Un Demonio en la Oscuridad

Publicado: 29 agosto, 2010 en Historias, Relatos, Sin categoría, Sobrenatural

Paul O’Sullivan miró boquiabierto el edificio situado al otro lado de la calle. Sabía que era el más alto de la ciudad, pero visto de cerca era aún más impresionante de lo que había esperado. Construido según los cánones de la arquitectura más moderna y vanguardista, el edificio albergaba las instalaciones de TecnoCorp en Hollow City.

O’Sullivan se dio la vuelta hacia el escaparate de una tienda cercana, y contemplo su reflejo una última vez. Después de un par de días sin beber, una estricta dieta y hacer mucho ejercicio, ya volvía a presentar un buen aspecto, aunque aún tardaría un tiempo en volver a su mejor forma. Lanzando un suspiro que delataba su nerviosismo, al final se decidió a cruzar la calle, entrando por primera vez en TecnoCorp.

Nada más entrar en las instalaciones, O’Sullivan se percató de la gran seguridad que reinaba en el lugar. Guardias uniformados y armados, cámaras, detectores de metales en el vestíbulo,… Enseguida advirtió como uno de los guardias ya le estaba estudiando con la mirada, sopesando si sería alguna amenaza.

O’Sullivan se dirigió al punto de entrada de los visitantes, y antes de pasar por el detector de metales levantó la solapa de su abrigo, donde se veía su revolver enfundado. Enseñó sus credenciales a los guardias, que lo dejaron pasar tras comprobar con una llamada que le estaban esperando en Recursos Humanos. Sin embargo tuvo que dejar en el punto de control su arma, ya que no se encontraba en misión oficial. Cuando el policía se dirigió a uno de los ascensores construidos con la última tecnología, dos hombres trajeados que llevaban gafas de sol y un pequeño auricular en el oído se le acercaron. Con brusco ademán le indicaron que tomara otro de los ascensores. O’Sullivan hizo caso, y mientras esperaba a que su ascensor bajara contempló como las puertas del otro se abrían, y de él salieron varios hombres. Se fijó sobretodo en uno de ellos, alto y moreno, de mediana edad, vestido con un traje que valdría más que todos los trapos de O’Sullivan juntos. Lo reconoció enseguida; era Eduard Kraine, el multimillonario propietario de Industrias Kraine, uno de los peces gordos de Hollow City. Era conocido por sus coches lujosos, sus fiestas nocturnas y sus contribuciones a diversos actos benéficos. “Otro que está podrido de billetes, aquí están todos en la cima de la escalera, y yo aún estoy en el primer peldaño”.

O’Sullivan entró por fin en el ascensor y subió hasta la planta de RRHH. Al abrirse las puertas tropezó con un carrito de la limpieza que manejaba torpemente un tipo rubio con uniforme de conserje.

–         Deje salir antes de entrar, hombre -aconsejó el policía al conserje, dirigiéndose al pasillo principal que terminaba en una amplia sala de espera.

O’Sullivan se desanimó al contemplar lo repleta que estaba la sala. Hombres y mujeres de diferentes edades y aspectos llenaban casi todos los asientos, esperando a que les llegara su turno, el momento crucial en que tendrían que superar una entrevista para poder acceder a un empleo en la próspera empresa TecnoCorp. Decidió sentarse junto a un hombre de tez morena y pelo canoso, que llevaba un jersey a rayas con manchas de grasa. El hombre le miró y sacó de un bolsillo una pequeña petaca.

–         ¿Quiere un trago, amigo? Le hará la espera más llevadera.

O’Sullivan miró la petaca, suspiró y entornó los ojos. La espera iba a ser muy larga.

*** 

La estación de metro de Whilsthire estaba abarrotada de gente. Estudiantes que volvían a casa desde la universidad, trabajadores que regresaban a casa tras una dura jornada laboral, turistas perdidos que no paraban de consultar mapas en busca de orientación, etc. Dentro de poco oscurecería, y las prostitutas, borrachos y vagabundos saldrían de sus escondrijos para recorrer las solitarias calles de Hollow City.

O’Sullivan consultó su reloj, regalo de su padre antes de morir, y suspiró al darse cuenta de que llegaría tarde a casa. Aunque de todas formas no es que importara mucho, ya que nadie le esperaba. Como mucho estaría la señora Polly, insistiéndole una y otra vez que le pagara el alquiler. O’Sullivan pensó en su padre, que también había sido policía más de 30 años antes de morir, y se dijo que pensaría de su hijo al verlo así. El viejo Frank O’Sullivan, de sangre irlandesa, siempre se había sentido orgulloso de haberse podido jubilar sin necesidad de haber matado a nadie. Pero aquello habían sido otros tiempos, otra época menos siniestra y oscura, otra Hollow City. La de ahora era una jungla, donde los jefazos corruptos aplastaban con el poder de su dinero sucio a los pobres ciudadanos, incapaces de defenderse. La injusticia era un jinete que cabalgaba por las calles de Hollow City arrasando a su paso cualquier indicio de bondad y decencia.

