Sombras en la Oscuridad (Parte 1)

Publicado: 2 abril, 2011 en Historias, Relatos, Sin categoría, Sobrenatural

En el interior de uno de los edificios de Long Street se hallaba la oficina de Jack Stone. En la puerta colgaba un discreto cartel que anunciaba la profesión de su dueño: Investigador Privado. Jack Stone acababa de entrar, después de una noche demasiado tranquila, y lo primero que hizo fue colgar su abrigo empapado por la lluvia en el perchero. Luego se sirvió una copa de brandy y se acomodó en su viejo sillón, intentando relajarse. Fue entonces cuando se percató de una luz roja parpadeante, que indicaba que alguien había dejado un mensaje en su contestador automático. Muy a su pesar, el detective pulsó el botón para escuchar los mensajes, esperando que fuese algún trabajillo de poca monta que le permitiese salir al paso.

–        ¿Señor Stone? Mi nombre es Alice Graves, soy la hija del profesor Edmund Graves, el historiador que hasta hace poco permanecía en Hollow City para realizar una serie de conferencias. Necesito hablar con usted urgentemente, creo que mi padre corre un serio peligro. Es más, creo que ha desaparecido. Por favor, llámeme lo antes posible a este número, gracias –la voz era de una mujer triste y angustiada, y Stone enseguida sintió lástima por ella.

El investigador se quedó pensativo después de oir a la mujer, pero entonces notó que la luz del contestador aún parpadeaba. Otro mensaje. Al parecer la noche no se había terminado aún. Pulsó nuevamente el botón.

–        ¿Jack? –Stone reconoció enseguida la voz-. Soy yo, Nicky Rose, ya sabes. Verás, tengo un problema, y creo que puedes ayudarme. Un viejo colega ha desaparecido, y creo que estaba metido en algo… -aquí Rose se mostraba algo inquieto- siniestro. Estaré sobre las ocho en el 29 de Sawmill Street, espero que puedas venir.

Stone se acercó a la ventana del estudio, contemplando la noche. No sabía porqué, pero su intuición le decía que ambas llamadas estaban de algún modo relacionadas. Una vez más, el misterio y la intriga llamaban a su puerta, como en los viejos tiempos. Al observar la oscuridad a través del cristal, Stone sintió un pequeño escalofrío. La lluvia y el frío acompañaban la penumbra, azotando sin piedad las sucias calles de Hollow City.

Stone tomo una decisión, y se dirigió hacia su dormitorio. En una sección de la pared pulsó un interruptor oculto que deslizaba un panel secreto, donde Stone guardaba su preciado maletín. En su interior se hallaba un gran sombrero de ala ancha de color oscuro, un pañuelo de seda negro y una gran pistola, capaz de atravesar la piel de un elefante. El detective cogió el maletín, se encaminó hacia la puerta y cogió nuevamente su abrigo negro, fabricado de un resistente kevlar capaz de detener las balas de pequeño calibre. Luego abandonó su oficina para adentrarse en las oscuras fauces de Hollow City.

 ***

En la azotea de uno de los edificios del 29 de Sawmill Street se hallaba una figura vestida de negro, con una larga capa oscura y una capucha que le ocultaba el rostro. La figura observaba atentamente lo que quedaba de la tienda de antigüedades de John Reeves, arrasada por un incendio hacía unos pocos días. Parecía mentira que allí mismo, meses atrás, se habían reunido por primera vez el cazador de monstruos John Reeves, el escritor Vic Page y él mismo, unidos por el destino para investigar el misterioso asesinato del Padre Franklin, el antiguo sacerdote de la iglesia de Saint Patrick. Aunque Page había resultado ser un tipo con demasiados escrúpulos, Reeves había demostrado tener un lado oscuro que le había arrastrado a cometer actos de los cuales posteriormente se había arrepentido. Tras cometer algunos errores, los tres aventureros se habían separado, pero ahora una nueva amenaza se cernía sobre ellos. Hacía tiempo que nadie sabía nada de Page, John Reeves había desaparecido tras quemarse su tienda y luego él mismo había tenido que combatir contra un ser infernal en el interior del Museo de Arte de Hollow City. Había tenido mucha suerte de sobrevivir, sólo la tecnología de TecnoCorp le había salvado de las garras de la muerte. Bueno, no solo eso, también estaba aquella cosa negra, un trozo diminuto de roca oscura que se había quedado adherido a su corazón. Los médicos de TecnoCorp iban a sacarle aquella cosa a pesar de que la operación probablemente le hubiese causado la muerte, pues lo único que les interesaba era hacerse con ella. Y por eso Eduard Kraine había huído, después de que le hubiesen implantado una nueva cara tras la terrible explosión. No, mejor dicho, no había huído, pues Kraine había muerto para siempre en el accidente. Ahora ya solo quedaba él.

