El Ojo de los Dioses

Publicado: 11 octubre, 2010 en Historias, Relatos, Sin categoría, Sobrenatural

La sala de subastas “Angelie’s” estaba medio vacía, lo cual indicaba que este tipo de operaciones hoy en día se hallaban desfasadas. En pleno apogeo de Internet, las subastas de objetos de arte se hacían ahora mediante videoconferencia, sin la necesidad de tener que molestarse en acudir a un lugar lejano para pujar por un objeto que al final podía llevarse otro competidor. Si, el mundo estaba cambiando, pero aun quedaban algunos que preferían las relaciones cara a cara, ver en persona los valiosos artículos sobre los que ofrecían grandes sumas de dinero, conocer a otros posibles aliados y competidores… Aunque la sala había conocido mejores tiempos, aún quedaban algunos años para que se convirtiese en un lugar ruinoso y abandonado que sería derribado para convertirse en un bloque de apartamentos de lujo o tal vez un bullicioso centro comercial.

Situado en una de las últimas filas de cómodas butacas se encontraba un hombre alto, cuarentón, con rostro cubierto por una fina y cuidada barba, de ojos oscuros que observaban con gran interés todo lo que había en la sala. Cuando el Maestro de Ceremonias presentó el siguiente objeto de la lista, el que estaba esperando con ansiedad, el hombre no pudo evitar revolverse en su asiento con ligero nerviosismo. Se trataba del “Ojo de los Dioses”, un fragmento de roca del tamaño de un puño que estaba tallado con la forma de un ojo. Aunque era una simple piedra, sin ningún engarce valioso, sin metal o gema unidos a ella, su carácter histórico era lo que le otorgaba un gran valor. Era un objeto perteneciente a la cultura Valaki, un pueblo que existió hacía casi 5.000 años, pero que según los historiadores desapareció de la faz de la tierra sin apenas dejar rastro. Puesto que de aquella cultura no quedaba casi ningún recuerdo de su existencia, los sabios e historiadores le habían dado la espalda, e incluso algún atrevido profesor se aventuraba a asegurar que los Valakis ni siquiera habían existido realmente. Por ello el mundo científico desconocía a los Valaki, y nadie iría a una subasta de objetos de segunda a pujar por una piedra antigua. Tanto los académicos como los directivos de centros universitarios, fundaciones y museos se irían a Nueva Cork, donde se ofrecían grandes cantidades de dinero por objetos más interesantes, como la Corona de Yuaután, la flauta de Ramsés III o el sudario de Al’Khallid.

Pero el hombre de la barba si sabía de los Valaki, y estaba muy interesado en ellos. Y deseaba tener en su poder el Ojo. Pronto empezó la puja, con una cantidad inicial tan irrisoria que hizo sonrojar de indignación al hombre de la última fila. Sin embargo se contuvo, manteniendo la compostura, pensando que eso era mejor para sus intereses. Levantó la mano, indicando al Maestro de Ceremonias que confirmaba la oferta. Luego se alzaron otras manos, aumentando levemente la cantidad, pero eso era algo con lo que el hombre alto ya contaba. En toda subasta siempre había algún coleccionista aficionado que esperaba llevarse a casa algún recuerdo barato, para luego dejarlo abandonado tras una polvorienta estantería acristalada y solo acordarse de él cuando venían las visitas.

El hombre levantó la mano, esta vez ofreciendo una cantidad más elevada, lo suficientemente alta como para que los demás se lo pensasen antes de pujar más, pero que aún seguía siendo rentable para sus intereses. El Maestro de Ceremonias ni siquiera mostró mucho interés en demorar el asunto, ya que la cantidad implicaba unas ganancias mayores de la esperada por aquella piedra erosionada. Pero cuando iba a dar el martillazo indicando el fin de la puja, se alzó una mano desde la tercera fila, y una voz femenina aumentó la cantidad considerablemente, arrancando murmullos de sorpresa del resto de los presentes. El hombre alto frunció el ceño, no esperaba de ninguna manera una oferta tan alta. Intentó vislumbrar mejor a la mujer que se había convertido en su rival, pero sólo vió una figura delgada cubierta con un pañuelo negro. El hombre realizó otra oferta, esta vez la definitiva, y los murmullos de la sala se convirtieron en exclamaciones de sorpresa e interés, sacando a todos del adormilamiento en que se encontraban. Los ojos del maestro de Ceremonias brillaban con avaricia, pues si la sala ganaba más la comisión que él se llevaba también aumentaría, dejándole una buena bolsa. El hombre de la fina barba se tensó, esperando que aquel baboso se dejase de tonterías y anunciase de una vez por todas el final de la disputa. Cuando por fin iba a dar el martillazo, la mujer de negro volvió a levantar la mano:

–         1 millón de dólares por el Ojo de los Dioses –dijo la mujer, volviéndose hacia el hombre alto adrede, mostrándole un rostro cubierto con gruesas gafas oscuras y una falsa sonrisa de triunfo.

El hombre alto quedó en silencio, mirando furiosamente a la misteriosa mujer de negro, y a continuación se levantó de su asiento. Antes de marcharse de la sala cojeando ligeramente, ayudado de un bastón de madera con un brillante pomo metálico, el hombre se volvió para contemplar una última vez a la mujer. Luego desapareció tras las cortinas aterciopeladas de color violeta que cubrían la salida de la sala de subastas. Nada más salir a la calle el hombre se dirigió hacia un viejo Lincoln del 71 aparcado en las inmediaciones, arrancó el motor y se dirigió hacia el barrio de Sawmill Street, en los suburbios de Hollow City. Allí era donde vivía y además tenía su tienda de antigüedades, donde guardaba extrañas reliquias y poderosos objetos que debían ser custodiados. Allí estaba su guarida secreta y lugar de descanso, el lugar que tantos y tantos recuerdos almacenaba, artefactos oscuros arrebatados a las más horribles de las criaturas. Porque él era el Cazador de Monstruos conocido como John Reeves.

***

La sala de conferencias de la Universidad de Hollow City estaba a rebosar, tan llena que casi había más gente de pie que sentados. No cabía ni un alfiler en la sala, y todos se apretaban y empujaban intentando llegar hasta las primeras filas, pero era imposible. La presencia del prestigioso profesor Edmund Graves, famoso arqueólogo e historiador que había venido invitado a presentar un nuevo libro, no había pasado desapercibida para estudiantes y profesores. Además también habían algunos periodistas de varios medios, sobretodo de revistas como “American Nature” y “World History”.

Una vez que el rector de la Universidad presentó al profesor dándole públicamente las gracias, le cedió la palabra. Graves era un veterano profesor cercano a los setenta años que se resistía a jubilarse y quedarse en casa, y siempre comenzaba sus discursos con alguna gracia referente a su edad. Ganador de varios premios prestigiosos, entre ellos el “Pergamino de Oro” que otorgaba la Academia de Ciencia e Investigación, el profesor Graves presentaba en esta ocasión un libro titulado “Civilizaciones Antiguas: Mito o Realidad”, que trataba de culturas menores que habían existido en la historia. A la sombra de otras civilizaciones y culturas mucho más famosas, como los griegos, los romanos, los persas o los mayas, las protagonistas de su libro eran muy poco conocidas, y la intención de Graves había sido rescatarlas del olvido.

Tras una breve exposición, el viejo profesor se aclaró la garganta con un trago de agua embotellada y se abrió el turno de preguntas. Los jóvenes estudiantes comenzaron a acribillar a Graves sin piedad, preguntándole sobre todo, desde el tiempo invertido en preparar el material del libro hasta cuestiones acerca de si en pleno siglo XXI aún era importante descubrir cosas ya extinguidas. El profesor Graves, siempre con una sonrisa en su envejecido rostro, respondía que “era muy importante no olvidar las creencias antiguas, pues eran el origen del mundo que ahora nos rodeaba. Los errores del pasado deben estudiarse para no recaer en ellos en el futuro”.

Cuando el profesor ya comenzaba a despedirse, una mano se alzó entre todas, al tiempo que una voz profunda preguntó que opinaba sobre los Valaki. Graves se ajustó las gafas sobre su nariz menuda, entornando los ojos para escrutar mejor al que había formulado la pregunta.