El policía no estaba de buen humor, puesto que la entrevista en TecnoCorp había sido más rápida de lo que esperaba. El trato que le había dispensado la joven empleada de recursos Humanos había sido muy cordial, pasando rápidamente de los nervios iniciales a la comodidad de sentirse casi como en su casa. El problema había sido a la hora de responder las cuestiones personales. Un hombre separado y a punto de divorciarse, suspendido temporalmente de su trabajo y con antecedentes de alcoholismo no era precisamente el candidato ideal, así que Paul había tenido que mentir. Y por ello sentía vergüenza, por él mismo, por su padre, por todo.

Sumido en pensamientos amargos, O’Sullivan despertó cuando el metro que esperaba llegó y abrió sus puertas. Se hizo sitio entre la multitud y avanzó al interior, cediendo un posible asiento para que una mujer lo ocupase. De pie en el vagón, observó a la gente a su alrededor. Entonces le pareció reconocer a alguien entre la multitud. Era el conserje rubio con el que había tropezado en el ascensor de TecnoCorp, ahora vestido con un traje color azul marino. Llevaba un maletín de oficinista de cuero negro, y O’Sullivan advirtió que lo sujetaba con mucha fuerza, como si estuviese nervioso por algo.

El instinto policial de O’Sullivan despertó al instante. Algo no olía bien. Algo le decía que aquel tipo no era un simple conserje. El policía decidió vigilarle con disimulo.

A medida que el tiempo pasaba, el metro iba acortando distancias hacia su destino final. Cuando el vagón abrió sus puertas en la parada en la que debía bajarse O’Sullivan, éste decidió quedarse. La señora Polly debería esperar hasta mañana para echarle la regañina.

***

Unos minutos después, O’Sullivan observó como el hombre rubio sacó un móvil de su chaqueta, y tras conversar un momento lo volvió a guardar. Luego se dirigió a las puertas del vagón del metro, preparándose para salir. Al llegar a su destino, la parada de Sawmill Street, las puertas del metro se abrieron y los viajeros se apearon. O’Sullivan esperó hasta el último momento, atravesando la salida justo un segundo antes de que las puertas se cerraran. Buscó con la mirada al hombre rubio del maletín, y vio que se dirigía hacia las escaleras que conducían a la salida de la estación de metro. El policía lo siguió, manteniendo una distancia prudencial.

Una vez en la calle, O’Sullivan notó que ya era de noche. Estaba en el centro de los suburbios de Hollow City, muy cerca de la Iglesia de Saint Patrick, donde hacía poco que había ocurrido un desagradable suceso: habían asesinado de forma macabra al Padre Franklin, el capellán encargado del santo lugar. Los culpables habían sido una banda de motoristas satánicos, la Banda del Lobo, y su líder había sido detenido y encarcelado. Ahora la iglesia tenía un nuevo sacerdote, el Padre García, y O’Sullivan esperaba que no terminase igual que su predecesor.

Una ráfaga del frío aire nocturno hizo que O’Sullivan se levantase el cuello del abrigo con gesto protector. Mientras seguía al hombre del maletín, el policía sintió un escalofrío por todo su cuerpo. Se preguntó si sería por el frío, o por la sensación de inquietud que le proporcionaba el recorrer las solitarias calles de Hollow City en aquella noche fría y oscura.

 El hombre rubio del maletín se metió en un callejón estrecho, sin hacer caso de la prostituta vestida con ropa ligera ubicada en la esquina. O’Sullivan lo siguió, recibiendo los insultos de la mujer al hacer caso omiso de sus propuestas de placer. En el callejón había muy poca luz, y a punto estuvo el policía de pisar a un joven de color que se hallaba tendido en el suelo junto al portal de un miserable edificio. O’Sullivan sólo tuvo que observarle unos segundos para darse cuenta de que estaba totalmente “colocado”. Otra víctima anónima más de Hollow City. O’Sullivan apretó el paso, girando por el callejón oscuro, hasta que vio al hombre rubio pararse delante de un coche con las luces encendidas. El conserje de TecnoCorp se acercó a la ventanilla del conductor, que comenzó a descender lentamente. O’Sullivan no pudo vislumbrar el rostro del ocupante, pero si vio como el hombre rubio le entregaba el maletín. Desde luego, aquello no pintaba nada bien.

Entonces O’Sullivan notó la presencia de alguien detrás suyo. Instintivamente, y con gran rapidez, el policía sacó su revolver de la funda al tiempo que se giraba hacia el desconocido. O’Sullivan se encontró encañonando al joven drogadicto que unos segundos antes estaba en el suelo.

–         O…oye, t…tío, ¿me das a…algo? –el joven de color apenas se tenía en pie, con la mirada turbia por efecto de las drogas.

