Los Valakis

Publicado: 3 septiembre, 2010 en Historias, Relatos, Sin categoría, Sobrenatural

El Comisario Howard se limpió el sudor de su frente con un pañuelo, mientras miraba con furia a la persona que se encontraba sentada al otro lado de la mesa. Sabía perfectamente lo que tenía que hacer, ya lo había hecho otras veces, pero ahora le iba a costar un esfuerzo extra. Echar la bronca a un policía era una cosa, pero tener que hacer esto al hijo de un antiguo compañero era otra. Pero aquel idiota tozudo se lo había buscado, era culpa suya y no de Howard. Si alguien tenía que caer porque lo decía el Gran Jefe, desde luego no sería el Comisario Howard, antes le serviría en bandeja la cabeza de este desgraciado.

–         ¡O’Sullivan, eres idiota! Mira que te lo advertí, chico. Te dije que te enfriaras un poco, que dejases pasar el tiempo hasta que el asunto se olvidase. Ni siquiera te pedí la placa y la pistola, te di unas vacaciones en lugar de suspenderte oficialmente, que era lo que tenía que haber hecho. Y ahora vas y la cagas del todo. ¿De que vas? –Howard volvió a utilizar el pañuelo, el sudor chorreando por la mezcla de calor y tensión-.

–         Ya se lo he explicado, comisario –se defendió Paul O’Sullivan, mostrándose sereno-. Yo estaba allí por casualidad, vi al sospechoso y todo se complicó. Fue él quien disparó primero, obligándome a sacar mi arma.

–         ¿Tu arma, dices? Pero si no deberías llevar ninguna. Tenías que haber estado en tu casa, tratando de evitar que tu mujer te pida el divorcio y se quede con tu casa, con el coche y con tu hija –al decir esto, el comisario se dio cuenta de que se había pasado un poco-.

–         Comisario, ¿no ve que hay algo raro en todo esto? Le digo que aquel tipo no era normal, y llevaba un arma muy extraña que desapareció en el aire. ¡Mire las heridas del muchacho negro! ¿Qué me dice de ellas, y del contenedor lleno de agujeros enormes? Uno de esos agujeros podía estar ahora en mi cabeza.

–         ¿Pero tu te estas escuchando a ti mismo? No dices más que locuras. O’Sullivan, ¿no habrás estado bebiendo, verdad? –el comisario Howard le dirigió una mirada inquisitiva, como si hubiese dado con la solución-.

–         Mire, comisario, que la policía haga su trabajo y verá como estoy limpio. Yo solo me defendí. Habría que investigar a ese tipo de TecnoCorp…

–         ¿TecnoCorp? Lo que me faltaba. Como esos mierdas vengan por aquí, ya no hay nada que hacer. Ya sabes que desde que salió la noticia de que TecnoCorp pasará a formar parte de las instituciones públicas de la ciudad, todo el mundo está alterado. Se dice incluso que van a proporcionar a la ciudad un cuerpo especial de seguridad, como si no tuviésemos suficiente con los problemas de jurisdicción con el FBI. Todo esto me parece una gran cagada, pero es lo que hay.

–         ¿Y que quiere que haga, comisario? –entonces a O’Sullivan se le ocurrió una idea-. ¿Por qué no vuelvo oficialmente de mis vacaciones y regreso a las calles?

Entonces Paul O’Sullivan vio que le cambiaba la cara al Comisario Howard, que dijo con semblante grave y abatido:

–         Lo siento, Paul. Le dije a tu padre antes de morir que velaría por ti, y esto es lo mejor que puedo hacer. Dame tu placa y tu pistola.

O’Sullivan no podía creer lo que estaba oyendo. Abatido, no dijo nada por un momento, intentando digerir la mala noticia. Después la tristeza dejó paso a la amargura, y después sintió una punzada de rabia. Todo esto era injusto, él tenía razón, no estaba loco. Y se lo demostraría a todo el mundo. Esta vez no se encerraría en su casa, intentando hallar en la bebida la cura para sus problemas. Haría lo que hubiese hecho su padre, luchar contra todo mientras tuviese aliento.

Lentamente, O’Sullivan extrajo primero el revolver de su funda, y luego la cartera donde guardaba su placa y su credencial de la policía de Hollow City. Sopesando ambos objetos con la mano derecha, miró fijamente al Comisario y le dijo:

–         Comisario, aquí tiene mi placa y mi pistola –al decir esto, O’Sullivan los lanzó a la papelera situada al lado de la mesa de Howard-. ¿Sabe que puede hacer con ellos, no? Y puede decirle a sus jefazos que se vayan a la mierda, me voy y no pienso volver.