–         Muy bien, joven, veo que ha leído usted mi libro. ¿Siente curiosidad sobre los Valaki? Pues verá, se trata de uno de los mayores misterios antropológicos de todos los tiempos… ¡y tan siquiera se les menciona en los libros de historia! Era un pueblo tranquilo, cazadores y recolectores que se relacionaban pacíficamente con sus vecinos comerciando con ellos de vez en cuando. Y un buen día –aquí el profesor hizo una pausa y formó una bola con las manos- ¡puff!, se convirtieron en guerreros sedientos de sangre, arrasando todo aquello a su alrededor.

–         ¿Cuál fue el origen de dicho cambio? –siguió preguntando el mismo hombre, vestido con un traje gris claro con una camisa blanca, en cuyo bolsillo iba enganchada una torcida credencial del American Chronicles.

–         Nadie sabe lo que pasó, pero era una época de muchas supersticiones, donde todo se achacaba a los Dioses y a los Demonios. Unos dicen que fueron maldecidos, otros dicen que simplemente sufrieron hambre y enfermedades y tuvieron que emigrar.

–         ¿Es cierto que hacían pactos con el Diablo, y que bebían la sangre de sus enemigos para aumentar su fuerza? –se interesó el periodista.

–         Veo que ha hecho usted bien los deberes, hijo. Pues si, se rumorea que así era, los Valaki podían alcanzar la perfección física a través de tatuajes que canalizaban el poder de sus dioses hacia ellos.

–         ¿Y no cree usted que esa técnica podría ser utilizada hoy en día? –continuó preguntando el periodista.

–         ¡No, válgame Dios! –el profesor Graves rió-. Los Valaki desaparecieron, como ya he dicho, y se llevaron consigo sus oscuros secretos paganos. Créame, joven, no tenemos que temer nada de los Valaki.

A continuación el profesor se despidió, y todos los presentes aplaudieron. El periodista del American Chronicles se alejó antes que nadie, mientras se dirigía hacia la parada de taxis enfrente de la Universidad. Su próximo destino era el Gold Imperial, el hotel donde se alojaba estos días el profesor Graves.

“Con que no hay que temer nada de los Valaki, ¿eh, profesor?. Y un cuerno, sabes más de lo que has escrito en tu libro. Me lo dicen tus ojos, me lo dice mi intuición. Y mi intuición nunca me ha fallado. Ya es hora de que el célebre profesor Edmund Graves tenga unas palabritas con Vic Page”.

***

La noche caía otra vez sobre las calles de Hollow City, cual oscuro manto que envolvía con su abrazo todo lo que tocaba. La Iglesia de Saint Patrick no era una excepción, y el Padre García decidió que era hora de cerrar el santuario. De todas formas no importaba mucho, ya que el número de fieles continuaba descendiendo cada día más. Ahora ni siquiera venían los mendigos a pedir limosna en las puertas a los feligreses, tan solo acudía algún borracho de vez en cuando para resguardarse del frío o de la lluvia un rato, para a continuación marcharse prosiguiendo su camino. Eran malos tiempos para el Señor, pero el Padre García confiaba en que vendrían mejores días. Al menos desde que él se había hecho cargo de la Iglesia tras la trágica muerte de su antecesor, el Padre Franklin, no había ocurrido ninguna desgracia en el lugar.

Mientras el Padre García rezaba ante el altar su última oración, no vio como una oscura silueta se acercaba sigilosamente tras él. Justo cuando se ponía en pie, notó una mano fuerte y enguantada sobre su hombro, sobresaltándolo. Al girarse contempló a un visitante inesperado, la figura encapuchada de negro del Vigilante Enmascarado conocido como Espectro.

–         Perdone, Padre García, pero estaba por aquí y decidí hacerle una visita –dijo la voz alterada electrónicamente del justiciero.

–         ¡Jesús, hijo mío, me has dado un susto de muerte! ¿Es que quieres que me de un infarto o que? –le reprendió el sacerdote.

–         Padre, vigile esa lengua, ¿no sabe que blasfemar está mal ante los ojos del Señor? –dijo con sorna Espectro, a través de su máscara.

–         Mira quien fue ha hablar. ¿Cuánto hace que no te confiesas? –le espetó el Padre García.

