SOMBRAS EN LA OSCURIDAD (Parte 2)

Publicado: 10 abril, 2011 en Historias, Relatos, Sin categoría, Sobrenatural

La luna comenzaba a iluminar la oscuridad de la noche cuando el joven Timy, ya sin su atuendo de botones, avanzaba hacia su vieja motocicleta estacionada junto a la entrada del parking del Gold Imperial. Timy silbaba una canción pegadiza de los Red Demons, su grupo favorito, mientras desataba la cadena de seguridad de la rueda delantera. Aunque en una ciudad tan llena de delincuencia como Hollow City aquella no era una gran medida de seguridad, al menos le daba cierta confianza. Timy bostezó de cansancio, había sido un día de mucho trabajo en el hotel y sólo tenía ganas de irse a casa y tumbarse en su cómoda cama. Pero justo entonces una mano enguantada se posó fuertemente sobre su hombro derecho, haciéndole volverse bruscamente hacia atrás.

Timy se encontró mirando a un hombre alto, vestido con un abrigo de cuero negro, su rostro cubierto por un pañuelo de seda negra y con la cabeza embutida en un sombrero oscuro de ala ancha. Al ver aquella misteriosa figura que lo tenía sujeto, Timy se asustó tanto que ni siquiera intentó huir, lo único que pudo hacer era echarse a temblar.

–        Tranquilo chico –dijo la voz del hombre del sombrero, amortiguada por el pañuelo que cubría su boca-. Solo quiero una cosa de ti…información.

–        ¿Qué quiere saber? –dijo Timy, a punto de sollozar.

–        Sé que estuviste trabajando en el hotel la noche en que unos hombres se llevaron al profesor Edmund Graves. ¿Qué puedes contarme de eso?

–        Yo no sé nada, déjeme ir, sólo quiero irme a mi casa, por favor…

–        Mira chico, no me hagas perder la paciencia –dijo impaciente la voz del hombre-. Dime lo que quiero saber y te dejaré en paz, pero no me mientas porque si lo haces lo sabré. Y entonces me enfadaré… -al decir esto, el hombre del rostro enmascarado dejó entreabrir su abrigo largo, dejando brevemente al descubierto una gran pistola, que nada tenía que envidiar al armamento avanzado de los soldados de TecnoCorp.

–        De acuerdo, vale, se lo contaré todo. Estuve aquella noche trabajando en el hotel, cuando algo pasó, algo gordo. Se oyeron golpes y ruidos extraños en la habitación del profesor, y luego se presentaron unos hombres vestidos de negro. Tras hablar con el director, se fueron junto al profesor Graves, lo metieron en un coche negro y se marcharon a toda prisa.

–        El director del hotel, el señor Bruk, ¿no dijo nada? –inquirió el hombre.

–        No señor, sólo nos dijo que no hablásemos del asunto con nadie, o de lo contrario nos echaría a la calle. Por favor, déjeme ir –lloriqueó Timy.

–        ¿Y que pasó con las cosas del profesor Graves, se las llevaron?

–        Si, se llevaron todo, incluido un gran bulto envuelto en una gruesa alfombra. Cuando se marchaban, vi de reojo que el bulto se movía, como si en su interior hubiese alguien –Timy se secó las lágrimas que resbalaban por sus mejillas.

–        Está bien, chico –el enmascarado del sombrero soltó a Timy, el cual comenzó a tranquilizarse un poco-. Sólo una última pregunta. ¿A quién crees que se llevaron en la alfombra, faltaba alguien más del hotel?

–        Yo fui uno de los que limpiaron la habitación del profesor Graves cuando se marchó. Habían unas pequeñas manchas de sangre en el suelo, y en un rincón encontré esto –Timy sacó de su bolsillo una especie de tarjeta plastificada, y se la entregó a su interlocutor.

El enmascarado se quedó sorprendido al ver que lo que estaba sujetando era una acreditación como periodista del American Chronicles. Al ver la foto, aún quedó más sorprendido. Era la acreditación de Vic Page.