La oscura figura contempló su nuevo traje, no muy diferente al antiguo pero más ligero y flexible, mejorando sus prestaciones en combate. Luego percibió un ruido a través del fragor de la lluvia. Era un vehículo, una especie de vieja furgoneta que aparcaba justo delante de la entrada de la tienda del viejo anticuario. De la desvencijada furgoneta se apeó un joven ataviado con un mono gris, alguien al que conocía por las descripciones de Reeves.

El encapuchado sonrió, había llegado la hora de dejarse ver. Era el momento de averiguar que estaba pasando, que había sido de sus antiguos compañeros. Sucesos muy extraños estaban teniendo lugar en Hollow City, terribles acontecimientos que necesitaban hombres valientes y preparados como él. Había llegado la hora de su regreso. Dando un impresionante salto y planeando con su capa larga y oscura, Espectro retornaba nuevamente a los siniestros suburbios de su hogar, Hollow City.

 ***

Nicky Rose entró cuidadosamente en el interior de la tienda de antigüedades de John Reeves, iluminando con una pequeña linterna de bolsillo los restos de libros quemados, objetos rotos, cuadros hechos cenizas y demás restos cubiertos de ceniza. No había quedado nada en pie tras el incendio, todo el negocio de Reeves había quedado reducido a escombros y polvo negro.

–        No ha quedado nada que el fuego no haya carbonizado, lo siento por tu amigo –dijo a su lado Jack Stone, que buscaba cualquier indicio de lo que allí había ocurrido-.

–        Seguro que está bien, el viejo loco sabe cuidarse. Además, no encuentro su bastón por ningún lado, tal vez escapó del lugar cuando empezó el incendio y haya ido a buscar refugio –contestó esperanzado el cazador de monstruos.

Ambos aventureros continuaron buscando con ahínco, intentando hallar algo útil, cuando algo les llamó la atención. Era una figura alta, vestida de negro, con una capa oscura, que les estaba observando desde la entrada.

Al notar su presencia, los reflejos de Stone actuaron deprisa, y en un santiamén apareció en la mano derecha su potente pistola, cargada con su munición especial que le dotaba de una potencia superior a la de una potente escopeta. El detective encañonó al misterioso encapuchado, mientras le preguntaba:

–        ¿Quién eres? Contesta rápido si no quieres que te entierre entre estos sucios escombros.

–        Tranquilo, Jack, yo se quien es –lo tranquilizó Rose-. Reeves me habló una vez de él, me dijo que le ayudó en la investigación de la muerte del Padre Franklin. Es ese justiciero que aparece a veces en los periódicos, Espectro.

Espectro avanzó hacia Stone y Rose, dejándose ver ante la luz de sus linternas. Después de observarlos durante unos segundos, el vengador enmascarado decidió hablarles:

–        Así que Reeves se ha vuelto a meter en líos, ¿eh? Le dije hace tiempo que se marchase de aquí, esta ciudad se ha vuelto demasiado peligrosa últimamente. Están ocurriendo cosas muy raras en los últimos meses, y creo que se trata de algo demasiado gordo para que lo maneje un solo hombre, aunque se trate del viejo testarudo de Reeves.