Tras decir estas palabras, O’Sullivan salió del despacho de un atónito Comisario Howard dando un portazo. Atrás dejaba más de 15 años de servicio a la Policía. Pero no iba a lamentarse por ello. De algún modo, desde que le apartaron por culpa del asunto de Mallory, sabía que aquello tenía que suceder. Seguro que ese cerdo había presionado a Howard para librarse de él para siempre. Pero sangre irlandesa corría por las venas de Paul O’Sullivan, y eso indicaba que su tozudez no iba a menguar. Aunque por ahora Mallory debería esperar. Su próximo objetivo sería desentrañar todo ese misterioso asunto del hombre del maletín. Necesitaba información, y sabía quien podía proporcionársela. Un individuo que conocía bien las calles, un informante que trabajaba para todo el mundo que le pagara, alguien que “cantaba” más que un tenor cuando se le ponía un buen fajo de billetes en la mano. Un policía corrupto, que aún le debía a O’Sullivan un favor.

Era hora de ir a charlar un poco con el viejo Mike, el “Arrugas”.

***

En el Bar de Joe había muy poco ambiente esa noche. Apenas una docena de personas, incluido el personal del bar, se hallaban en el interior del local. Casi todos eran hombres, charlando acerca los últimos rumores que corrían por las calles de Hollow City. Había algo común en casi todas aquellas personas: el Bar de Joe era un bar de policías, donde se reunían todas las noches aquellos que preferían tomar una última copa antes que llegar a casa pronto y enfrentarse a sus mujeres.

Cuando Paul O’Sullivan entró, todos los policías le miraron un segundo, y al reconocerle hicieron como si no lo hubiesen visto. Jack Piston, Bob “Cara de Perro”, Tom “Colt” Penyworth… Muchos de sus camaradas estaban allí, incluso Al McColl, al que le salvó de acabar frito en un tiroteo. Nadie quería ya saber nada de él, O’Sullivan era ahora un “apestado”, alguien con quien no había que relacionarse. Ya no eran sus compañeros, y menos aún sus amigos. O’Sullivan los miró con desprecio, solo eran un atajo de cobardes y traidores. Se alegraba incluso de no ser ya uno de ellos.

O’Sullivan se dirigió al fondo de la barra, donde se hallaba un tipo bajito, con un bigote fino y largas patillas, con la frente surcada de arrugas y rostro poco agraciado. Era el peor poli de todos ellos, Mike “el Arrugas”, corrupto y chivato. Por eso siempre bebía solo, casi nadie se acercaba a él, excepto aquellos tan corruptos como él. En esos momentos Mike estaba hablando con Joe, el dueño del local, un antiguo policía que había decidido retirarse a tiempo. A juzgar por lo que últimamente pasaba en las calles de Hollow City, había sido el más listo de todos.

–         Hola Mike, ¿Qué tal te va? –al acercarse O’Sullivan a Mike, Joe se apartó, mirando al ex-policía como si tuviese la peste.

–         Déjame en paz, O’Sullivan –el recibimiento de Mike no fue muy cordial-. Todos sabemos lo que ha pasado. Ya no eres de los nuestros, así que vete de aquí. Esto es un bar de polis, no de borrachos que ven alucinaciones.

–         Muy gracioso, Mike. Sólo quiero algo de información. Luego me largaré de aquí, no sea que me apeguéis vuestra idiotez –O’Sullivan le puso en el bolsillo de la camisa de Mike un pequeño fajo de billetes, esperando que hubiese lo suficiente para soltar la lengua del policía-.

–         No quiero tu dinero, O’Sullivan. No quiero nada de ti. Desaparece de una vez y no vuelvas más. No conseguirás sonsacarme nada, ya nadie te ayudará. Estás más acabado que ese fiambre al que liquidaste el otro día –Mike sonrió con desdén a O’Sullivan-.

–         Vaya, Mike, no me esperaba este trato de ti. Claro, no necesitas mi pasta puesto que ya tienes tu parte del asunto de Sanders –O’Sullivan se refería a John Sanders, un científico relacionado con el crimen del Padre Franklin, que “misteriosamente” había escapado justo cuando la policía fue a detenerlo-. Todos sabemos que fuiste tu quien le dio el chivatazo, y seguro que no lo hiciste gratis.