 ***

Nicky Rose entró en el lúgubre edificio semiabandonado donde se encontraba la Guarida, un nido de freaks y okupas chiflados y amantes de lo sobrenatural que se citaban en los foros de la red para ver cuál de todos soltaba la milonga más ingeniosa. “He visto a un hombre lobo saltar en la zona del puerto”, decía uno. “Pues yo he visto a un vampiro volar sobre la casa de la vieja señora Douglas”, contestaba otro. Ovnis, hombrecillos verdes, criaturas sobrenaturales, hombres misteriosos vestidos de negro,… estos eran los misterios que perseguían estos jóvenes fumetas, aburridos de la vida y enganchados por completo a Internet y al mundo de lo fantástico y lo sobrenatural.

Rose saludó a un par de jóvenes con camisetas de los Red Demons, un grupo de rock radical de Hollow City, que se encontraban haciendo “guardia”. Lo dejaron pasar, pues Rose ya había colaborado con ellos cuando John Reeves lo entrenó en el mundo de lo oculto.

–        Nicky, muchacho, si alguna vez te metes en líos y necesitas ayuda… ni se te ocurra acudir a estos chalados –le dijo una vez Reeves-. Pero si estás sólo, desesperado, y se te han agotado todas las pistas, sólo entonces debes pedirles ayuda… y que la suerte te acompañe.

Nicky sonrió al recordar a Reeves, enfadado porque uno de aquellos pirados había osado poner sus sucias manos en el bastón del viejo. ¡Ja, menudo chasco se había llevado! Reeves lo había lanzado al suelo con un sutil movimiento combinado de su brazo derecho y su bastón.

Rose se fue adentrando cada vez más en el laberinto de estrechos pasillos y largas escaleras, hasta que el ambiente se hizo irrespirable del humo. Aquí el que no fumaba estaba borracho, y si no es que estaba colgado hasta las cejas de pastillas. Pero era el único recurso del que disponía para hallar a Reeves, así que aguantaría lo máximo a esta pandilla de descerebrados, aprendices de cazadores de monstruos.

Nicky Rose llegó hasta el centro de operaciones de la Guarida, una amplia habitación donde se ubicaban ordenadores potentes, cables, antenas de todo tipo, televisores, emisoras de radio de alta potencia… En un rincón estaba lo que aquellos tipos denominaban “el pastel”, un gran panel de madera sobre la pared completamente cubierto de recortes de periódico. Noticias diversas se amontonaban unas sobre otras, colgadas con alfileres. Aunque en principio la temática de aquellos recortes de prensa no parecía indicar relación alguna entre ellas, un conocedor del mundo sobrenatural como Nicky Rose podía ver más allá. Evidentemente, todas guardaban relación con lo oculto. Misterio, desapariciones, asesinatos, horror y muerte. Esas eran las noticias que allí quedaban expuestas, conformando un gigantesco puzzle que parecía no tener fin. “Misteriosa luz vista en el cielo del desierto”. “Niño que cura a los enfermos desaparece en México”. “Robo de reliquias en las tumbas de la pirámide china de Izzur”… Entonces Rose observó dos noticias que le llamaron la atención, los destacados titulares rodeados de un círculo de rotulador rojo: “Misteriosa explosión arrasa el Museo de Arte de Hollow City”, y a su lado un recorte que sorprendía por no parecer tener relación con lo sobrenatural, “Intentan asesinar a Bubba Hots, capitán de los Hollow Raiders”.

–        Interesante, ¿eh? –dijo una voz femenina a espaldas de Rose.

El joven cazador de monstruos se volvió, encontrándose con la bella Marianne, una fanática del mundillo gótico, lo cual se reflejaba en su negro y corto atuendo. Parecía sacada de un cuento de Poe, con su cabello rubio trenzado, su cara maquillada de blanco y con los labios pintados de violeta oscuro. Una serie de piercings agujereaban por todas partes su piel, lo cual restaba belleza a aquella frágil criatura, o al menos eso pensaba Rose.

