DESAPARICIONES

Publicado: 4 noviembre, 2010 en Historias, Relatos, Sin categoría, Sobrenatural

Jhon Reeves arrojó el libro sobre la mesa, con aire de disgusto. Había perdido la oportunidad de hacerse con el “Ojo de los Dioses” de los Valaki, y eso le contrariaba. Aquella misteriosa mujer de negro había conseguido realizar una oferta superior a la suya, una suma irrechazable, y ahora él se había quedado con las manos vacías. Algo inaceptable para un coleccionista de misterios como él.

Tras pasar un par de horas consultando libros y pergaminos antiguos, no había llegado a ninguna nueva conclusión. Sabía lo mismo de siempre, que los Valaki fueron una civilización que se extinguió de la noche a la mañana, que habían leyendas que los relacionaban con fuerzas ocultas y que apenas se conocía la existencia de algunos Legados de dicha cultura. Como el Ojo de los Dioses, del que no sabía nada excepto que era una simple piedra que incluso podría ser falsa. Ojalá hubiera podido examinarla de más de cerca, pues si contenía algún poder maligno en su interior Reeves podría sentirlo gracias a su don. El Don, sí, así lo llamaba él, una extraña sensación que invadía su ser cuando estaba muy próximo a seres u objetos poseídos por el Mal. Algunos lo llamarían un poder, pero Reeves lo consideraba casi una maldición, puesto que lo había llevado hacia una vida de peligros y batallas sin descanso, una eterna lucha contra lo sobrenatural que parecía no tener fin. Había renunciado a una vida “normal” para emprender la senda del Cazador, buscando sin cesar cualquier rastro que le acercase a los monstruos, para luego acabar con ellos. Sin familia, sin amigos, con sólo una tienda de objetos curiosos que de vez en cuando aliviaba su soledad. Una vida de lucha, sangre y muerte, que casi le había llevado al borde de la locura. Alguna vez había tenido algo parecido a los amigos, como aquel justiciero llamado Espectro, o incluso Vic Page, el escritor y periodista. También estaba aquel joven, Nicky Rose, al que había enseñado todo lo que sabía acerca del oscuro submundo, pero que le había rechazado por no compartir sus métodos. Pobre chico, se necesitaba más que buenas intenciones y espíritu de lucha para combatir a los demonios de la oscuridad, era necesario el sacrificio, llegar hasta el final. El fin justifica los medios, esa era la ley de Reeves.

El anticuario buscó entre una pila de papeles y extrajo del montón una serie de fotografías de baja calidad, que mostraban un cuerpo desnudo cubierto de tatuajes. Evidentemente, las fotos pertenecían a un cadáver, un hombre que fue abatido por un policía en las calles de Hollow City, muy cerca de la Iglesia de Saint Patrick. Las fotos se las había proporcionado un poli de baja estofa, Mike “el Arrugas”, el cual seguramente se las había robado al forense de la policía. Reeves había tenido que soltarle algo de pasta al policía, aunque no había sido la primera vez. Sin embargo el trato había sido satisfactorio, ya que las fotos evidenciaban una gran similitud entre los tatuajes del cadáver y los símbolos que los Chamanes Valaki dibujaban sobre sus guerreros antes de la batalla, para insuflarles con el poder de los Dioses.

Reeves extrajo un papiro antiguo donde habían sido recogidos varios símbolos religiosos de épocas pasadas, y en efecto, había una gran similitud con los de una cultura que los sabios consideraban “maldita por los Dioses, por lo que fueron borrados de la Tierra con un solo pensamiento como castigo de su desafío orgulloso hacia ellos”.

Reeves frunció el ceño. ¿Cómo era posible que una civilización extinta hubiera renacido en pleno siglo XXI? Según las investigaciones de O’Sullivan, el policía que había investigado el caso, en la oscuridad de la noche acechaban demonios con los tatuajes de los Valaki, seres sobrenaturales difíciles de matar. Con el policía fuera de circulación, pues O’Sullivan había dimitido y se había mudado a New York, le correspondía a Reeves buscar a esos tipos siniestros. Ahora él era el guardián de Hollow City, su defensor, el responsable de acabar con ese mal diabólico. Y sólo había una forma de acabar con los monstruos… matarlos.