–        Si estaba investigando algo turbio, estaría relacionado con algo sobrenatural –dijo Rose-. Deberíamos buscar su despacho privado, por si se hubiese salvado del incendio, a ver si encontramos alguna información valiosa.

Tras varios minutos de búsqueda, entre los tres héroes pudieron encontrar finalmente una puerta metálica oculta, y tras forzarla accedieron a una gran sala. En su interior pudieron contemplar multitud de objetos y artilugios diversos, ordenados y clasificados con gran meticulosidad. Armarios, vitrinas y estanterías repletas de las más extrañas reliquias se apiñaban entre sí, dando a la sala el aspecto de la guarida de un antiguo hechicero medieval.

–        Cuidado, no toquéis nada –advirtió Rose a sus compañeros-. Nunca se sabe lo que Reeves puede haber guardado aquí.

–        Mirad, allí en esa mesa parece que hay un mapa y varios papeles –dijo Stone-. Tal vez haya algo que nos indique en que estaba trabajando últimamente tu amigo.

Al acercarse a la mesa, los tres héroes comenzaron a examinar los papeles, libros y cuadernos que se apilaban en ella. En el mapa de Hollow City encontraron rodeado con un círculo rojo un lugar: la sala de subastas Angelie’s. También hallaron un folleto publicitario de la sala, unos recortes de prensa del American Chronicles y varias referencias a lugares lejanos donde habían aparecido determinados objetos.

–        Al parecer estaba investigando sobre los Valaki y el profesor Graves –dijo Espectro-. Estaba muy interesado en un objeto que subastaban la noche en que desapareció, el “Ojo de los Dioses”.

–        ¿Graves? ¿Edmund Graves, el prestigioso historiador? –preguntó extrañado Stone-. Su hija se ha puesto en contacto conmigo, dice que su padre ha desaparecido.

–        ¿Desaparecido? En el Chronicles dijeron que Graves se había puesto enfermo, y que había tenido que abandonar el hotel Gold Imperial –Rose se quedó pensativo, intentando ponerse en la piel de su antiguo mentor.

–        Yo se algo de los Valaki –habló Espectro, llevándose involuntariamente una mano al pecho al recordar su combate contra el Fantasma en el Museo de Arte, y el terrible resultado de todo aquello-. Se trata de una cultura muy antigua, prácticamente desconocida, y que apenas dejó algún que otro rastro histórico antes de desaparecer para siempre de la faz de la tierra –Espectro decidió omitir a sus compañeros que ahora un fragmento de una reliquia Valaki se alojaba en su pecho, otorgándole una fuerza y resistencia sobrehumanas, entre otros poderes.

–        La hija de Graves me dijo que su padre había dedicado una parte importante de su último libro a los Valaki –dijo Stone-. Al parecer es el único historiador del planeta que los ha estado estudiando en serio, a pesar del desprecio de sus compañeros del mundo académico.

–        Yo no se nada de libros ni chorradas –dijo Rose-, pero creo recordar que los Valaki estaban relacionados con demonios y seres divinos, y que sus chamanes eran capaces de canalizar el poder de sus dioses a través de ciertos tatuajes rituales. Y si en este asunto hay algo sobrenatural, y Reeves está metido en medio, creo que es hora de actuar, y deprisa.

Los tres aventureros se miraron entre sí. Una vez más se forjaba una alianza en la tienda de John Reeves, aunque esta vez sólo repitiese Espectro. Sin Vic Page y John Reeves, esta vez lo acompañarían el detective Jack Stone y el exterminador Nick Rose. Espectro suspiró, recordando que la última vez su lado oscuro lo había llevado a cruzar el límite, y se juró que esta vez no cometería los mismos errores. Esta vez no se dejarían las cosas a medias, como sucedió con la muerte del Padre Franklin. Ahora llegarían hasta la verdad del asunto, por muy duro que fuese. Espectro se lo juró a si mismo en silencio, una promesa firme que sólo podía significar una cosa… el castigo para los culpables.