Al oír aquello, Mike reaccionó violentamente, intentando dar un puñetazo a O’Sullivan, pero éste estaba preparado. Esquivó fácilmente el ataque, al tiempo que atrapaba hábilmente el brazo de Mike contra su espalda, empujándole su cabeza contra la barra del bar con la mano izquierda. O’Sullivan observó como algunos de los policías se levantaban de las sillas, con caras de pocos amigos. Decidió que tenía que actuar de prisa y largarse de allí cuanto antes.

–         Vamos, Mike, dime quien puede decirme algo sobre las cosas extrañas que están pasando en Hollow City. Ya sabes a lo que me refiero: tipos raros, armados con armas exóticas y llenos de tatuajes demoníacos –O’Sullivan bajó la voz, para que solo él y Mike escuchasen la conversación-. Dímelo o te rompo un brazo, y luego les diré a todos lo que haces con el dinero, sucio poli de mierda.

–         Mira tío, yo no se nada. ¿Por qué me preguntas a mí? –dijo Mike en tono suplicante-.

–         Porque en esta cloaca tu eres la rata más lista, Mike. Me pregunto que harán contigo tus “amigos” cuando les cuente un par de cosas de ti. Y también me pregunto como te defenderás de ellos con sólo un brazo sano –O’Sullivan acompañó sus palabras retorciendo con más fuerza el brazo de Mike-.

O’Sullivan percibió como algunos de los clientes del Bar de Joe ya se dirigían hacia ellos, con ganas de bronca. Pronto los tendría encima, y eran demasiados como para pelearse con todos ellos a la vez.

–         Está bien, está bien, te diré lo único que se. Al que necesitas es a un tío raro que tiene una tienda de cacharros antiguos cerca de Sawmill Street. Se llama John Reeves, pregunta por el barrio, todo el mundo lo conoce por allí. Es el que más sabe acerca de cosas raras y exóticas, dicen que está un poco “ido”.

O’Sullivan soltó a Mike, empujándolo fuertemente contra dos tipos grandes que se abalanzaban sobre él, ganando tiempo suficiente para meter la mano lentamente debajo de la chaqueta, mirando fijamente a los ojos de sus contrincantes. Ese gesto fue suficiente para que todos se calmaran, levantando las manos con gesto pacífico y apartándose ante el paso de O’Sullivan.

O’Sullivan llegó hasta la puerta del local, la abrió y antes de darse la vuelta y salir de allí les dedicó a todos una sonrisa. Sacó lentamente la mano de debajo de la chaqueta…mostrando simplemente sus dedos vacíos formando el típico signo de una pistola, moviendo el dedo como si disparase, a la vez que sus labios dibujaban un “pum” inofensivo.

–         ¡O’Sullivan, eres un asqueroso hijo de perra irlandés! –dijo con rabia Mike, el Arrugas, mientras el ex-policía salía del Bar de Joe lo más rápidamente que pudo.

 ***

 Mientras conducía por los oscuros callejones de Sawmill Street a bordo de un viejo Ford recién alquilado, O’Sullivan tuvo tiempo de meditar acerca de su precaria situación económica. Desde que había tenido que mudarse al viejo apartamento de la señora Polly tras separarse de su mujer, no había tenido que reparar en demasiados gastos. Pero puesto que también habían decidido que ella se quedara también el coche, al menos hasta que tomaran una decisión definitiva sobre su situación, O’Sullivan no podía recorrer la ciudad siempre por medio del transporte público. Y menos en aquellas horas tempestuosas de la noche, algo que últimamente estaba haciendo con demasiada frecuencia. Pero Hellen tenía que llevar a Edith al colegio, y también recogerla, además de tener que ir a trabajar al centro, así que la decisión era la más acertada por el bien de la pequeña. O’Sullivan se recordó que mañana llamaría a casa sin falta, para ver como les iban.

Cuando O’Sullivan llegó ante la tienda de antigüedades de John Reeves, empezó a llover. Lo que le faltaba, pues no había traído ningún paraguas. O’Sullivan bajó del coche y corrió deprisa hacia la puerta de la tienda, intentando mojarse lo menos posible. Pudo ver que había luz, aunque en el cristal de la entrada había un letrero de “Cerrado”.

Llamó a la puerta, primero ligeramente, y con más fuerza una segunda vez. En ninguna ocasión logró resultado, pero escuchó unas voces en el interior, y apretando el rostro contra el cristal creyó percibir dos figuras borrosas al otro lado. O’Sullivan llamó con más fuerza, haciendo temblar el cristal de la puerta.