Reeves se levantó, cogió su bastón y separó la larga cuchilla de acero bañado en plata de la empuñadura. Tras contemplar su arma oculta con satisfacción, recogió una pequeña bolsa que contenía unos cuantos objetos que podrían ayudarle en su misión, y salió de su tienda. Sin embargo, al estar sumido en sus pensamientos, el anticuario no se dio cuenta de que alguien le estaba esperando. Sólo pudo advertir el rápido movimiento de una sombra a su espalda, aunque esto no fue suficiente advertencia para esquivar el ataque. Reeves notó como algo le golpeaba pesadamente haciéndole caer al frío suelo, e inmediatamente le invadió un agradable sopor. Mientras su mente se desvanecía en el pozo de la inconsciencia, también advirtió la conocida sensación inquietante de su don para lo sobrenatural. Luego la oscuridad le envolvió por completo.

***

El vestíbulo del hotel Gold Imperial se encontraba semivacío en aquellas horas de la noche, cerca de las 23:00 h. La mayoría de los clientes se hallaban en la zona del restaurante, un local donde el coste del cubierto rozaba casi un cuarto de lo que ganaba Vic Page al mes. El hotel era el más importante de Hollow City, un lugar donde se alojaban los visitantes más ilustres de la ciudad, como artistas famosos, deportistas de élite y otros miembros importantes de la sociedad. Por ello no era raro encontrarse cerca de sus puertas a los periodistas más atrevidos, que esperaban incansables durante horas a la búsqueda de famosos a los que entrevistar, al igual que las aves de rapiña en busca de carroña. El único obstáculo para este tipo de gente eran los miembros del equipo de seguridad del hotel, unas moles humanas que parecían salidos de una mala película de bárbaros descerebrados. Sin embargo, no era la primera vez que Vic Page debía sortear a mentecatos como aquellos, y esta noche volvería a hacerlo.

El periodista dio la vuelta al edificio, simulando que daba un tranquilo paseo, hasta que encontró lo que buscaba: un callejón estrecho y mal iluminado del que salía una peste hedionda insoportable. El callejón terminaba en una puerta metálica, al lado de la cual se hallaban ubicados varios contenedores de basura, aunque habían montones de desperdicios y cajas de botellas vacías desperdigados por el suelo. La puerta metálica se abrió, y Vic Page observó cómo salía un joven negro, ataviado con un delantal blanco salpicado de múltiples manchas sucias. El periodista aprovechó su oportunidad, caminando sin dudar hacia la puerta, como si el ayudante de cocina no existiese.

–        ¡Eh, oiga, que no puede pasar! ¿Es que no ha leído el cartel? –dijo el joven.

–        Departamento de Sanidad, chaval –Vic Page sacó una cartera de su bolsillo y enseñó una identificación falsa, volviéndola a guardar rápidamente para que el chico no sospechase nada-. Hemos recibido varias quejas acerca de algunos productos de la cocina del hotel, así que me han enviado a mí a echar un vistazo.

–        Pero…pero no puede usted…-el chico no sabía qué hacer, y el periodista ya estaba entrando en la cocina, así que le siguió.

–        Mira chico, yo debería estar ahora en mi casa, sentado en mi sofá viendo a los Hollow Riders machacar a los Beasts Blues en mi nueva tele de plasma, y no aquí oliendo basura y pescado podrido, así que o bien me dejas hacer mi trabajo o cierro el garito y le monto un pollo a tu jefe. ¿Cómo crees que eso le sentaría, chaval? –Page dijo todo aquello al muchacho con un convincente tono amenazador.

El joven pinche bajó la cabeza, sin saber que contestar, y Page le prometió que sólo haría una visita rutinaria rápida y que en unos minutos se marcharía. Luego dejó al joven ayudante y se mezcló entre los cocineros y camareros que abarrotaban la estancia, tan ocupados en sus tareas que apenas le prestaron atención. En esas noches de jaleo la cocina era como una gran maquinaria que debía forzarse al máximo, trabajando sin descanso para cumplir todos los encargos. Page observó como la mayoría de los empleados eran de origen inmigrante: chinos, sudamericanos, marroquíes… A pesar del gran nombre que tenía el Hotel Gold Imperial, éste también se dedicaba a explotar a los más humildes. Horas y horas de duro trabajo por un salario de mierda, y si alguien se quejaba al segundo estaría de patitas en la calle.

Asqueado, Vic page salió de la cocina, no sin antes coger de un perchero una camisa roja con el emblema del hotel. Se dirigió hacia los lavabos, donde pudo cambiarse sin problemas, disfrazándose de camarero. A continuación salió hacia el vestíbulo, donde habían varios empleados del hotel correteando de un lugar a otro sin parar, y se dirigió hacia un botones uniformado de corta estatura y aspecto aniñado.