O’Sullivan quiso decirle que callara y se fuese de allí, pero no tuvo tiempo. El motor del coche del desconocido rugió, y el vehículo salió a toda prisa del lugar. El hombre rubio sacó de la chaqueta una pistola, y empezó a disparar hacia el policía. O’Sullivan se tiró al suelo, esquivando los disparos, pero el joven drogadicto no tuvo tanta suerte. Desde el suelo, O’Sullivan pudo ver como unos grandes agujeros se abrían en el pecho del joven, orificios sangrantes por donde se escapaba la esencia vital del muchacho. Ya estaba muerto cuando su cuerpo chocó violentamente hacia atrás contra una valla metálica. O’Sullivan rodó por el suelo, al tiempo que disparaba casi sin apuntar contra el hombre rubio. Necesitaba ganar tiempo, encontrar una posición segura, pensar. Eso era lo que le enseñaron en la academia. El policía halló cobertura detrás de un contenedor de basura, y asomó ligeramente su cabeza para ver la posición del hombre rubio. Increíblemente, éste se dirigía abiertamente hacia O’Sullivan, avanzando directamente hacia él sin ninguna preocupación por cubrirse.

Y entonces O’Sullivan vio el arma de su enemigo. De lejos parecía una pistola, pero en realidad era algo muy extraño. Parecía que alrededor del cañón hubiesen unos tentáculos sanguinolentos, que se incrustaban directamente en la muñeca del asaltante, de forma que conectaban diabólicamente el arma a su dueño. Era una visión espantosa, pero lo más horrible de todo eran los ojos del hombre, que se habían vuelto de un intenso color negro, reflejando una mirada feroz. Era como mirar directamente a los ojos de la muerte.

El hombre rubio disparó su arma, y esta vez los agujeros se materializaron en el contenedor que protegía al policía. O’Sullivan notó un arañazo ardiente en su mejilla derecha. Demasiado cerca. Los proyectiles de aquella arma demoníaca atravesaban el metal del contenedor como si fuese mantequilla. Y aquel diablo no paraba de avanzar, disparando mientras se movía. O’Sullivan decidió actuar, abandonando su cobertura y apretando el gatillo de su arma tan deprisa como pudo. Una vez, dos veces, tres veces… El hombre rubio recibió los tres impactos, tambaleándose hacia atrás, dejando evidente la buena puntería del policía. Sin embargo, para horror de O’Sullivan, ni el hombre soltó su arma ni cayó al suelo. De echo lo único que hizo fue sonreírle con una mueca feroz, lo que unido a sus extraños ojos le conferían el aspecto de un monstruo. El hombre-demonio apuntó su extraña arma hacia O’Sullivan… y éste se agachó al tiempo que disparaba hacia la cabeza de su enemigo. El disparo del arma demoníaca pasó por encima de O’Sullivan, pero el policía no falló: el disparo de su revólver impactó justo en la frente del hombre rubio, y esta vez si cayó al suelo, quedándose allí tendido, inmóvil y con los ojos abiertos.

O’Sullivan se acercó al cadáver de su enemigo, examinándolo. De repente, una extraña transformación tuvo lugar en su rostro: sus ojos abandonaron el color negro intenso, y la expresión de furia monstruosa de su rostro desapareció. Sorprendido, O’Sullivan vio como la pistola demoníaca se deshacía emitiendo un suave siseo, como si un ácido hubiese entrado en reacción. En unos pocos segundos, el único rastro que quedaba de ella era una mancha humeante, como si nunca hubiese existido.

O’Sullivan registró el cadáver, hallando una credencial de TecnoCorp como personal de limpieza, a nombre de un tal Carl Norton. También aparecía una dirección. El policía observó la muñeca del muerto, donde permanecía la marca de varios orificios sanguinolentos, prueba de la conexión del arma con el hombre. Entonces O’Sullivan vió algo raro, y levantó la manga del traje hacia arriba. Contempló con asombro como un enorme tatuaje, el más extraño que había visto nunca, cruzaba todo el brazo de aquel individuo, desde la muñeca hasta el hombro.

Aquello tenía mucho de sobrenatural, y O’Sullivan iba a necesitar algo de tiempo para asimilar todo el asunto. Por no decir cómo iba a explicar que un policía suspendido iba armado por la calle, había disparado a un trabajador de TecnoCorp, y un ciudadano inocente había caído en el fuego cruzado.

“Mierda, ahora que había dejado la bebida, necesito una copa ahora más que nunca”.

Las noches son frías y oscuras en Hollow City…

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comentarios
  1. galdrik dice:

    Bravo. Me está gustando mucho. Espero ansioso la próxima entrega.

    • eihir dice:

      Gracias, proximamente continuaré la historia. Poco a poco se irá desvelando la tenebrosa oscuridad que acecha en el corazón de Hollow City. Mallory, O’Sullivan, Strong, TecnoCorp,… todo esto y nucho más en el serial blogero de Hollow City. ¡No os lo perdais!

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