–         ¿No ve que está cerrado? Vuelva mañana –dijo una voz enfadada.

–         No puedo esperar, es importante. Déjeme pasar, por favor, tengo algo muy interesante para John Reeves –O’Sullivan pensó que si tuviese su placa de policía ya estaría dentro de la tienda hacía horas-.

–         Todo puede esperar, no me cuente historias. Ya le digo que vuelva mañana –gruñó la voz-.

–         ¿Quiere una historia? Yo le daré una. Una que va de tíos con ojos extraños que les pegas un tiro y no caen, con pistolas que se desintegran solas y con tatuajes que parecen ser hechos por obra de un chalado amante de lo satánico. ¿Es que no le interesa? –O’Sullivan pronunció sus palabras con toda la vehemencia de que fue posible-.

Entonces observó un movimiento en el interior de la tienda, y la puerta se abrió, mostrando a un hombre joven, con aspecto de portorriqueño y mirada desafiante. El joven miró a O’Sullivan de arriba abajo, mostrando una mueca despectiva que parecía decirle “poli de mierda”.

–         Nos vemos, Reeves –dijo el hombre joven dirigiéndose hacia el interior de la tienda-.

–         Cuídate, Nicky. Recuerda que las calles de Hollow City no son seguras a estas horas de la noche. Uno no sabe con lo que puede encontrarse agazapado en la oscuridad… -dijo misteriosamente la misma voz que le había dado largas antes-.

El joven latino se marchó, alejándose en la noche fría y lluviosa. O’Sullivan se encontró con la mirada de un hombre canoso, de unos cincuenta años, alto y delgado, que sujetaba con la mano derecha un elaborado bastón. O’Sullivan no tenía ni idea de antigüedades, pero estaba seguro de que aquel trozo de madera debía valer un montón de pasta, sobretodo por la elaborada empuñadura de plata que ostentaba. El hombre del bastón se apartó de la puerta, invitándole a entrar en la tienda.

–         Mi nombre es Reeves, John Reeves, humilde anticuario e investigador. Creo que lo que me ha dicho me parece muy interesante. ¿Le apetece que hablemos mientras preparo un café?

 ***

O’Sullivan condujo su viejo Ford recién adquirido a toda la velocidad que la lluvia y las señales de tráfico le permitían. Estaba intranquilo, nervioso. La conversación con Reeves le había afectado más de lo que reconocía. Aquel anticuario se había mostrado al principio muy correcto, hablando tranquilamente de sus experiencias como investigador. Sin embargo, cuando O’Sullivan llevó la conversación al terreno de lo sobrenatural, y muy concretamente a los hechos relacionados con el hombre del maletín, aquel anticuario se volvió un ser agresivo, amargado, con un grave resentimiento que rozaba la locura. Había comenzado a divagar sobre hechos del pasado, historias sobrenaturales cuyos protagonistas eran siempre monstruosas criaturas salidas de las más absurdas de las leyendas. Vampiros, Hombres Lobo, Fantasmas, Demonios, Zombis, Espectros y toda clase de variopintas bestias cuyo único denominador común es que todas provenían del infierno.

O’Sullivan había observado como el tal Reeves iba mostrando una ira cada vez más agresiva, y sus ideas iban pareciéndose más a las paranoias de un enfermo mental. Incluso en más de una ocasión temió que iba a agredirle, por lo que prefirió dejarle hablar para no contrariarle. Al final lo único que le pudo sacar en claro es que existía un mundo oscuro y sobrenatural, que permanecía oculto para todo el mundo, excepto para ciertos “privilegiados” que luchaban contra el Mal. Los Cazadores de Monstruos, los Cruzados de lo Sobrenatural, los Soldados de Dios… A O’Sullivan le pareció que ya existían demasiados chiflados sueltos por las calles de Hollow City como para que encima hubiesen un puñado de locos disfrazados que se autoproclamaban salvadores del mundo, mientras se enzarzaban en una guerra sin cuartel contra los supuestos Servidores de Satán. Incluso Reeves le había enseñado un puñado de objetos raros parte de su colección privada, desde amuletos protectores hasta extrañas reliquias que recordaban a los seres monstruosos que se habían enfrentado al anticuario.

Gilipolleces”, pensó O’Sullivan. La única pista útil de aquella visita había sido que al parecer en las calles de Hollow City habían sido vistos tipos extraños, dotados de una gran fuerza y resistencia, con armas demoníacas conectadas a ellos mediante una diabólica simbiosis. Todos llevaban unos extraños tatuajes, similares a los que vió O’Sullivan en el brazo del hombre rubio.