–        Hola Marianne, ¿Cómo estás? –saludó Rose.

–        Hacía mucho tiempo que no venías por aquí, ¿es que ya no nos quieres? –dijo poniendo morritos la joven friki.

–        Ya sabes que no es eso, es que últimamente no paro de… trabajar –mintió Rose.

–        Eso es porque últimamente hay mucho monstruo suelto, ¿no crees? –la joven Marianne dirigió su mirada hacia “el pastel”, observando los cientos de recortes de prensa colgados en él.

–        La verdad es que últimamente las noches de Hollow City están siendo algo “moviditas”. La explosión del museo, tiroteos, rumores de criaturas fantasmales que vagan por las calles…Y luego está lo de Reeves.

–        ¿Así que es por eso por lo que has venido, no? –dijo Marianne con tono de reproche-. Es para ver si podemos ayudarte a encontrarlo, porque no tienes ni una sola pista, ¿a que sí, Nick?

Rose asintió con la cabeza, dándole la razón a la joven. No le gustaba nada pedir ayuda, y menos aún a esa pandilla de chalados juveniles, pero no tenía alternativa. Nicky Rose le contó a Marianne todo lo que sabía, desde lo de los Valaki hasta la desaparición de Reeves. Cuando comentó que el profesor Graves había desaparecido, Marianne abrió los ojos a modo de sorpresa.

–        ¿Has dicho Graves, el profesor Edmund Graves?

–        Sí, ese mismo –contestó Rose-, ¿por qué?

–        Sabemos de un tío que había estado haciendo preguntas sobre Graves y los Valaki. Se trata de un periodista que estuvo hace unos días en la conferencia que dio Graves en la Universidad de Hollow City.

–        ¿Sabes quien es? –inquirió Rose.

–        Claro, es nuestro ídolo desde que comenzó a escribir artículos en el American Chronicles atacando al Alcalde Mallory. Es como una china en el zapato de ese gordinflón corrupto. Se llama Vic Page.

Nicky Rose suspiró. Sabía que Page había trabajado junto con Espectro y Reeves en la investigación de la muerte del Padre Franklin, y no era un simple periodista. Era un tipo curtido en los barrios bajos, que se había ido ganando poco a poco un lugar en Hollow City como escritor y periodista. Era uno de los pocos que se atrevían a luchar de verdad contra el mal que imperaba en la ciudad, un tipo duro y valiente que no tenía miedo de meterse en líos. Si estaba investigando a Graves y a los Valaki, tal vez sabría algo de Reeves.

 ***

Dora Higgins se acomodó sus gafas encima de su nariz respingona, mientras miraba sin parpadear la pantalla de su ordenador. Ya casi era la hora de cerrar pero aún tenía mucho trabajo, y si no terminaba sus tareas su jefe le echaría la bronca. Greg Templeton, el director de la sala de subastas Angelie’s, no era conocido precisamente por ser una persona amable y paciente con sus empleados. A pesar de ello, Dora había notado que Templeton estaba últimamente de mejor humor, debido al resultado de la última subasta celebrada en la sala. La venta de la pieza denominada “Ojo de los Dioses”, una simple roca de piedra de una época remota sin apenas demasiado valor, había reportado un gran beneficio para Angelie’s, y no solo económico. La publicidad de la operación había devuelto parte de la fama perdida a la sala, y las llamadas de clientes, revistas especializadas y gente interesada habían inundado la centralita estos últimos días. Y todo ello suponía trabajo y más trabajo para Dora.

Desde su mesa de recepción, Dora vio que entraba un hombre de unos cuarenta años, moreno y alto, bien parecido. Llevaba un traje de color gris claro, y en su muñeca lucía un lotus que valdría más de lo que ganaba dora en un mes. El hombre se sentó en una de las sillas frente a Dora y le sonrió.

