La Decisión

Publicado: 27 agosto, 2010 en Historias, Relatos, Sin categoría, Sobrenatural

Paul O’Sullivan miró el cañón de su arma, un revolver del 38, mientras reía sin parar. Abrió el tambor y colocó cuidadosamente una sola bala, luego hizo girar el cilindro con un golpe seco. Miró la vieja foto arrugada en la que se le veía a él junto a una mujer joven y a una niña pequeña. De pronto su risa se tornó en llanto, un cántico de dolor intenso fomentado por una sensación de pérdida y soledad. O’Sullivan colocó el cañón del revolver sobre su cabeza, apretando el arma junto a su sien. Cerró los ojos, había llegado el momento, la hora de poner fin a su dolor. Lentamente deslizó el dedo índice sobre el gatillo, y comenzó a apretar. Tres, dos, uno… Entonces sonó el timbre de su viejo apartamento, sobresaltándolo. “Mierda, justo ahora”.

Escuchó la voz de si casera, la vieja señora Polly, reclamándole el alquiler del mes.

–         Señor O’Sullivan, recuerde que aun me debe el dinero del alquiler. Por cierto, ¿qué son esos ruidos? ¿No habrá vuelto a beber, verdad?

–         Lárguese, bruja, mañana le pagaré. Deje de molestarme y váyase a dormir.

–         ¡Oh Dios, que modales! Espero que no cause problemas, o tendré que llamar a la policía.

O’Sullivan esperó pacientemente a que se fuese la señora Polly. “Estúpida, yo soy policía”. El hombre intentó levantarse del mugriento sofá, pero todo el alcohol que había estado bebiendo en las últimas horas se lo impidió. Un par de botellas de whyski barato vacías cayeron al suelo, y el ruido del cristal resonó atronadoramente en su cabeza. Miró otra vez su revolver, y decidió echar un último trago antes del final.

 El policía registro con la mirada el destartalado apartamento donde vivía desde unos meses, el único cuchitril que podía permitirse pagar, situado en los suburbios de Hollow City. Recordó que aún le quedaba algo de tequila en el armario. Hizo un nuevo intento por levantarse, pero sólo consiguió dar unos pasos antes de tambalearse y caer en el suelo cubierto de mugre. Desde dicha posición algo le llamó la atención: era su vieja cartera de cuero desgastado, tirada encima de los restos de una pizza. O’Sullivan se arrastró hacia ella, la abrió y contempló su antigua credencial de policía. Una foto de un hombre bien parecido, cabello negro recién cortado, mirada recia, de unos 40 años. Nada ver con el patético ser humano en el que se había convertido. Y todo por culpa de Mallory, ese alcalde gordo y corrupto.

 Los recuerdos afloraron a la superficie, y O’Sullivan revivió en su mente como había descubierto que una prostituta menor de edad había sido asesinada por matones a las órdenes de Mallory. Pero nadie le había creído, y menos aún ayudado. Policías, periodistas, abogados, jueces… todos corruptos. Al final O’Sullivan había sido suspendido de empleo y sueldo, se le había apartado de la policía y se le consideraba un “apestado”. Su mujer le había abandonado y se había llevado a su hija. Solo y abandonado por todos, la amargura le llevó a la desesperación, encontrado consuelo en el fondo de una botella. Y así es como un policía honrado se convirtió en un borracho y en un desecho humano, sin nada por lo que vivir.

 O’Sullivan volvió de sus recuerdos y regresó al presente, secándose con una mano las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Entonces vio algo en el suelo, que asomaba por debajo de la puerta. Era el correo, depositado allí por la huraña señora Polly. O’Sullivan reparó en un sobre gris que destacaba sobre el resto. Gateó hasta la puerta y recogió el sobre, observando que llevaba un símbolo impreso en él: un círculo plateado que contenía las siglas “TC”. O’Sullivan abrió el sobre atraído por la curiosidad, sin darse cuenta de que los efectos del alcohol ya comenzaban a remitir. El policía leyó la hoja de papel que contenía el sobre:

“Desde TecnoCorp le informamos que su solicitud de empleo ha sido estudiada y admitida, por lo que se le ruega acuda a nuestras oficinas centrales al objeto de realizar una entrevista personal. Le agradecemos el interés mostrado por unirse a nosotros, etc…”.

O’Sullivan quedó estupefacto. No recordaba haber solicitado trabajo en ningún sitio, y menos aun en TecnoCorp. Aunque, la verdad, últimamente su mente daba muchas vueltas y a veces el alcohol se adueñaba de sus actos, provocándole grandes lagunas. El policía desvió la mirada hacia el revolver posado en el sofá, y luego volvió a posar la vista sobre la hoja de papel. ¿Qué era lo que debía hacer?

 Luces y sombras se arremolinaban en el interior de su alma, agitando su desesperación. Cuando todo parecía perdido, cuando todo su ser clamaba por realizar el último viaje, una débil chispa parecía indicarle una posible salida del túnel. Esto no solo era una invitación a una entrevista de trabajo, era algo más importante. Mucho más. Era un posible nuevo comienzo, una última oportunidad de encarrilar su vida. Era el último tren que la vida le ofrecía, y era decisión suya subirse a él. ¿Pero tendría las agallas suficientes de volver a luchar? ¿Tendría la fuerza y el coraje necesarios para ello?

 O’Sullivan se levantó y se dirigió al lavabo. Se limpió la cara con el agua fresca e intentó aclarar su entumecida mente. Miró su rostro reflejado en el espejo del baño, sucio, demacrado, con barba de varios días. ¿En que se había convertido?. ¡Dios, si ya no parecía siquiera un hombre!

El policía volvió al sofá, recogió la carta de TecnoCorp y la volvió a leer una vez más. Luego cogió el revolver, y tras mirarlo fijamente durante unos segundos lo guardó en el interior de su funda, que colgaba del respaldo de una silla. Era hora de hacer una visita a esos chicos de la TecnoCorp.

 

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