Según Reeves, esos tatuajes eran muy similares a los que portaban los Valakis, una cultura perdida con una antigüedad de más de 5.000 años. Los Valakis, según ciertos estudios antropológicos, eran una civilización que adoraba a extraños dioses-demonio, canalizando el poder de dichos dioses hacia sus cuerpos mediante extraños símbolos marcados en la piel. Cuando los enemigos de los Valakis se enfrentaban en guerra con ellos, el Chamán de la tribu realizaba un complejo ritual, sacrificando incluso a seres vivos para usar su sangre como materia prima para grabar los tatuajes demoníacos en la piel de los guerreros. Los historiadores especializados no habían llegado a un acuerdo sobre porqué la cultura Valaki había desaparecido por completo, sin que apenas hubiese algún rastro de su existencia en el albor de los tiempos. Simplemente, la Historia se los había tragado en el oscuro pozo del olvido…

O’Sullivan sintió escalofríos. “Tranquilo muchacho, sólo son las paranoias de un lunático solitario, que ha perdido la chaveta por vivir en un viejo tugurio rodeado de todos esos desechos inservibles”.

O’Sullivan miró el reloj obsequiado por su padre, que en esos momentos marcaba casi la medianoche. Ya había salido de Sawmill Street, y faltaba muy poco para llegar a su destino, la única pista que le quedaba. La dirección de Carl Norton, el hombre rubio del maletín, el conserje de TecnoCorp. Abrió la guantera y comprobó que allí se encontraba su vieja Beretta 92. Esperaba no tener que utilizarla, pero había algo en las palabras de Reeves que le inquietaba: “El Diablo puede asumir distintas formas en la Tierra, desde una serpiente hasta un demonio. Pero siempre hay una manera de acabar con dicha forma”. Y si O’Sullivan se encontraba al Diablo en las calles de Hollow City, se aseguraría de estar preparado para ello. Primero dispararía, y luego preguntaría…

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comentarios
  1. Ferran dice:

    ¡Bien! Ahora me siento un poquito más parte de Hollow City con la aparición de estos personajes. Además, el encuentro de Nicky con su antiguo mentor supone una gran necesidad o peligro inminente en Hollow City porque la relación se enfrió hace tiempo entre ellos. Ves con cuidado O’Sullivan, puede que te metas en un lío más gordo de lo que piensas…

    • eihir dice:

      La trama se complica. Los Valakis, los Oscuros, TecnoCorp… Podrá O’Sullivan apañarse el sólo contra todos, mientras intenta sobrevivir en las duras calles de Hollow City?

      • galdrik dice:

        Me parece un relato apasionante. Buen trabajo.

        Me estoy replanteando el historial que te conté. El Pj es el mismo. Pero sus orígenes los tendremos que discutir con calma. Quiero que se integre bien en la propuesta de Hollow City. Un habitante natural de la ciudad y no alguien que deba forzar su naturaleza para formar parte de la aventura.

  2. galdrik dice:

    Agradezco los continuos guiños hacia las creaciones de los demás. Es una forma fantástica de hacernos partícipes del proyecto. De alguna forma, reconociendo por supuesto que el mérito es todo tuyo, sientes que Hollow City tiene algo de ti, que has contribuído con tu pequeño grano de arena.

    Mike el arrugas. Maldito traidor. Mira que engañarme con otro escritor. 🙂

    • eihir dice:

      Gracias por vuestros ánimos, está claro que sin vosotros no haría nada de todo esto. Quizé he forzado un poco al viejo Mike, presentándolo como más “malo” que en la versión de los crímenes del Padre Franklin. Pero no pude resistir la tentación de incluir un representante de la corrupción policial de la ciudad. Y quien mejor que Mike “el Arrugas” (creación de Galdric, te debo el copyright, Ja JA!!).

  3. galdrik dice:

    Ese personaje si puedes usarlo sin miedo a la SGAE. 🙂 🙂 🙂

  4. Ferran dice:

    Dentro de poco hará falta un diagrama de personalidades de Hollow City porque la cosa va in crescendo. 🙂

    • eihir dice:

      Yo ya lo tengo hecho. Tengo una libreta sólo para Hollow City, donde tengo una sección de Personajes de interés, otra de lugares de interés y el resto para las ideas que se me van ocurriendo. Dentro de poco me tendré que comprar otra!

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