–        ¡Eh, tú, chico! –Page se dirigió autoritariamente hacia el botones- ¿sabes cuál es la habitación del profesor Graves? Tengo que entregarle un mensaje.

–        Está en la suite 345, coge el ascensor número dos.

Vic Page se dirigió hacia el ascensor, pulsando el botón para activarlo, y cuando llegó al piso que buscaba las puertas se abrieron con un pitido. El periodista vislumbró un largo pasillo iluminado con grandes lámparas de cristal y con el suelo enmoquetado por una larga alfombra roja. Buscó apresuradamente la habitación del viejo profesor, hasta que al fin llegó hasta la puerta deseada.

–        Profesor Graves, soy Vic Page, del American Chronicles de Hollow City –dijo el escritor a la vez que llamaba ligeramente a la puerta-. ¿Profesor?

A pesar de la insistencia de Page, nadie le contestó. Parecía que no había nadie allí dentro, así que Page, abatido, se dio la vuelta para marcharse. Pero entonces un ruido procedente del interior llamó la atención del escritor. ¿Qué había sido eso? A Page le había sonado como a cristales rotos o algo parecido, lo suficientemente sospechoso como para atraer la atención del intrépido aventurero que llevaba dentro.

Page vigiló que no hubiese nadie por los alrededores y luego sacó del bolsillo una pequeña ganzúa, lo que le permitió forzar la cerradura de la habitación. Luego abrió la puerta con sumo cuidado, entrando con gran sigilo y cerrándola a su espalda. La entrada de la habitación estaba parcialmente a oscuras, sólo iluminada ligeramente por el resplandor de una luz que se filtraba por debajo de la puerta que daba acceso al dormitorio. Vic page se dirigió hacia allí, siempre moviéndose con cautela, pero entonces advirtió un suave tintineo metálico a sus pies. Al bajar la vista vislumbró un extraño objeto del tamaño de un melocotón, hecho de un brillante metal de color oscuro. Antes de que sus reflejos pudiesen salvarle, el objeto emitió un siseo, y una sustancia similar al humo salió de su interior. Al instante el escritor notó una sensación de mareo y aturdimiento, a la vez que empezaba a respirar dificultosamente. No obstante, Page reaccionó hábilmente y alejó el objeto de sí mediante una certera patada. A continuación cayó de rodillas, tosiendo fuertemente y restregando sus escocidos ojos que se le habían puesto rojos por los efectos del gas.

Fue entonces cuando de la oscuridad surgieron dos poderosos brazos que aferraron traicioneramente al desvalido escritor, tirando de él hacia el interior de la habitación, donde sólo podía esperarle el horror.

***

Era ya la medianoche cuando la luna llena se reflejaba en el acristalado tejado del Museo de Arte de Hollow City. Desde allí arriba el vigilante llamado Espectro contemplaba la ciudad de Hollow City, una visión que nunca se cansaba de contemplar. A pesar de su corrupción, de sus criminales y de su suciedad, ese era su hogar, a pesar de los años transcurridos en Japón, donde conoció al que fuese su maestro y mentor, el gran Koshiro Katshume. Koshiro le había salvado la vida, y le había entrenado en las artes marciales del Ninjitsu, convirtiéndolo en un hábil asesino. Sin embargo la muerte de su maestro le había dejado un vacío en su interior, un vacío que sólo podía llenarlo mediante la venganza. Ese era el auténtico origen de Espectro, un ser atrapado entre dos mundos: mientras por el día era el multimillonario Eduard Kraine, por la noche era la pesadilla que los delincuentes llamaban Espectro.

El vengador enmascarado dejó atrás sus recuerdos y se dirigió hacia la puerta de la terraza, cerrada con llave. Canalizando su poder interior, el denominado ki, según las enseñanzas recibidas de su maestro, Espectro se volvió intangible por escasos segundos, lo que le permitió traspasar la puerta como si simplemente no existiera. Luego acomodó su vista a la oscuridad, bajando las escaleras en busca de la sala de exposición principal. Gracias a sus visitas al museo como Eduard Kraine, al que había asistido numerosas veces por ser uno de sus más importantes mecenas, Espectro podía guiarse con facilidad por las instalaciones. Tras varios minutos inspeccionando los solitarios pasillos y las grandes salas de exposición, llegó a dos conclusiones: la primera era que allí no había ningún vigilante de seguridad, y la segunda y más extraña es que las medidas de seguridad del museo parecían haber sido desactivadas. ¿Acaso se trataba de algún robo perpetrado por una banda de expertos ladrones de arte? Si ese era el caso, Espectro se encargaría de los asaltantes, aunque su preferencia eran los delincuentes violentos, las víctimas perfectas para descargar su colérica venganza, a pesar de los sermones del Padre García.