–        Buenos días, me llamo Elías Kerman, y estoy interesado en la pieza que subastaron el otro día, el “Ojo de los Dioses”. ¿Podría hacerle unas preguntas?

–        La verdad es que ahora no tengo mucho tiempo… -comenzó a decir Dora, pero había algo en aquel hombre que le atrajo, algo diferente. No sabía muy bien que, pero aquel desconocido le fascinaba-. Bueno, está bien, pero sólo un momento. ¿Qué desea saber?

–        ¿Qué sabe de su origen? –preguntó Kerman.

–        Pues que proviene de uno de esos museos extranjeros de escaso renombre, que deben subastar algunos de sus objetos menos valiosos para poder obtener recursos económicos. Es algo muy común en el extranjero, donde las leyes de patrimonio histórico no son tan estrictas como aquí.

–        ¿Es cierto que se trata de una reliquia del extinto pueblo Valaki?

–        Sí, es cierto. Precisamente a que dicha cultura no es muy conocida se debe la facilidad de haberla podido vender, la verdad es que no habría sido posible si fuese una pieza egipcia o griega. Ya sabe, permisos, convenios, leyes…

–        Lo sé, la burocracia es un grave problema que afecta a todo el planeta –dijo Kerman con una sonrisa, cautivando por completo a Dora-. ¿No han subastado ninguna otra pieza de origen Valaki?

–        No, el Ojo de los Dioses es la única hasta ahora. Pero viendo lo que pasó la otra noche, el director Templeton se alegraría muchísimo de poder volver a subastar otra reliquia Valaki. No siempre se puede subastar un objeto por un millón de dólares.

–        Un millón, ¿eh? –dijo Kerman con aire pensativo-. ¿Y quién podría pagar una cantidad tan elevada por una simple piedra? –inquirió Kerman a Dora.

–        Lo siento, señor Kerman, eso es información confidencial –dijo tímidamente Dora, lamentando negarle algo a aquel hombre tan fascinante.

–        Vamos, señorita…

–        Higgins, pero puede llamarme Dora –dijo la joven ruborizándose.

–        Tranquila, Dora, no quiero ponerla en una situación difícil. Comprendo su posición, una joven encantadora trabajando todo el día sin descanso, sometida a una gran presión, siempre bajo la atenta mirada de un jefe tiránico que no sabe valorarla como es debido.

Mientras hablaba, la voz de Kerman había cambiado levemente, de forma casi imperceptible. Había acercado su rostro lentamente hacia el de Dora, mirándola directamente a los ojos mientras deslizaba su mano suavemente sobre la de ella, hasta rozarla. El corazón de Dora comenzó a latir a un ritmo agitado, incapaz de hablar ni de pensar, pues lo único que podía hacer era mirar los ojos negros de aquel hombre, una mirada irresistible de la que no podía (ni deseaba) escapar.

–        Querida Dora, me haría un gran favor si me dijese quien es la persona que se llevó el Ojo de los Dioses. Le prometo que mi discreción es intachable, no supondrá ningún perjuicio para usted. Y además, prometo compensarla… -dijo seductoramente Kerman, sin dejar de mirar fijamente a Dora.

–        Emily Hunt –dijo Dora, rindiéndose finalmente a la hipnótica mirada de Kerman.

–        Gracias, Dora. La llamaré, se lo prometo –se despidió Kerman, no sin antes besar suavemente la mano de la muchacha.

Una vez en el exterior, el hombre llamado Elías Kerman se introdujo en un sedán de color negro, arrancando el automóvil para introducirse en el tráfico nocturno de las calles de Hollow City. Cuando se detuvo en un semáforo en rojo, aprovechó para sacar su maletín oculto en un compartimento secreto. En su interior se hallaba su traje de kevlar negro, que además de servirle de camuflaje y protección también intimidaba a los delincuentes. Porque ponerse aquellas ropas significaba que Espectro recorría las calles de Hollow City.

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