 ***

Jack Stone detuvo su coche en las inmediaciones del hotel Gold Imperial, uno de los más lujosos de la ciudad. Nada más atravesar el vestíbulo, dos guardias de seguridad ya le estaban vigilando al advertir que no llevaba ningún equipaje. El detective fue directo al mostrador, donde mostró su acreditación de investigador privado al encargado, un tipo delgado con chaqueta gris y de aspecto afable.

–        Me llamo Jack Stone, y trabajo para la hija del profesor Edmund Graves. Necesito hacerle unas preguntas sobre lo que ocurrió la otra noche en su hotel.

–        ¡Ah, si! –contestó el encargado-. Lo recuerdo, el buen profesor se encontró indispuesto de forma repentina, y tuvo que abandonar el hotel junto a unos familiares. Que pena, un suceso lamentable, espero que el profesor Graves se encuentre recuperado y pueda volver a visitarnos muy pronto.

–        Familiares, ¿eh? ¿Fueron ustedes quienes los avisaron para que se hiciesen cargo del profesor? –interrogó Stone.

–        No lo sé, eso debe preguntarlo al director, el señor Sebastian Bruk, aunque hoy está muy ocupado y no creo que pueda atenderle.

–        Pues dígale a su jefe que aún estaría más ocupado si la hija del profesor Graves decide demandarle a él y a su hotel, porque parece que su padre ha desaparecido. Y el último lugar donde alguien le vio fue aquí –Stone clavó su fría mirada en los ojos del encargado, el cual se mostró visiblemente nervioso por las palabras del detective.

Mientras el encargado se apresuraba en realizar unas llamadas para localizar al director, Stone aprovechó el momento para examinar por encima las medidas de seguridad del hotel. Guardias de seguridad, cámaras de vigilancia, botones serviciales que manejaban los equipajes de los clientes, camareros de andar apresurado, e incluso personal de limpieza… alguien debía haber visto algo.

–        Muy bien, señor Stone, el señor Bruk le atenderá ahora –le interrumpió el encargado, ahora con cara de pocos amigos-. Timy, el botones, le acompañará al despacho del director.

Tras darle las gracias, Stone se encaminó junto al botones hacia una puerta de madera que daba la entrada a un amplio corredor. Mientras caminaban hacia el despacho del director, Stone observó al muchacho. Era un joven de apenas 16 años, pelirrojo y con el rostro cubierto de múltiples pecas. Parecía algo nervioso, y Stone se preguntó si tal vez no sabría algo del asunto con el profesor Graves.

–        Así que te llamas Timy, ¿no, muchacho?.

–        Sí, señor.

–        Debes llevar mucho tiempo aquí, ¿eh?

–        No señor, sólo tres meses.

–        Habrás visto a mucha gente famosa por aquí. Actores de cine, escritores, deportistas de élite…

–        Alguno que otro, señor –contestó tímidamente el botones.

–        ¿Y que me dices del profesor Graves? Debes de haberlo visto por aquí, un prestigioso historiador y escritor.

–        No me acuerdo, tal vez, es que hay mucha gente en el hotel –dijo esquivamente el joven Timy.

Stone detectó algo raro en el chico, más allá de la inseguridad propia de un joven de su edad. La intuición infalible del detective le decía que Timy sabía algo más, y no quería decirlo. Stone iba a presionar un poco más al chico cuando ambos se detuvieron ante la puerta del despacho del director, así que el interrogatorio al botones debería esperar. Timy llamó a la puerta, y una voz contestó un sonoro “adelante”. Mientras el chico se alejaba una vez cumplida su misión, Jack Stone abrió la puerta y entró en la habitación.

