruo. Grande, fuerte, recubierta de escamas, con garras afiladas y ojos rojos, aquella criatura espantosa desprendía un olor nauseabundo, como a putrefacción. En respuesta al ataque de Stone, la criatura simplemente dio un manotazo, lanzando al detective contra una de las estanterías tan fácilmente como alguien se espanta a una mosca.

Mientras Stone intentaba recuperarse del aturdimiento del golpe, en ese momento entraron en la sala Amanda y Chuck. El gigantón se lanzó hacia el monstruo, dándole un puñetazo con toda su fuerza, pero su contrincante esquivó el ataque sin ningún problema. A continuación la criatura apresó a Chuck como si no fuese más que un niño, y demostrando su fuerza lanzó al gigante negro a través de la ventana rota, perdiéndose en la oscuridad.

–        ¡Monstruo asesino, pagarás por lo que acabas de hacer! –dijo Amanda, que sacando de entre sus ropas un cuchillo ritual se abalanzó sin pensárselo sobre la criatura.

Aunque fue un gesto valiente, el monstruo solo tuvo que coger la muñeca del brazo armado de la joven mujer para detener el ataque. Luego, con su mano libre abofeteó a Amanda con tal fuerza que ésta cayó inconsciente al otro lado de la habitación. Justo en ese momento un cántico antiguo, cargado de una extraña armonía e intensidad, sonó en la estancia, acaparando la atención del horrible intruso. Se trataba de Mamá Nazinga, quien se había alzado de la silla demostrando que era más que una anciana desvalida. Moviendo la cabeza y gesticulando con las manos, la hechicera parecía estar sumida en un trance mágico mientras canturreaba con extrañas palabras. Luego llevó la punta de su dedo índice al medallón, que pareció brillar momentáneamente con el contacto, y después extendió el mismo dedo apuntando hacia la criatura. El monstruo emitió un rugido de dolor y se tambaleó hacia atrás, tapándose su rostro demoniaco con ambas manos. Mamá Nazinga caminó hacia la criatura muy lentamente, sin dejar de apuntarla con su dedo, a la vez que el monstruo retrocedía con gestos de dolor hacia la ventana rota. Justo cuando el monstruo estaba a punto de caer, la anciana hechicera pareció sufrir un ligero mareo, fruto del esfuerzo y de su avanzada edad. Aquel momento de debilidad pareció romper levemente la concentración de Mamá Nazinga, y el monstruo lo aprovechó. Lanzando su garra derecha a velocidad increíble, trazó un arco desgarrador que rompió el collar que sujetaba el medallón al cuello de la anciana. El amuleto viajó por los aires yendo a parar a un oscuro rincón de la habitación, cerca de donde estaba Jack Stone. El detective escuchó el sonido del medallón al rebotar en el suelo, y rápidamente dedujo su ubicación aproximada, lanzándose a recuperarlo en la oscuridad.

–        Vieja bruja, había venido a buscar tu ayuda, pero veo que no eres más que una inútil anciana, débil y moribunda –dijo el monstruo con su cavernosa voz, cerrando su enorme garra derecha sobre el frágil cuello de Mamá Nazinga.

–        ¡Suéltala, demonio! –dijo Jack Stone, surgiendo de repente de la oscuridad y cargando contra el monstruo.

La criatura no se esperaba el ataque del detective, el cual clavó con todas sus fuerzas el medallón mágico de la hechicera en su hombro izquierdo, atravesando fácilmente la piel escamosa y dura que lo recubría gracias a la magia. El monstruo emitió un horrible rugido de dolor, mucho más intenso esta vez, y soltando a Mamá Nazinga huyó de la habitación saltando por la ventana. Jack Stone se arrodilló junto a la mujer, cerciorándose de que no estaba gravemente herida, y después se atrevió a mirar por la destrozada ventana. No pudo evitar un pequeño escalofrío al observar que no había ningún rastro de aquel horrible ser infernal.

–        Lo ha hecho usted muy bien para ser un ongelowige, señor Stone –dijo Mamá Nazinga, felicitando al detective.

Stone no contestó, pero no pudo reprimir una leve sonrisa al pensar que ahora si era un creyente, pues desde luego aquella mujer había demostrado ser algo más que una charlatana de feria de tres al cuarto. Luego el detective se preguntó que le iban a decir a la policía, pues cualquier cosa sería mejor que contarles la verdad de lo sucedido. Pues un horrible demonio oscuro rondaba las calles de Hollow City, y como cualquier criatura herida su furia habría aumentado aún más, volviéndolo un ser tan peligroso que podría ser imparable.

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