Entonces Espectro vio algo en la oscuridad, una figura borrosa que se movía ágilmente al fondo del pasillo y se perdía de vista al penetrar en una de las salas de exposición. Rápidamente el justiciero se movió hacia la entrada de dicha sala, donde un letrero indicaba que se trataba del lugar donde se mostraban diversas reliquias de épocas anteriores al nacimiento de Cristo. Espectro entró en la sala, echando un vistazo a su alrededor: puntas de flecha de pedernal, piedras talladas que mostraban toscos dibujos, utensilios desvencijados y herramientas prehistóricas permanecían custodiadas en el interior de recipientes de cristal, a salvo del paso del tiempo. Entonces vió algo que le llamó la atención: era una figura encorvada y delgada, que vestía una túnica negra de aspecto raído, otorgándole un aire de mendigo desnutrido como los que se podían ver en los alrededores de la estación de metro de Hollow City. Pero Espectro intuyó que aquella figura no era un simple mendigo, sino algo más peligroso, y decidió acercarse a ella sigilosamente por detrás. Aquel ser parecía enfrascado en una de las reliquias en concreto, una especie de vasija ornamental con un rostro desgastado en su interior, muy similar a los que utilizaban los indios aztecas en sus sacrificios rituales.

Aprovechando que la figuraba contemplaba absorta el objeto sagrado, Espectro llegó hasta ponerse justo a su espalda, pero entonces el ser se dio la vuelta, mostrándole una visión espeluznante. Lo que había bajo la capucha era un rostro horrible, demacrado, monstruosamente desfigurado hasta la saciedad. Sus ojos eran dos bolas negras, como si estuviesen hechas de pura oscuridad, y de su huesuda frente sobresalían dos pequeñas protuberancias que semejaban cuernos. Aquel demonio lanzó una mirada feroz al justiciero, a la vez que le lanzó un manotazo tan fuerte que lo derribó lejos.

Medio aturdido, Espectro lanzó hacia su adversario un manojo de pequeñas estrellas arrojadizas de puntas afiladas, los llamados shurikens. Sin embargo, para su asombro, los proyectiles parecieron pasar a su través, estrellándose contra una figura de cartón que representaba un cazador prehistórico. ¿Qué locura era aquella? ¡Aquel ser sobrenatural poseía su misma facultad de volverse intangible! Debía tratarse sin duda de esa presencia de la que los trabajadores de las alcantarillas hablaban entre susurros, una especie de leyenda urbana que se había creado en torno a las historias de los viajeros del metro, los vagabundos y los delincuentes que trasnochaban hasta altas horas de la madrugada: el ser que tenía delante era… ¡el Fantasma!

Espectro desenvainó su espada oriental, algo más pequeña y ligera que la katana tradicional japonesa pero más dañina y mortal que el ninjato de hoja recta que usaban los Ninjas. Un arma regalo de su maestro Koshiro, y que para Espectro era más que un simple objeto; era una extensión de su propia alma, un foco para canalizar su poderoso ki interior. El justiciero cerró suavemente los ojos, concentrándose, respirando profundamente a la vez que controlaba el ritmo de sus pulsaciones. Era la hora del combate, el momento que estaba esperando. Desde luego aquel ser no era un simple ladrón de obras de arte. Aquella iba a ser una lucha a muerte, un duelo terrible entre el Espectro y el Fantasma…

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comentarios
  1. eihir dice:

    Ya hacía tiempo que no escribía, pero ahora que ya vuelvo a tener ordenador he podido continuar la historia. Dentro de poco la aventura…

  2. Ferran dice:

    ¡Genial! Cada vez estoy más inmerso en el universo de Hollow City. La verdad es que yo tengo pendiente dar un empujón a AECorp. A ver si los estudios y jaleos diversos me dan un respiro 🙂

  3. eihir dice:

    Pues nada, poco a poco, todos estamos liados con cosas pero al final tiramos “pa lante”. O’Sullivan esperará impaciente a sus compañeros mientras conduce hacia el hospital.

  4. Necrus dice:

    Siiii, me gusta, un conbate digno de relatar y que espero inpaciente. El desenlace puede hacer que me decante por el personaje que usaré en la próxima sesión.

    • eihir dice:

      Espero impaciente la decision final de Necrus y Al-Kadhulhu respecto a sus personajes de cara a la próxima sesión de Hollow City. El Vigilante? El Pacificador? El Héroe Solitario y descarriado? …