–         No puedo confesarme cada vez que “peco”, Padre. De lo contrario le vería casi todos los días…

El Padre García no dijo más, pues ya sabía lo que quería decir Espectro. Desde que semanas atrás Espectro le había ayudado al salvarle de unos rateros que querían desvalijar la Iglesia, se habían convertido en… no sabía muy bien que. ¿Amigos? Aún no lo sabía, pero desde entonces Espectro solía pasarse por allí, tal vez para aliviar su conciencia. El Padre García no estaba de acuerdo con los métodos que empleaba el justiciero, pero su eficacia era tal que los delincuentes ya no solían rondar por el barrio, y las noches eran un poco más seguras por allí. Además, el sacerdote procuraba siempre que Espectro fuese menos “contundente” en su forma de aplicar justicia, y sus charlas se parecían cada vez más a largos sermones cuyo fin era concienciar a Espectro. Lo había tomado como un objetivo personal, y había jurado ante Dios que no cesaría en su empeño, al final haría que Espectro se convirtiese en un cordero del Señor, aunque ello implicase mucho esfuerzo y dedicación.

–         Así que todo está muy tranquilo por esta parte de Hollow City, ¿eh? –mientras decía esto, Espectro contemplaba el altar de la iglesia.

Sus recuerdos le trajeron a la mente las imágenes del difunto Padre Franklin, crucificado en la pared y con extraños símbolos marcados en su destrozado cuerpo. También recordó como se había unido a otros dos pintorescos personajes, un enmascarado sin rasgos llamado Kuestion y un anticuario extraño, Jhon Reeves, dedicado a una cruzada interminable contra los demonios que se ocultaban en la oscuridad de la noche. Sus pensamientos pasaron al momento en que casi cruzó la línea, al llevar al límite su lucha contra el mal. Casi mató a un hombre, corrupto por un poder maligno pero en esencia un inocente, y sólo el azar impidió la tragedia. Entonces los tres compañeros se separaron, cada uno buscando su lugar en el mundo en solitario, esperando encontrar un destino de paz y esperanza que siempre parecía escapar. Quizá era hora de volverse a encontrar. Tal vez…

Una vibración conocida en su muñeca izquierda le advirtió de que debía volver al coche inmediatamente, pues era la señal de que su ordenador había localizado alguna circunstancia que requería la presencia del enmascarado. Tras despedirse del Padre García prometiéndole ser bueno, aunque en el fondo haría lo que tuviese que hacer para limpiar las calles de la escoria, Espectro se deslizó en la oscuridad de los callejones y activó un dispositivo de su cinturón. Entonces los sistemas de camuflaje del Espectromóvil (¡diablos, a ver si pronto sacaba tiempo para pensar en un nuevo nombre para el vehículo!) se desactivaron, revelando a la vista un Syntrac-2000 más trucado que cierto Delorian, de color negro y con los cristales oscurecidos.

Una vez en el interior del coche, vio que el GPS automatizado se había conectado al sistema de la policía. Al parecer se había activado la alarma del Museo de Arte de Hollow City. Espectro resopló; “¿A quien diablos se le ocurre atracar un museo a estas horas, porque no se van a un Banco?”. Mientras conducía a toda prisa, sonrió al pensar que el millonario Eduard Kraine se iba a perder una aburrida cena de protocolo esta noche.

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comentarios
  1. Ferran dice:

    Vaya, los Valaki se convierten en el siguiente nudo argumental. Si la primera temporada se centró en el Fantasma y TecnoCorp, pasamos a una civilización antigua. La cosa promete 🙂

  2. eihir dice:

    Si, es hora de comprobar las habilidades de estos tres personajes. ¿Volverán a unirse otra vez los antiguos camaradas? ¿Quien es la misteriosa mujer de negro con más pasta que Paris Hilton? ¿Logrará el Padre García sobrevivir a esta aventura, o sufrirá el mismo destino que su antecesor?
    Proximamente más en Hollow City.

  3. galdrik dice:

    Estás hecho todo un escritor.

  4. necrus dice:

    Bien, esto sigue adelante… No pares je je je.

    • eihir dice:

      Gracias por los ánimos, me debo a mis fieles lectores, que sois vosotros :-). Ahora las narraciones serán más cortas y algo más pausadas, pero poco a poco irán apareciendo.