El director del hotel Gold Imperial, Sebastian Bruk, estaba sentado en un aterciopelado sillón de color oscuro, detrás de una gran mesa de caoba. Era un tipo de mediana estatura, con cabello rubio peinado atrás, ojos azules de mirada intensa y un rostro juvenil a pesar de los cuarenta y tantos años que debía tener. Bruk parecía tranquilo, sonriente, y ofreció una copa a Stone, el cual rechazó la invitación educadamente.

–        Muy bien, señor Stone, así que es usted detective, como Sherlock Holmes o Poirot, ¿no? Seguro que en su profesión habrá de todo menos aburrimiento…

–        Vayamos al grano, señor Bruk –interrumpió bruscamente Stone-. Ya sabe que la hija del profesor Graves es mi cliente, y dice que su padre ha desaparecido.

–        ¿Desaparecido? Eso no puede ser, se fue de mi hotel en perfectas condiciones, y acompañado de unos familiares. No hay nada de que preocuparse, créame –Bruk sonrió, intentando mostrar una confianza que hizo dudar a Stone.

–        ¿Qué familiares son esos? ¿Acaso comprobó su identidad? ¿Y quien les avisó, o simplemente aparecieron por arte de magia en la puerta de su hotel? –Stone decidió apretarle las tuercas a Bruk, pues intuía que el director sabía algo que no iba a revelarle fácilmente.

–        Esos datos son confidenciales, y si fuese usted un buen profesional lo sabría, señor detective –dijo Bruk de forma casi insultante.

–        Es cierto, pero esos datos es más fácil dármelos a mi que a la policía, pues estoy seguro de que ellos no serían tan discretos y considerados como yo. Ya sabe como son los polis, una vez que muerden a su presa no la sueltan. Y con usted seguro que tendrían una buena carnaza –Stone pronunció estas palabras con gran aplomo, para que el director tuviese tiempo de digerirlas sin irritarse demasiado.

Sebastian Bruk no dijo nada, simplemente se recostó en su sillón, sacó un peine de su bolsillo y se alisó con el su cabello rubio, con aire pensativo. Stone sabía que estaba calculando sus opciones, pero el director estaba entre la espada y la pared, y él lo sabía.

–        Deme algo con lo que poder contentar a mi cliente, señor Bruk, y le dejaré tranquilo. Nadie sabrá nada del asunto, créame.

–        De acuerdo, usted gana, detective –claudicó al final el director-. Unos tipos vestidos de negro y con credenciales de la C.I.A. vinieron a por el profesor Graves. Dijeron que era un asunto de seguridad nacional y que no podía decir nada a nadie del asunto, así que nos inventamos una historia para contentar a la prensa. Incluso se llevaron las cintas de grabación de las cámaras de seguridad, amenazando al personal del hotel para que no hablaran. Dijeron que devolverían a Graves a su casa sano y salvo, dentro de unos días. La última vez que vi al profesor fue cuando lo metieron en un coche negro, y no parecía muy contento. No se nada más del asunto, ni quiero saberlo. ¿Ya se ha quedado contento, señor detective?

Jack Stone no dijo nada, sabía que aquel tipo con cara de vendedor ejecutivo no era más que un cobarde fracasado. El detective se levantó y miró con desprecio a Bruk, luego caminó hacia la puerta, pero antes de irse le dijo al director del hotel:

–        Como le prometí, seré lo más discreto posible en este asunto. Pero espero por su bien que cuando encuentre al profesor Edmund Graves esté sano y salvo, porque de lo contrario cuando acabe con usted el único trabajo que podrá conseguir en Hollow City será de friegaplatos en algún miserable motel. Y por cierto, mi profesión es la de “Investigador Privado”, señor director de hotel.

Cuando Stone cerró la puerta, Sebastian Bruk lanzó furiosamente su vaso de cristal contra ella, destrozándolo en mil pedazos y desperdiciando el valioso whisky escocés que había en él.

–        ¡Cabrón de mierda, púdrete en el infierno! –chilló iracundo el director del Gold Imperial.

 

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